martes, 27 de enero de 2026

46. ¿Puede un ciego de nacimiento conocer el color azul? El debate entre racionalistas y empiristas


Los micrófonos ocultos de la Caverna captaron hace poco esta conversación entre un Empirista (E) y un Racionalista (R). A ver que os parece.

E: ¡Los datos, los hechos, el experimento bien hecho! Gracias a todo eso el conocimiento ha avanzado a pasos de gigante desde la revolución científica del XVII hasta nuestros días.
R: Es decir, que las ideas verdaderas son las que se corresponden con los datos, vamos, con lo que vemos.
E: Básicamente sí. En la ciencia también se razona y se deduce, pero la piedra de toque para verificar una teoría científica es que sus predicciones se correspondan con los datos observables. Es decir, que el astrónomo (por dar un ejemplo) diga que tal cometa va a pasar por el cielo tal día a tal hora y… ¡pase!
R: ¿Y cómo estás tan seguro de que esta concepción empirista de la verdad es la verdadera?
E: No te entiendo.
R: Sí. Tú dices que lo verdadero es lo que coincide con lo que ves. ¿Pero cómo sabes que esto mismo es cierto? ¿Por qué crees que sólo es creíble lo que ves? ¿Ves también eso? ¿Se ha demostrado con algún experimento que los experimentos son la forma adecuada de averiguar la verdad?
E: No es necesario. Tú, como yo, aceptamos que la verdad es la correspondencia de nuestros pensamientos con la realidad. Y la realidad es este mundo que vemos. ¡Es de sentido común!
R: Bueno, eso que tú llamas de sentido común yo lo considero, más bien, una teoría sobre la realidad. Y no hay que aceptarla sin más. Pero dejemos ahora eso. ¿Qué ocurre con las verdades matemáticas o lógicas, como que dos más dos son cuatro? ¿También estas verdades dependen de la experiencia, de lo que vemos o experimentamos?
E: Este es un asunto complejo. Pero yo diría que sí. Los conceptos matemáticos son una generalización a partir de nuestra experiencia con las cosas físicas. Percibimos cosas distintas pero a la vez similares (por ejemplo, distintos árboles o pájaros), y de ahí obtenemos el concepto de cantidad o número: dos árboles, tres pájaros… Y con la geometría igual: dicen los historiadores que nació en Egipto y Babilonia, por la necesidad que tenían allí de medir con exactitud las parcelas agrícolas… Todo conocimiento es "a posteriori", posterior a la experiencia.
R: No sé qué pensar. Todas las verdades que surgen de la experiencia son probables.
E: ¿Cómo probables?
R: Sí. Dependen de lo que observamos en el mundo físico, ¿no? Pero el mundo físico es cambiante, por lo que ninguna verdad será para siempre verdadera. Sólo podremos decir que, de momento, las cosas ocurren así, pero: ¿Y mañana?...
E: Cierto. Todas las verdades son probables.
R: Incluso la verdad de que toda verdad es probable debería ser, según tú, probable, y también ésta última, y ésta, y… ¿Hasta que el conocimiento sea absolutamente improbable?...
E: Eso me parece una exageración sin fundamento empírico.
R: Tal vez. ¿Pero de veras crees que las verdades matemáticas son sólo probables? ¿Sería posible concebir o imaginar un mundo en que dos más dos fueran cinco?... Por otra parte, dices que aprendemos los números a partir de la experiencia de ver cosas distintas y a la vez similares. Dejando el tema de cómo algo puede ser distinto y a la vez similar, ¿no te parece que para ver cosas, dos o tres o las que sean, hace falta ya conocer de alguna manera los números?
E: ¿De qué manera? ¿Insinúas que los bebés vienen al mundo sabiendo ya aritmética? Eso me parece ridículo. Nacemos sin saber nada, y menos aún matemáticas. ¡Con lo difíciles que son!
R: Eso también me resulta difícil de creer. Si los bebes nacieran sin ninguna capacidad lógica, ¿podrían aprender algo? ¿Podrían entender la más mínima instrucción que se les diera? ¿Podríamos aprender algo a partir de cero?

E: Creo que tienes razón. Pero eso no obliga a asumir que sepamos matemáticas al nacer, ni que vengamos con “ideas innatas” al mundo. Simplemente, el cerebro humano cuenta con ciertos mecanismos con los que procesar la información desde que empieza a recibirla.
R: ¿Es entonces la lógica una especie de mecanismo cerebral?
E: Digamos que el cerebro funciona de cierta forma, y a eso luego le llamamos "lógica".
R: Que funciona de cierta forma quiere decir que funciona según la lógica (la llamemos como la llamemos). ¡Pero me cuesta trabajo creer que las leyes lógicas estén ahí, entre las neuronas, obligándolas a comportarse de cierta forma!
E: Eso es una caricatura, me temo. Hace falta estar muy puesto en psiconeurología para discutir de esto.
R: Vale. Pasemos a otro tema. Si la verdad depende de lo que veo, la verdad sólo será mi verdad. Pues mis visiones o experiencias sensoriales son personales e intransferibles. El conocimiento empírico sería así, además de probable, muy subjetivo. ¿No crees?
E: No, no creo. Una observación empírica no es lo que ve un sujeto cualquiera, sino lo que ve un grupo de expertos, que se aseguran de estar viendo lo mismo.
R: ¿Y cómo se aseguran de eso? ¿Puedo yo meterme en tu mente para saber que estas viendo lo mismo que yo?
E: No, claro. Basta con que describamos todos con exactitud lo que vemos.
R: O sea, que al final la verdad no es la correspondencia con lo que se ve, sino con lo que interpreta un grupo de expertos que se ve.
E: Claro.
R: ¿Pero cómo sabremos si su interpretación es correcta?
E: Porque son expertos en su ciencia. Saben mucho.
R: Pero yo creía que decías que el saber depende del ver. Y ahora me dices que el ver depende del saber. Esto del empirismo no es nada fácil.
E: Saber y ver dependen uno del otro.
R: Ya. ¿Pero son igual de importantes? ¿Se puede ver sin saber? ¿Podríamos ver algo de lo que no tuviéramos ni idea?...
E: Habría que pensarlo. Seguramente no.
R: Sí, mejor pensarlo que verlo. Yo creo que es imposible ver algo de lo que no tengamos ideas previas.
E: ¿Volvemos a las ideas innatas y los bebes sabios?
R:… Y por otra parte, creo que se pueden saber muchas cosas sin verlas, y ni tan siquiera imaginarlas, como las ideas matemáticas. Es más, estaría dispuesto a plantear que incluso un ciego de nacimiento podría saber perfectamente lo que es el color azul…
E: ¡Imposible! Por mucha física de los colores que supiera, no se puede saber del todo lo que es el azul si uno carece de vista.
R: ¿Quieres decir que hay cosas que no se pueden entender sin verlas?
E: Pues sí.
R: ¿Y que, por tanto, entender y ver son cosas distintas o, si quieres, partes distintas del conocimiento?
E: Sí.
R: Entonces ver no es entender, o, si quieres, ver es una forma de conocer que no tiene que ver con la inteligencia y las ideas.
E: Así es.
R: ¿Y no te parece que esto desdice lo que decíamos antes: que no se puede ver nada si no es a partir de ciertas ideas e interpretaciones?

