viernes, 28 de noviembre de 2025

37. Los argumentos sobre la existencia de Dios de Anselmo de Canterbury y de Tomás de Aquino


Uno de los asuntos que va a ocupar a los filósofos-teólogos medievales es (como hemos visto en la entrada anterior) el de la existencia de Dios. Es claro que los pensadores medievales creen religiosamente en Dios como creador y fundamento de toda realidad, pero, fruto del empeño en aunar religión y filosofía, algunos van a intentar demostrar con la razón aquello mismo que ya creen saber por la fe. 

El primer pensador en formular una prueba de la existencia de Dios a partir de la idea misma de Dios (de manera diríamos lógica o "a priori") es San Anselmo de Canterbury (s. XII). En líneas generales, San Anselmo lo formula así: 

1. Todos los hombres (incluso los que afirman que Dios no existe) tienen una idea o noción de "Dios" como "un ser tal que es imposible pensar otro mayor que él". 

2. Si Dios no existiera más que en nuestro pensamiento, sería posible pensar en un ser aún mayor que él (un ser que existiera también fuera de nuestro pensamiento). [Por lo que Dios sería y no seria Dios]

3. Dios, por tanto, tiene que existir más allá de nuestro pensamiento.

Aquí podéis encontrar otras formulaciones de este argumento, al que se ha dado en llamar "argumento ontológico". El argumento ha sido criticado por muchos filósofos (como Tomás de Aquino o Kant), y defendido por otros (como Descartes o Spinoza), y siempre ha dado a todos mucho que pensar. 



Un poco más adelante, Tomás de Aquino (s. XIII), crítico con la demostración de San Anselmo (pues, entre otras cosas, este parte del conocimiento de la esencia de Dios, y tal cosa, según Tomás, es imposible para la mente humana) va a intentar una demostración de Dios "a posteriori", es decir, a partir de la experiencia. Fruto de este intento son las conocidas cinco Vías, que Tomás expone en su obra "Suma teológica", y que se corresponden con cinco argumentos distintos para demostrar racionalmente la existencia de Dios. Vamos a considerarlos brevemente. Como veréis, algunos de ellos son muy parecidos a los que ya propuso Aristóteles para demostrar la existencia de un Primer Motor inmóvil.

(1) La primera vía está fundada en la observación del movimiento y en el principio de que todo lo que se mueve es movido por otra cosa que se mueve primero. Si se rechaza llevar esta secuencia ad infinitum (pues entonces nada habría empezado a moverse nunca), habrá que admitir que hay algo que se mueve sin ser movido por nada: un “Primer Motor”, que es Dios.

(2) La segunda vía está fundada en la observación de la relación de causalidad eficiente: todo lo que ocurre o existe, existe por causa de otra cosa previamente existente; si se rechaza llevar esta secuencia ad infinitum (pues entonces nunca habría empezado a ocurrir o existir nada), habrá que admitir que hay algo que existe como causa de todo sin ser causado por ninguna otra cosa: una “Primera Causa”, que es Dios. 

(3) La tercera está fundada en la observación de las cosas contingentes (aquellas que no existen por sí, sino por otro, y que pueden existir o no existir), y en el principio de que lo contingente depende de lo necesario (aquello que existe por sí, y no por otro, y que no puede no existir), pues si nada existiera por sí mismo, entonces nada existiría. Ahora bien, dado que existen seres, ha de haber una realidad que exista por sí misma y que dé la existencia a otros de manera contingente: este "Principio de Existencia! es Dios. 

(4) La cuarta está fundada en la idea de los grados de perfección. Si se dice de algo que es más o menos perfecto, habrá que suponer que hay algo absolutamente perfecto por medio de lo cual se mide lo “más o menos”, o lo "mejor y lo peor". Este "Principio de Perfección" es Dios.

(5) La quinta se basa en la idea de orden y finalidad. Si todo lo que observamos se mueve ordenadamente en vistas a un fin o causa final, deberá haber un "Ser Ordenador" e inteligente que haya ordenado así el mundo y que sea fin absoluto de todo (pues el mundo sensible no puede darse orden y fin a sí mismo); ese "Ser Ordenador" inteligente y esa "Causa Final" de todo coinciden y son Dios.

Las Vías tomistas (de las que aquí tenéis una versión un poco más detallada) concluyen que existe Dios, pero más en un sentido filosófico que cristiano. Tomás cree, sin embargo, que es posible deducir los atributos del Dios cristiano a partir de estas pruebas. 





36. Dios, lógicamente, existe



La otra noche realizamos un experimento psicofónico en la caverna, en la parte que está bajo las ruinas de la biblioteca de Alejandría. Para nuestra sorpresa captamos este diálogo entre una tal Elena de Atenas, astrónoma y discípula de la famosa Hipatia, y un joven monje llamado Teodoro. La conversación ocurrió (según hemos podido datar) a finales de la Edad media y, como era habitual entonces, versó sobre la existencia de Dios... 
  
