lunes, 22 de mayo de 2017

¿Qué hay de la lucha de clases?



El materialismo histórico describe la sociedad como un todo en movimiento. No solo la infraestructura y la superestructura están influyendo constantemente la una en la otra, sino que también el conjunto de ambas va transformándose a lo largo de la historia. En otras palabras: las sociedades cambian. El esclavismo de la antigüedad da paso al feudalismo medieval que da paso a su vez al antiguo régimen y éste a la sociedad burguesa y capitalista, y éste, según Marx, dará paso a la sociedad comunista… Y el motor de todo este cambio es la lucha de clases… 

Para explicar la lucha de clases Marx utiliza una teoría hegeliana (Hegel es un filósofo anterior a Marx y que influyó mucho en él, aunque Marx lo criticara constantemente). Esta teoría se llama “dialéctica”. Hegel la usaba para explicar el desarrollo del Espíritu o Idea, que, según él, era lo verdaderamente real, hasta el punto de que la Naturaleza y la Historia eran no más que manifestaciones temporales de ese Espíritu. 

Marx adopta el “mecanismo” de la dialéctica hegeliana, consistente en un proceso de tres fases: tesis (lo dado, el momento inicial), antítesis (negación de lo anterior), y síntesis (resolución del conflicto); pero lo aplica a la historia, no al Espíritu (para Marx, que es un filósofo materialista, no existe tal cosa como el “Espíritu”).

Según la teoría dialéctica de Marx la historia va cambiando siempre de la misma manera: se parte de una situación histórica dada (esta sería la “tesis”); pero esta situación envuelve en sí misma una serie de contradicciones que al cabo del tiempo estallan y acaban con la situación del principio (a esta fase se le llama “antítesis”); finalmente se origina una nueva situación temporalmente estable (a la que se llama “síntesis”), pero que encierra en su seno nuevas contradicciones, con lo que el ciclo vuelve a comenzar. 
Lo que mueve, así, la historia humana es la contradicción que, para Marx, consiste fundamentalmente en la oposición entre clases sociales con intereses enfrentados, es decir: la lucha de clases. Veamos esto con más detalle.

Cada situación histórica (la sociedad feudal, la sociedad burguesa, etc.) se caracteriza, sobre todo, por su infraestructura y, en ella, por la tensión entre las clases sociales, cuyo estatus es siempre desigual (unas poseen las fuerzas de producción y otras no, unas dominan y otras son dominadas…). Durante un tiempo esta tensión se mantiene bajo control (la fortaleza del sistema político y la influencia de la ideología son factores determinantes para que exista esta estabilidad). 
Pero tarde o temprano, por intervención de factores nuevos, o por aumento insostenible de la tensión, estalla el conflicto. Fruto del mismo es la transformación revolucionaria de toda la sociedad (o bien el hundimiento conjunto de las clases enfrentadas).

Pensemos en la sociedad feudal, por ejemplo. En ésta encontramos una compleja estructura social, pero en toda esta estructura hay un grupo social dominante (la nobleza, el alto clero) y un grupo social dominado (los siervos, el campesinado en general, los artesanos y comerciantes de las ciudades). Estos dos grupos mantienen intereses totalmente antagónicos, pero este antagonismo se mantiene bajo control hasta que, enriquecidos por el comercio colonial, algunos de entre los dominados (la burguesía) empiezan a acumular poder e influencia económica y, por consiguiente, a exigir un cambio social. 
Durante el siglo XVIII y principios del XIX la contradicción que supone que la clase dominante (la nobleza) carezca del poder económico de la dominada (la burguesía) hace estallar finalmente el conflicto (las revoluciones burguesas) por el que es eliminada la sociedad feudal (antítesis). El resultado es la instauración de una nueva sociedad liderada por la burguesía (esta es la síntesis). Aunque en ella, afirma Marx, sigue latiendo la lucha de clases, esta vez entre la gran burguesía industrial (que es ahora la clase dominante) y el proletariado o clase obrera (que es ahora la clase dominada). Este nuevo antagonismo, anticipa Marx, dará lugar, con el tiempo, a la destrucción de la sociedad burguesa y capitalista…


¿Tenía razón Marx? A todas luces la profecía marxista, siglo y medio después del Manifiesto comunista, no se ha cumplido. ¿Qué creéis que pudo haber fallado en el análisis de Marx?