1. Resume los principales argumentos de E contra R.
2. Resume los principales argumentos de R contra E.
3. ¿Qué opináis vosotros: sabemos según lo que vemos, o vemos según lo que sabemos?
4. ¿Podría un ciego de nacimiento, que contara con una teoría perfecta acerca de los colores, saber igual o mejor que nosotros lo que es el color azul?

lunes, 26 de enero de 2026

45. El empirismo, o de como reducir todo conocimiento a impresión.



El empirismo es una teoría del conocimiento que surge en oposición al racionalismo durante los siglos XVII y XVIII, y especialmente en el Reino Unido. Sus principales representantes son John Locke, Georges Berkeley y David Hume.

Para el empirismo, las ideas solo pueden considerarse como verdaderas en tanto provienen de la experiencia sensible (o en tanto se verifican experimentalmente, diríamos hoy). El origen y fundamento del conocimiento no estaría, pues en la evidencia lógica  (como pensaban los racionalistas), sino en la experiencia; de ahí el nombre de "empirismo" («empeiria» en griego, que significa "experiencia"). Según los empiristas, antes de tener experiencias, nuestra mente es una "tabula rasa", como una tabla o pizarra en blanco en la que no hay conocimiento alguno (es todo lo contrario a la teoría de las ideas innatas que defiende el racionalismo), por lo que para el empirismo todo conocimiento es "a posteriori" (y no "a priori", como para el racionalismo). Además, para el empirismo el origen del conocimiento (la experiencia sensible) marca también su límite: no podemos conocer nada de lo que no podamos tener una mínima experiencia sensible, por lo que el ideal racionalista de conocerlo todo carecería de sentido (pues no todo podemos conocerlo por experiencia).


Ahora bien, si la demostración racional podía significar dos cosas (evidencia racional directa o demostración por deducción), que el conocimiento provenga de la experiencia sensible también significa dos cosas: (1) que el conocimiento se reduce a impresiones sensibles; o (2) que se debe a elaboraciones psicológicas que realiza la mente a partir de esas impresiones sensibles.


Así, en primer lugar, el conocimiento consiste en tener impresiones sensibles, como les llama Hume, o ideas simples, como les llama Locke
(en este último caso, las ideas simples pueden ser tanto externas, por contacto con el mundo externo, como internas, por la experiencia que tiene la mente de sus propios estados). Estas impresiones sensibles (o ideas simples) se 
imponen a mi mente con fuerza tal que mi voluntad no es capaz de modificarlas (por mucho que me empeño no dejo de percibir la forma de mis manos, o de percibirlas blancas en lugar de azules) y serían equivalentes a la percepción de las cualidades, tanto primarias (como las dimensiones físicas) como secundarias (colores, sonidos...) de las cosas


En segundo lugar, nuestra mente pasa a la acción y, aplicando mecanismos psicológicos a las impresiones (o ideas simples), construye ideas y conocimientos más complejos. Así, la mente, gracias al hábito o mecanismo psicológico consistente en agrupar lo semejante y contiguo en el espacio y el tiempo, reúne determinadas impresiones o ideas simples (cierto color, ciertas cualidades y dimensiones físicas...) para formar la idea compleja de determinada cosa o substancia (por ejemplo, a partir de ciertas impresiones de color y forma, la mente forma la idea compleja de una rosa). Así mismo, las ideas de cosas o substancias particulares pueden ser almacenadas en la memoria y, al ser comparadas con ideas parecidas, generar ideas abstractas o conceptos (como el concepto de rosa, o de flor). Además, por reiteración de ciertas ideas complejas (como, por ejemplo, la idea compleja de relación entre las ideas de "rosa", de "crecer" y la de "clima templado") puedo construir conocimientos más generales, del tipo “las rosas crecen en lugares de clima templado”. A este “hábito de generalización” se le llama “inducción”Como, además, mi mente tiene el hábito de interpretar la sucesión de impresiones e ideas como si unas fueran la causa de las otras, podría llegar a construir un tipo de generalización causal (tipo "todo A tiene por causa B"), que es el tipo de conocimiento que más interesa a las ciencias (En el caso del ejemplo, sería algo así como "el clima templado es una de las causas del crecimiento de las rosas).


A las ideas consideradas como verdaderas por corresponderse con o provenir de impresiones sensibles se les denominan verdades de hecho, o verdades "a posteriori" (también se les llama a veces verdades contingentes, probables, materiales, sintéticas o, más modernamente, datos, proposiciones protocolares, etc....).

Como puede verse, el empirismo establece que la verdad es, fundamentalmente, una relación de correspondencia entre impresiones (o ideas simples) e ideas más complejas (a esto se le suele llamar "teoría de la verdad como correspondencia"); impresiones a las que se les supone, a su vez, producto o efecto del mundo real. En este sentido, algunos filósofos empiristas, como Locke, suelen suponer que "tras" las impresiones o ideas simples existe un mundo objetivo y eminentemente material, que es el que, estimulando nuestros sentidos, genera las impresiones que dan origen al conocimiento; pero otros, como Berkeley o Hume mantuvieron posiciones idealistas o escépticas al respecto. Berkeley piensa, por ejemplo, que el mundo material es una pura creación de nuestra propia mente (en la que Dios ha introducido ciertas regularidades para que pueda darse el conocimiento); y Hume afirmará que la existencia objetiva del mundo es algo fundamentalmente indemostrable...