Elena de Atenas.- Contemplando estos muros, arruinados por la guerra y la locura de los hombres, me convenzo aún más de la inexistencia de Dios…
Teodoro de Alejandría.- El mundo parece a veces el infierno, pero Dios nos dotó de razón y de fe para salvarlo y salvarnos de él.
E.- ¿Me llevarás ante el inquisidor si te digo que soy atea? Si lo haces le diré que no sé lo que me digo, ya que soy mujer y según he oído decir a los de tu orden, débil mental.
T.- Yo no creo tamaña estupidez sobre las mujeres, así que tendría que llevarme a mi mismo también ante el inquisidor. Pero en lugar de eso, permite que comparezcamos los dos ante un tribunal legítimo, el de la razón. ¿Dices, entonces, que Dios no existe?
E.- Eso digo. O, al menos, que yo no tengo pruebas de su existencia.
T.- Admites, conmigo, que llamamos Dios a un supuesto ser mayor que el cual no hay nada.
E.- Vale, admito que esa es la definición de Dios, pero no por definir algo demostramos su existencia.
T.- De acuerdo. Podemos definir lo que es un dragón o una bruja sin que tales cosas tengan que existir (salvo, quizás, para los inquisidores). Pero piensa como hemos definido a Dios: el ser mayor y más perfecto que podamos concebir. Ahora: ¿crees que existir es una perfección?
E.- No sé si te entiendo.
T.- Imagina dos bibliotecas de Alejandría, las dos igualmente hermosas y repletas de todos los libros que merecen ser leídos; imagina que la única diferencia entre ambas es que una existe de verdad y la otra es solo fruto de nuestra fantasía. ¿Cuál de ellas sería, para ti, más perfecta?
E.- Prefiero una biblioteca que exista, siempre que sea tan maravillosa como la que imagino.
T.- Así es. De dos seres, iguales en todo lo demás, el que existe es necesariamente más perfecto que el que no.
E.- Cierto.
T.- Ahora piensa. Si hemos definido a Dios como el ser más perfecto que cabe concebir o imaginar, ¿no tendrá que ser algo más que mero concepto o imaginación?
E.- ¿Cómo dices?
T.- Si Dios es el ser más perfecto que podamos concebir, y existir es una perfección, Dios no puede carecer de existencia, pues en ese caso podríamos concebir un ser más perfecto que él…
E.- Quieres decir que…
T.- Que si Dios es por definición lo más perfecto, entonces, por definición, tiene que existir.
E.- Porque si careciera de existencia ya no podríamos concebirlo como el ser más perfecto.
T.- Eso es. Dios, por definición, es algo más que una definición: ¡existe! Y hemos demostrado su existencia de forma puramente racional, tal como se demuestran las propiedades de una figura geométrica. Este argumento se lo debemos a Anselmo de Canterbury.
E.- ¡Asombroso! ¿Y eso se lo cree alguien?
T.- ¿Qué quieres decir?
E.- Pues que has dado un salto incomprensible entre las palabras y las cosas. Una cosa es que Dios tenga que definirse lógicamente como existente y otra cosa, muy distinta, es que Dios exista de verdad. Las definiciones y razonamientos no producen cosas, ni tampoco hemos de suponer que algo, por ser lógico, exista. Esto último hay que comprobarlo, además, por los sentidos.
T.- Veo que estás hecha una buena empirista y que, como tal, admites una incomprensible distinción entre las palabras (esas cosas que no son cosas) y las cosas (esas palabras que no son palabras).
E.-  Llámalo sentido común. Además. Supongamos que concebimos el dragón perfecto, ¿también dirás que existe?
T.- Sin duda. ¿No has leído, acaso, al divino Platón?
E.- Prefiero al profano Aristóteles.
T.- Estupendo, entonces déjame que te presente otras pruebas, las del hermano Tomás de Aquino.
E.- Me han hablado de sus inacabables sumas, así que, réstale todo lo que puedas y sé breve, tengo que volver a mis estudios.
T.- ¿Dirás que todo lo que se mueve, se mueve por algo, y que este algo es movido a su vez por otra cosa y así sucesivamente?
E.- Lo diré.
T.- ¿Y que todo lo que existe tiene en otro la causa de su existir, como el hijo existe por el padre y éste por su propio padre y así una y otra vez?
