miércoles, 31 de octubre de 2012

Cuatro cuentos platónicos sobre el alma.



¿Qué somos los seres humanos? Como todo lo demás, según Platón, los hombres somos realmente ideas: una forma de ser que se mantiene estable y unifica todos nuestros momentos y aspectos, como seres humanos (nos caracteriza la forma común a todo ser humano) y como individuos peculiares (nuestra personal forma de ser). Esta forma de ser es también un ideal o modelo: el ideal de ser humano, nuestro Yo ideal. Un ideal que, por cierto, nunca coincide con lo que efectivamente somos y hacemos (claro, por eso es un ideal, dirá alguien). Los hombres que vivimos en "la caverna del mundo" solo somos parecidos a lo que real o idealmente somos (pues para Platón lo más real es lo ideal). Y por eso, por ser algo deshecho en dos (la realidad y la apariencia, el ideal que soñamos y el sueño que no llega a ser…), estamos hechos de mitades y de espejos que se buscan y se aman. Las primeras dos mitades que somos son el alma y el cuerpo. Y en el alma también hay dos: el querer y el pensar. Y en el querer otro par: la pasión y la acción. Y… Por encima de todo (y es lo único único que aquí somos): el recuerdo de aquello ideal que alguna vez...¿Fuimos?

Siendo dobles como parecemos ser, nos toca hablar en mitos (que son un doble de la verdad) de eso que somos y parecemos. Así que escuchad estos dos pares de mitos, que son cuatro, cuatro cuentos sobre el alma, que os recordarán, si están bien compuestos, a un único cuento (el verdadero)...

El carro alado o la reencarnación.

Cuenta un viejo cuento que el alma cuenta con dos cosas: la alada carrocería (el cuerpo) y lo que la mueve y levanta, y a esto último llaman más bien alma, o ánima, porque anima a moverse al cuerpo. Dicen que este alma también es doble, tiene motor y guía, es decir, deseos y pensamiento. Y dicen también que los deseos son como un motor de dos caballos. Uno es la pasión (es un caballo negro y salvaje, al que llaman Apetito) y el otro es la acción voluntaria y esforzada (es un caballo blanco y sensato, al que llaman Coraje). El conductor o Auriga de este carro de dos caballos es la Razón, y desde que el mundo se hizo, dando alma (que es la forma de la Forma en la materia) a cada cosa, todo Auriga conduce su carro según quedó establecido por las leyes de circulación del cosmos. En esa armonía de movimientos, las almas humanas vuelan lo más alto posible, pues es allí, sobre las propias espaldas del cielo y a los pies de los dioses inmortales (las ideas), donde crece su alimento favorito (el conocimiento o contemplación de las ideas). No hay felicidad más grande que revolotear allí. Pero, ay, el vuelo de las almas humanas es inestable. Apetito, el caballo negro, se desboca a veces, atraído por los olores de la tierra, y entonces hace descarrilar el carro y el alma descarriada y con las alas rotas cae sobre el mundo, en donde cambia su carrocería brillante y alada (hecha del material de las estrellas) por la de la triste carne que padecemos. Pero el alma humana, caída como un ángel caído, no se conforma nunca, y tras recuperarse de la inconsciencia tras el golpe, recuerda vagamente el lugar aquel donde vagaba feliz. Y si logra en este mundo enderezar al caballo negro y, con ayuda de Coraje, alzar de nuevo el carro, poco a poco, hacia alimentos cada vez más celestiales y propios al alma, tal como la belleza más pura, la virtud y la sabiduría, se irá  reencarnando en la forma de seres cada vez más alados, del animal o el labriego hasta el noble guerrero o el sabio, hasta que encarnándose, como los buenos pensamientos se encarnan, de sabio en sabio, generación tras generación, logrará de nuevo merecerse alas y cielo y, así, volver a la casa de las Ideas, que es la suya propia.


Eros o el amor.


Cuentan los amantes de los cuentos que el alma es el Amor que mueve todo cuerpo y  mundo. Y dicen que este Amor (al que algunos llaman Eros) fue concebido entre dos dioses el día que, allá en el cielo, se celebraba el nacimiento de la divina Belleza (a la que también llaman Afrodita). Fue Amor hijo del dios de Todo, que ese día, olvidado de sí, no estaba para nada, y de la diosa de Nada que, por un día, olvidando lo que es, lo tuvo Todo. Así nacido, de Belleza, de Todo y del olvido que es la Nada, Eros fue luego enviado a la Tierra para sembrarla de deseos, y que por estos deseos todo en el mundo se moviera y creciera, en pos del amor de lo bello y contra aquel olvido de la nada. Pues bien, este armonioso baile que imprime Amor a los seres y los hombres es primero por deseo (o Apetito) de los cuerpos jóvenes y bien parecidos, pues en ellos es donde más pronto se refleja o recuerda la belleza. Y así, el alma amante va de un cuerpo a otro, descubriendo que lo bello es uno en muchos. Pero descontenta el alma de la belleza física, pues siendo efímera no es posible permanecer ni sembrar en ella nada que no sea (ni siquiera hijos) pasajero y olvidadizo, busca entonces la belleza que hay en las buenas acciones. Y así el alma se enamora de otras almas buenas y ambas emprenden, con coraje y valor, hermosos proyectos en común. Y si bien es cierto que esta belleza es más perdurable y alta, tanto en sí misma como en sus hijos (las proezas y la fama), no basta tampoco al alma, que recuerda y busca una belleza aún más pura y eterna. Por eso el alma se enamora al fin de otras almas, más sabias, con las que poder razonar y dialogar. Y junto a ellas logra recordar la mayor y más imperecedera belleza, la Belleza en sí, por la que todo lo bello es bello. Contemplando esta Idea eterna, el alma recuerda ya del todo quién es y de donde viene, y así vuelve al cielo donde nació y donde nada falta ni acaba.

La Caverna o el conocimiento.


Cuenta el mito que las almas humanas estamos prisioneras de un cuerpo o caverna, oscura como la noche y en la que, a falta de luz, vivimos en sombra soñando que vivimos en un mundo que es todo de sombras y de sueños. Lo peor es que las almas no parecen apetecer más que esa vida ignorante e infrahumana. Pero si alguna de ellas, por la fuerza de otro o la propia de su coraje, se liberara, vería las cosas origen de aquellas sombras, y el fuego que las alumbra, y comprendería que lo que sabía y quería antes no era más que copia de lo que ahora descubre digno de querer y ver. Pero si, una vez despertada de las sombras por su asombro, sigue esforzadamente camino arriba y sale fuera de la gruta, sus ojos se le quedarán inútiles de tanta luz, y solo podrá guiarse ya por la razón. Y descubrirá allí que aquellas cosas que asombraron sus ojos no son más que copias de estas otras que ahora iluminan su inteligencia. Y sabrá entonces, al pasar de la noche de los sentidos al día de la razón, que este nuevo mundo es más celeste, amable, bueno y verdadero, pues en él habitan la luz, la belleza, la bondad y la verdad puras, sin cuerpo ni tiempo, perfectas en sí mismas, hijas todas de la Perfección que, como un Sol, a todo ilumina y hace ser y vivir. Cuando esto comprende el alma se comprende a sí misma y queda comprendida y unida allí en lo más alto, como una más entre las Ideas, justo allí donde está su soleado hogar.

El Reino o la educación.


Una perfección falta al alma allá en su cielo de marfil, en el que feliz y plena contempla las Ideas y se descubre cada vez más sabia. Aunque nada le apetece más que su vida de retiro y filosofía, el alma del antiguo cavernícola, hoy alma libre, recuerda y razona que no es justo abandonar a esas partes olvidadas de sí que son los otros, las otras almas, las de la multitud de prisioneros que permanecen allá abajo en la caverna. Entonces, domando con coraje su más natural y verdadero apetito, el alma del filósofo baja a la caverna a educar y gobernar al resto, para que todos puedan gozar de su misma libertad y conocimiento. Así, y aún a riesgo de que lo tomen por loco, el alma del filósofo se empeña valientemente en educarlos. Primero como a niños, con cuentos, mitos, canciones y juegos, hechos de imágenes o sombras, como aquellas que están acostumbrados a ver, les enseña a fortalecer el carácter y a vencer el apetito viciado en la costumbre. Una vez libres de esas primeras cadenas, el alma del filósofo les muestra la ciencia que hace útil a los objetos, y así, moderados en sus apetitos y expertos del saber práctico, los nombra artesanos y productores de un nuevo Reino. Luego, a los más capaces, el alma maestra los saca de la caverna y les muestra el difícil arte de la ciencia, por el que, mirando con inteligencia las Ideas descubren su forma tanto en las cosas como en las acciones de allá abajo, en la caverna. A estos, el filósofo los nombrará gobernantes o guardianes del Reino. Pero de entre estas almas, ya libres, hará de nuevo dos grupos. Las almas con más coraje que razón, no aprenderán mucho más y quedarán destinados a guardar, como soldados, y a gobernar, como auxiliares. Y a las almas con más capacidad racional les enseñará mucho más, pues aprenderán algo más que ciencia: a saber de las Ideas en sí mismas, de las relaciones entre ellas y de su unión bajo la Idea suprema, la Idea de Bien. Solo este conocimiento supremo, que da la filosofía, podrá hacerles saber qué es la Perfecta Justicia, y solo en posesión de ese conocimiento podrán gobernar perfecta y justamente el Reino, descubriendo el Cielo acá en la Tierra.    