Cómo armar una sociedad, según Marx: infraestructura y superestructura.

Según Marx, el pensamiento, las creencias, el arte, las leyes... la cultura toda es un producto histórico. Mejor dicho: es un producto del sistema económico y social de cada cultura y época concreta. 

A esta teoría se le llama "materialismo histórico", pues supone que todo lo que produce históricamente el hombre está en función de la base material o económica.

Al sistema económico y social le llaman los marxistas "infraestructura". Esta infraestructura determina con qué fuerzas productivas cuenta una sociedad (con qué materias primas, tierras, fábricas, trabajadores, capital, etc.) y, sobre todo, cómo se relaciona la gente con estas fuerzas productivas (quiénes las poseen, quiénes se limitan a trabajar, cómo se organiza el trabajo...), es decir, cuáles son las clases sociales (propietarios, trabajadores...).

Todos los demás elementos que componen una sociedad (la política, las costumbres, la religión, etc.) dependen, según Marx, de la infraestructura económica y social, y tienen la importante función de legitimar y justificar dicha infraestructura. A estos elementos políticos e ideológicos (costumbres, creencias, ideas, etc.) se les denomina "superestructura".


La superestructura política (el sistema de gobierno, el derecho, la policía, etc.) tiene la función de dar cobertura institucional al orden social y económico, estableciendo las leyes apropiadas para que dicho orden se mantenga. 

La superestructura ideológica comprende muchas cosas: la moral y las costumbres, los ritos y fiestas, la educación, el arte, las creencias religiosas, incluso la ciencia... y la filosofía (entendida de cierto modo). Su misión es justificar y convencer a la gente de la validez y necesidad del orden social establecido, desactivando las ideas y conductas contrarias al mismo (ocultando, para ello, las contradicciones y tensiones inherentes a dicho sistema). 


Veamos algunos ejemplos

En la sociedad feudal, la infraestructura determinaba que la propiedad de las fuerzas productivas (que era, sobre todo, la tierra y los siervos) estuviera adscrita a la nobleza y el alto clero. Las relaciones de producción eran claramente desiguales, de manera que unos pocos (los propietarios de la tierra) vivían del trabajo de otros (los campesinos), dándose así dos clases sociales bien diferenciadas.

En cuanto a la superestructura, la sociedad feudal se caracteriza por la filosofía y la religión cristiana, el arte medieval, la monarquía absoluta y muchos otros... Todos estos elementos servían para justificar y legitimar el modo de producción y el orden social feudalista. 

Así, la idea de un Dios único y todopoderoso que gobernaba el mundo servía para justificar la monarquía absoluta (en la que una única persona, el rey, gobernaba a todos). La monarquía imponía leyes que, a su vez, protegían e institucionalizaban la diferencia social entre señores y siervos y el modo de producción imperante. La ideología medieval servía, además, para desactivar las tensiones sociales y evitar rebeliones, inculcando la idea del origen divino de la estructura social y política, y la reparación de las injusticias en "otro mundo" (en el Reino de Dios). 


En la sociedad capitalista (que es lo que más interesa a Marx), la propietaria de las fuerzas productivas es la burguesía, y las relaciones de producción son  también de dominación y explotación de una clase (los proletarios) por la otra (la burguesía).

Los obreros, dueños tan solo de su fuerza de trabajo, la venden al burgués por una cantidad menor a la de los beneficios que se obtienen de ella (a la diferencia entre el salario y el beneficio que obtiene el burgués le llama Marx "plusvalía").

De otro lado, la ideología burguesa cumple la función de justificar el orden social capitalista y burgués. La filosofía de Hegel, por ejemplo, afirma que el Estado moderno es la "realización" política de la Razón, con lo que no cabe oponerse racionalmente a él (aunque en realidad ese Estado no hace, según Marx, sino representar los intereses económicos de la burguesía dominante). 