E.- También.
T.- ¿Y crees que esta sucesión de causas podría prolongarse hasta el infinito?
E.- ¿Qué pasaría si así fuera?
T.- Exactamente nada. Si las causas de lo que ocurre o existe fueran infinitas, nunca llegaría a ocurrir ni a existir nada. ¿Te imaginas que las causas por las que hemos empezado este diálogo se remontasen al infinito? Jamás habrían transcurrido todas las que tendrían que transcurrir hasta llegar a este momento. Ni siquiera habrían empezado a empezar, ¿pues cuándo empieza algo infinito?
E.- Entiendo. Entonces es necesario afirmar que existe una Primera Causa incausada, como ya decía Aristóteles.
T.- Así es: un Ser Existente por sí, y no por otro, Padre sin padre de todo otro padre. Y esto ya no lo pudo decir Aristóteles, que ni le pasó por la cabeza que el mundo fuera creación de un Dios increado.
E.- “Yo soy el que soy”, como dicen que dijo tu Dios.
T.- Él "es" el Ser, los demás solo "tenemos" ser por Él, en préstamo cabe decir, y durante un tiempo, al menos en este mundo mortal.
E.- E imperfecto.
T.- Imperfecto, sí. ¿Pero cómo podríamos apreciar esa imperfección sin suponer lo Sumamente Perfecto? Si tú aprecias más la filosofía del sabio Averroes que la del santo Agustín, ¿será acaso porque posees un criterio de perfección?
E.- Y si mi criterio es más perfecto que el tuyo, como creo, será porque supongo un criterio de perfección aún mayor y… de nuevo el infinito.
T.- De nuevo Dios, querrás decir, que es aquello más perfecto que todo, como dijimos. De cualquier modo, ¿te parece el mundo tan imperfecto? ¿No es cierto que las tierras y los cielos persiguen el orden que dejó dispuesto el Creador?
E.- ¿Te refieres a las leyes astronómicas que me place descubrir en los cielos?
T.- Y también en la tierra. ¿No es el cosmos entero un prodigio de orden y fines para el que sabe entenderlo?
E.- No puedo negarte que tengo esa convicción. ¿O tendría que decir esa fe?
T.- Ambas cosas, tal vez. Pues el orden, la ley y la finalidad del cosmos, como espero oírte decir, no pueden formar parte de aquello mismo a lo que dan orden, ley o fin.
E.- Eso sí lo he pensado en ocasiones. Las leyes matemáticas que dirigen el movimiento de los astros, no están en un lugar concreto…
T.- Justamente porque están en todos, envolviendo el cielo, más allá de él. Ni tampoco la Finalidad del mundo puede ser una cosa o parte cualquiera del propio mundo.
E.- Veo qué quieres decir. Que son trascendentes. Pero no esperes que por ello afirme que en ese misterioso más allá existe un Dios como el tuyo.
T.- ¿Qué falta para que te convenza?
E.- Falta que me expliques qué falta le hace a Dios todo el dolor del mundo. ¿Cómo un Dios Perfectísimo, Sapientísimo, Omnipotente y Bueno creó este lugar lleno de inquisidores y fanáticos? ¿Cómo permite la muerte y la guerra, hecha tan a menudo en su nombre?
T.- A veces, hermana, hace falta conocer el árbol entero para entender por qué algunas de sus hojas se pudren y mueren. ¿Crees, de cualquier modo, que Dios hubiera podido crear un mundo tan perfecto como Él?
E.- Sé que no, pues es imposible que coexistan dos seres plenamente perfectos. Cada uno carecería del ser del otro.
T.- Piensa, además, que Dios, por hacernos a Él semejantes, nos hizo libres. Libres para ser como Él, pero también para no serlo. En eso consiste la libre voluntad, la salvación y el pecado.
E.- ¿Y que defecto de omnipotencia impidió al Altísimo hacernos tan sabios como libres, para así no equivocarnos y hacer siempre el bien? ¿No le hubiera bastado un grano minúsculo de imperfección (una sola nariz contrahecha, un solo libro mal encuadernado) para que este mundo hubiera sido posible sin hacerle sombra a su Creador?
T.- Tal vez sí o tal vez no. Te confieso, humildemente, que ante el misterio del mal solo sé rezar. Quizás quieras acompañarme.
E.- Prefiero enfrentar la oscuridad con los ojos bien abiertos.