sábado, 27 de octubre de 2012

Escenas de la vida de las ideas platónicas (y IV)


Idea2.- Nunca hubiera creído que yo existiera tal como dices, tan así, estoy impresionada, como flotando por fuera del espacio y del tiempo.
Idea1.- Pues así de flotante eres. Si creías que existían las cosas de carne y hueso, con mucha más razón has de creer que existimos tú y yo totalmente descarnadas y deshuesadas.
Idea2.- Me lo puedes repetir, que aún no me lo creo del todo.
Idea1.- Sin nosotras nada se podría conocer, pues conocer algo es verlo y comprenderlo bajo aspectos comunes y atemporales, es decir, bajo la luz que nosotras, las ideas, le prestamos.
Idea2.- Sin las ideas todo sería ignorancia y oscuridad.
Idea1.- O ni tan siquiera eso, porque todo lo que existe, incluso lo más oscuro y dudoso, ha de existir con identidad, y eso, la identidad, también es gracias a nosotras. ¿Qué sería cualquier cosa si careciera de una forma idéntica siempre a sí misma?
Idea2.- Nada. Pura diferencia y cambio.
Idea1.- Ni siquiera eso, pues la diferencia existe si es idéntica, y no diferente de sí misma. Y el cambio es porque es, sin cambiar, lo que es.
Idea2.- ¿Entonces ni siquiera es nada lo que se divide y cambia?
Idea1.- Solo es en cuanto se relaciona con nosotras, lo indivisible y fijo.
Idea2.- Pero, entonces, ¿son o no son las cosas del mundo visible?
Idea1.- Son…relativamente. Relativamente a nosotras, las cosas del mundo invisible y pensable.
Idea2.- Como si hubiera dos mundos o dos maneras de ser.
Idea1.- Eso, como sí. Como si existiera un mundo de cosas sensibles y otro de ideas inteligibles. Pero con una gran diferencia entre ambos.
Idea2.- ¿Cuál?
Idea1.- Que el mundo de las cosas sensibles solo existe por relación al de las ideas, que es el único que de verdad es.
Idea2.- Es muy extraño.
Idea1.- Por cierto. ¿Cómo sabes que es muy extraño y no poco?
Idea2.- Pues lo comparo con otras cosas extrañas que conozco y esta se lleva la palma.
Idea1.- ¿Y cómo conoces la diferencia entre lo menos extraño y lo más extraño?
Idea2.- Pues supongo que tengo un idea de lo “más extraño del mundo” y, comparando las cosas extrañas con esa idea unas me parecen poco extrañas y otras mucho.
Idea1.- Y de eso que dices que es “lo más extraño del mundo”, ¿habrá algo más extraño aún?
Idea2.- No podría ser, pues para comparar la extrañeza de ambas cosas, tendríamos que volver a pensar en “lo más extraño del mundo”. 
Idea1.- Muy bien, y pensaríamos en ello aunque tamaña cosa no exista en ese mundo lleno de cosas extrañas.
Idea2.- ¿Qué dices?
Idea1.- Algo como que “lo más extraño del mundo” será parecido a “lo más perfectamente extraño”.
Idea2.- Parecido no, será lo mismo. Aunque me resulta raro pensar en lo que es perfectamente extraño, y si me obligaras a pensar en lo perfectamente dudoso, o perfectamente falso, o perfectamente malo, o perfectamente feo, y otras cosas así, te confieso que no sabría como concebir algo que es, a la vez, perfecto y feo, por ejemplo.
Idea1.- Tienes razón. Es muy extraño pensar en algo perfecto y, a la vez, extraño o malo. Pero dejemos ese oscuro sendero ahora y volvamos al camino principal. ¿Dirás que hay caballos que parecen más y mejor caballo que otros?
Idea2.- Lo diría, sobre todo si fuera experto en asuntos de caballos.
Idea1.- ¿Y dirías, sin problemas, que hay aceitunas más verdes que otras?  
Idea2.- Claro, y mil cosas por el estilo. Que hay día más lluviosos que otros, caramelos más o menos dulces, besos más o menos apasionados…
Idea1.- ¿Y dirás lo mismo en cuanto a las cualidades de las personas o de lo que ellas piensan y dicen?
Idea2.- ¿Cómo no?
Ideas1.- Dirás entonces, supongo, que hay personas más o menos inteligentes, y evaluarás lo que ellas dicen como más o menos verdadero, y las cosas que hacen las evaluarás también como más o menos justas o buenas, e incluso de su aspecto dirás que es más o menos hermoso.
Idea2.- Eso es.
Idea1.- ¿Pero podrías decir todo eso de las cosas o la gente si no creyeras saber algo de las cosas y las gentes más perfectas de todas?
Idea2.- ¿Cuáles son esas? ¿Los dioses acaso?
Idea1.- Algo parecido. ¿Podrías saber de un caballo si es mejor o peor sin creer que sabes algo del caballo óptimo o perfecto?
Idea2.- Me parece que no. Pues no tendría vara ninguna con que medir la calidad de un caballo.
Idea1.- ¿Y podría suponerse que esa vara de medir caballos no fuera igual a un caballo perfecto?
Idea2.- No podría suponerse, pues para suponerlo tendríamos que dejar de suponerlo. Como ves, ya hablo casi como tú.
Idea1.- Quieres decir que para dudar de la perfección de nuestra vara de medir perfecciones tendríamos que usar esa misma vara u otra que fuera de verdad perfecta.
Idea2.- Eso mismo. Si el caballo perfecto en que pienso no es tan perfecto como pienso será que hay un caballo de verdad perfecto en el que aún no he pensado del todo.
Idea1.- ¿Será por tanto útil y sabio buscar el conocimiento de tales caballos perfectos?
Idea2.- Sí, y más aún, de esas otras cosas que has dicho: la inteligencia perfecta, la verdad perfecta, la bondad y la justicia perfecta…
Idea1.- ¿Y solo aquel que sepa algo de la verdad perfecta podrá decir verdades y juzgar las de los demás?
Idea2.- Solo él y en la medida en que sea sabio.
Idea1.- Y, de igual modo, solo aquel que sepa algo de la justicia perfecta podrá proponer y hacer leyes justas y juzgar correctamente las acciones de los demás.
Idea2.- Solo ese será un buen político, si es lo que quieres decir, que es algo que siempre hace falta en las ciudades, tanto en las de antes como en las de ahora.
Idea1.- Y dime de nuevo, ¿dónde hemos de mirar para lograr algo de ese conocimiento de las cosas perfectas? ¿Al mundo de los seres sensibles o al de las ideas que dijimos?