La mentalidad o ideología moderna alienta también la libertad individual y hace a cada individuo responsable de su situación económica, cuando en realidad esto es incierto, pues los obreros, en cuanto desposeídos de la propiedad de los medios productivos, carecen de casi toda posibilidad de liberarse de su situación.

Más aún, la cultura burguesa, con su arte amable y, diríamos hoy, con toda la inmensa industria del entretenimiento cultural, procura que los obreros permanezcan ajenos e inconscientes de su situación, generando la necesaria conformidad para que la "máquina" capitalista siga funcionando...



 







sábado, 20 de mayo de 2017

Graduación 2017

Aquí tenéis una cuantas fotos de la graduación llenas de baile, de música, de lagrimas, de abrazos y risas. Como la vida misma. Lamento no haberos sacado a todos, y que algunas fotos salgan borrosas. 

En fin. Ya sabéis que aquí tenéis vuestra casa para cuando volver queráis. Como os dije a algunos anoche, ojalá toda vuestra vida sea (como mínimo) un eterno sábado, como este primaveral de hoy... O casi. Abrazos y ánimo con esos malditos exámenes.





lunes, 15 de mayo de 2017

¿Están alienados mis alumnos de secundaria?



El hombre no nace, sino que se hace. Y se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal. Cuando no conocemos a alguien la pregunta típica es: "¿Y tú qué eres?" Todo el mundo entiende que se pregunta por la profesión o actividad principal. "Yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante..."... El trabajo no solo proporciona autonomía económica, también, y sobre todo, nos dota de identidad. Quién no hace nada no es nadie, ni para los demás ni para sí mismo. Con el trabajo desarrollamos nuestras capacidades humanas, nos expresamos y proyectamos socialmente, nos sentimos valorados, nos reconocemos en la obra producida, que es, por así decir, como un "hijo" nuestro... En una palabra: nos realizamos como seres humanos. A veces, el drama de la persona sin trabajo no es solo carecer de recursos, sino peor aún: sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...

Ahora bien. El trabajo es la actividad mediante la que el hombre se realiza (dice Marx) solo cuando no es alienante. En caso contrario en lugar de hacernos personas, nos deshumaniza, nos embrutece, nos convierte en meros objetos o mercancias...


¿Qué es "alienación" (o "enajenación" como traducen algunos)? Es el estado, cabe decir espiritual, por el que uno no se reconoce a sí mismo en lo que hace, por el que se siente ajeno a su hacer, un hacer que no es, por tanto, un hacer realmente suyo, sino de "otro" (del cual uno es mero instrumento). Como somos lo que hacemos, un hacer que sentimos constantemente como "extraño" a nosotros, a nuestros verdaderos intereses, que "ni nos va ni nos viene", nos produce un extrañamiento íntimo: no estamos en lo que hacemos. El trabajo alienante, mecánico, en el que no ponemos el alma, nos deja vacíos, nos saca fuera de nosotros mismos, nos empobrece y cosifica, no nos deja ser, nos roba la identidad como personas, nos obliga a ser "otro", un ser extraño para sí mismo, desentrañado de sí, despersonalizado. "Alien" (de donde "alienado") significa en latín justamente eso: "extraño, ajeno, extranjero...". 


Cuando Marx habla de alienación estaba pensando en los obreros industriales del siglo XIX. Todo trabajo consiste en transformar una materia dada para crear un producto final. Pero, según Marx, en el trabajo del obrero todo le es ajeno. La materia prima que trabaja no es suya. Tampoco los instrumentos de trabajo. Ni el trabajo mismo que realiza es suyo: ni lo elige ni lo planifica él (sino el patrón), ni expresa su subjetividad o su creatividad (es puramente mecánico). Incluso si aquello que produce es algo valioso o interesante para él, se le arrebata una vez producido. Es el patrón, el propietario de los medios de producción, el que obtiene el mayor provecho de aquel producto, el que se lo apropia para venderlo por un valor mucho mayor que el que se da al trabajo del obrero (eso es la "plusvalía"). Pues el trabajo industrial no es más que la producción de mercancías para otro (no un modo de realizarse uno como persona creando una obra propia). El mismo trabajo es una mercancía más, sujeta al mercado, en lugar de un modo de expresarse y desarrollarse... Para colmo las relaciones sociales que origina el trabajo del obrero son tan mecánicas e impersonales como el propio trabajo, con lo que la alienación es también social. El obrero es una mera "pieza" entre "piezas humanas" de un enorme mecanismo en el que nadie trata a nadie como a una persona, sino como a un engranaje, mejor o peor situado, de la "máquina" productiva...


Pues bien, para que mis alumnos comprendan todo esto de la alienación no tengo que complicarme nada la vida. Simplemente les pido que miren alrededor y después... ¡Qué se miren a sí mismos!


Muy a menudo el instituto donde trabajo me parece una cárcel (en los peores momentos un zoológico), pero durante estos días que estamos pensando sobre el marxismo me parece siempre una fábrica, un inmenso taller en el que a toque de sirena los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. 



Recuerdo después sus miradas perdidas al oír las lecciones, sus gestos mecánicos al escribir lo que les dictan, su resignado encorvarse sobre la hoja del examen diario, hora tras hora, semana tras semana, año tras año... Ni lo que hacen en cada una de esas horas de su vida es elegido por ellos. Ni (por lo general) las actividades de clase expresan su subjetividad o creatividad, ni tienen relación con sus intereses reales. Ni sé si se esfuerzan realmente por sí mismos o más bien por otros, para satisfacer a otros, o para lograr las recompensas con las que han sido adiestrados por otros (sus padres, los propios profesores...).

¡Qué torpes los que los califican a veces de vagos! Creo que jamás he visto un alumno vago; todo el mundo está deseando hacer siempre cosas (interesantes, claro), y los alumnos no van a ser menos. En realidad, a los alumnos solo los conozco de dos clases: los que han aprendido ya a disimular su desinterés (o han sido educados en la marcialidad del esfuerzo sin preguntas), y aquellos, más sanos, que no saben disimular y se niegan, a las claras, a malgastar su energía en aquello que no les importa un pimiento. Pero aún estos últimos están alienados. Están sin estar, malviviendo de la mínima ración de autenticidad que es la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... 


Y para colmo también en las aulas se propicia la alienación social: la competencia entre alumnos, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quién se sientan "para que no hablen"), la segregación por notas, y hasta, en algunos centros, la separación de sexos en aras del rendimiento. Pues los alumnos no son una excepción con respecto a otros productos del mercado. Se fabrican para que den beneficios. Para que coloquen su currículum en el mercado de trabajo. 


Algunos dicen que la escuela que tenemos es una excelente "educación para la vida"... Pero esto es cierto solo si asumimos que las cosas más nobles y humanas (la creatividad, la libertad, las relaciones desinteresadas con los demás, la realización mediante el trabajo vocacional, el placer del conocimiento...) son cosas inútiles e improductivas. Si asumimos, también, que el trabajo es una maldición bíblica (de la que nos libramos cada viernes, aliviados), y que la búsqueda del conocimiento es algo insufrible de lo que hay que escapar cuanto antes... Siempre que asumamos, en fin, que eso que nos quieren vender como lo "bueno" de la vida (el pan, el circo, el consumo, las distracciones, cuanto más caras mejor...) está siempre a mano (un poquito menos en las crisis), sin otro coste que, ay, la vida misma, la de verdad... 


Pensad, además, que el ocio que supuestamente nos "libera" del trabajo, no es menos alienante que este. Observad como se divierte la gente en "su" tiempo libre. Ni es "suyo", ni es "libre". Las formas de diversión se le dan (se le venden) ya estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo menos mecánico y pasivo que el trabajo del que trata de escapar. El mercado del ocio, la industria del entretenimiento proporciona modos de evasión basados en el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...), no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Son como "drogas" que solo procuran olvido, inconsciencia, emociones fugaces.


Y aquí también las relaciones con los otros son básicamente instrumentales, cosificadas, sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según la ley de la oferta y la demanda... 



Aquí tenéis esta misma entrada publicada en prensa
Y aquí, nuestro programa de radio en RNE sobre el mismo asunto





Crónicas marxianas. Un mitín para empezar.

Según fuentes totalmente apócrifas (tenéis el diccionario enlazado a la izquierda) parece ser que Karl Marx (1818-1883) fue profesor en un instituto de Tréveris, en Alemania. Duró apenas una semana antes de que la policía y el jefe de estudios lo desalojaran del aula. Sus clases debían de ser tal que así. 

¡Camaradas alumnos, hijos del pueblo, obreros del mañana! 


En el siglo XIX los ideales de la ilustración han quedado sepultados bajo una capa de miseria material, moral e intelectual. A los burgueses, que se les llenaba la boca con las palabras “prosperidad”, “igualdad”, “libertad” y “educación”, se les han olvidado sus promesas en cuanto han llegado al poder. El pueblo que les ayudo en la lucha feroz contra los reyes y los nobles no ha ganado nada más que cambiar de amo.



 La nueva economía capitalista que iba a traer, según los burgueses, prosperidad para todos, ha traído miseria para la mayoría. Miles de niños, mujeres y hombres son brutalmente explotados en las fábricas de esos mismos burgueses, trabajando durante todo el día en condiciones insalubres, con salarios de subsistencia, despedidos cuando caen enfermos o son demasiado viejos para seguir en el tajo. Otros, los parados, deambulan por las calles ignorantes de que su estado es necesario para que el gran empresario pueda alcanzar mayores beneficios, pagando salarios de risa y riéndose de sus reivindicaciones... ¡Ahora comprendemos que la sociedad burguesa no era más que pasar de ser siervos del señor feudal a ser obreros miserables a merced del patrón y el capitalista burgués! 



¡Igualdad ante la ley, soberanía popular! ¡Eso prometían los burgueses antes de la revolución en Francia! ¿En qué ha quedado todo aquello? ¡¡Ni votar podéis!! ¡¡Ni reuniros en sindicatos para unir vuestros intereses y fuerzas!! ¡¡Ni protestar o hacer huelga sin sentir de inmediato el aliento de la policía en vuestra nuca, exponeros a la cárcel y a la ruina de vuestras familias!! 


¡¡Educación!! ¡¡Mayoría de edad!! Así hablaba el bueno de Kant. Eso prometían los ilustrados. ¿Pero cómo diablos vais a educaros y a cultivar vuestro espíritu tras catorce horas de trabajo? ¿Cómo vais a desarrollar la razón si comer o no morir de frío es el logro que os ocupa día y noche desde el nacimiento a la muerte? ¿Creéis acaso que esas pobres escuelas nocturnas a las que acudís algunos son comparables con las escuelas de élite a las que acuden los hijos de vuestros patronos?

¡¡¡No, no podemos volver a confiar en la burguesía!! ¡¡Su traición, no por esperada ha sido menos dolorosa y miserable!! Así son las leyes de la historia. Lo que ayer era la lucha entre los reyes y el pueblo, unido entonces a la burguesía naciente, ha de ser ahora la lucha del pueblo contra la clase burguesa que lo oprime y explota sin misericordia…
 ¡Y qué decir de los filósofos e intelectuales! Hasta ahora, la filosofía ha estado, sabiéndolo o no, al servicio de los poderosos. La mayoría de los filósofos ilustrados, y los que han venido después, han defendido y siguen defendiendo al Estado burgués; es más, han sido, sin saberlo, la justificación casi perfecta del orden social imperante.

Para Kant y los filósofos que continuaron tras él (como Hegel), la libertad y el progreso consistían en el perfeccionamiento de la conciencia racional, en el desarrollo del espíritu. ¡Como si el mundo estuviera hecho de espíritus e ideas! ¡¡Estas ilusiones, casi tan pérfidas como las de la religión, han apartado nuestra mente del verdadero mundo: aquél en el que sois explotados, humillados y embrutecidos por los que acaparan la riqueza, el poder y la cultura!!


¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes de todo esto? Los filósofos no han reparado en que antes de liberar y cultivar vuestra conciencia habéis de liberar vuestra vida y vuestro cuerpo de las cadenas materiales que os impiden realizaros como verdaderos seres humanos. Y esas cadenas son las terribles condiciones económicas y sociales en las que sobrevivís a duras penas. 


Tan solo algunos pequeños burgueses bienintencionados, como esos socialistas utópicos, han intentado concebir una nueva situación, si bien de manera totalmente errónea, pues no entienden ni entenderán jamás los complejos mecanismos de esta máquina infernal del capitalismo. Ni siquiera vuestros sindicatos, pese a lo heroico de su lucha, comprenden que vuestros problemas no desaparecerán reclamando un poco de menos presión en la correa con que os atan. 


 La única solución es la lucha. ¡¡¡La revolución!!! La ruptura total con la sociedad de clases y con el régimen parlamentario de la burguesía. ¡La toma del poder y la instauración de una sociedad de obreros y para obreros! ¡El comunismo es nuestro, vuestro único futuro! 



 ¡Pero no olvidad que esa lucha será ardua, costosa! El capitalismo tiene grandes amigos. La religión, la filosofía especulativa, las teorías económicas de los liberales ingleses, como ese Adam Smith y sus seductoras ideas acerca de lo beneficioso (e inevitable) del capitalismo… 


 Por eso es necesaria una filosofía nueva. Una filosofía que atienda a la verdadera realidad, a lo que constituye el pilar de las sociedades y el motor de los cambios históricos: la economía y la lucha de clases. Una filosofía capaz, además, de iluminar la práctica revolucionaria, y que no solo interprete el mundo, sino que sea capaz de transformarlo y conducirlo a una situación de efectiva justicia: ¡Al comunismo!... Una filosofía, en suma, como la que yo y mi camarada Engels estamos edificando. 


 ¡¡Alumnos de filosofía del mundo, obreros del mañana, uníos a nosotros, y pensad en los aciertos y los errores del marxismo!!   









Calificaciones provisionales.

Hola a todos. Os adjunto las calificaciones provisionales globales (la nota final del curso). Los alumnos que en lugar de calificación tienen una "R" es que tienen que asistir al examen de recuperación. Junto a la "R" y tras una flecha están los números de los trimestres que ha de recuperar (Por ejemplo: "R --> 1,2," significa que se han de recuperar los trimestres 1 y 2). 

Para cualquier aclaración o revisión de exámenes y nota del tercer trimestre estaré mañana martes en la Sala de profesores de 12 a 13.30.

Los alumnos que quieran subir nota asistirán al examen de recuperación de su grupo y harán la parte del examen destinada exclusivamente a subir nota. Habrá una parte para cada trimestre. Se podrán hacer una, dos o las tres partes. En cualquier caso, se ruega que solo se presenten los alumnos que hayan preparado la prueba. 

En todos los exámenes el alumno podrá disponer de material escrito (apuntes, libros...).

Os recuerdo los días y horas de exámenes: 

2A: Jueves 18, 3ª hora (aula 2A)
2C: Viernes 19, 3ª hora (aula 2C)
2G: Miércoles 17, 1ª hora (aula 2G)


También aprovecho para convocar a todos los que queráis seguir filosofando un poco más (sobre marxismo y sobre Nietzsche) que nuestra primera cita es el lunes 22 a 3ª hora (aula de 2A, junto a la entrada).








domingo, 7 de mayo de 2017

Filosofía del sábado noche.


Tres cosas hacen falta para cambiar el mundo: una idea certera de qué es la justicia (o, al menos, de lo que no lo es), un grado suficiente de organización y disciplina, y jóvenes, muchos jóvenes. Esto último lo tengo muy claro. Me lo ha enseñado mi trato con los alumnos durante años. Y me lo confirma la experiencia – cada vez más frecuente – de encontrármelos entregados a la filosofía o la política en su tiempo libre. El domingo pasado – por ejemplo – sorprendí a algunos en un local de Mérida hablando de cosas como la esencia y la existencia. Y el viernes, en Badajoz, cerca de doscientos chicos convocados por la Coordinadora de Estudiantes nos invitaron a la compañera Julia Ripodas y a mi a discutir con ellos sobre el feminismo, el poder y la justicia...




lunes, 1 de mayo de 2017

Último tema

Saludos a todos. Os recuerdo que ya tenéis preparado el último tema del curso (el Tema 10: La Ilustración y el pensamiento de Kant). Lo podéis ver en la columna de temas de la izquierda. Os recuerdo también, que de ese tema solo tenéis que preparar la parte de la Ilustración y la filosofía política de Kant (puntos 1,2,3 y 7). ¡Ánimo! 
Os recuerdo, por último, que tras los (odiosos) exámenes, seguiremos (los que queramos) hablando de filósofos como Marx y Nietzsche. ¡Porque no podemos parar de filosofar!
Hablando de exámenes, os recuerdo que tenéis que controlar de los temas 6 (filosofía medieval) a 10 incluidos. El examen será como siempre. Podréis tener el material delante. 

lunes, 24 de abril de 2017

La Ilustración y Kant.

Según Kant, la Ilustración y el progreso de la sociedad consistía en que los individuos dejaran de ser "menores de edad” mental y se atrevieran a pensar por su cuenta, sin permitir que otros pensaran y decidieran por ellos. Kant pensaba que la mayoría de la gente era, en su época, “menor de edad” y que, por tanto, eso de la Ilustración apenas era más un propósito que una realidad. Para Kant, el medio idóneo para lograr ese propósito era la educación. O, más exactamente, cierto tipo de educación: aquella que descubre al individuo la necesidad de pensar por sí mismo y le enseña a hacerlo. Ahora bien, de un lado esta educación apenas existía (los "tutores" o educadores eran tan inmaduros o dependientes de prejuicios como sus pupilos, por lo que no hacían sino prolongar la minoría de edad de estos). Y de otro lado la mayoría no se prestaba fácilmente a salir de su situación, ya fuera por miedo (¡quién se atreve a pensar por sí mismo corriendo el riesgo de perderse del rebaño!), ya por pereza y, en general, por no tener un genuino deseo de libertad que fuera más allá de la satisfacción de los deseos "naturales" (según Kant, estos deseos naturales eran tres: el deseo de estar sano, de tener dinero, y de aliviar como sea el miedo a la muerte).
  
¿Ha cambiado algo desde la época de Kant? ¿Es la mayoría de la gente de nuestro entorno “mayor de edad” (en el sentido de los ilustrados)? ¿En qué consiste realmente ser "mayor de edad"? ¿Es la educación de hoy instigadora de ese pensamiento propio y libre que, según Kant, representa el acceso a la verdadera “mayoría de edad”? 


¿QUÉ PIENSAS TÚ?





















martes, 18 de abril de 2017

El contractualismo: la teoría política moderna.


Los hombres del medioevo (y de gran parte de la época moderna) solían creer que su mala ventura y sus discordias eran fruto de su naturaleza manchada por el pecado, y que solo un poder exterior a ellos podía salvarlos del desorden y la violencia. En aquella época el poder de los reyes, los señores y los clérigos, era grande y misterioso. Los hombres confiaban en ellos porque su poder provenía de Dios, que por su gracia y providencia los había señalado para gobernar a su rebaño. Así, Dios había cedido su divina soberanía a los señores (nobles y clérigos) que, por su superior valor y virtud, tenían la competencia para gobernar sobre los cuerpos y las almas de sus vasallos (es decir, sobre la vida, los bienes y la libertad de la mayoría). Sobre todos esos señores sobresalía a su vez el rey, cuyo poder omnímodo era la expresión del poder omnímodo del mismo Dios. El ejemplo más majestuoso de esta doctrina política, típica del “antiguo régimen”, es de los reyes absolutos de la Europa moderna, como aquel famoso rey francés, Luis XIV, del que dicen que dijo: “el Estado soy yo”.


Pero desde el siglo XVII, algunos filósofos y hombres, burgueses e ilustrados (entre ellos Thomas Hobbes, John Locke y, más tarde, Jean-Jacques Rousseau), comienzan a confabular una nueva doctrina política. Pensaban estos intelectuales que los hombres eran, en efecto, imperfectos por naturaleza y necesitados, por tanto, de ley y de gobierno para asegurar la paz y la justicia (hasta el bueno de Rousseau pensaba que su “buen salvaje” podía verse corrompido por la ambición y la violencia). Pero a diferencia de lo que era habitual creer, estos filósofos pensaban que el hombre podía perfeccionarse por sí mismo, con ayuda de su razón. Y así, en lugar de entregarse confiado al poder salvador de Dios y del rey, erigirse en soberano autónomo, en rey de sí mismo.

 Nace entonces la idea de soberanía individual: el poder legítimo reside, por naturaleza y razón, en la voluntad de los individuos. La ley es legítima si los individuos, racionalmente, la aprueban. ¿Y qué leyes son esas que suscitan la aprobación racional o "natural" de los individuos? Para los filósofos políticos modernos van a ser muy pocas, aunque muy importantes, porque van a convertirse en la fuente de legitimidad del derecho (es decir, del resto de las leyes), y son la simiente de lo que más tarde llamaremos "Derechos Humanos". Estas leyes o derechos fundamentales serán: el derecho a la vida, a la libertad, a la igualdad y, según algunos (pero no todos), el derecho a la propiedad.  

Ahora bien, la misma razón que reconoce este poder y derecho natural-racional en los individuos, reconoce también la posibilidad del conflicto entre los derechos de unos y de otros, de ahí que arbitre la siguiente solución. Todos los miembros activos de la sociedad, reunidos como pueblo, decidirán constituir unas leyes básicas y un sistema político (es decir, una constitución) que sirvan para resolver, con justicia, los conflictos de interés entre los derechos naturales de las personas, y que serán válidas en tanto el pueblo así lo mantenga. A continuación, todos los individuos se comprometerán a cumplir esas "reglas de juego" y obedecer al gobierno que las administre, cediéndoles parte de su poder y libertad individual, en vistas al bien común. Este compromiso es un “contrato” (figurado) de todos los individuos entre sí, voluntariamente suscrito, que los convierte en ciudadanos del Estado creado por ellos mismos y al que ellos libremente se someten. 
Pero también, más adelante, es un compromiso o contrato entre los ciudadanos y los gobernantes, que ya nunca podrán gozar de un poder absoluto, sino limitado por las leyes básicas establecidas y los derechos naturales individuales cuya salvaguarda es la justificación última de todo poder político. Hasta el punto, esto último, de que, según Locke y otros, los ciudadanos tienen derecho a rebelarse y deponer por cualquier medio al gobierno que no cumple… con el contrato.

Así pues, la teoría política moderna establece estos niveles de soberanía o poder legítimo de las leyes y el gobierno:

(1) La razón. El poder de una ley es legítimo si está basado en la razón.
(2) Los derechos naturales individuales. El poder de una ley es legítimo si es expresión o está al servicio de las leyes o derechos naturales individuales que dictamina la razón; es decir, las leyes que obligan a respetar la vida, la libertad, la igualdad y, no sin discusión, la propiedad, de cada persona.
(3) La soberanía popular. El poder de una ley es legítimo si es expresión de la voluntad de la mayoría, siempre que ésta no atente contra los derechos naturales individuales.  
(4) Las leyes fundamentales y el sistema político (Constitución). El poder de la ley es legítimo si emana de las leyes que hemos convenido y que nos hemos comprometido (contrato social) a cumplir y hacer cumplir de acuerdo con la voluntad mayoritaria (soberanía popular).
(5) El gobierno representativo. El poder de una ley es legítimo si lo ejerce el gobierno que, por contrato (electoral) nos representa, y siempre que este cumpla con sus compromisos y respete las leyes fundamentales (constitución).

Como habréis adivinado, la teoría contractualista es el origen de la teoría democrática moderna. ¿Qué os parece? ¿Le encontráis alguna pega? ¿Creéis que hay algún sistema político aún mejor?