Si queréis más argumentos o los mismos pero mejor dichos consultad este documento secreto.

Y si queréis escucharlos de viva voz, podéis hacerlo en este mini-programa de radio o en este otro

35. Introducción a la filosofía medieval: características, etapas, autores y temas


La filosofía medieval es la que se produce en Europa y su entorno cercano (Oriente próximo, norte de África...) entre los siglos I y XV d. C. 

A la hora de pensar en la época medieval hay que huir del tópico de que fue una edad oscurantista y bárbara, aunque, sin duda, hubo momentos, como en todas las épocas, de oscuridad y barbarie. Durante los más de mil años que duró, la cultura medieval intento concebir la realidad, la vida humana, el conocimiento y los valores, de un modo unitario, haciendo que todo girase en torno a Dios

Universidad de Salamanca

Como parte de este intento unificador, la época medieval se empeñó en fundir las dos grandes raíces culturales de nuestra civilización: la tradición grecolatina, por un lado, y el rico torrente de espiritualidad que venía de Oriente (la tradición religiosa judía entre otras). Fruto de esta mezcla entre Occidente y Oriente, entre "Atenas y Jerusalén", entre el mundo indoeuropeo y la tradición semita, realizada durante la E. Media, son el cristianismo y lo que podemos llamar la "civilización europea".

Una muestra reveladora de esta unificación entre la cultura grecolatina y la tradición religiosa judía va a ser la profunda relación que van a establecer los filósofos medievales (casi todos ellos religiosos) entre la filosofía griega (sobre todo platónica y aristotélica) y las llamadas religiones del libro (judaísmo, cristianismo, islamismo), sobre todo con estas dos últimas. En un primer momento, la filosofía va a ser utilizada como "sirviente de la teología", para expandir el cristianismo por un mediterráneo fuertemente helenizado (recordad las conquistas de Alejandro Magno),
El Triunfo de S. Tomás (B. Gozzoli, 1471). Detalle
así como para const
ruir y unificar la doctrina frente a la amenaza disgregadora de las herejías. Pero en un segundo momento, la filosofía, ya cristianizada y casi hecha una misma cosa con la teología, va a replantear de forma novedosa los mismos problemas filosóficos de los que ya trataban los griegos, dando, en ocasiones, respuestas originales y muy valiosas.


Podemos establecer varias etapas temporales en el desarrollo del pensamiento medieval

(1) La aparición y expansión del cristianismo (ss. I-II d. C.). El cristianismo parece tener origen en grupos religiosos judíos de carácter mesiánico (como los esenios) que afirmaban que el mesías ya había llegado para liberar a Israel de sus males. Este movimiento (tal vez influido por otras religiones como el mitraísmo o los cultos mistéricos) comenzó a expandirse por todo el mediterráneo, convertido en una religión cosmopolita gracias a sus propagadores (empezando por San Pablo), quienes buscaron armonizar el mensaje evangélico con la cultura y el pensamiento helenístico. Tras las Epístolas de Pablo se redactan los Evangelios (en lengua griega y, algunos de ellos empleando conceptos filosóficos griegos, como "logos", "psique", "pneuma"...). Como veis, en esta época el pensamiento griego va a servir ya para expresar, clarificar y canonizar la doctrina cristiana. 

San Pablo predicando a los atenienses (Rafael, 1515)

(2) La patrística y Agustín de Hipona (ss. II-V d. C). Durante estos siglos los llamados "Padres de la Iglesia" (como Justino, Taciano, Ireneo, Clemente de Alejandría, Tertuliano, Orígenes y Agustín de Hipona) fijan la doctrina cristiana frente a paganos y herejes, asimilando gran parte del pensamiento filosófico en favor de los más importantes dogmas cristianos (como la unidad de Dios, la creación del mundo a partir de la nada, la inmortalidad del alma, el libre albedrío, etc.) El ejemplo más claro es el de Agustín, cuya obra se funda o inspira en la filosofía neoplatónica. 

San Agustín. (P. de Champaigne, 1645)

(3) La escolástica (ss. V-XIII). Hasta el siglo XII, el pensamiento medieval sigue siendo de tono neoplatónico con concesiones a la mística. A esta primera fase de la escolástica pertenecen autores como San Anselmo de Canterbury o Pedro Abelardo, los filósofos árabes Avicena y Averroes (andalusí de Córdoba), el filósofo judío Maimónides e Hildegarda de Bingen. Santa Hildegarda ha sido considerada como una de las personalidades más fascinantes y polifacéticas del Occidente europeo. Fue abadesa, líder monacal, mística, profetisa, médica y compositora musical. Escribió obras teológicas, morales, botánicas y medicinales. Su prestigio como mujer sabia y santa fue enorme. En 2012 fue reconocida como doctora de la Iglesia. Durante el siglo XIII el autor más importante va a ser Tomás de Aquino, que va lograr construir una síntesis impresionante entre el cristianismo vigente, de raíz platónica, y las doctrinas de Aristóteles, redescubiertas en Europa desde el siglo XII y que, en la versión de Averroes, ponían en cuestión algunos de los más importantes dogmas del cristianismo.

Averroes. Monumento en Córdoba

Maimónides (monumento en Córdoba)

Hildegarda de Bingen 

Apoteosis de S. Tomás de Aquino. (Zurbarán, 1631)

(4) Crisis de la escolástica (ss. XIV-XV). Durante esta época, se critica duramente el pensamiento conciliador entre fe y razón propuesto por Tomás de Aquino, y se impone una vuelta hacia posiciones fideístas (defensoras de la fe y contrarias a la racionalización de la doctrina). Finalmente, se impone un dualismo que distingue tajantemente el ámbito de la fe y el de la razón (es decir: la religión de la filosofía). Sobre este dualismo se va a edificar en gran medida la cultura moderna y contemporánea. Los autores más importantes de este periodo son teólogos como Duns Escoto y Guillermo de Occam. 