Idea2.- Al segundo, supongo, pues que yo sepa en el mundo sensible no hay nada de perfecto o absoluto. Al menos yo no encuentro allí nada como caballos o aceitunas perfectas, y menos aún, personas perfectamente inteligentes o justas, ni tampoco nada tan bello que desespere de encontrar algo más bello aún.
Idea1.- ¿Entonces serán esos modelos de perfección algo así como ideas o ideales, habitantes de un mundo que, por ser todo en él perfecto, carece de la división y de la corrupción en el tiempo que caracteriza al mundo de lo sensible?
Idea2.- No habrá más remedio que pensar eso, pues lo perfecto no puede brotar de lo imperfecto.
Idea1.- Ni del mundo ni de la mente de las gentes, pues ambas cosas son… ¿diríamos perfectamente imperfectas?
Idea2.- No, pues entonces no serían nada. Quizás sean imperfectamente imperfectas.
Idea1.- ¿Quieres decir perfectas ya? ¿Y no serán, más bien, imperfectamente perfectas, y por eso pueden parecerse en algo a lo perfecto pero sin llegar a serlo aún?
Idea2.- Me estoy haciendo un lío casi perfecto.
Idea1.- Quiero decir que, por ejemplo, los caballos de carne y hueso, imperfectos como son, serán también perfectos, al menos en la medida, poca o mucha, en que se parezcan en algo al modelo o idea de caballo.
Idea2.- Al Caballo, así, con mayúsculas.
Idea1.- Al Caballo en sí, perfectamente igual a sí mismo.
Idea2.- ¿Cómo si los caballos del mundo visible fueran copias o algo así de ese modelo ideal?
Idea1.- Eso es, como si fueran copias, cuyo ser no está en ellas, sino en el modelo del que son copias.
Idea2.- ¿Y los caballos que vemos pintados en algunas cavernas de esas tan antiguas? ¿No son a su vez copias de los caballos de carne y hueso?
Idea1.- Muy bien pensado. Serían copias de copias. Y su ser estaría aún más lejos de lo que parece que son. Más que “ser” parecerían ser las cosas que representan, las cuales no son, también, más que por parecerse a lo que realmente es.
Idea2.- A las ideas. Pero dime ahora, ¿cómo es que decías antes que las ideas son indivisibles? Tal vez lo sean por dentro, porque carecen de cuerpo. Pero siendo tantas como parece que son, ¿no habrá divisiones entre unas y otras?
Idea1.- Preguntas bien. Pero te toca responder a ti ahora. ¿Será esa multitud de ideas un montón amorfo, como las pelusas en el suelo de una peluquería, o más bien a la manera de un edificio bien construido, en las que unas partes dependen de otras, y estas otras son, por ello mismo, las más importantes?
Idea2.- Supongo que más bien a la manera de un edificio bien concebido, pues de otra manera difícilmente podría nadie concebir nada, si las ideas fueran en sí un revoltijo caótico.
Idea1.- Acabas de demostrar lo que piensas, justo por poder pensarlo. Piensa ahora esto: entre las ideas, igual que entre las piezas de un edificio, habrá alguna que sea la más fundamental de todas, de manera que, sin ella, difícilmente podríamos concebir las demás.
Idea2.- Tiene que haberla. En un edificio esa pieza yo diría que es la estructura.
Idea1.- ¿Y dirías que la estructura es la pieza con la que todas las demás partes del edificio han de relacionarse de una u otra manera?
Idea2.- Lo diría.
Idea1.- Dime ahora qué te parece que tienen en común todas las ideas y con qué han de relacionarse todas para mantenerse siendo lo que son.
Idea2.- Bueno, parecen distintas en que una es idea de lo blanco, otra lo es de caballo, otra de círculo, otra de igualdad, y así muchísimas más.
Idea1.- También, no lo olvides, una lo será de lo bello, otra de lo virtuoso y justo, otra de lo verdadero y así hasta agotar todo lo que es. ¿Pero no se parecen todas en algo, según dijimos antes?
Idea2.- Creo que lo sé, pero se me ha olvidado. Recuérdamelo.
Idea1.- ¿No dijimos que cada idea es idea de algo en cuanto óptimo y perfecto?
Idea2.- Ah, cierto. La idea de lo blanco es idea de lo blanco perfecto, la idea de lo justo es la idea de lo perfectamente justo, y así con todas.
Idea1.- ¿Tendrán entonces todas relación con la perfección?
Idea2.- Ahora entiendo, todas las ideas lo son por ser perfectas en aquello de lo que son.
Idea1.- ¿Tendrán entonces como cualidad común la perfección misma?
Idea2.- ¿Quieres decir que la forma o idea de todas las ideas es algo así como la idea de perfección?
Idea1.- ¡Perfecto! ¿Y lo perfecto no es algo así como el mejor estado de algo?
Idea2.- Lo es.
Idea1.- ¿Y lo mejor no es lo mismo que lo más bueno?
Idea2.- Bueno, sí.
Idea1.- ¿Y te extrañará entonces que a esa idea le llamemos idea del Bien, así, con mayúsculas?
Idea2.- No, de eso no me extraño. Pero sí de que las ideas sigan siendo tantas, aunque bien construidas unas por relación a otras, y todas por relación a esta idea magnífica que dices.
Idea1.- ¿Dirías que la idea de caballo perfecto es perfecta en cuanto a sí misma?
Idea2.- Sí, no hay una idea de caballo perfecto más perfecta que ella misma.
Idea1.- ¿Dirás entonces que hay algo más que perfección en esta idea, así como en todas las demás?
Idea2.- No sé que responderte.
Idea1.- ¿Sería perfecta la idea de perfección si no fuera la causa del ser de todas las demás?
Idea2.- No, pues en ese caso algo le faltaría para ser perfecta.
Idea1.- ¿Y podría esa idea tan perfecta hacernos comprender a todas las demás?
Idea2.- Necesariamente. Y, además, comprenderíamos todo perfectamente.
Idea1.- ¿Y es comprender perfectamente la completa unidad entre el que comprende y lo comprendido?
Idea2.- Sí.
Idea1.- ¿Podría haber, por tanto, más de una única y perfecta idea para aquél tan sabio que supiera comprenderlo todo desde esa perfecta idea?
Idea2.- No. Sobre todo si comprendemos al comprendedor en lo así comprendido.
Idea1.- ¿Y cómo no incluirlo, si será también una idea, como tú y como yo?
Idea2.- Eso me sigue pareciendo extraño, tal como la idea de extrañeza me extrañaba.
Idea1.- Eso es señal inequívoca de que hemos de seguir hablando y discutiéndolo.
Idea2.- Eres buena idea, aunque no perfecta, por lo que acabas de decir.
Idea1.- Es que soy la idea de un filósofo.