Que el idealismo y el escepticismo con respecto al mundo prenda con más fuerza en el empirismo que en el racionalismo tiene sentido. En el racionalismo
, el presunto carácter innato de ciertas ideas (como las de perfección e infinitud) o la naturaleza necesaria (eterna, universal) de las ideas de razón parece que nos obliga a “salir” de la mente y creer en algo externo (aunque no sea directamente el mundo físico, sino un Dios eterno y perfecto). Pero en el empirismo las impresiones son tan variables como el pensamiento mismo, y como todo lo que conocemos es combinación de impresiones según leyes o hábitos psicológicos de la propia mente, ¿qué motivos íbamos a tener para creer que existe algo distinto de ella?..  Por otra parte, el idealismo de los empiristas se vuelve completo escepticismo cuando alguno de ellos (como Hume) pone en duda la existencia de la misma mente, pues (dice) ¿tenemos alguna impresión de la mente en sí como algo distinto de la serie de impresiones en que consiste nuestra experiencia? La respuesta es “no”, la idea cartesiana de “mente” o "yo", como algo distinto de la mera sucesión de impresiones, no tiene respaldo empírico en ninguna impresión, piensa Hume; a lo sumo podría responde a una creencia o hábito psicológico. Lo mismo ocurre con la idea de “cosa o substancia”, pues nada demuestra que exista una unidad subyacente a las múltiples cualidades que componen un supuesto objeto. Y lo mismo con la idea de "causa", de la que tampoco tenemos ninguna impresión, y que provendría del hábito psicológico de creer que hay una relación necesaria de dependencia entre fenómenos o impresiones que estamos acostumbrados a percibir de forma sucesiva. Además, como la idea de causa es la que permitía creer con firmeza en la existencia del mundo físico, pues se suponía que este era la "causa" de nuestras impresiones, al poner en cuestión el carácter objetivo de la idea de causa, también debemos poner en cuestión la existencia misma del mundo físico... Pese a todo lo dicho, el empirismo contemporáneo (especialmente el que asume la ciencia), es más realista que idealista y, en general, asume como principio dogmático la existencia de un universo físico observable. 

 
Conviene añadir que, si el racionalismo tiene relación con el impulso que toma el uso científico de la matemática en la Edad Moderna, el empirismo está relacionado con el auge de la ciencia experimental durante la Revolución Científica. Por ello, cuando decimos que la idea verdadera es la que tiene respaldo en las impresiones sensibles, entendemos por impresiones sensibles aquellas que se producen en un contexto experimental controlado como el que utilizan los científicos en sus observaciones y experimentos. 

Como en el racionalismo, en el empirismo también podemos establecer ciertas corrientes. Así, los empiristas más radicales afirmarían que todo lo que es real (o todo lo que se nos impone en la mente como tal) se puede describir en términos de propiedades o impresiones sensibles simples (como colores, figuras, etc.). En el origen de cualquier contenido mental habría, así, una o más impresiones simples. Incluso las ideas matemáticas y filosóficas más aparentemente alejadas del mundo o las impresiones sensibles, provendrían de alguna manera de estas. De este modo --diría un empirista--, si yo no hubiera tenido ciertas sensaciones distintas y experimentado las relaciones entre ellas, no podría haber llegado a pensar que “dos más dos son cuatro”. Digamos que si el racionalismo pretendía reducir todo conocimiento a lógica y matemáticas, el empirismo pretende reducirlo todo a impresiones y psicología. Si bien es cierto que hay filósofos empiristas más moderados que llegan a afirmar que, aunque todo el conocimiento proviene en último término de la experiencia, hay ideas que, como las de la matemáticas, parecen hasta tal punto independientes de la experiencia que resulta difícil pensar que no representen un tipo de conocimiento independiente de ella.



¿Qué podemos objetar al empirismo?  La primera crítica se dirige a su propia justificación como teoría. La teoría racionalista de que toda verdad lo es por demostración racional podría intentar justificarse de modo racional (aunque esto supusiera incurrir en un “círculo vicioso”), pero el empirismo ni siquiera admite justificación circular, pues, ¿a qué impresión o experiencia, o asociación de las mismas, se corresponde la propia idea o teoría empirista?... El empirista puede aducir aquí que su teoría no precisa demostración teórica alguna, y que la mejor prueba de su verdad es la naturalidad con que la aceptamos como tesis epistemológica...

Otra crítica alude a la imposibilidad de explicar empíricamente las verdades lógicas y matemáticas (¿podría basarse la necesidad y eternidad de estas verdades en la contingencia y fugacidad de las impresiones?). ... El empirista podría intentar argüir que la necesidad e invariabilidad de las verdades matemáticas son rasgos ilusorios (las verdades matemáticas serían necesarias y atemporales en el marco de un lenguaje simbólico que, en sí mismo, no lo es). 

Además: ¿cómo podríamos entender la más mínima experiencia o impresión sin ideas previas de carácter lógico (tal como la idea de identidad, las de relaciones todo/parte, etc,)? ¿Podría una mente empezar siendo una “tabula rasa” y aprender algo “desde cero”? ¿Cuál es el origen de las “reglas” psicológicas de asociación o inducción que la mente aplica a las impresiones?... El empirista tendría tal vez que reconocer que tales ideas y reglas son consustanciales a nuestro aparato nervioso y, en ese sentido, innatas, pero no por ello necesariamente relacionables con seres trascendentes o divinos...

Una crítica fundamental al empirismo es que, llevado a sus últimas consecuencias, conduce al escepticismo más absoluto. Si toda verdad está fundada en las impresiones sensibles del sujeto, toda verdad será fugaz y subjetiva (es decir, nada será verdad, pues cierto grado de constancia y objetividad es requisito básico de una verdad). En cuanto a la falta de objetividad de las impresiones, de poco sirve acudir al principio de “inter-subjetividad” (todos "vemos" lo mismo), pues ¿qué sé yo de las impresiones de otras mentes? Solo sé por lo que me dicen de ellas, pero entonces el conocimiento “objetivo” sería cuestión de interpretaciones y "palabras", no de impresiones (Incluso si fuera posible comprobar que realmente todos "vemos" lo mismo, ¿cómo podríamos garantizar que no estemos todos equivocados?) ... El empirista podría apostar por una verdad falible, probable, no infalible, ni necesaria... ¿Pero como sabemos que la verdad de que las verdades son probables no es también probable y, así, hasta el infinito (es decir, hasta una improbabilidad absoluta)?

Finalmente, el principio (lógico-psicológico) de inducción no puede proporcionar verdades firmes, sino solo probables (por muchas experiencias similares que, por ejemplo, acumule sobre rosas en climas templados, nunca podré decir con seguridad que no pueda florecer una rosa en el polo) y, por supuesto, no menos subjetivas (pues toda inducción se funda en la reiteración de mis propias impresiones)…

¿Y ahora qué? ¿Encontráis alguna objeción a estas objeciones? ¿Sois racionalistas o empiristas (o ni una cosa ni otra, sino todo lo contrario)?

Aquí, la presentación de clase: 

viernes, 16 de enero de 2026

44. EJERCICIO CON TEXTOS NO FILOSÓFICOS 2

 


1. Leed los siguientes fragmentos o documentos y, de cada uno de ellos, identificad el tema o problema principal que se plantea en él, nombrando alguna teoría, asunto o perspectiva filosófica que podáis relacionar con dicho problema. 

2. Escoge uno de los fragmentos o documentos y desarrolla una exposición escrita en la que comentes el tema y el contenido del texto relacionándolo con alguna teoría, asunto o perspectiva filosófica (o varias de ellas) que conozcas (30/35 líneas). Cuando acabes, ponle un título lo más expresivo posible a tu exposición. 