La filosofía medieval trata todos los temas y problemas ya planteados por los filósofos griegos pero, como decíamos, en un lenguaje más teológico y con el propósito de conciliar los dogmas de fe con los argumentos racionales de la filosofía.

Así, en cuanto al problema de la realidad (ontología), algunos pensadores de esta época van a tratar de demostrar racionalmente la existencia de Dios o de justificar el dogma de la creación (por ejemplo, a través de la distinción entre esencia y existencia), además de interesarse vivamente por el llamado "problema de los universales", muy ligado a los planteamientos platónicos y aristotélicos en torno a la realidad de las formas o ideas. 

En el campo de la epistemología, los filósofos/teólogos medievales van a reflexionar insistentemente en el problema de la relación entre fe y razón (es decir, entre religión y filosofía).

Por otra parte, en el ámbito de la antropología y la ética se van a tratar asuntos como el de la libertad humana o el problema del mal, mientras que en filosofía política se van a hacer aportaciones muy importantes en relación con la teoría del derecho natural o al asunto de la relación entre la Iglesia y el Estado.  



A todo esto, una pregunta que late bajo toda la filosofía medieval es esta: ¿Se puede ser cristiano (o musulmán, o judío o creyente en cualquier otra religión) y, a la vez, filósofo o científico? ¿Qué opináis vosotros? 


Y aquí la presentación de clase:






lunes, 24 de noviembre de 2025

34. Estoicismo, epicureismo y otras doctrinas éticas de la época helenística.

 


Recordemos que la época helenística comprende estrictamente el periodo que va del siglo IV (muerte de A. Magno) al siglo II a. C (conquista romana de Grecia), aunque algunos la prolongan hasta el siglo I d. C (comienza la expansión del cristianismo) e incluso hasta el siglo V d. C. (muerte de Hipatia de Alejandría) o VI d. C (cierre definitivo de la Academia platónica por parte del emperador Justiniano). De lo que se piensa en este periodo sobre la realidad o el conocimiento ya hemos hablado (capítulo 20); vamos a tratar ahora de las principales aportaciones de los filósofos helenísticos a la ética (pues de la política se trata poco en este periodo). 


Una de las principales aportaciones es la de los llamados estoicos. La "escuela estoica" fue fundada por Zenón de Citio en Atenas, durante el siglo III a. C. Entre los muchos filósofos estoicos hubo 
un hispano-romano (Séneca, nacido en Corduba, s. I d. C), un emperador romano (Marco Aurelio, s. II d. C) o un esclavo cojo (Epícteto, s. II d. C.). El estoicismo tuvo, además, una gran influencia en la moral cristiana, y casi podríamos decir que hoy "esta de moda" (todavía se dice de alguien que afronta con serenidad las adversidades que "se comporta estoicamente"). La ética estoica arranca de una concepción  determinista y racionalista de la realidad: según los estoicos, todo lo que ocurre en el mundo ocurre por necesidad racional, por lo que de nada sirve rebelarse ante el "destino", y lo que hay que hacer es aceptarlo con valor y serenidad ("amor fati"). El que acepta de buen grado el devenir de las cosas, modera sus deseos y actúa de forma racional y controlando sus emociones y pasiones (evitando la pasión por la riqueza, el poder o los placeres) actúa virtuosamente y vive feliz y en paz con la naturaleza, consigo mismo y con los demás.



Otra teoría ética sumamente importante en la antigüedad fue el epicureísmo, fundada por Epicuro de Samos, en Atenas, a finales del s. IV a. C., y que también influyó mucho en la cultura romana (por ejemplo, en el poeta Lucrecio). La escuela de Epicuro fue también llamada "escuela del jardín", por la casa de campo en la que Epicuro y sus amigos (incluyendo mujeres y esclavos) charlaban de filosofía.

 La ética de Epicuro parte de un presupuesto materialista similar al del atomismo de Demócrito: la realidad se compone de átomos y vacío, y si existe algo más (dioses, ideas) nos da igual porque no podemos conocer nada más allá de la experiencia de los sentidos, por lo que es absurdo temer al castigo de los dioses tras la muerte, o tener miedo a la muerte misma, dado que mientras estamos vivos no la sentimos, y cuando ella llega nosotros ya no existimos ni sentimos nada (así que la muerte no es real, ni para los vivos ni para los muertos). Epicuro defendía una teoría ética hedonista (de "hedoné", que significa "placer"), según la cual lo bueno es lo que proporciona placer, y lo malo lo que nos genera dolor. Esto no quiere decir que cualquier placer sea bueno, sino solo aquel que no conlleva dolor; por ello, Epicuro recomendaba un uso moderado y escogido de los placeres, prefiriendo los placeres de la amistad y de la vida entregada al estudio y alejada de la política. 