jueves, 25 de octubre de 2012

Escenas de la vida de las ideas platónicas (III)



Idea2.- Aquí estoy otra vez.
Idea1.- Me temo que sé por qué.
Idea2.- ¿Cómo lo sabes?
Idea1.- Si crees que “estás aquí otra vez” es que sigues empeñada en que en este mundo hay “aquies” en que sentarse y “veces” que contar.
Idea2.- Ya, ya sé que aquí no hay espacio ni pasamos el tiempo charlando.
Idea1.- Aunque lo parezca.
Idea2.- ¿Y por qué lo parece tanto?
Idea1.- Porque, para que me entiendas tú, que no crees ser como nosotras…
Idea2.- ¿Yo?
Idea1.- No, ahora me refería a ti, el que estás leyéndonos.
Idea2.- Ah, entiendo. (A sí misma) ¿Entiendo?
Idea1.- Te decía que, para que nos entiendas, hemos de explicarnos y comunicarnos con esa mínima ración de espacio y tiempo que es el lenguaje y el pensamiento.
Idea2.- Pues menos mal, pues es así, con todo el lenguaje del mundo, y apenas me entero.
Idea1.- Qué es lo que aún no has pensado de ti misma.
Idea2.- A ver. Admito que todo conocimiento lo es de ideas, y que de todo, sean aceitunas, caballos o mi vecino de abajo, solo puedo conocer sus propiedades, es decir, los aspectos comunes que tienen con otras cosas. Y que, como tales aspectos son ajenos al espacio y al tiempo, no son visibles, sino pensables. ¿Pero y las cosas físicas, existirán como tales aunque no podamos conocerlas como tales?
Idea1.- Diabólica pregunta es esta que haces. ¿Ni siquiera podríamos conocerlas como “cosas que no podemos conocer”?
Idea2.- Bueno, eso sí.
Idea1.- Si admites que son, al menos “cosas”, o “algo”, o “realidad”, ya has admitido lo suficiente.
Idea2.- Me alegro.
Idea1.- Veamos que se sigue de que admitamos eso, sin que tengamos que conocer nada más. ¿Dirás que una cosa o realidad ha de ser, al menos, igual a sí misma?
Idea2.- De acuerdo. Porque si una realidad, desconocida o conocida, no fuera igual a sí misma, no sería una realidad, lo cual es absurdo.
Idea1.- Muy bien. Si lo real fuera irreal y lo irreal real todo sería absurdo, y no todo puede ser absurdo.
Idea2.- ¿Por qué?
Idea1.- ¿Entiendes, aunque sea de vez en cuando, lo que te digo?
Idea2.- De vez en cuando sí.
Idea1.- Pues si entiendes algo de lo que te digo y yo de lo que tú dices, ya no todo es absurdo, pues lo absurdo jamás se podría entender.
Idea2.- Entiendo.
Idea1.- Sigamos. Creo que hemos admitido que las cosas, conocidas o no, han de ser iguales a sí mismas. ¿Diremos que es por eso por lo que tienen identidad o unidad consigo mismas?
Idea2.- Lo diremos. Si una cosa no tuviera unidad no sería una, y sin identidad no sería nada.
Idea1.- Veamos ahora si, habiendo admitido esto tan simple, las cosas pueden ser o no de naturaleza física.
Idea2.- Veamos, entonces, si es posible verlas. Pues solo lo que es físico puede ser visto por los ojos.
Idea1.- A ver. ¿Diremos que las cosas, en cuanto físicas, tienen cuerpo con que ocupar el espacio?
Idea2.- Sin duda.
Idea2. ¿Y no son acaso los cuerpos divisibles en partes?
Idea2.- Sí.
Idea1.- ¿Y cada parte es divisible en otras mil partes?
Idea2.- Sí, aunque ya no haya cuchillo tan fino para cortarlas.
Idea1.- Te olvidas del cuchillo de la lógica. Ahora bien: si una cosa es partible en partes de partes de partes… ¿Será otra cosa que infinitas partes?
Idea2.- No.
Idea1.- ¿Y cada parte será diferente de las demás?
Idea2.- Claro.
Idea1.- ¿Y diferente de sí misma?
Idea2.- Eso no lo entiendo.
Idea1.- Si cada parte puede volver a dividirse en infinitas partes distintas, ¿habrá algo en ella que sea igual a sí mismo?
Idea2.- No podría, no.
Idea1.- Si cada cosa física es, por lo que decimos, infinitamente divisible en infinitas partes distintas unas de otras y cada una de sí misma, ¿qué diremos? ¿Diremos, por ejemplo, que esa cosa es infinitamente diferente de todo y de sí misma?
Idea2.- Creo que no hay más remedio que admitirlo.
Idea1.- ¿Y podrá ser alguna cosa sin ser igual a sí misma, sino diferente en todo de sí?
Idea2.- No podrá, pues según dijimos, una cosa ha de ser, al menos, igual a sí misma.
Idea1.- Ni tampoco será una cosa, pues cada vez que pretenda serlo será divisible en dos.
Idea2.- Cierto.
Idea1.- Ni mantendrá unidad alguna consigo misma, pues conteniendo infinitas partes será ella misma infinita, y lo infinito carece de fin y límite, luego nada habrá que la defina o delimite como una, separándola así de todo lo demás.
Idea2.- No puedo contradecirte en esto. Esa cosa no tendría identidad.
Idea1.- Luego no sería nada, ni siquiera cosa.
Idea2.- Parece que no.
Idea1.- Responde ahora a esto. Si las cosas fueran físicas, ¿estarían fluyendo en el tiempo o más bien estáticas fuera de él?
Idea2.- Lo primero. Eso dicen al menos los físicos, que todo se mueve y cambia en el tiempo. Eso es inamovible.
Idea1.- ¿Y podría una cosa ser lo mismo que sí misma si toda ella fuera fluida y cambiante?
Idea2.- Eso es fácil de responder: no podría ser igual a sí misma, pues a cada rato cambiaría.
Idea1.- Dices bien. Ningún río sería el mismo dos veces seguidas. ¿Carecería entonces de identidad o unidad?
Idea2.- Sin remedio, pues sería infinitamente divisible, esta vez en el tiempo como antes lo fue, según dijimos, en el espacio.
Idea1.- Bien. Tenemos entonces que una cosa, caso de ser lo que es, no puede ser física, pues ni el espacio ni el tiempo le permitirían ser una cosa. Y si no puede ser física, ¿podrías contemplarla con los ojos?
Idea2.- No. Pero lo curioso es que la veo, o eso me parece.
Idea1.- Tal vez lo que veas sea lo que parece y no lo que es. Pero, si no son físicas, ¿de qué extraña naturaleza podrán ser las cosas que son?
Idea2.- ¿Serán acaso de naturaleza mental? Quizás es en la mente donde se ven.
Idea1.- ¿Quieres decir que las cosas son, tal vez, pensamientos o conceptos?
Idea2.- Eso creo ahora.
Idea1.- Pero dime. ¿No es cierto que los pensamientos o los conceptos son siempre pensamientos o conceptos de una cosa?
Idea2.- Sí. Siempre que pienso pienso en algo. Me cuesta horrores pensar en nada.
Idea1.- Pero si las cosas fueran pensamientos o conceptos, como dices, los pensamientos pensarían pensamientos.
Idea2.- Y los conceptos serían conceptos de conceptos…
Idea1.- Más aún. Los pensamientos serían pensamientos de pensamientos de pensamientos…
Idea2.- Entiendo.
Idea1.- Has tardado un ratito en entenderlo. ¿Será eso señal de que la mente está también flotando sobre el tiempo?
Idea2.- Déjame que lo piense un rato.
Idea1.- Y si el pensar es, como su nombre indica, una acción en el tiempo, ¿podrán estar ahí las cosas, cambiando a cada momento?
Idea2.- No, ya dijimos que las cosas, si son, no pueden ser temporales. Pero ahora todo me parece doblemente extraño.
Idea1.- ¿Por qué?
Idea2.- Porque a todo esto nos ha conducido el pensamiento, pero ahora resulta que el pensamiento no puede ser nada, pues siendo él mismo tiempo, no puede ser nunca igual a sí mismo.
Idea1.- Cierto. Es extrañamente verdadero lo que dices. Pero quizás exista una solución a este enigma.
Idea2.- Pues líbrame, te lo ruego, de mi ignorancia.
Idea1.- Tal vez las cosas físicas que vemos y los pensamientos que alberga la mente no sean sino…Ideas, como tú y como yo, ajenas al espacio y al tiempo.
Idea2.- ¿Pero cómo, entonces, es que somos vistas en el espacio y pensadas en el tiempo?
Idea1.- Porque no nos conocemos bien y, así, nos extendemos en explicaciones y tardamos un tiempo en comprendernos. Pero cuando al fin nos comprendemos del todo, somos tan iguales a nosotras mismas, que ninguna extensión ni momento nos separa.
Idea2.- O sea, que yo soy lo mismo que tú.
Idea1.- Eso es fácil de entender. ¿No eres Idea2?
Idea2.- Eso parece.
Idea1.- ¿Y es ese dos algo distinto de un uno igual a otro?
Idea2.- Luego somos uno.
Idea1.- Soy uno.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Escenas de la vida de las ideas platónicas (II)



Idea2.- He estado con otras ideas y, mira, que no veo claro esto de que existan las ideas y su mundo y todo eso.
Idea1.- ¿Es que no tienes espejo en casa?
Idea2.- Qué graciosa, ¿y para qué me serviría si no tengo cuerpo ni cara?
Idea1.- Era una metáfora. Las ideas no pueden reflejarse en un espejo, pero pueden reflexionar y especular sobre sí mismas. Reflejo, reflexión… ¿Lo pillas?
Idea2. - ¿Y qué es especular?
Idea1.- Estar juntitas, como tú y yo ahora. Los hombres lo llaman pensar, relacionarnos a unas y otras sin otro límite que las reglas lógicas.
Idea2. - ¿Las reglas qué?
Idea1.- Según otras ideas, a las que llamamos lógica. Déjalo. ¿Qué es lo que no te crees de ti misma?
Idea2.- Las ideas con las que he estado dicen que las tuyas están más pasadas que escribir con cincel.
Idea1.- ¿Y crees que a ideas exigentes consigo mismas, como somos nosotras, ha de importarnos lo que se diga o deje de decir?
Idea2.- Es que estas dicen que las ideas más admirables hoy en día, que son las de la ciencia, demuestran que las tuyas están anticuadas.
Idea1.- Y qué ideas tan admirables son esas y qué es lo que demuestran.
Idea2.- Las ideas de la física, la biología, la matemática y muchas otras demuestran que lo que realmente existen son las cosas de carne y hueso, las aceitunas y los caballos concretos, y que nosotras, las ideas, no somos más que un producto del cerebro, que también es una cosa con carne y con hueso.
Idea1.- ¿Y cómo lo demuestran? Desconocía que esas ideas tuvieran tanta amistad con las ideas filosóficas que son, según dicen, las que se ocupan de la idea de lo que existe y lo que no.
Idea2.- Bueno, demostrarlo no sé, pero parece obvio que ellas, las ideas científicas, estudian esas cosas de carne y hueso, los hechos, les llaman a veces. Y como son tan famosas, no creo que lo sean por nada, y menos por estudiar cosas que no existan.
Idea1. - ¿Pero qué es un hecho? ¿Será acaso aquello que tiene en común con todo los demás hechos?
Idea2.- ¡Oh no, por favor, no empieces de nuevo!
Idea1.- ¿No querías hablar otra vez de hechos, tal como hablamos ayer de los caballos y las aceitunas? Pero está bien. Responde entonces a esto. ¿Qué es lo que estudia el matemático? ¿Llamarías hechos a cosas tales como rectas, triángulos, números o similares?
Idea2.- ¿Por qué no?
Idea1.- ¿Dónde tienen la carne y el hueso? ¿Tendrá una recta las dimensiones de un objeto de los que solemos llamar “físicos”? ¿Crees que los triángulos nacen, crecen y mueren, como las polillas? ¿De qué color tendría la piel o la corteza un dos? Por cierto, que expresión más divertida: un dos.
Idea2.- Vale. Lo acepto, no son cosas físicas. Los objetos matemáticos son abstracciones de la mente.
Idea1.- O más bien producto del cerebro, dirían tus amigas. Pero dejemos eso ahora. ¿Son también producto de nuestras pobres cabezas las leyes que estudia el físico o el químico?
Idea2.- Pues, ahora que lo dices…
Idea1.- Lo digo porque es difícil imaginar que las leyes sean un hecho más entre los hechos, aunque sean hechos tan sutiles como los que, según dicen, ocurren en la mente.
Idea2.- De momento, no podrían explicar los hechos si ellas mismas fueran hechos que explicar.
Idea1.- Exacto. Además, caso de ser las leyes hechos físicos, sería ridículo imaginarlas así. Supón, por ejemplo, que la ley de la gravedad fuera del mismo tipo de cosa que las manzanas que caen al suelo, o que la ley de la evolución evolucionara y cambiara ella misma, como un vulgar gusano, en tanto permanece a la vez explicando, quieta y rígida, sus propios cambios.
Idea2.- Ridículo del todo. Debe ser que también las leyes son un fruto del cerebro de los físicos.
Idea1.- ¿Cómo? ¿Dices que las leyes no son como las manzanas pero que son un fruto del cerebro de carne y hueso de los físicos? ¡No te parece milagroso que de lo que es físico brote lo que no puede serlo! Además, ¿qué diremos de las leyes del cerebro, también serán un fruto cerebral las mismas leyes por las que el cerebro germina leyes?
Idea2.- Parece raro, sí.
Idea1.- ¿Y qué me dices de todo lo demás que estudian los científicos, las fuerzas, el espacio o el tiempo, la reproducción, la fotosíntesis y todo lo demás: serán todas estas cosas objetos o seres físicos?
Idea2.- ¿Cómo no?
Idea1.- Si todo lo físico está sujeto a fuerzas y ocupa espacio, ¿sabrías decirme que fuerzas afectan a la fuerza, o que espacio es el ocupado por el espacio?
Idea2.- Ni idea.
Idea1.- Tal vez pienses que la reproducción se reproduce ella misma, por esporas o por parejas, y que la fotosíntesis busca el sol para hacer lo que ella misma concibe.
Idea2.- Todo eso es absurdo. Lo que tú dices son conceptos, que viven en la mente, y que sirven para explicar los verdaderos hechos físicos.
Idea1.- ¿Quieres decir que son objetos mentales, carentes de carne y hueso, inventados por el genio de los científicos?
Idea2.- Tal vez.
Idea1.- Pero mujer, piensa en lo que piensas. Si las leyes o las fuerzas fueran esos extraños objetos mentales que dices, ¿no serían tan subjetivas y cambiantes como lo son nuestros pensamientos?
Idea2.- Bueno, pero lo que da valor objetivo a las cosas científicas son los hechos, la demostración experimental: porque todo lo que vemos ocurre como las leyes dicen es por lo que dotamos de autoridad y objetividad a las leyes.
Idea1.- ¿Quieres decir entonces que la objetividad y fortaleza de la ciencia se funda en lo que vemos?
Idea2.- ¿Es que tu no lo ves así?
Idea1.- Me cuesta trabajo creer que algo tan objetivo y firme como parece ser la ciencia tenga que depender de algo tan subjetivo y variable como la visión. Pero respóndeme a otra cosa: ¿crees que hace diez mil veces diez mil años el sol giraba tal como ahora, según las leyes astronómicas, y que dos partículas de polvo más otras dos eran, como lo son ahora y siempre, cuatro partículas?
Idea2.- ¡Claro!
Idea1.- ¿Y mantendrás aún que las leyes y los números y sus operaciones son un invento del genio de los científicos?
Idea2.- No puede ser, tienes razón, puesto que tales leyes regían el mundo mucho antes de que tales científicos nacieran.
Idea1.- ¿Qué diremos, entonces, que estudian las ciencias, dado que hemos comprobado que sus números, leyes, fuerzas, espacios o fotosíntesis no son ni objetos o hechos físicos, ni tampoco un milagroso producto de la mente, sea lo que sea lo que entienda el científico por “mente”?
Idea2.- ¿Ni siquiera los hechos son hechos de carne y hueso?
Idea1.- Ni siquiera: un hecho ha de ser uno, no divisible como es la carne, y ha de ser el mismo que si mismo, de forma bastante más perdurable que un hueso, cuyas infinitésimas partes no dejan de cambiar y envejecer, dejando constantemente de ser lo que son.
Idea2.- ¿De qué se ocupa entonces un científico?
Idea1.- ¿De qué va a ser? De la realidad, es decir, de nosotras, las ideas.
Idea2.- Pero ellos no dicen eso.
Idea1.- Ellos tienen ciertas ideas que les impiden conocernos con claridad a todas nosotras. Tienen la idea de que los hechos no son ideas, o la idea de que las ideas nacen de la tierra, como las aceitunas brotan del olivo.
Idea2.- Pero no tienen ni idea, verdad.
Idea1.- Bueno, hacen su trabajo. ¿Pretenderás que un buen carretero necesite para serlo saber mucho de las leyes de la dinámica, o que un buen pescador tenga que saber ni mucho ni poco de la evolución de las especies? Pues tampoco un buen físico o un buen biólogo necesitan, para serlo, del conocimiento de las leyes de la realidad.
Idea2. Esas que interesan a los filósofos.
Ideas1. Esas que interesan a todo el que, con razón, sospecha que vive en una…caverna.

