Según Nietzsche, la cultura occidental está construida sobre un inmenso error, un engaño: un castillo metafísico y religioso edificado en el aire de las ideas y las palabras para protegernos de la cruda y verdadera realidad. La historia de este error tiene más de dos mil años, y comienza, según Nietzsche, cuando los filósofos (especialmente Sócrates y Platón), incapaces de afrontar el mundo tal como es (cambiante, caótico, diverso, irracional, imprevisible, conflictivo…), comienzan a fabular con "otro mundo" más manejable y seguro: un mundo incorpóreo eterno, más uniforme, ordenado, racional, previsible y armonioso que, por supuesto, van a instituir como el “mundo verdadero” (y "bueno", y "justo" y apolíneamente "hermoso" frente al mundo malo, injusto y dionisíacamente feo que es este que pisamos). Según ellos, el hombre ha de dedicar su vida a este “otro” mundo ideal, sacrificando el presente y el mundo inmediato (que no serían más que “apariencias”, sombras en la oscura caverna de Platón). Este “otro” mundo ilusorio es el de las ideas platónicas, pero también el del cielo cristiano (el cristianismo es, dice Nietzsche, “platonismo para pobres”), el de la utopía social de algunos ilustrados (el socialismo como un "cristianismo laico") o el del mito positivista del progreso y el control de la naturaleza prometido por la ciencia.
Ahora bien, pese a su furiosa crítica a la metafísica clásica, Nietzsche también tiene, en cierto modo, la suya propia: una concepción (o intuición) de la realidad a la que no es fácil poner nombre (una especie de inmanentismo vitalista) y que puede intentar organizarse en torno a una serie de ideas: (1) la apariencia como realidad; (2) el nihilismo y la "muerte de Dios"; (3) la realidad como voluntad de poder; (4) el eterno retorno; (5) la vida como absoluta realidad. Vamos a verlas.
(1) La apariencia como realidad.
Según Nietzsche, desde
Parménides y Platón los filósofos se han empeñado en hacernos creer que lo
real está más allá de la "apariencia". El argumento favorito de estos filósofos era que lo que se nos
aparece a los sentidos es imposible de captar con la razón, pues está permanentemente cambiando, por lo que tendría que haber “otra” realidad más quietecita, eterna e inmutable, que pudiéramos conocer como la "realidad verdadera"... Pero para Nietzsche esto no es un argumento, sino la expresión de una
necesidad psicológica: la de creer que el mundo está hecho a la
medida de nuestra razón. Necesidad que, a su vez, proviene de otra, aún mayor, de seguridad y control; la necesidad de creer que podemos conocer y prever los acontecimientos, para así sentirnos seguros. Ahora bien, el precio a pagar por esta seguridad es el de adorar una especie de cadáver exquisito (la falsa idea de un mundo racional) y el de acabar convirtiéndonos, nosotros mismos, en unos muertos en vida, incapaces de afrontar la vida real, subyugados por ideales y mitos que arruinan nuestro presente y aplazan la vida verdadera y plena a un futuro inexistente…Según Nietzsche, una vez desvelado el ardid psicológico que hay tras la negación del mundo aparente, no hay más remedio (ni más gozo) que afirmar que el único
mundo que hay es ese, el que se nos aparece ante los sentidos (sin dobles, sin ningún “más allá"): un mundo que es lo que parece: un devenir continuo, cambiante, diverso, caótico, imprevisible; una guerra eterna de contrarios (como decía el viejo Heráclito),
una fuerza viva y ciega que se reproduce
a sí misma sin principio ni final, sin causa ni objetivo, sin otra necesidad o
razón que la de existir por existir... (En todo esto, Nietzsche estuvo muy influido por el filósofo Arthur Schopenhauer).
(2) Nihilismo y muerte de Dios.
La cultura occidental ha cambiado el mundo y la vida real por un mundo de ideas inmutables, conceptos racionales, creencias religiosas y valores morales que no son nada más que ilusiones. A esta nada, dice Nietzsche, le hemos sacrificado todo: el mundo real, el presente, el disfrute del cuerpo, toda nuestra vitalidad y pasiones. Pero en la época contemporánea, dice nuestro filósofo, todas aquellas ilusiones metafísicas y religiosas (el Ser ideal, la Verdad objetiva, la Bondad cristiana, la Belleza racional...) han empezado a revelarse como la nada que son: la gente se ha vuelto escéptica no solo con respecto a la metafísica y la religión (desvirtuadas por la ciencia moderna), sino incluso con la propia ciencia y la posibilidad de una verdad objetiva (crece por doquier el relativismo, también el relativismo moral). En la sociedad burguesa, concluye Nietzsche, no hay más realidad, verdad y valor absoluto que el dinero... De ahí que, según él, vivamos en una época nihilista (“nihil” significa en latín “nada”) en la que "Dios (que simboliza, para Nietzsche, la Realidad, la Verdad y el Bien absolutos) ha muerto"; no solo porque los hombres hayan descubierto que esas ideas, verdades y valores absolutos en los que creían eran nada, sino también porque lo han cambiado por esa otra nada que es el dinero. El dinero es una nada aún más abstracta y muerta que los "ídolos" (la Realidad, la Verdad...) asesinados por él, pues, una vez que el propio dinero ha acabado con todo, no es más que un medio para nada. El dinero ha sometido la moral al mercado, relativizándola y, así, ha acabado con la sociedad; pero la sociedad, antes de arruinarse, ha acabado con el mito de la verdad objetiva y científica, mostrándola como una convención humana dependiente de intereses y perspectivas sociales; y la ciencia a su vez, antes de hundirse, ha podido acabar con la religión y la metafísica; así que, realmente, no ha quedado nada -bueno, verdadero, relevante- que de valor a esa moneda o medida abstracta que es el dinero. Consumido así en la certeza del nihilismo, el hombre contemporáneo (al que Nietzsche llama a veces "el último hombre") en un ser decadente y pasivo, sin energía vital, apoltronado entre sus mercancías y poseído por una "voluntad de nada" que le conduce a la autodisolución.
(3) La realidad es voluntad de poder.
Si
esa grandiosa energía en movimiento que es realmente la realidad tuviera voz y conciencia
(digamos, en broma, que su voz y conciencia serían las de Nietzsche), y le preguntáramos que por qué hace todo lo
que hace, su respuesta sería esta: porque
quiero.
Y si le preguntáramos que por qué quiere respondería: porque sí, porque quiero y puedo, y basta…
La raíz última de la realidad es, así, pura voluntad, puro
querer, sin otra causa o fin que sí mismo: querer por querer; puro poder ciego; voluntad de poder (justo lo contrario de la "voluntad de nada" a que puede abocar el nihilismo)… No
es extraño que algunos nazis sintieran atracción por este aspecto del
pensamiento nietzscheano, aunque hay que añadir que Nietzsche no hubiera sentido lo mismo -- más bien todo lo contrario -- por ese rebaño de esclavos amantes del
folklore patrio y del “querido líder” que eran los nazis.
(4) La
realidad es eterno retorno.
Ahora bien, si
la realidad es pura voluntad de actuar, sin otra causa o fin que sí
misma, sin principio ni final, en una eterna lucha de contrarios que se
alternan, su devenir (su desarrollo) ha de ser circular, infinito, eterno... El tiempo lineal al
que estamos acostumbrados, en el que se pasa de lo viejo a lo nuevo, en que se
progresa desde este mundo al “otro” mejor y más verdadero, y en que siempre se interpreta el presente
como medio para el fin futuro… Todo ese tiempo de la historia es falso. ¿Por qué,
si no, nunca vemos llegar ese supuesto “fin”?..
No hay más cera, pues, que la que arde en ese eterno fuego que constantemente se apaga y se enciende al que llamamos mundo. Todo vuelve a suceder siempre igual. Eso es la realidad: una eterna danza circular. Un presente infinito que hay que aceptar con infinito amor y ante el que no cabe arrepentimiento alguno, pues en él todo está siempre volviendo a pasar... (Esta es otra forma, más divertida, de decirlo...)
Para Nietzsche, lo más real es la Vida, la vida concreta, individual y presente de cada cual. La vida como parte de ese estallido ciego, sin sentido, que es el mundo. Esta concepción vitalista e irracionalista de la realidad ha sido opacada constantemente por la metafísica clásica y la religión cristiana, que han provocado que los hombres hayan perdido su capacidad para gozar y vivir el presente, y que vivan acobardados, subyugados por ideales y mitos que aplazan y sitúan la vida verdadera y plena en un futuro inexistente.
Y aquí la presentación de clase:


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