Por cierto, para escuchar un sabroso debate entre estoicos y epicúreos podéis pulsar aquí


Una tercera doctrina ética, desarrollada durante la misma época (ss. IV-III a. C) es la de los cínicos. Los filósofos cínicos decían inspirarse en Sócrates, y defendían un modo de vida "natural" y autosuficiente, reduciendo al máximo las necesidades y rechazando como falsos bienes los lujos innecesarios y las convenciones sociales que, según ellos, solo generaban esclavitud e hipocresía (las costumbres eran la "falsa moneda" de la moralidad). El más conocido cínico fue Diógenes de Sinope, del que se dice que vivía en una tinaja con muy pocas propiedades, que se comportaba sin respetar las costumbres sociales (se masturbaba en público) y que despreciaba el poder político (cuando Alejandro Magno pasó junto a él y le prometió concederle un deseo, lo que Diógenes le pidió fue que se apartara porque le impedía tomar el sol). También dicen de él que andaba con una lámpara por toda la ciudad diciendo que buscaba a un ser humano (honesto o virtuoso). 

 


Y si queréis escuchar a Diógenes el perro charlando con Alejandro Magno, pulsad aquí.

33. EJERCICIO CON TEXTO FILOSÓFICO 2

 

EJERCICIOS CON TEXTO FILOSÓFICO 2




 

FRAGMENTO

“-Por cierto que es una tarea de nosotros, los fundadores de este Estado, la de obligar a los hombres de naturaleza mejor dotada a emprender el estudio que hemos dicho antes que era el supremo contemplar el Bien y llevar a cabo aquel ascenso y, tras haber ascendido y contemplado suficientemente, no permitirles lo que ahora se les permite. 

-¿A qué te refieres? 

-Quedarse allí y no estar dispuesto a descender junto a aquellos prisioneros, ni participar en sus trabajos y recompensas, sean éstas insignificantes o valiosas".

Platón: República. Libro VII, Madrid: Editorial Gredos, 1986.

 

Lee con atención el fragmento propuesto y escribe un comentario o composición que incluya lo siguiente:

1.      1.  Identifica la problemática del fragmento, explicando sus ideas o conceptos clave en relación con la filosofía del autor. (15-20 líneas mínimo).

2.    2.    Relaciona o compara el contenido del fragmento elegido, o bien con cualquier otro autor o autora (uno o más de uno) o corriente o perspectiva filosófica que se ocupe del mismo ámbito o rama de la filosofía; o bien elabora una reflexión en la que vincules el contenido del texto con algún tema o problema de actualidad  (15-20 líneas mínimo).   









viernes, 21 de noviembre de 2025

32. Ética y política en Aristóteles

 

Los animales no tienen que hacer elecciones, pues su comportamiento está dirigido por la naturaleza; un dios tampoco, pues lo es ya todo; solo el ser humano puede escoger que posibilidades va a realizar (que potencialidades va a actualizar).  Ahora bien: ¿Cuáles escoger? La respuesta parece, en principio, fácil: debemos escoger lo que es bueno o conveniente. Ahora bien, la cosa se complica enseguida: ¿qué es lo bueno o conveniente? Este es el principal problema de la ética. 

Lo bueno ha de ser el fin de nuestras acciones (su "causa final", la más importante para Aristóteles). Preguntar qué es lo bueno para nosotros o para el ser humano en general es, para Aristóteles, como preguntar cuál es el fin más adecuado para nosotros o para las personas en general. A este respecto, Aristóteles distingue entre fines o bienes parciales y fines o bienes absolutos. Tener dinero o salud son, por ejemplo, bienes o fines parciales, pues los apreciamos en tanto nos facilitan otras metas o fines (estar sano está bien porque, gracias a ello, puedo salir, divertirme, comer lo que quiera, etc.; tener dinero está bien porque, gracias a ello, puede comprar cosas, viajar, ayudar a otros...). ¿Hay algún bien o fin absoluto, que ya no sea un medio para otro? Aristóteles afirma que sí: ese bien o fin último y supremo es la felicidad ("eudaimonía"). 

¿Y qué es la felicidad? Según Aristóteles, la felicidad consiste en llegar a ser un ser humano "excelente", es decir: en hacer lo mejor posible aquello que es propio y característico de un ser humano. Como los seres humanos somos animales racionales, hacer lo que nos es más propio consiste idealmente en cultivar el alma racional, adoptando, en lo posible, una vida contemplativa entregada al estudio y la filosofía. 