martes, 23 de octubre de 2012

Escenas de la vida de las Ideas platónicas


Idea1.- Esto no puede ser.
Idea2.- Explícate.
Idea1.- Que haya por ahí compañeras nuestras que ni idea tienen de lo ideales que ellas mismas son.
Idea2.- Cierto, misterio.
Idea1. – Que anden creyendo que son cosas tales como caballos o aceitunas de carne y hueso…Cuando todas deberíamos saber que tales cosas no son más que…un sueño.
Idea2.- ¿Ah, pero acaso no hay realmente caballos y aceitunas, de esos que corretean por ahí o que caen de los árboles?
Idea1.- ¿Pero de dónde te has caído tú? ¿Cómo dices eso?
Idea2.- No sé, chica. Yo siempre he creído que existen los caballos que veo correr en el hipódromo o arrastrar los carros… O las aceitunas, que están tan ricas.
Idea1.- Dime qué es una aceituna.
Idea2.- Pues esas cosas verdes o negras que meten en unas latas o te sirven en el bar al pedir una consumición.
Idea1.- ¿No podrías ser más clara? ¿Cómo sabes que esas “cosas” son todas ellas aceitunas?
Idea2.- Jo, porque son iguales, todas ellas son redondeadas, pequeñas, aceitosas, más o menos sabrosas... Qué preguntas haces, ¿no?
Idea1.- ¿Dirías entonces que todas ellas son aceitunas por tener una misma forma o aspecto común?
Idea2.- Sí, ya te digo, todas se parecen entre sí.
Idea1.- Pero son distintas.
Idea2.- Claro, son distintas pero se parecen.
Idea1.- Y si se parecen se parecerán en algo.
Idea2.- Mujer, no se van a parecer en nada, entonces no se parecerían.
Idea1.- Luego hay algo que es igual en todas ellas.
Idea2.- Me parece que sí.
Idea1.- Es decir que son distintas pero también iguales.
Idea2.- Vale, lista. Son distintas en algunos aspectos pero iguales en otros.
Idea1.- ¿Y cualquiera de esos aspectos en que son iguales dirías que está, a la vez, en todas las aceitunas?
Idea2.- Sí, ese aspecto es común a todas las aceitunas del mundo.
Idea1.- Incluso a las aceitunas que imaginamos o recordamos, supongo. Pero dime ahora: ¿ese aspecto común a todas, acaso puede verse con los ojos de la cara?
Idea2.- ¿Cómo si no? Se ve al mirar las aceitunas.
Idea1.- ¿Podrías ver algo que no fuera un objeto físico?
Idea2.- No veo como podría ver algo que no fuera físico.
Idea1.- ¿Y dirías que todo objeto físico está en algún lugar y solo allí en tanto no se mueva a otro sitio, en cuyo caso estará en este sitio y ya no en aquel?
Idea2.- Lo diría.
Idea1.- ¿Y no ocurre que ese "aspecto de aceituna" está, a la vez, en todos los lugares en los que hay aceitunas, incluso en ese lugar tan raro que es la imaginación?
Idea2.- Eso es cierto.
Idea1.- ¿Y en todos esos lugares es ese aspecto siempre el mismo?
Idea2.- Ha de serlo.
Idea1.- Luego no podrá ser nunca un objeto físico, pues está, a la vez, y siendo el mismo, no en uno, sino en innumerables lugares, como si fuera un Dios.
Idea2.- No podría decirte que no.
Idea1.- ¿Cómo puedes decir entonces que lo ves?
Idea2.- Pues no veo claro que pueda verlo, no. ¿Pero entonces no son aceitunas las aceitunas? Por Atenea que no sé cómo digerir esto que dices.
Idea1.- Cambiemos de tema si prefieres. Qué me dirás de los caballos. ¿Tienen todos ellos algún aspecto común?
Idea2.- No uno, sino muchos. Es por ellos que reconocemos como caballo a cada uno de los caballos que se pueden ver.
Ideas1.- Vale. Ahora dime, ¿ese aspecto común será el mismo en los caballos que montaban los héroes de Homero y en los que monten los caballeros del futuro?
Idea2.- Claro. Siempre que en el futuro queden caballos, claro.
Idea1.- ¿Y si no existieran en el futuro caballos, dejaría por ello de existir aquello que hace que todo caballo sea caballo?
Idea2.- Supongo que no. Igual que ahora no existen dinosaurios pero puedo decirte qué tendría que tener algo para ser un dinosaurio.
Idea1.- Exacto. Y responde ahora a esto: ¿son los caballos de carne y hueso, cada uno de ellos, algo que deje alguna vez de moverse, tanto por dentro como por fuera?
Idea2.- No te entiendo.
Idea1.- ¿No es cierto lo que dicen tus amigas, las ideas de la física, acerca del universo?
Idea2.- ¿Qué dicen?
Idea1.- Que todo lo que existe en el cosmos se mueve y cambia a cada momento.
Idea2.- Sí, todo está moviéndose en el tiempo.
Idea1.- ¿Y los caballos? ¿Serán una excepción?
Idea2.- No, por ellos también pasa el tiempo.
Idea1.- Eso dicen. Así que cada caballo es un poco más viejo cada segundo que pasa, y se mueve no solo por fuera, cuando corre o cuando se agita durante el sueño, sino que también se mueve y cambia por dentro, pues cada una de sus células cambia y envejece cada día.
Idea2.- Cierto, es lo que tienen las cosas de este mundo, nada es eterno.
Idea1.- Pero el caballo es el mismo caballo, sea más joven o más viejo, ¿no es eso?
Idea2.- Bueno, hay algo en el caballo que no cambia, y que permite reconocerlo hoy como el mismo de ayer.
Idea1.- ¿Un cierto aspecto común a todos sus momentos?
Idea2.- Yo no lo diría mejor.
Idea1.- Pero querida, ese aspecto común no puede cambiar como cambia el cuerpo del caballo.
Idea2.- No claro, si cambiara no sería el mismo hoy que ayer y no podríamos reconocer al mismo caballo de un día para otro.
Idea1.- Eso es. Luego, ¿será ese aspecto común a todos sus momentos una parte del cuerpo del caballo o alguna otra cosa o aspecto físico que se pueda ver con los ojos?
Idea2.- No. Porque ese aspecto que dices es siempre el mismo, y las cosas físicas cambian cada día.
Idea1.- Muy bien. Pues tenemos entonces que las cosas que vemos las reconocemos como aceitunas o caballos porque poseen cierto aspecto o forma, de aceituna unas, y de caballo otros, que no puede ser nada físico, pues no parece afectarles para nada ni el espacio ni el tiempo.
Idea2.- Me he perdido.
Idea1.- No les afecta el espacio porque la forma de aceituna o de caballo es la misma esté donde esté cada aceituna y caballo, y no les afecta el tiempo porque son la misma sea cuando sea cada caballo o aceituna.
Idea2.- Ahora lo entiendo.
Idea1.- Ahora bien, si esas formas por las que conocemos lo que es un caballo o cualquier otra cosa no son afectadas por el espacio y el tiempo, ¿diremos que son cosas físicas, de carne y hueso?
Idea2.- No me dejarían pensar eso las ideas sobre física que conozco.
Idea1.- Luego el conocimiento de un caballo y cosas así no será por los ojos, ni por ningún otro de los sentidos, pues aquello que reconocemos como caballo de los caballos no es nada físico.
Idea2.- ¿Cómo se conocerán entonces?
Idea1.- Tal como yo me relaciono contigo, por el puro pensamiento, al cual no le son necesarios los ojos.
Idea2.- Pero tengo una duda.
Idea1.- No dudes en decírmela.
Idea2.- Un caballo no solo tiene el mismo aspecto que otros caballos, también puede ser diferente de ellos en muchas otras cosas. Por ejemplo, tal vez este caballo de aquí sea tuerto, o este otro sea más alto que los demás.
Idea1.- Bien dicho. Pero dime tú ahora. ¿Dirías que un caballo es tuerto, o alto, porque tiene ciertos rasgos en común con todo lo que es tuerto o alto?
Idea2.- Para, para, lo he entendido. Ya veo que ibas a volver a empezar.
Idea1.- ¿Y te imaginas cuál ha de ser la conclusión?
Idea2.- Difícilmente.
Idea1.- Cierto, es difícil de imaginar. Pero no de pensar. Las cosas son algo que no es físico.
Idea2.- ¿Y qué son entonces?
Idea1.- Ideas, como nosotras. Si quieres llamo a la idea de caballo y que te lo explique ella.
Idea2. – Bien. Pero no sé cómo te va a oír ni venir sin tener orejas ni patas.
Idea1.- ¿Pero en qué mundo crees que vives? ¿Has visto, sin ojos, que no los tienes, que en este mundo nuestro haya espacio alguno que recorrer o en el que hagan eco las palabras? ¿Crees que la idea de caballo habita acaso en alguna cuadra o cueva?
Idea2.- Mmm. Eso de cueva que has dicho no sé a qué me recuerda…  



viernes, 19 de octubre de 2012

El mito de la caverna



Imagina, dice Platón, unos hombres prisioneros desde niños en una oscura caverna. En ella viven atados de tal modo que sólo pueden mirar hacia la pared del fondo. Detrás de ellos se encuentra un pequeño muro y detrás de él, sin que los prisioneros puedan verlos, pasan unos extraños hombres hablando entre sí y portando objetos con figuras de cosas, hombres y animales; un poco más allá de ellos hay una hoguera. La luz de la hoguera ilumina a esos extraños seres y sus objetos de manera que la sombra de tales objetos se proyecta en el fondo de la cueva. ¿Qué será el mundo (pregunta Platón) para los prisioneros? Ellos creerán, sin duda, que la realidad serán esas sombras, así como los ecos de las voces de los portadores...

¿Pero qué pasaría si liberáramos a uno de esos prisioneros? Se quedaría asombrado al comprobar que lo que creía que era el mundo no era más que la sombra de cosas y seres que desconocía. Y si lograra salir de la cueva y ver, no objetos que figuran otras cosas, sino las mismas cosas iluminadas por el sol, se sorprendería aún más, pues comprendería que los objetos y sombras de la caverna no son sino copias de las cosas, aún más reales, que existen fuera. Mientras se acostumbrase a la luz solar, el prisionero tendría que mirar estas cosas reales en sus reflejos en el agua y otras superficies, pero más tarde podría mirarlas directamente, e incluso percatarse de que es el sol el que permite admirarlas a todas. 

Imaginaos que este hombre quisiera volver a la caverna a contarle a sus compañeros todo lo que ha visto. Al principio, y mientras se acostumbrara de nuevo a la oscuridad, se comportaría torpemente y sería el hazmerreir de todos. Pero cuando contara a los demás lo que ha visto fuera, sería aún peor: lo tomarían por loco e incluso algunos lo amenazarían de muerte. 

Esto es, en esencia, el contenido del mito. Aunque lo mejor es que lo leáis por vosotros mismos (en la carpeta de Textos PAU lo tenéis en una buena traducción). Una vez leído, claro, toca interpretarlo, que es lo interesante. ¿Qué creéis que nos quiere decir este mito? ¿Qué es lo que más os ha llamado la atención en él?




Pensar antes de actuar.