Texto 1. "La ciencia se ocupa de explicar los procesos naturales por medio de leyes naturales. La religión trata del significado de la vida, del propósito de la vida, de nuestras relaciones con los demás; sobre estas cosas, la ciencia no tiene nada significativo que decir. Y la religión no tiene nada significativo que decir sobre la ciencia porque no trata de esas cosas. Las dos se interfieren cuando dejan su campo en el que tienen autoridad y entran en el otro. Y ése es el problema con los fundamentalistas cristianos en Estados Unidos y los islamistas en otros países, que quieren hacer de la Biblia un libro de texto científico, como si fuera un tratado de astronomía o biología, y entonces sí hay contradicción y se destruye a sí misma".

Entrevista a Francisco J. Ayala. El País, 21 de junio de 2009 https://elpais.com/diario/2009/06/21/eps/1245565613_850215.html

 

Texto 2. "Desde una perspectiva puramente lógica […] resultaría inconsistente concebir a un ser absoluto que careciera de existencia. Así, al concepto de Dios le correspondería la propiedad de la existencia, del mismo modo que al de triángulo tener tres lados. El argumento anterior fue rechazado por otros filósofos que, no obstante, volvían a afirmar la existencia de Dios a partir de otros argumentos, cabe decir, más empíricos".

Bermúdez, V. y Negrete, J. A. Diálogos en la caverna. Madrid: Manuscritos, 2023 (p. 263).


Texto 3. "La investigación científica sugiere que la moralidad tiene sus raíces en principios universales de cooperación no necesariamente ligados a creencias religiosas. Un estudio realizado en 60 sociedades diferentes reveló que siete principios de cooperación (ayudar a los parientes, ser leal al grupo, corresponder a los favores, ser valiente, respetar a los superiores, compartir las cosas de forma justa y respetar la propiedad ajena) se consideran universalmente buenos desde el punto de vista moral".

Extraído de un post en X de Pablo Malo https://x.com/pitiklinov/status/1853524868496531648


Texto 4. "¿Y el plan divino? ¿Se acuerdan? El plan divino. ¡Hace mucho tiempo, Dios hizo un plan divino! Lo pensó mucho, decidió que era un buen plan… Lo puso en práctica, y durante billones y billones de años, el plan divino ha marchado bien. ¡Ahora llegan ustedes y rezan por algo! ¡Bueno, supongamos que lo que tú quieres no está en el plan divino de Dios! ¿Qué quieres que haga? ¿Qué cambie su plan? ¿Sólo por ti?... Y otra cosa. Otro problema que pueden tener! Supongamos que sus oraciones no tienen respuesta… ¿Qué dicen? “¡Bueno, es la voluntad de Dios! ¡Hágase su voluntad! ¡Bien! Pero si es la voluntad de Dios, y va a hacer lo que quiera de todas formas… ¿Para qué molestarse en rezar?"

Extraído de un monólogo del humorista Georges Carlin https://www.youtube.com/watch?v=vJxrdyE4UX4&t=47s


Texto 5. “ -Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescritas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que Son divinas”. 

Pico Della Mirandola. Oración por la dignidad del hombre (1486)


Texto 6

"[…]
¿Qué es la vida? Un frenesí.
 ¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
 y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
 y los sueños, sueños son".

Pedro Calderón de la Barca. Fragmento de La vida es sueño (1635)


Texto 7. "Las cosas «como son» siempre están ocultas tras un velo sensorial. El color no existe independientemente de una mente, así que ni siquiera tiene sentido preguntar «¿puedes experimentar el color como realmente es?». Porque lo que «realmente es», depende de tu cerebro. Lo que vale para el color, vale de diferentes maneras para todo; la experiencia siempre depende de la mente. . Pero de ninguna manera estamos condenados a las fake news, viviendo en nuestras propias burbujas narcisistas de subjetividad individual. Tenemos lenguaje, tenemos formas de comunicar y compartir nuestras experiencias […] Y si nos damos cuenta de que incluso nuestras experiencias perceptivas […] pueden ser diferentes, podemos cultivar un poco de humildad sobre nuestra propia visión del mundo".

Entrevista a Anil Seth, el neurocientífico que sostiene que nuestra realidad no es más que una alucinación. El Mundo, 7 de enero de 2026 https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/01/07/69529fa421efa0d5578b458a.html


Texto 8. 
"Ni soñando, ni manipulado por los más malvados científicos o extraterrestres o el más maligno de los diablos, podrías creer que piensas y existes si no estás pensando, ni creer que no piensas y no existes, si estás pensando. Si resultase que ahora estás encerrado en un mundo virtual, como los personajes de la famosa película Matrix, o en un videojuego, sería una ilusión que tienes el cuerpo que tienes, pero nunca puede ser una ilusión que eres un ser consciente".

Extraído del podcast “Descartes y la ilusión de lo que vemos”, de Radio Nacional de España. https://www.rtve.es/play/audios/dialogos-en-la-caverna/dialogos-caverna-descartes-ilusion-vemos-04-04-17/3967404/

jueves, 15 de enero de 2026

43. El racionalismo, o de como conocerlo todo al modo matemático

Como hemos visto, el pensamiento moderno considera que la realidad es, ante todo, un conjunto de ideas (visiones, pensamientos...) en nuestra mente. La realidad objetiva que haya detrás de esas ideas se entiende como un problema en gran medida irresoluble, (hasta el punto de que algunos filósofos, como Descartes, recurren nada menos que a Dios para intentar garantizar su existencia). Sin embargo, las dudas acerca de la posibilidad de un conocimiento objetivo (o acerca de la existencia misma de los objetos del mundo) no van a impedir que los filósofos modernos dediquen gran parte de su energía a intentar resolver el problema del conocimiento, o que incluso dicho problema sea el tema principal de la filosofía moderna. Dado que el "giro copernicano" que realiza la filosofía coloca la mente del sujeto en el centro, es comprensible que la reflexión sobre el proceso cognoscitivo adquiera mayor protagonismo. Antes de investigar ningún otro problema -- piensan los filósofos de esta época -- hay que investigar el modo mismo en que nuestra mente investiga y cree producir conocimientos. 


Ahora bien, dado lo que ya hemos dicho, el problema del conocimiento ya no va a poder plantearse como una simple relación entre la mente y la realidad (como suponía el realismo), sino más bien como una relación entre ideas que luego, y más problemáticamente, se relacionan con una supuesta realidad objetiva. Esto va a dar lugar a que las dos grandes teorías del conocimiento conocidas desde la antigüedad (la que daba prioridad a los razonamientos, y la que daba prioridad a la experiencia sensible) se reformulen de una manera nueva y compleja, y que, además, se bauticen con el nombre con el que todavía hoy las conocemos: "racionalismo" y "empirismo". En este capítulo vamos a analizar brevemente el racionalismo, y en el siguiente trataremos del empirismo.