Hasta aquí, la ética aristotélica se parece mucho a la ética socrática y platónica. La diferencia con Platón y Aristóteles es que Aristóteles afirma que para alcanzar esa vida contemplativa hay que tener en cuenta que nuestra alma esta sustancialmente unida al cuerpo (somos seres físicos, animales), que nuestro cuerpo y alma son en cierto modo productos sociales (somos animales sociales), y que además de razones también tenemos pasiones y deseos irrefrenables (somos racionales, pero no solo racionales). Toda teoría ética ha de tener en cuenta estos aspectos: nuestra corporalidad, nuestra naturaleza social y nuestra posible irracionalidad. Todo esto lleva a Aristóteles a introducir factores éticamente novedosos, sobre todo, estos dos

(a) No se puede ser plenamente feliz (dedicarse al cultivo del alma intelectiva) sin atender antes, o a la vez, a las necesidades del cuerpo (obteniendo ciertos "bienes internos": salud, alimento, cobijo, ciertos placeres sensuales) y a nuestras necesidades como seres sociales (obteniendo ciertos "bienes externos": posesiones, amigos, prestigio...).

(b) No basta con saber lo que es bueno para hacerlo (intelectualismo moral), pues no somos seres puramente racionales, sino también inevitablemente pasionales (cuerpo y alma, pasión y razón son partes constitutivas del ser humano), y puede ser que queramos irracional o apasionadamente hacer lo que sabemos que es malo (el lo que llama Aristóteles el problema de la "acrasia" o incontinencia moral).

Para controlar esta incontinencia pasional hay que fortalecer el carácter o hábito moral, que es aquel que nos ayuda a evitar los extremos y elegir con moderación (escoger un término medio) en cada circunstancia.

Así pues, la ética aristotélica es más "realista", menos intelectualista, y más pendiente del contexto que la platónica. Afirma que para ser felices hemos de satisfacer primero las necesidades y deseos más básicos (realismo); desarrollar la fuerza de carácter y no solo el conocimiento (intelectualismo moderado o "voluntarista"); y tener en cuenta las circunstancias (importancia del contexto). 

De todo lo anterior se deduce que la máxima virtud ética para Aristóteles no sea la mera sabiduría, sino más bien la prudencia, que es un saber práctico dirigido a saber escoger lo bueno teniendo en cuenta nuestra naturaleza física y social, considerando las circunstancias, y contando con el hábito o fuerza de carácter necesarios para moderar las pasiones.


En cuanto a la política, Aristóteles (al igual que Platón en esto) piensa que su origen está en la necesidad que tenemos los seres humanos de organizarnos socialmente para sobrevivir (dependemos desde que somos niños de otras personas que nos dan alimento y cuidado), pero que su finalidad es que todos puedan vivir bien, es decir, desarrollarse como ser humanos y ser felices (es en sociedad donde realmente obtenemos los bienes internos y externos y donde cultivamos el alma racional, aprendiendo a hablar, razonar o ser prudentes). Así pues, no podemos ser plenamente humanos fuera de la "polis" (Aristóteles define a veces al ser humano como "el animal político", queriendo decir que la política es parte de nuestra forma natural de ser). He aquí la relación esencial que establece Aristóteles entre ética y política (aunque en cierto modo podríamos decir que la prioridad la tiene la política, pues es la vida en común en la polis -- más que en la familia o la aldea -- la que nos constituye como seres capaces de usar el lenguaje para razonar, y capaces de juzgar y actuar con prudencia).  

De este modo, el objetivo de la política es organizar una comunidad en la que los ciudadanos (no olvidaos que aquí no entraban los esclavos, ni los extranjeros, ni estrictamente hablando las mujeres) pudieran satisfacer sus necesidades físicas y sociales (acceso a la riqueza con la que asegurarse alimento, cobijo, placeres; actividades sociales en donde cultivar la amistad...) y, sobre todo, pudieran educarse, tanto racionalmente (en instituciones educativas y el diálogo con otros) como moralmente (desarrollando la prudencia en el ejercicio activo de la vida pública). Como veis, en Aristóteles la educación es también un factor fundamental en la organización de la "polis", no solo en un sentido académico, sino también en un sentido práctico y cívico.

¿Y cuál el régimen político que mejor garantiza una organización como la que hemos descrito? Aristóteles no piensa, como Platón, que haya un régimen político ideal y universalmente válido (como la aristocracia de sabios que él propone), sino que cree que el régimen a preferir depende, en cada caso, de las circunstancias (realismo o posibilismo de Aristóteles). En general, Aristóteles cree que hay tres regímenes mejores y tres peores. Los mejores son aquellos en los que se gobierna en vistas al bien común (si gobierna uno solo se llama monarquía, si gobiernan unos pocos aristocracia, y si gobiernan muchos república o "politeia"). Los peores son aquellos tres en los que se gobierna en vistas al interés de unos pocos (si gobierna una solo se llama entonces tiranía, si gobiernan unos pocos oligarquía, y si gobiernan muchos democracia o demagogia). 