"Antes, cuando yo era joven, sentí lo mismo que les pasa a otros muchos: tenía la idea de dedicarme a la política tan pronto como fuera dueño de mis actos. Entonces se produjo una revolución; al frente de este cambio político se establecieron como jefes cincuenta y un hombres. Ocurría que algunos de ellos eran parientes míos y me invitaron a colaborar en trabajos que, según ellos, me interesaban. Lo que me ocurrió no es de extrañar, dada mi juventud: yo creí que iba a gobernar la ciudad sacándola de un régimen injusto para llevarla a un sistema justo, de modo que puse una enorme atención en ver lo que podía conseguir. En realidad, lo que vi es que en poco tiempo hicieron parecer de oro al antiguo régimen; entre otras cosas enviaron a mi querido y viejo amigo Sócrates, de quien no pondría ningún reparo en afirmar que fue el hombre más justo de su época, para que, acompañado de otras personas, detuviera a un ciudadano y lo condujera violentamente a la ejecución. Pero Sócrates no obedeció y se arriesgó a toda clase de peligros antes que colaborar en sus iniquidades. Viendo, pues, todas estas cosas, me indigné y me abstuve de las vergüenzas de aquella época.
Poco tiempo después cayó el régimen de los Treinta, y otra vez me arrastró el deseo de dedicarme a la política. Pero la casualidad quiso que algunos de los que ocupaban el poder hicieran comparecer ante el tribunal a nuestro amigo Sócrates y presentaran ante él la acusación más inicua y más inmerecida. Al observar yo todas estas cosas, cuanto más atentamente lo observaba más difícil me parecía administrar bien los asuntos públicos. Entonces me vi obligado a reconocer, en alabanza de la filosofía verdadera, que sólo a partir de ella es posible distinguir lo que es justo, tanto en la vida pública como en la privada"
.[Platón. Carta VII. Extractos]


¿Creéis que es sensato quedarse sentado hasta saber qué es lo Justo, antes de tomar ningún partido contra las injusticias?
¿Cuántos políticos se habrán preguntado a fondo qué es la Justicia? ¿Se llega así a la política?
[Del blog Cavernisofiasegundaplanta. Publicado por Juan Antonio Negrete]

miércoles, 17 de octubre de 2012

Huelga de estudiantes.


Si ya de por si (de por ellos) acostumbró a presumir de mis alumnos, lo mejor, con mucho, del instituto donde trabajo, con más razón ahora que los veo, megáfono en mano, negándose a que empeoren, aún más, las condiciones del redil en el que compartimos las mañanas. Aquí los tenéis, queriendo romper la oscura liturgia de las clases con la luz de todas las razones. Se niegan, como toda persona de buen juicio debería negarse:

A asumir que la escuela sea una cadena de montaje, en la que los alumnos sean catalogados y separados, a los quince años, como futuros obreros (los que van a FP) o futuros universitarios (los que van a Bachillerato).

A que, con absoluto (y absolutamente ignorante) desprecio de lo que la pedagogía (y la simple experiencia docente) enseña, se enarbolen los simples criterios de la capacidad y el esfuerzo para separar a los “malos” alumnos de los “buenos”. Como si la capacidad no fuera un don (tan "merecido" como nacer rubio o moreno) y el esfuerzo no dependiera de mil y una razones (y nunca de la simple “vagancia” voluntaria, como esgrimen los ministros y los maestros ignorantes de otra pedagogía que la del palo y la zanahoria).

A que, con la ceguera del que confunde el interés con lo interesante, se conciba la educación como un medio para el “triunfo” y no como un fin y un logro en sí misma.

A que se enaltezcan como valores la competitividad, el éxito profesional y el bienestar económico, como si no existieran otros y más verdaderos propósitos para dotar de sentido la vida de las personas.

A que se antepongan las asignaturas “instrumentales” y técnicas, con la falaz idea de que lo más importante (las ideas, los valores, el buen juicio, la creatividad) son cosas tan insensatas (¿e inútiles?) que no se pueden enseñar crítica y racionalmente en el aula (aunque sí inculcar en las parroquias y en el seno de la sagrada familia).

A que se recorten becas y ayudas, con el peregrino argumento de darlas solo al que por su rendimiento las merezca, olvidando que el hijo del rico podrá obtener sus títulos sin becas, rinda o no rinda, y que el rendimiento del menos agraciado (porque es gracia o desgracia, no mérito, ser hijo de quien uno es) se verá siempre lastrado por su peor circunstancia.


Por esto y por tantas otras cosas (ellos las saben mejor que yo), mis alumnos y tantos otros salen estos días a las calles (el espacio natural de los que no tienen otra cosa que un dudoso futuro). Y lo hacen con todo el derecho de los que no disfrutan de más derecho político que el de protestar (y esto a duras penas –y porras--). ¡¡Ánimo mañana!!  

miércoles, 10 de octubre de 2012

Diálogo entre Sócrates y Sofistófeles

Nuestro intrépido equipo de expertos del más allá filosófico han logrado (no me preguntéis cómo) invocar a dos espíritus, el de Sócrates y el de un sofista, desconocido hasta hoy, llamado Sofistófeles. El experimento se realizó en un solitario callejón de la Atenas, y la energía liberada en el proceso fue tal que todos los expertos, menos uno, perdieron la conciencia. El que quedo, especialmente fornido, y al que llaman el “omoplatos”, me contó luego lo que había visto y oído. Y esto dice que fue:

Sócrates.- Ea, pues, aquí estamos. Este mal profesor de filosofía me ha traído acá, desde otro lugar más dulce. Seguramente era incapaz de ejercer por sí mismo su oficio y me expone ahora a que de nuevo me crucifiquen. ¡Hola, pero si tengo un compañero de desgracia! ¿Quién eres tú, espectro?
Sofistófeles.- Un sofista soy, Sócrates, o eso dicen de mí.
S.- ¿Uno de mis viejos amigos, acaso? ¿Eres el venerable Protágoras? ¿El incisivo Gorgias? ¿O acaso el feroz Trasímaco? Mi vista ya no es como era, y al venir del reino de la Luz, me cuesta mirarte y reconocerte.
Sf.- No soy ninguno de los que dices, y los soy todos a la vez. Allá donde purgamos nuestras penas, acusados de ser unos sinsustancias, me han amasado como una albóndiga, para que tenga algo de miga, y me han hecho uniendo los trozos de unos y de otros, y añadido alguno de la novelle cousine
S.- Ya, ya me han dicho que en esta época sois también los amos del cotarro de lo que el vulgo llama cultura y que ahora enseñáis en todos sitios con solo asomaros a unas extrañas ventanas en las realmente no estáis, pero parece que estáis.
Sf.- Sí, todo cambia para no cambiar nunca. Ahora enseñamos a través de la televisión y otras extrañas máquinas, llamadas ordenadores.
S.- ¿Que nada cambia, dices? ¿Has dejado de ser sofista tras tantos siglos de purgatorio?
Sf.- Aún no lo logre, Sócrates, por eso pasé el casting para esta invocación de espíritus. Sigo pensando lo que pensaba: que no hay nada de bueno ni de malo, de cierto ni de incierto, fuera del tiempo que pasa y que todo lo cambia, tanto en mí como en los otros hombres, en este lugar y en tantos otros tan diferentes. Soy un relativista, sin lugar a dudas.
S.- Entonces, mantienes, como siempre, que nada valioso existe siempre, pero que esta misma opinión tuya merece eternamente la pena.
Sf.- Siempre es bueno atenerse a la verdad de que nada hay de verdadero ni de bueno que sea para siempre.
S.- Es curioso, siempre habláis de lo bueno y lo justo…Para decir que nunca es lo mismo lo bueno y lo justo, sino según lo que cada uno habla, piensa o siente.
Sf.- Así es.
S.- Pero entonces, sabio Sofistófeles, qué diréis, ¿que es de lo mismo, es decir de lo bueno, de lo que tú y yo hablamos ahora, o de algo que, por ser diferente para ti y para mí, no merece ser definido por las mismas palabras?
Sf.- Las dos cosas diré, oh Sócrates, al mismo tiempo. Discutimos ambos de la misma cosa, lo bueno, pero sin que sea la misma cosa para ambos.
S.- Profunda parece tu opinión, y muy oscura que es. Responde ahora. ¿Es tan bueno lo que yo tengo por bueno que lo que piensas tú al respecto? Si para mí es bueno llevar esta capa raída y vivir con lo puesto, y para ti vestir con elegancia y vivir en la opulencia, ¿diremos acaso que yo o tú llevemos mejor vida que el otro?
Sf. De ninguna manera, Sócrates, tan buena es tu forma de vivir como la mía.
S.- ¿Dirás entonces que mi opinión de lo bueno y la tuya son, ambas, igualmente buenas?
Sf.- Eso diré.
S.- Luego lo bueno será entonces igual para ambos, pese a que habíamos acordado que era distinto. ¿No estás de acuerdo?
Sf.- No sé ahora si lo estoy, Sócrates.
S.- Te diré lo mismo pero de distinta manera. Si bueno y justo es igualmente bueno y justo para cada uno, según su particular modo de concebirlo, ¿no serán estas distintas opiniones igualmente justas aunque cada una entienda lo justo de manera distinta?
Sf.- Quizás sea justo que así hables, aunque no sé si lo entiendo, ni si quiero hacerlo.
S.- ¿Y no se ajusta lo que decimos a la verdad de que, en estos caso, lo justo es siempre lo mismo que sí mismo y, a la vez, siempre diferente de sí mismo?
Sf.- Lo justo no es más que una convención de los hombres.
S.- ¿Y te parece que lo convenimos por ser justo, o que es justo porque lo convenimos?
Sf.- Lo segundo, Sócrates. Justo es lo que convenimos que lo sea.
S.- ¿Y por qué lo convenimos entonces, si no es por que sea justo?
Sf.- Fácil. Porque nos conviene y nos resulta útil.
S.- ¿Y no estarás, entonces, llamando propiamente “justo” a lo que es útil y conveniente?
Sf.- Justamente a eso.
S.- ¿Y sabrías responder si te pregunto entonces qué es lo útil y conveniente para todos y cada uno?
Sf.- No, por todos los dioses. Cada uno tendrá por útiles cosas diversas. Aunque sé que vas a pedirme, aquí también, que te explique cómo es que “útil” designa lo mismo diciendo lo diferente.
S.- No, no voy a insistir en eso. Dime, mejor, que es para ti lo útil, pues esto sí que debes saberlo.
Sf.- Claro, Sócrates. Lo útil es lo que conviene a mis deseos. 
S.- ¿Y estás tú seguro de que deseas lo que te conviene?
Sf.- ¿Cómo no?
S.- ¿Quién crees que sabe mejor lo que conviene a una semilla, el experto jardinero o la semilla misma?
Sf.- El primero, está claro. La semilla se deposita al azar, sin ciencia alguna, a veces sobre la tierra más dura en la que, sin saberlo ella, jamás va a fructificar.
S.- Dime ahora tú, ¿eres como la semilla o más bien un experto jardinero de ti mismo?
Sf.- Si he de desear lo que me conviene, y no lo que me perjudica, he de ser experto acerca de mi mismo, tienes razón.
S.- ¿Y realmente lo eres?
Sf..- ¿Pero quién si no, Sócrates, puede conocerse mejor a sí mismo que uno mismo?
S.- Esta bien. ¿Pero de qué conocimiento hablas? ¿Del que desvela la verdad a todos y para siempre, o del que solo sirve a tu verdad y de momento?
Sf- Lo último, por supuesto. La verdad, tal como ocurre a la justicia o la bondad, no es sino lo que conviene a mis intereses.
S. Luego tú serás conocido por ti mismo como lo que te conviene pensar que eres. Y dime, ¿lo que conviene a algo no es lo que mejor se adapta a su naturaleza, tal como la hierba, y no la carne, al cervatillo, y la carne, y no la hierba, al león comedor de cervatillos?
Sf.- Eso he de reconocerlo.
S.- ¿Y cómo reconoces esto último como cierto? ¿Acaso también porque te conviene pensarlo así?
Sf.- Cómo si no, si he de ajustarme a lo que dije antes.
S.- Pero entonces fíjate que extraño es lo que dices.
Sf.- ¿El qué, Sócrates?
S.- Que lo útil es lo que conviene a aquello que te conviene concebir que conviene al que te resulta conveniente creer que eres.
Sf.- No estoy seguro de que me convenga seguir esta conversación, Sócrates.
S.- Te equivocas, amigo. No hay nada que te convenga más. ¿Convendrás conmigo ahora que la verdad es más útil cuando es verdad respecto a lo que son las cosas?
Sf.- Explícate.
S.- Si fueras marino, ¿te sería más útil creer que es el viento el que hincha las velas, o más bien que lo son las colas de las sirenas al contonearse tentadoramente?
Sf.- Lo primero me convendría mucho más.
S.- Y si fueras Sofistófeles, ¿te sería útil creer que es el alma la que empuja su cuerpo, o que más bien son sus piernas las que le llevan y le traen por sí mismas?
Sf.- También lo primero que dices, Sócrates. Ahora que soy un espectro sin piernas ni brazos lo veo clarísimo.
S.- ¿Te será enormemente útil, entonces, conocer, como buen marinero de ti mismo, tanto el complejo mecanismo de cordajes y costuras que compone la vela del alma, como la fuerza y disposición de esos vientos, llamados ideas, que la mueven de un puerto a otro?
Sf.- Lo es, Sócrates. Mis maestros me enseñaron precisamente a insuflar las ideas que yo quisiera en las alas del alma de los que me escuchan.
S.- Ea, pues. Arribemos ahora a alguna conclusión. Si lo mejor es lo más útil, ¿no será mejor que cualquier otra cosa ocupar nuestro tiempo en conocer nuestra alma y las ideas que la habitan?
Sf.- Sí que lo parece, según lo que llevamos dicho.
S.- ¿Y no será ese conocimiento la condición inexcusable para que cada uno pueda ser bueno y útil para sí mismo?
Sf.- ¿Cómo Sócrates?
S.- Pues tal como has visto aquí, que oponiendo mi alma con la tuya, hemos logrado ambos quitar de ellas las ideas inapropiadas y dejar solo las más verdaderas. ¿No ha sido útil este diálogo para saber lo que es realmente útil y bueno?
Sf.- Pues sí.
S- ¿Y podrá ser bueno y útil para sí mismo aquel que no sepa, como nosotros sabemos ya, lo que es útil y bueno?
Sf.- Pues no, Sócrates, salvo por casualidad, y sin saberlo ni él mismo.
S.- Y dime, Sofistófeles, ¿crees que cualquiera que nos escuchara ahora no llegaría acaso a la misma conclusión?
Sf.- La fuerza de las razones a eso obliga, Sócrates. Nadie puede liberarse del lazo del argumento, si no es haciéndose el loco, o siéndolo.
S.- Así pues, si las razones nos obligan a pensar que tal o cual cosa es la más útil o buena, como hemos hecho hace un momento, ¿no obligaran a pensar así a todo el que cuerdamente nos atienda?
Sf.- ¿Dónde vas a parar ahora?
S.- A esto. Si lo útil o bueno es lo que razón dictamina, lo será para todos, y no según cada distinta cabeza.
Sf.- De acuerdo, pese a mi mismo.
S.- ¿Diremos entonces que lo bueno para todos es lo que la razón en cada momento dictamina, con sus mejores argumentos, y que, por eso mismo, no hay nada mejor para nosotros, mortales ignorantes, que pasar el día razonando para conocer lo que conviene, tanto a nosotros mismos como a los demás?
Sf.- No sé, Sócrates. No son pocos los que afirman que nada de lo que conocemos es seguro.
S.- Pero fíjate que, a la vez, afirman eso mismo con notable seguridad. ¿No crees que hay que ser muy sabio para saber que nada se puede saber?
Sf.- ¡Por los dioses, no dejas de ser razonable, Sócrates, pese a que dices no saber nada de nada!
S.- Y es cierto, Sofistófeles. Nada sé, pero sí creo saber cómo paliar mi ignorancia, hablando y preguntando a jóvenes tan ambiciosos de saber como tú. Por cierto,  ¿de qué dioses hablabas?
Sf.- De los de la ciudad, Sócrates, esos que nadie ha visto, pero que se aseguran de que cumplamos la ley incluso cuando nadie nos ve.
S.- ¿Crees que la gente no sabe ser justa y buena sin la vigilancia de los dioses?
Sf.- Eso creo, Sócrates. Hacen lo que les conviene y punto.
S.- Pero sin saber lo que realmente les conviene.
Sf.- Pero Sócrates, hay quien elige lo malo incluso conociendo muy bien lo que es bueno y conveniente.
S.- ¿De qué loco me hablas? Ni el peor de los sofistas escogería lo peor creyendo saber adecuadamente lo que es mejor. Toda maldad es ignorancia.
Sf.- Pero los sofistas se tienen por sabios, y no ignorantes, y perjudican a muchos en los juicios, incluso no siendo aquellos nada injustos, siempre que alguno les pague muy bien por hacerlo.
S.- ¿Y crees tú que esos sofistas son tan sabios como ellos mismos dicen?
Sf.- No sé, Sócrates, Pero me temo que, a diferencia de ellos, ni tú ni yo seremos nunca nada en la vida. Tú por ser el vagabundo de pensamientos que eres, y yo por haberme dejado convencer por ti. Mi padre me mataría, si no estuviera ya muerto, si supiera que ando contigo, y si pudiera te mataría de nuevo a ti también.
S.- En esto tienes razón, Sofistófeles. Ni yo ni tú somos, ni fuimos nunca, ni seremos otra cosa más que espectros o sombras de dos ideas, tú de una y yo de otra. Un discípulo y joven amigo mío dirá que no hay más mundo que el cielo en que habitan ellas, las ideas.
Sf.- Ea, pues volvámonos ya a ese mundo tan ideal.
S.- Pero si llevamos todo el tiempo en él. ¿Es que no lo has comprendido todavía?