El racionalismo es una teoría sobre el conocimiento defendida por muchos filósofos, desde los griegos hasta hoy. En la modernidad (que es cuando adquiere su nombre) el racionalismo está representado por autores como Descartes, Spinoza, Pascal, Wolff o Leibniz, entre otros.


El racionalismo sostiene, igual que el empirismo, que conocer significa tener una idea verdadera de aquello que pretendemos conocer. Ahora bien, difiere del empirismo en la noción de lo que sea una idea verdadera. 

Para el racionalismo, una idea verdadera (por ejemplo, la idea de que dos y dos son cuatro o la de que la Tierra gira alrededor del Sol) es aquella que se demuestra de forma racional, bien porque la idea es en sí misma evidente de un modo claro (entendemos que es absurdo o imposible negarla), o bien porque la idea se deduce lógicamente (según reglas deductivas) de otras ideas ya demostradas
 
Ejemplos de ideas en sí mismas evidentes para los racionalistas son: el cogito cartesiano (el “pienso luego existo”), el principio de identidad  (toda cosa es igual a sí misma), el principio de razón suficiente (todo ocurre por alguna razón) o el principio de causalidad (todo tiene una causa), además de las ideas lógicas y matemáticas más simples.


Una vez se han descubierto esas pocas ideas evidentes a la sola luz de la razón, el resto del proceso cognoscitivo, según el racionalista, consistiría en deducir, según reglas lógicas, el resto de las ideas o pensamientos verdaderos sobre la realidad. Así, del mismo modo que un físico matemático deduce la idea de movimiento curvo a partir de las ideas de movimiento rectilíneo y de fuerza, un filósofo deducirá la idea de Dios a partir de las ideas de perfección y de causa. La deducción es un proceso de conocimiento por el que extraigo de forma rigurosa (según las reglas de la lógica) unas verdades de otras ya lógicamente demostradas o evidentes en sí mismas. 

Todas estas ideas demostradas a través de la razón se van a llamar verdades de razón, o verdades "a priori" (también se les llama a veces verdades necesarias, o formales, o analíticas).

En cierto modo, el racionalismo establece que la verdad es una cuestión de coherencia lógica entre ideas (a esto se le suele llamar "teoría coherentista de la verdad"), aunque esto no significa negar necesariamente la realidad del mundo. Los racionalistas suelen creer o suponer que ("tras" las ideas) el mundo existe, si bien ese mundo objetivamente existente es básicamente el que describe la física matemáticaComo ya entendieron los pitagóricos, el hecho de que nuestras teorías matemáticas tengan tanta potencia explicativa solo puede deberse a que aquello que explican (el mundo, la realidad) tiene también una estructura o forma matemática. Dicho de modo más sencillo: si la razón lo explica todo es porque todo ocurre realmente por alguna razón. El mundo es, pues, algo fundamentalmente racional. 

Un dato importante para comprender el racionalismo es el redescubrimiento moderno de la matemática como una ciencia fundamental y como un método presuntamente infalible de alcanzar verdades objetivas. En cierto sentido, el racionalismo es un intento de identificar el conocimiento humano con una especie de mecanismo matemático útil para explicar un mundo (que también es una especie de mecanismo matemáticamente determinado) de forma clara e indudable. Es el ideal, típicamente moderno, de la “mathesis universalis”, es decir, del uso de un lenguaje matemático universal que pueda servir para describirlo y descubrirlo todo.

Ahora bien, el racionalismo no es una filosofía homogénea, sino más bien una corriente o tendencia dentro de la cual coexisten diversos puntos de vista. 

Así, los racionalistas más radicales piensan que, en principio, todo se debería poder explicar con la razón, al modo matemático, partiendo de ciertas verdades evidentes y deduciendo de ellas todas las demás. Leibniz incluye en ese todo a los hechos particulares (por ejemplo, que Cesar cruzara un día el río Rubicón o que yo me haya levantado hoy a determinada hora), y Spinoza escribió una “Ética demostrada al modo geométrico” en la que las intentaba demostrar sus ideas sobre moralidad o emociones a la manera de teoremas matemáticos. 
De este modo, una mente omnisciente podría deducirlo todo “a priori”, es decir: usando solo el pensamiento y sin contar con la experiencia. Podría incluso deducir, sin verme, que “yo estoy escribiendo esto ahora” (simplemente conociendo mi esencia o definición, así como la de todas las variables que me afectan, y empleando adecuadamente las reglas deductivas). Naturalmente –reparan Leibniz y otros filósofos racionalistas — esto no es posible para una mente limitada como la nuestra, por lo que los humanos necesitamos siempre un cierto conocimiento por experiencia (“a posteriori”) si queremos saber lo que ocurre concretamente en el mundo (aunque no para el conocimiento de las matemáticas o la filosofía). 

Otros filósofos racionalistas más moderados (recordad, por ejemplo, a Aristóteles) piensan que la necesidad de admitir un cierto conocimiento sensible no se debe tanto a las limitaciones de nuestra mente como a la estructura misma del mundo, que no sería completamente formal, sino parcialmente material. Estos filósofos, aunque piensan que el conocimiento más valioso es el que proporciona la razón, entienden que el conocimiento sensible es parte consustancial al conocimiento, y que sin él este no sería posible.


Otra tesis característica del racionalismo es el innatismo. Este parte de la idea de que es imposible conocer nada desde cero. Todo conocimiento que podamos construir depende de ideas y reglas previas. Parece imposible, por ejemplo, ver o percibir nada de lo que no tengamos antes una cierta idea previa... Además, dado que las ideas y verdades racionales son  necesarias (no contingentes) y atemporales (no cambian con el tiempo), no pueden aprenderse a través de la experiencia sensible (es decir: no pueden derivar de visiones o impresiones sensibles) del mundo, pues el mundo es contingente y cambiante. ¿Cómo es que las tenemos, entonces, en la mente? La respuesta
(que os va a recordar a Platón) es que las tenemos en la mente desde antes de nacer, son innatas; es decir, que forman parte de la propia estructura de la mente. De algún modo, conocerlas es reconocerlas o recordarlas, como ya decía Platón. A su vez, d
ado que la mente tampoco puede haberlas creado por sí misma (pues es también algo contingente y temporal), la única conclusión posible sería que esas ideas pertenezcan a un ámbito trascendente más allá de toda realidad sensible (algo similar al viejo mundo de las ideas platónico o a la mente divina, como apuntaba ya Aristóteles).