Aristóteles piensa que lo mejor sería una monarquía o aristocracia de hombres sabios y prudentes (como en Platón), pero esto es muy improbable, por lo que lo más realista es instituir una "república" o "politeia", un régimen mezcla de aristocracia y democracia en que gobiernen un grupo numeroso de ciudadanos instruidos y experimentados (al ser muchos será más difícil corromperlos, y al ser solo ciudadanos educados se evitará que gobierne el pueblo ignorante).

Aquí podéis escuchar y leer una entrevista a Aristóteles, en el que el maestro se explaya sobre la felicidad y la vida política. 

Y aquí la presentación de clase: 

31. La antropología o psicología aristotélica




¿Qué es el ser humano para Aristóteles? Como cualquier otra substancia, el ser humano es, para el filósofo estagirita, un compuesto inseparable de materia y forma, est

o es, en su caso, de cuerpo (materia) y alma (forma). Esta unión, insistimos, es, en Aristóteles, “sustancial” (no “accidental”, como era en Platón, para quién el alma solo estaba accidental o temporalmente unida al cuerpo). Esto quiere decir que, para Aristóteles, el ser humano no es un ser trascendente, como sí lo era para Platón para quien la vida humana consistía en una progresiva liberación del alma de aquello que no era ella, es decir, de la materia del cuerpo –, lo cual implica igualmente que, según Aristóteles, el alma humana difícilmente puede ser inmortal, como sí parecía creer Platón.

Ahora bien, el ser humano no es el único ser con alma (“psique”). De hecho, el poseer alma como aquello que da forma a la materia del cuerpo es lo que caracteriza a todos los seres vivos. En este sentido genérico, como principio de vida, el alma es, para Aristóteles, como lo era para la mayoría de los griegos: una especie de principio anímico o causa interna de movimiento. Así, y a diferencia de los seres inertes, cuyo movimiento es causado exteriormente, los seres vivos, indica Aristóteles, son aquellos que tienen en sí mismos el principio de su movimiento (es decir: alma

¿Pero en qué consiste ese movimiento interno con que el alma “anima” y le da su forma dinámica a la materia del cuerpo? El alma es causa formal – y, en cierto modo, eficiente – que guía al ser vivo en función de su causa final: la persistencia y perfección de su ser. 

En los seres vivos más simples (las plantas) esa actividad anímica consiste en la nutrición y la reproducción, acciones mediante las que el ser persiste y perfecciona su ser viviendo muchos años y dejando un ser similar – a través de la reproducción – antes de degenerar y morir. Este alma, dirigida únicamente a la nutrición y la reproducción, es denominada por Aristóteles “alma vegetativa”.


A diferencia de las plantas, la estrategia de nutrición y reproducción de los animales, consiste en desplazarse de un lugar a otro, tarea para la que precisan de una “monitorización” o representación sensible del entorno para orientarse en él, y un sistema para diferenciar entre aquello a lo que conviene acercarse y aquello ante lo cual es mejor alejarse o adoptar acciones defensivas. Así, el alma de los animales, además de la actividad de nutrición y reproducción, se caracteriza también por la actividad de sentir: de sentir cómo es el mundo, para no perderse en él, y de sentir el mundo, para distinguir, en él, lo “inconveniente” de lo “conveniente”. De ahí que los animales, dice Aristóteles, se distingan por su “alma sensitiva (aunque también tienen, como las plantas, un alma vegetativa, ocupada de los procesos más simples.


En cuanto a los seres humanos, además de alma vegetativa y sensitiva, disponen también, de alma intelectiva (o racional). El alma intelectiva les hace capaces de representarse el mundo y valorarlo de manera desinteresada, es decir, de hacer ciencia (en la que lo que importa es la verdad, y no el logro de fines prácticos) y de tener moral (en lo que lo que importa es lo justo, no lo que nos convenga más o menos a nosotros). 

El ser humano es, pues, el animal racional, el único dotado de alma intelectiva. Ahora bien, la racionalidad por la que conocemos el mundo y juzgamos lo que es bueno o justo solo se da a través del lenguaje (el logos) y del desarrollo de cierto hábito o prudencia moral, cosas ambas que solo se desarrollan en un entorno social determinado: la polis, la comunidad en la que no solo se nos enseña a hablar (y no solo a expresar con la voz el placer o el dolor, como los animales) sino también a desarrollar nuestra capacidad de juicio moral mediante la participación en los asuntos públicos. De ahí que Aristóteles, además de como "animales racionales", defina a los seres humanos como "animales políticos". 




Aquí, una grabación en la que se explica todo este asunto.