El racionalismo ha recibido muchas críticas. La principal de ellas se refiere a la posibilidad de que la razón demuestre deductivamente ideas particulares y contingentes como "Juan viene hoy vestido de azul" o "El agua hierve a 100 grados". Según el racionalista más radical esto sería (por principio) posible, sin tener que acudir a la observación. ¿Pero cómo? El racionalista radical aduce que, si esto no fuera posible, tendríamos que admitir que parte de la realidad no es lógica o racional, lo cual equivaldría a convertirla en algo por completo absurdo e incomprensible.

Otras críticas se refieren a la creencia en el innatismo de las ideas. ¿Cómo puede tener la mente ideas antes de ninguna experiencia del mundo?... Los racionalistas responden que sin estas ideas no sería posible ni la más mínima experiencia; no se puede aprender “de cero” (no se puede ver o percibir nada si no a partir de ideas previas). Ahora bien, ¿cómo es posible que, siendo nuestra mente imperfecta e finita, puede poseer la idea de perfección o de infinitud dentro de sí? ¿O cómo la mente, siendo una realidad de carácter temporal y contingente, puede descubrir verdades eternas y necesarias? ...

Otra objeción corriente es esta: si todo conocimiento es posible “a priori” (ya que las ideas fundamentales y las reglas lógicas son innatas), ¿cómo es que no lo sabemos ya todo al nacer?... La respuesta del racionalista suele ser que, dada la imperfección de nuestra mente, el conocimiento requiere de la experiencia para empezar a “actualizar” o desarrollar su saber innato –esto recuerda a la teoría de la reminiscencia de Platón—. 


Otra problema es que, a menudo, dos o más teorías parecen igualmente lógicas o consistentes, aunque expliquen una misma cosa de forma distinta (por ejemplo dos teorías sobre el movimiento de los astros, o sobre la naturaleza de la luz, pueden ser las dos lógicas y distintas), por lo que, suponiendo que la verdad es una, hará falta recurrir a la experiencia para dilucidar cuál de ellas es la verdadera... El racionalista suele responder a esto que dos teorías no pueden ser exactamente iguales desde un punto de vista lógico y que, incluso en ese caso, el principio de unidad o simplicidad --una teoría es más verdadera si explica los mismos fenómenos de manera más simple que su contraria-- es el que podría resolver la cuestión.


Y aquí, la presentación de clase: 





viernes, 9 de enero de 2026

42. La metafísica moderna: el idealismo de René Descartes

 

La filosofía moderna va a darle un “giro copernicano” al problema de la realidad. Aunque durante el Renacimiento perviven las viejas teorías clásicas (platonismo y aristotelismo) y la Ilustración, influida por la Revolución Científica, va a dar lugar a un tipo característico de materialismo determinista (este materialismo moderno afirma que la realidad es el mundo material que describe la ciencia; mundo que funciona como un mecanismo ciego en el que todo lo que ocurre está determinado por causas previas), la teoría ontológica moderna más original y profunda es el idealismo. 

¿Qué es el idealismo? Fijaos que todas las teorías sobre la realidad que hemos estudiado hasta ahora presuponían que existía una realidad distinta a nosotros (ya estuviera hecha de agua, de números, de ideas, de materia y forma, etc.). La ciencia y el materialismo filosófico suponen lo mismo: que lo que vemos cuando abrimos los ojos es una realidad independiente de nosotros; una realidad que, si cerramos los ojos o dejamos de pensar, sigue estando ahí. Esta suposición filosófica se llama “realismo”. En su versión más simple o ingenua, el realismo no solo afirma que existe una realidad independiente del sujeto que la percibe o piensa, sino también que esta realidad es tal y como la vemos o pensamos (al menos, cuando la percibimos o pensamos correctamente), como si nuestra mente fuera un espejo que reflejara, mejor o peor, un mundo exterior a ella.




El idealismo es exactamente lo contrario del realismo y, por eso mismo, pone en cuestión todas las teorías sobre la realidad típicas de la Antigüedad y la Edad Media. El idealismo es la idea de que toda realidad es, antes de nada, una idea en nuestra mente y, por tanto, una realidad dependiente (no independiente, como afirma el realismo) del sujeto que la observa o piensa.  La filosofía idealista arranca, pues, de la sospecha de que todo lo que vemos y pensamos pueda estar producido (o, cuando menos, alterado) por nuestra propia mente. Kant comparo el giro idealista en filosofía con el giro copernicano en astronomía. Si Copérnico (ss. XV-XVI) cambio nuestra perspectiva geocéntrica por la heliocéntrica (transitando de la imagen del Sol dando vueltas a la Tierra a la imagen de la Tierra dando vueltas al Sol), la filosofía moderna cambió nuestra perspectiva realista por otra idealista (cambiando la imagen del sujeto mental adecuándose al objeto real, por la imagen del presunto objeto real adecuándose a la mente del sujeto).

El idealismo admite una versión moderada, que supone la existencia de una realidad externa a la mente, pero imposible de conocer en sí (pues la mente la modificaría al representársela), y una versión más radical, por la que la propia realidad sería una creación de la mente (incluso de una sola mente – la del que lo piensa –; teoría que se conoce con el nombre de “solipsismo”).



El idealismo moderado afirma que el sujeto o mente (esa compleja máquina con la que vemos y pensamos) modifica la realidad al captarla o comprenderla, de manera que siempre conocemos el mundo con la forma que le damos (que le da la mente) al conocerlo. Conocer sería entonces, no captar el mundo tal como es (¿Quién podría hacer esto?), sino captarlo del modo concreto (útil, adecuado) en que cada especie o individuo produce ideas (imágenes, pensamientos) a partir de los estímulos que le llegan del entorno. Para este tipo de idealismo, más epistemológico que ontológico, el conocimiento no puede ser objetivo (no podemos saber cómo son objetivamente las cosas), sino que siempre es subjetivo (solo sabemos del mundo lo que la mente del sujeto "fabrica" a partir de él).

El idealismo más radical juega con la hipótesis de que los estímulos a partir de los que vemos y pensamos no vengan de ninguna realidad externa, sino de la propia mente. Para este tipo de idealismo, la realidad que creemos ver y pensar frente a nosotros podría no ser más que un producto de nuestra propia mente.

El idealismo es defendido por diversos filósofos modernos, como G. Berkeley o I. Kant, pero su representante más famoso es, seguramente, el científico, matemático y filósofo francés René Descartes (1596-1650).



Descartes quiere romper con la tradición escolástica a través de una filosofía que emplee un método casi matemático basado en la duda metódica, la intuición intelectual de verdades absolutamente evidentes (claras y distintas) y la deducción lógica a partir de ellas.


Descartes comienza, pues, poniendo en práctica su duda metódica, consistente en rechazar toda idea de cuya verdad sea posible dudar. Así, Descartes duda de la idea de que nuestras sensaciones (colores, olores, sonidos, texturas… lo que va a llamar “cualidades secundarias”) se correspondan con propiedades reales pertenecientes a un mundo objetivo e independiente de nosotros (¿Pues cómo sé que no se trata de un espejismo, sueño o alucinación de mi mente -- piensa Descartes --?). Duda también de que las ideas de espacio, movimiento, cantidad o tiempo (las “cualidades primarias”, las llama él) refieran algo real; o incluso de que las cosas o relaciones que descubrimos con las matemáticas (como que 2+2=4) sean evidentes (¿Cómo sé – piensa de nuevo Descartes – que un genio maligno no me está engañando, haciéndome creer que todas esas ideas y relaciones son objetivamente reales y verdaderas?) Ahora bien – repara el filósofo francés –, hay una idea de cuya verdad no puedo dudar: la idea de que existe un sujeto pensante (un “yo”) que piensa y duda. Se trata del famoso “pienso, luego existo” ("cogito ergo sum") de Descartes. Dicho de otro modo: tal vez toda idea me parezca dudosa, pero entonces hay una que no lo es: la idea de que yo mismo (mi mente) está dudando. Tal vez todo sea un sueño, o un engaño, pero entonces ha de existir la mente que sueña, la mente engañada, es decir, mi propia mente: sueño luego existo, me engañan luego existo...


Una vez Descartes ha encontrado como idea indudablemente verdadera la de la existencia de su propia mente, surge el problema fundamental del idealismo: ¿Cómo puedo estar seguro de que existe algo más que mi propia mente
Descartes intenta responder a esta pregunta analizando las  distintas ideas que puede contener su mente, y encontrando que hay algunas (como las ideas de perfección o infinito) que no pueden ser simples creaciones de su mente (pues yo – dice Descartes – no soy perfecto ni infinito), ni provenir del supuesto mundo exterior (caso de que exista), pues la experiencia de este presunto mundo tampoco ofrece nada perfecto o infinito. La única conclusión posible para Descartes es la de la existencia de Dios como ser perfecto e infinito. Ahora bien, si Dios existe (sigue Descartes), siendo perfecto y bondadoso como es, no permitiría ningún engaño o genio maligno, por lo que la fuerte inclinación que tengo – dice el filósofo –  a pensar que las ideas de ciertas cosas (como el espacio, el movimiento, la cantidad, el tiempo…) y ciertas relaciones matemáticas (2+2=4) se refieren a algo real y verdadero, no puede ser una inclinación falsa (dado que, además, es Dios mismo quien me ha dado esa inclinación). Así pues, a partir de una premisa idealista (la existencia indudable de la mente), Descartes cree haber demostrado la existencia de Dios y del mundo (al menos en cuanto a sus cualidades primarias, que son las que interesan a la ciencia). Esto lleva a Descartes a concluir que en la realidad existen tres tipos de sustancia: la sustancia pensante (la mente), la sustancia divina (Dios) y la sustancia extensa (las cosas caracterizadas por sus cualidades primarias: el espacio, el movimiento, la cantidad, el tiempo...).



Por cierto, hay multitud de obras de arte (por ejemplo, películas) que han tratado de representar la tesis idealista. La ciencia contemporánea, especialmente la ciencia del cerebro y las llamadas ciencias cognitivas, han especulado frecuentemente también con esta idea.



Más sobre el idealismo

Mas contra el idealismo.

Y un cuento ¡alucinante!

Y aquí, la presentación de clase

sábado, 3 de enero de 2026

41. Introducción y etapas del pensamiento moderno


La Edad Moderna comienza allá por el siglo XV, a caballo entre la Baja Edad Media y el Renacimiento, y según los historiadores termina en el siglo XVIII, cuando los revolucionarios franceses le cortan la cabeza al rey y acaba, simbólicamente, el “Antiguo Régimen”. A la Edad Moderna le sigue la Edad Contemporánea que, según los historiadores, va del siglo XVIII hasta hoy. Pero a grandes rasgos, y desde el punto de vista de la mentalidad y las ideas filosóficas, las épocas Moderna y Contemporánea no son esencialmente distintas. Así que, grosso modo, todo lo que digamos de la modernidad encaja también con nuestra propia época. Somos, aún hoy, modernos (y, como mucho, "postmodernos", que es casi lo mismo con otros ropajes). ¿Y qué significa eso?


La Edad Moderna es una época de escisiones y dualidades (frente a la Edad Media que, en general, fue un tiempo de unidad e integración –más o menos lograda— en torno a ciertos valores e ideas sostenidas como absolutas). Demos algunos ejemplos de esto. 

La cultura medieval era teocéntrica, todo giraba alrededor de Dios y la religión, y se entendía que Dios y el mundo eran realidades íntimamente unidas (Dios se mostraba en el mundo, que era su creación, y comprendiendo el mundo era posible llegar a Dios, o lo más cerca posible). Pero a finales de la Edad Media crece la idea de que entre Dios y el mundo media una diferencia abismal. De un lado, Dios representa el mayor de los misterios, al que solo se puede acceder por la fe y no por la razón (fideísmo), pues su absoluta perfección se supone infinitamente incomparable con el mundo objeto de la filosofía y la ciencia. A la vez, el mundo se diferencia y aleja lentamente de Dios, se desacraliza y mundaniza; se impone el gusto por lo mundano, esto es: la idea moderna de que hay que valorar y disfrutar de este mundo (que ya no es un valle de lágrimas o una mera escala camino del cielo). La cultura moderna abre así una primera y radical distinción entre lo sagrado y lo profano, entre lo divino y lo mundano, que da lugar a un ámbito cultural nuevo, construido a la medida del hombre y de su mundo (antropocentrismo), que empieza a vislumbrarse con claridad en el humanismo renacentista. Esta distinción sagrado/profano se abre paso en todos los niveles de la cultura moderna. Vamos a verlo.

En la economía se generalizan prácticas productivas (la usura, el afán de lucro, la competencia...) desligadas e incluso opuestas a la tradición y la moral cristiana, y que van a ser características de una clase social en auge: la burguesía. Esta nueva economía, libre de trabas religiosas y sociales (como eran, por ejemplo, los gremios medievales), es la semilla del capitalismo y su ideología va a ser el liberalismo.

En cuanto a la sociedad se rompe la unidad entre el orden divino y natural y el orden social. A diferencia de los estamentos medievales (clero, nobleza, campesinos), en los que la pertenencia a uno u otro de ellos era en muchos casos hereditaria, las nuevas clases sociales, basadas en la obtención de riqueza, admiten mucha más movilidad: cualquiera puede cambiar de clase en la medida en que gane o pierda esa riqueza.  Además, se va a ir produciendo una escisión muy fuerte entre la comunidad (antes unida como Iglesia o comunidad de fieles) y el individuo, lo que va a dar lugar a una cultura más individualista, en la que se parece descubrirse la vida privada y se cultiva la personalidad (como sucede entre los artistas del Renacimiento), frente al espíritu de “rebaño” (el "rebaño de Dios") y el anonimato propios de la Edad media.


En el ámbito político e institucional se rompe un lazo tras otro. En primer lugar, la ruptura es entre la Iglesia y el Imperio, lo que marca simbólicamente la ruptura, paulatina, entre la Iglesia y el Estado y la secularización de la estructura política (se impone la idea de que la religión es un asunto privado, y no debe regir los asuntos públicos, que deben ser administrados por un Estado secularizado). Casi a la vez, se produce la ruptura en el seno mismo de la Iglesia: la Reforma Protestante rompe al cristianismo occidental en dos: católicos y reformistas (estos últimos defienden la relación individual con Dios y una concepción profundamente fideísta de la religión). En tercer lugar, se desatan las tensiones entre los distintos reinos y se difumina el ideal de un solo imperio cristiano: cada reino quiere configurar una entidad política diferenciada; es el nacimiento de las naciones modernas, y de la ideología que las sustenta: el nacionalismo. Un poco más acá en el tiempo se dará también la ruptura entre el Rey y "su pueblo", que ya no acepta la tutela monárquica y pretende estar formada por “ciudadanos” y no por  “súbditos” (republicanismo).

Fruto de estas rupturas políticas lo son también el divorcio entre el derecho natural (de origen divino), bajo el que se unificaban todas las leyes durante la Edad Media, y el derecho positivo, es decir, las leyes políticas concretas; estas tendrán que justificarse de otra manera que apelando a Dios. La respuesta está en un consenso o contrato (una moral común mínima), fruto de la suma de opiniones particulares; esto es el contractualismo, germen doctrinal de las futuras democracias. La razón de que tenga que existir un consenso es también fruto de una ruptura típicamente moderna: la que se da entre la moral pública (cristiana) y la moral privada, que se vuelve relativa a los intereses e ideas de cada individuo (relativismo moderno). 


En cuanto al saber, la distinción entre fe y razón con la que acaba la época medieval promueve el cisma definitivo entre teología y filosofía (cara y cruz de lo mismo durante la Edad Media), y la idea de la autonomía de la razón, según la cual, la razón se bastaría por sí sola para comprender el mundo natural, aunque al precio de desvincularse del ámbito espiritual y trascendente, que quedará en manos de la teología. De forma complementaria, el éxito de la Revolución Científica va a marcar una nueva diferencia, vigente hasta hoy: la que se da entre la filosofía y la ciencia. Es decir, entre el ámbito de las ideas, los valores y la racionalidad (la filosofía) y el ámbito de los hechos y la experiencia (las ciencias). Así, y en el seno de la misma filosofía, frente al racionalismo tradicional (vinculado a la vieja escolástica y la filosofía clásica) surgen el moderno empirismo de los filósofos ingleses (para los que la verdad debe sustentarse en hechos o impresiones sensibles)... 

Una vez caracterizada la Edad Moderna, conviene distinguir en ella las siguientes fases del pensamiento moderno. 

1. El Renacimiento y la primera modernidad (ss. XV y XVI). En esta fase destacan, como principales movimientos culturales y filosóficos, lo que se ha dado en llamar la Revolución Científica (la "nueva ciencia" de Paracelso, Copérnico, Bruno, Bacon, Kepler y Galileo); el humanismo renacentista y, con él, de un platonismo y aristotelismo desligados ya de la servidumbre religiosa (Ficino, Pico della Mirandola, Melanchton...); el pensamiento religioso reformista (Nicolás de Cusa, Erasmo, Lutero y Calvino); y la cumbre intelectual que representa la escolástica española de Vitoria, Suárez y la Escuela de Salamanca. En el ámbito filosófico destacan también el escepticismo de Michel de Montaigne o Francisco Sánchez o el pensamiento político de Nicolás Maquiavelo, Tomas Moro o Thomas Hobbes.


2. La época del Barroco (s. XVII aprox.)
.
Comprende autores fundamentales en historia de la filosofía, como Rene Descartes, Blaise Pascal, Baruch de Spinoza, Godofredo Leibniz (todos ellos considerados "racionalistas"), o los empiristas John Locke (que es también un gran pensador político) y George Berkeley. Es también en el que triunfan las teorías del científico Isaac Newton. 



3. La época de la Ilustración (s. XVIII). La Ilustración es un movimiento cultural e intelectual europeo que nace a finales del siglo XVII (sobre todo en el Reino Unido, Francia y Prusia) y se desarrolla durante el s. XVIII. Se caracteriza, a grandes rasgos, por la confianza en el poder de la razón y la ciencia para el logro del progreso material (gracias a la ciencia y la técnica), el desarrollo moral (gracias a la autonomía racional: el pensar por uno mismo) y por la racionalización de la vida pública (promoviendo doctrinas políticas como el liberalismo político, el contractualismo, el despotismo ilustrado o la teoría de la soberanía popular). Los ilustrados van a tener una gran confianza en la educación como modo de construir una sociedad más racional, y van a someter a crítica a todo lo que se oponga a la razón científica y al progreso (el fanatismo religioso, las supersticiones del pueblo, la filosofía tradicional vinculada a la teología...), incluyendo en esta crítica a las estructuras económicas, sociales y políticas del Antiguo Régimen. Filósofos ilustrados van a ser David Hume (que junto a Locke, Newton o Adam Smith, van a protagonizar la Ilustración en el Reino Unido), Jean-Jacques Rousseau (que junto a Voltaire, Montesquieu, Diderot, Condorcet y otros "enciclopedistas" van a liderar la ilustración francesa) o Immanuel Kant, que, como veremos, va a ser el principal exponente de la ilustración prusiana. 


La Ilustración va a dar voz, también, a dos importantes filósofas: Olympes de Gouges (1748-1791) y 
Mary Wollstonecraft (1759-1797), a las que se ha considerado precursoras de la primera ola feminista de la historia. Olympe de Gouges escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791) como complemento de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, promulgados por los revolucionarios franceses en 1789. Por otra parte, Mary Wollstonecraft fue una filósofa inglesa que argumentó acerca de la igualdad entre hombres y mujeres, aduciendo que las mujeres solo parecen inferiores al hombre por no recibir la misma educación y reivindicando una sociedad en la que varones y mujeres tuvieran los mismos derechos. Por su defensa de la igualdad entre sexos y su crítica a la feminidad tradicional, Wollstonecraft es considerada una de las fundadoras de la filosofía feminista. 


Es también digno de reseñar la obra de algunos monarcas y políticos ilustrados, como Federico el Grande en Prusia, el marques de Pombal en Portugal, Carlos III en España, Catalina la Grande en Rusia o Thomas Jefferson en los nacientes EE. UU. 


Aquí tenéis dos vídeos muy interesantes para comprender el fenómeno de la Ilustración:






Y aquí, la presentación de clase: