jueves, 31 de octubre de 2013

Escenas de la vida de las ideas platónicas (II)



Idea2.- He estado con otras ideas y, mira, que no veo claro esto de que existan las ideas y su mundo y todo eso.
Idea1.- ¿Es que no tienes espejo en casa?
Idea2.- Qué graciosa, ¿y para qué me serviría si no tengo cuerpo ni cara?
Idea1.- Era una metáfora. Las ideas no pueden reflejarse en un espejo, pero pueden reflexionar y especular sobre sí mismas. Reflejo, reflexión… ¿Lo pillas?
Idea2. - ¿Y qué es especular?
Idea1.- Estar juntitas, como tú y yo ahora. Los hombres lo llaman pensar, relacionarnos a unas y otras sin otro límite que las reglas lógicas.
Idea2. - ¿Las reglas qué?
Idea1.- Según otras ideas, a las que llamamos lógica. Déjalo. ¿Qué es lo que no te crees de ti misma?
Idea2.- Las ideas con las que he estado dicen que las tuyas están más pasadas que escribir con cincel.
Idea1.- ¿Y crees que a ideas exigentes consigo mismas, como somos nosotras, ha de importarnos lo que se diga o deje de decir?
Idea2.- Es que estas dicen que las ideas más admirables hoy en día, que son las de la ciencia, demuestran que las tuyas están anticuadas.
Idea1.- Y qué ideas tan admirables son esas y qué es lo que demuestran.
Idea2.- Las ideas de la física, la biología, la matemática y muchas otras demuestran que lo que realmente existen son las cosas de carne y hueso, las aceitunas y los caballos concretos, y que nosotras, las ideas, no somos más que un producto del cerebro, que también es una cosa con carne y con hueso.
Idea1.- ¿Y cómo lo demuestran? Desconocía que esas ideas tuvieran tanta amistad con las ideas filosóficas que son, según dicen, las que se ocupan de la idea de lo que existe y lo que no.
Idea2.- Bueno, demostrarlo no sé, pero parece obvio que ellas, las ideas científicas, estudian esas cosas de carne y hueso, los hechos, les llaman a veces. Y como son tan famosas, no creo que lo sean por nada, y menos por estudiar cosas que no existan.
Idea1. - ¿Pero qué es un hecho? ¿Será acaso aquello que tiene en común con todo los demás hechos?
Idea2.- ¡Oh no, por favor, no empieces de nuevo!
Idea1.- ¿No querías hablar otra vez de hechos, tal como hablamos ayer de los caballos y las aceitunas? Pero está bien. Responde entonces a esto. ¿Qué es lo que estudia el matemático? ¿Llamarías hechos a cosas tales como rectas, triángulos, números o similares?
Idea2.- ¿Por qué no?
Idea1.- ¿Dónde tienen la carne y el hueso? ¿Tendrá una recta las dimensiones de un objeto de los que solemos llamar “físicos”? ¿Crees que los triángulos nacen, crecen y mueren, como las polillas? ¿De qué color tendría la piel o la corteza un dos? Por cierto, que expresión más divertida: un dos.
Idea2.- Vale. Lo acepto, no son cosas físicas. Los objetos matemáticos son abstracciones de la mente.
Idea1.- O más bien producto del cerebro, dirían tus amigas. Pero dejemos eso ahora. ¿Son también producto de nuestras pobres cabezas las leyes que estudia el físico o el químico?
Idea2.- Pues, ahora que lo dices…
Idea1.- Lo digo porque es difícil imaginar que las leyes sean un hecho más entre los hechos, aunque sean hechos tan sutiles como los que, según dicen, ocurren en la mente.
Idea2.- De momento, no podrían explicar los hechos si ellas mismas fueran hechos que explicar.
Idea1.- Exacto. Además, caso de ser las leyes hechos físicos, sería ridículo imaginarlas así. Supón, por ejemplo, que la ley de la gravedad fuera del mismo tipo de cosa que las manzanas que caen al suelo, o que la ley de la evolución evolucionara y cambiara ella misma, como un vulgar gusano, en tanto permanece a la vez explicando, quieta y rígida, sus propios cambios.
Idea2.- Ridículo del todo. Debe ser que también las leyes son un fruto del cerebro de los físicos.
Idea1.- ¿Cómo? ¿Dices que las leyes no son como las manzanas pero que son un fruto del cerebro de carne y hueso de los físicos? ¡No te parece milagroso que de lo que es físico brote lo que no puede serlo! Además, ¿qué diremos de las leyes del cerebro, también serán un fruto cerebral las mismas leyes por las que el cerebro germina leyes?
Idea2.- Parece raro, sí.
Idea1.- ¿Y qué me dices de todo lo demás que estudian los científicos, las fuerzas, el espacio o el tiempo, la reproducción, la fotosíntesis y todo lo demás: serán todas estas cosas objetos o seres físicos?
Idea2.- ¿Cómo no?
Idea1.- Si todo lo físico está sujeto a fuerzas y ocupa espacio, ¿sabrías decirme que fuerzas afectan a la fuerza, o que espacio es el ocupado por el espacio?
Idea2.- Ni idea.
Idea1.- Tal vez pienses que la reproducción se reproduce ella misma, por esporas o por parejas, y que la fotosíntesis busca el sol para hacer lo que ella misma concibe.
Idea2.- Todo eso es absurdo. Lo que tú dices son conceptos, que viven en la mente, y que sirven para explicar los verdaderos hechos físicos.
Idea1.- ¿Quieres decir que son objetos mentales, carentes de carne y hueso, inventados por el genio de los científicos?
Idea2.- Tal vez.
Idea1.- Pero mujer, piensa en lo que piensas. Si las leyes o las fuerzas fueran esos extraños objetos mentales que dices, ¿no serían tan subjetivas y cambiantes como lo son nuestros pensamientos?
Idea2.- Bueno, pero lo que da valor objetivo a las cosas científicas son los hechos, la demostración experimental: porque todo lo que vemos ocurre como las leyes dicen es por lo que dotamos de autoridad y objetividad a las leyes.
Idea1.- ¿Quieres decir entonces que la objetividad y fortaleza de la ciencia se funda en lo que vemos?
Idea2.- ¿Es que tu no lo ves así?
Idea1.- Me cuesta trabajo creer que algo tan objetivo y firme como parece ser la ciencia tenga que depender de algo tan subjetivo y variable como la visión. Pero respóndeme a otra cosa: ¿crees que hace diez mil veces diez mil años el sol giraba tal como ahora, según las leyes astronómicas, y que dos partículas de polvo más otras dos eran, como lo son ahora y siempre, cuatro partículas?
Idea2.- ¡Claro!
Idea1.- ¿Y mantendrás aún que las leyes y los números y sus operaciones son un invento del genio de los científicos?
Idea2.- No puede ser, tienes razón, puesto que tales leyes regían el mundo mucho antes de que tales científicos nacieran.
Idea1.- ¿Qué diremos, entonces, que estudian las ciencias, dado que hemos comprobado que sus números, leyes, fuerzas, espacios o fotosíntesis no son ni objetos o hechos físicos, ni tampoco un milagroso producto de la mente, sea lo que sea lo que entienda el científico por “mente”?
Idea2.- ¿Ni siquiera los hechos son hechos de carne y hueso?
Idea1.- Ni siquiera: un hecho ha de ser uno, no divisible como es la carne, y ha de ser el mismo que si mismo, de forma bastante más perdurable que un hueso, cuyas infinitésimas partes no dejan de cambiar y envejecer, dejando constantemente de ser lo que son.
Idea2.- ¿De qué se ocupa entonces un científico?
Idea1.- ¿De qué va a ser? De la realidad, es decir, de nosotras, las ideas.
Idea2.- Pero ellos no dicen eso.
Idea1.- Ellos tienen ciertas ideas que les impiden conocernos con claridad a todas nosotras. Tienen la idea de que los hechos no son ideas, o la idea de que las ideas nacen de la tierra, como las aceitunas brotan del olivo.
Idea2.- Pero no tienen ni idea, verdad.
Idea1.- Bueno, hacen su trabajo. ¿Pretenderás que un buen carretero necesite para serlo saber mucho de las leyes de la dinámica, o que un buen pescador tenga que saber ni mucho ni poco de la evolución de las especies? Pues tampoco un buen físico o un buen biólogo necesitan, para serlo, del conocimiento de las leyes de la realidad.
Idea2. Esas que interesan a los filósofos.
Ideas1. Esas que interesan a todo el que, con razón, sospecha que vive en una…caverna.

martes, 29 de octubre de 2013

Escenas de la vida de las ideas platónicas.


Idea1.- Esto no puede ser.
Idea2.- Explícate.
Idea1.- Que haya por ahí compañeras nuestras que ni idea tienen de lo ideales que ellas mismas son.
Idea2.- Cierto, misterio.
Idea1. – Que anden creyendo que son cosas tales como caballos o aceitunas de carne y hueso…Cuando todas deberíamos saber que tales cosas no son más que…un sueño.
Idea2.- ¿Ah, pero acaso no hay realmente caballos y aceitunas, de esos que corretean por ahí o que caen de los árboles?
Idea1.- ¿Pero de dónde te has caído tú? ¿Cómo dices eso?
Idea2.- No sé, chica. Yo siempre he creído que existen los caballos que veo correr en el hipódromo o arrastrar los carros… O las aceitunas, que están tan ricas.
Idea1.- Dime qué es una aceituna.
Idea2.- Pues esas cosas verdes o negras que te sirven en la taberna al pedir una consumición.
Idea1.- ¿No podrías ser más clara? ¿Cómo sabes que esas “cosas” son todas ellas aceitunas?
Idea2.- Jo, porque son iguales, todas ellas son redondeadas, pequeñas, aceitosas, más o menos sabrosas... Qué preguntas haces, ¿no?
Idea1.- ¿Dirías entonces que todas ellas son aceitunas por tener una misma forma o aspecto común?
Idea2.- Sí, ya te digo, todas se parecen entre sí.
Idea1.- Pero son distintas.
Idea2.- Claro, son distintas pero... se parecen entre sí.
Idea1.- Y si se parecen se parecerán en algo.
Idea2.- Mujer, no se van a parecer en nada, entonces no se parecerían.
Idea1.- Luego hay algo que es igual en todas ellas.
Idea2.- Me parece que sí.
Idea1.- Es decir que son distintas pero también iguales.
Idea2.- Vale, lista. Son distintas en algunos aspectos pero iguales en otros.
Idea1.- ¿Y cualquiera de esos aspectos en que son iguales dirías que está, a la vez, en todas las aceitunas?
Idea2.- Sí, ese aspecto es común a todas las aceitunas del mundo.
Idea1.- Incluso a las aceitunas que imaginamos o recordamos, supongo. Pero dime ahora: ¿ese aspecto común a todas, acaso puede verse con los ojos de la cara?
Idea2.- ¿Cómo si no? Se ve al mirar las aceitunas.
Idea1.- ¿Podrías ver algo que no fuera un objeto físico?
Idea2.- No veo como podría ver algo que no fuera físico.
Idea1.- ¿Y dirías que todo objeto físico está en algún lugar y solo allí en tanto no se mueva a otro sitio, en cuyo caso estará en este sitio y ya no en aquel?
Idea2.- Lo diría.
Idea1.- ¿Y no ocurre que ese "aspecto de aceituna" está, a la vez, en todos los lugares en los que hay aceitunas, incluso en ese lugar tan raro que es la imaginación?
Idea2.- Eso es cierto.
Idea1.- ¿Y en todos esos lugares es ese aspecto siempre el mismo?
Idea2.- Ha de serlo.
Idea1.- Luego no podrá ser nunca un objeto físico, pues está, a la vez, y siendo el mismo, no en uno, sino en innumerables lugares, como si fuera un dios.
Idea2.- No podría decirte que no.
Idea1.- ¿Cómo puedes decir entonces que lo ves?
Idea2.- Pues no veo claro que pueda verlo, no. Por Atenea que no sé cómo digerir esto que dices.
Idea1.- Cambiemos de tema si prefieres. Qué me dirás de los caballos. ¿Tienen todos ellos algún aspecto común?
Idea2.- No uno, sino muchos. Es por ellos que reconocemos como caballo a cada uno de los caballos que se pueden ver.
Ideas1.- Vale. Ahora dime, ¿ese aspecto común será el mismo en los caballos que montaban los héroes de Homero y en los que monten los caballeros del futuro?
Idea2.- Claro. Siempre que en el futuro queden caballos, claro.
Idea1.- ¿Y si no existieran en el futuro caballos, dejaría por ello de existir aquello que hace que todo caballo sea caballo?
Idea2.- Supongo que no. Igual que ahora no existen dinosaurios pero puedo decirte qué tendría que tener algo para ser un dinosaurio.
Idea1.- Exacto. Y responde ahora a esto: ¿son los caballos de carne y hueso, cada uno de ellos, algo que deje alguna vez de moverse, tanto por dentro como por fuera?
Idea2.- No te entiendo.
Idea1.- ¿No es cierto lo que dicen tus amigas, las ideas de la física, acerca del universo?
Idea2.- ¿Qué dicen?
Idea1.- Que todo lo que existe en el cosmos se mueve y cambia a cada momento.
Idea2.- Sí, todo está moviéndose en el tiempo.
Idea1.- ¿Y los caballos? ¿Serán una excepción?
Idea2.- No, por ellos también pasa el tiempo.
Idea1.- Eso dicen. Así que cada caballo es un poco más viejo cada segundo que pasa, y se mueve no solo por fuera, cuando corre o cuando se agita durante el sueño, sino que también se mueve y cambia por dentro, pues cada una de sus partes y órganos cambia y envejece cada día.
Idea2.- Cierto, es lo que tienen las cosas de este mundo, nada es eterno.
Idea1.- Pero un caballo concreto es ese mismo caballo, sea más joven o más viejo, ¿no es eso?
Idea2.- Bueno, hay algo en ese caballo que no cambia, y que permite reconocerlo hoy como el mismo de ayer.
Idea1.- ¿Un cierto aspecto común a todos sus momentos?
Idea2.- Yo no lo diría mejor.
Idea1.- Pero querida, ese aspecto común no puede cambiar como cambia el cuerpo del caballo.
Idea2.- No claro, si cambiara no podríamos reconocer al mismo caballo de un día para otro.
Idea1.- Eso es. Luego, ¿será ese aspecto común a todos sus momentos una parte del cuerpo del caballo, o alguna otra cosa o aspecto físico que se pueda ver con los ojos?
Idea2.- No. Porque ese aspecto que dices tiene que ser siempre el mismo, y las cosas físicas cambian cada día.
Idea1.- Muy bien. Pues tenemos entonces que las cosas que vemos las reconocemos como aceitunas o caballos porque poseen cierto aspecto o forma, de aceituna unas, y de caballo otros, que no puede ser nada físico, pues no parece afectarles para nada ni el espacio ni el tiempo.
Idea2.- Me he perdido.
Idea1.- No les afecta el espacio porque la forma de aceituna o de caballo es la misma esté donde esté cada aceituna y caballo, y no les afecta el tiempo porque son la misma sea cuando sea cada caballo o aceituna.
Idea2.- Ahora lo entiendo.
Idea1.- Ahora bien, si esas formas, por las que conocemos lo que es un caballo o cualquier otra cosa, no son afectadas por el espacio y el tiempo, ¿diremos que son cosas físicas, de carne y hueso?
Idea2.- No me dejarían pensar eso las ideas sobre física que conozco.
Idea1.- Luego el conocimiento de un caballo y cosas así no será por los ojos, ni por ningún otro de los sentidos, pues aquello que reconocemos como caballo de los caballos no es nada físico.
Idea2.- ¿Cómo se conocerán entonces?
Idea1.- Tal como yo me relaciono contigo, por el puro pensamiento, al cual no le son necesarios los ojos.
Idea2.- Pero tengo una duda.
Idea1.- No dudes en decírmela.
Idea2.- Un caballo no solo tiene el mismo aspecto que otros caballos, también puede ser diferente de ellos en muchas otras cosas. Por ejemplo, tal vez este caballo de aquí sea tuerto, o este otro sea más alto que los demás.
Idea1.- Bien dicho. Pero dime tú ahora. ¿Dirías que un caballo es tuerto, o alto, porque tiene ciertos rasgos en común con todo lo que es tuerto o alto?
Idea2.- Para, para, lo he entendido. Ya veo que ibas a volver a empezar.
Idea1.- ¿Y te imaginas cuál ha de ser la conclusión?
Idea2.- Difícilmente.
Idea1.- Cierto, es difícil de imaginar. Pero no de pensar. Las cosas son, todas ellas y todo lo que son ellas, algo que no es físico.
Idea2.- ¿Y qué son entonces?
Idea1.- Ideas, como nosotras. Si quieres llamo a la idea de caballo y que te lo explique ella.
Idea2. – Bien. Pero no sé cómo te va a oír ni venir sin tener orejas ni patas.
Idea1.- ¿Pero en qué mundo crees que vives? ¿Has visto, sin ojos, que no los tienes, que en este mundo ideal nuestro haya espacio alguno que recorrer o en el que hagan eco las palabras? ¿Crees que la idea de caballo habita acaso en alguna cuadra o cueva?
Idea2.- Mmm. Eso de cueva que has dicho me recuerda a alguna idea mítica que conozco...



lunes, 28 de octubre de 2013

Platón. O de por qué hay que pensar antes de actuar.

 
 Aristocles, de nombre artístico Platón, es el mayor filósofo de la antigüedad, y uno de los más importantes de toda la historia de la filosofía. Discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, forma con ellos la gran triada de la filosofía griega. Es difícil exagerar su influencia. Casi toda la filosofía posterior se ha hecho con él, o contra él, pero nunca sin él. En sus diálogos expuso y discutió sobre todos los asuntos de la filosofía: la realidad, el ser humano, la verdad, la bondad y la justicia, la belleza... De todos sus diálogos el más famoso es el titulado La República, que es de donde procede el texto que vais a leer y que trata del mito de la caverna.

Platón nació en Atenas en el 427 a.C., en el seno de una familia aristocrática y vinculada al poder político. Parece ser que su primera intención fue la de ser poeta, pero su encuentro con Sócrates, a los 20 años, le despertó la vocación por la filosofía. 

Al joven Platón le tocó contemplar la decadencia de su ciudad tras el esplendor de la época clásica. La larga guerra del Peloponeso sumió a la democracia ateniense en una grave crisis, y acabó con la hegemonía económica y política de Atenas sobre el resto de Grecia.
En el 404, tras la victoria definitiva de Esparta y sus aliados, los vencedores imponen en Atenas el gobierno de los Treinta tiranos. Algunos de los dirigentes del nuevo gobierno eran familiares de Platón, e invitaron al joven a participar en política, pero este se negó, espantado por la violencia y la injusticia que caracterizaba al régimen. 

 Muy poco después, cuando cae el gobierno de los Treinta y se reinstaura la democracia, Platón vuelve a albergar esperanzas, pero la actuación política de los nuevos dirigentes vuelve a decepcionarle, sobre todo tras el proceso y ejecución de su amigo y maestro Sócrates, al que consideraba “el hombre más justo de Atenas”.


 Convencido de que, en gran parte, la decadencia de Atenas se debía al relativismo moral difundido por los sofistas, Platón se entregó al esfuerzo filosófico por demostrar la existencia de principios y valores absolutos desde los que reconstruir la vida política. En la República, Platón esboza las lineas maestras de un nuevo régimen político basado en la educación y en el gobierno de los más sabios. 

Movido por su discípulo y amigo Dion, Platón viajó varias veces a Siracusa con objeto de poner en práctica su teoría política, aunque todos sus intentos fueron en vano. Mientras, en Atenas, Platón funda la Academia, como un centro de investigación para filósofos.

En cierto modo, la vida de Platón parece encarnar la del sabio que, en su obra la República, se siente moralmente compelido a “volver a la caverna” a educar y liberar a los hombres.

Como podéis leer, el mismo habla de todo esto, en una carta conservada y escrita a unos conocidos, la llamada Carta VII:

"Antes, cuando yo era joven, sentí lo mismo que les pasa a otros muchos: tenía la idea de dedicarme a la política tan pronto como fuera dueño de mis actos. Entonces se produjo una revolución; al frente de este cambio político se establecieron como jefes cincuenta y un hombres. Ocurría que algunos de ellos eran parientes míos y me invitaron a colaborar en trabajos que, según ellos, me interesaban. Lo que me ocurrió no es de extrañar, dada mi juventud: yo creí que iba a gobernar la ciudad sacándola de un régimen injusto para llevarla a un sistema justo, de modo que puse una enorme atención en ver lo que podía conseguir. En realidad, lo que vi es que en poco tiempo hicieron parecer de oro al antiguo régimen; entre otras cosas enviaron a mi querido y viejo amigo Sócrates, de quien no pondría ningún reparo en afirmar que fue el hombre más justo de su época, para que, acompañado de otras personas, detuviera a un ciudadano y lo condujera violentamente a la ejecución. Pero Sócrates no obedeció y se arriesgó a toda clase de peligros antes que colaborar en sus iniquidades. Viendo, pues, todas estas cosas, me indigné y me abstuve de las vergüenzas de aquella época.
Poco tiempo después cayó el régimen de los Treinta, y otra vez me arrastró el deseo de dedicarme a la política. Pero la casualidad quiso que algunos de los que ocupaban el poder hicieran comparecer ante el tribunal a nuestro amigo Sócrates y presentaran ante él la acusación más inicua y más inmerecida. Al observar yo todas estas cosas, cuanto más atentamente lo observaba más difícil me parecía administrar bien los asuntos públicos. Entonces me vi obligado a reconocer, en alabanza de la filosofía verdadera, que sólo a partir de ella es posible distinguir lo que es justo, tanto en la vida pública como en la privada"
.[Platón. Carta VII. Extractos]



¿Qué pensáis de todo esto? ¿Creéis que es necesario pensar sobre lo que es lo justo antes de actuar en política? ¿Crees que es así, investigando sobre lo que es justo, como se llega habitualmente a la política?...

miércoles, 23 de octubre de 2013

¿Nadie es malo?... El intelectualismo moral.



Una de las teorías éticas más interesante (y minoritaria) es el intelectualismo moral (asociado tradicionalmente a filósofos antiguos como Sócrates y Platón). Su tesis principal es que para ser bueno lo único que hace falta es ser sabio. Solo el que sabe qué es lo bueno, puede hacer el bien; y basta con saber qué es lo bueno para quererlo y hacerlo. Esta tesis implica supuestos y consecuencias muy polémicas. Veamos.

1. LA MORAL ES UNA CIENCIA, Y ES CUESTIÓN DE EXPERTOS. Según el intelectualismo moral, lo bueno es lo que determina la razón (no el instinto, ni la emoción, ni la simple voluntad). Es posible, pues, un saber racional de lo bueno y lo malo. Las "verdades morales" son universales y válidas para todos, tal como las verdades científicas. Además, dado que la ética es una ciencia, no todo el mundo está capacitado para entender y resolver problemas morales (ni siquiera aquellos problemas que afectan a uno mismo). Son los expertos los que deben decidir sobre la bondad o conveniencia de las acciones. Del mismo modo, los asuntos de la política (qué leyes, qué forma de gobierno, etc., son justas) deben ser resueltos por expertos o sabios, y no, por ejemplo, por imposición de la mayoría (como ocurre en democracia)...

2. LA DISCIPLINA Y EL ESFUERZO SON INNECESARIOS. Si la razón nos dice que algo es bueno, querremos hacerlo, y lo haremos sin esfuerzo (o sin darnos cuenta de que nos esforzamos, como cuando hacemos algo que nos interesa mucho). Si, por ejemplo, la razón nos dice que estudiar idiomas o hacer deporte son buenos para nosotros, lo deberíamos hacer sin mayor esfuerzo. Si hace falta disciplina o “fuerza de voluntad” esto es señal inequívoca de que no tenemos claro que lo que hacemos sea realmente bueno para nosotros.

3. NADIE HACE EL MAL INTENCIONADAMENTE. LOS “MALOS” NO SON MALOS, SINO IGNORANTES. Todo el mundo actúa siempre bajo la creencia de que lo que hace es lo mejor que puede hacer, dadas las circunstancias. Nadie hace el mal a sabiendas. Incluso el que roba, mata o perjudica a los demás es porque cree que eso es lo mejor que puede hacer (que lo "bueno" es lo que conviene a sus intereses, aunque eso signifique fastidiar a los otros). Nadie es, pues, culpable de nada. Todos creen comportarse lo mejor posible (hasta Hitler creía estar haciendo un bien a sí mismo, a Alemania, a la humanidad entera). Otra cosa es que se sea ignorante y se esté equivocado, y que lo que uno cree que es un bien no lo sea. Pero entonces los "malos" no son malos, sino solo ignorantes. Y lo que hay que hacer con ellos es convencerles de que están equivocados, es decir, EDUCARLES, no CASTIGARLES o vengarse de ellos. Así, lo que hace falta para que reine la justicia no son policías ni cárceles, sino profesores (que no parezcan policías) y centros educativos (que no parezcan cárceles). El ser humano es un ser racional, no un animal irracional al que se pueda "educar" con premios y castigos (en lugar de con razones).

4. SÓLO EL SABIO ES DE VERDAD FELIZ. La felicidad no es cosa de tontos o inconscientes, como se cree a veces. Sólo el que ejercita su razón buscando el conocimiento estará en condiciones de conocerse y conocer lo que realmente le conviene. Y solo este podrá adoptar las decisiones más acertadas para encaminarse a la felicidad y "triunfar" en la vida.


5. ES MEJOR SUFRIR UN MAL A COMETERLO. Si por ejemplo consideramos que torturar es malo, es mejor que te torturen a que seas tú el torturador. Si abandonar a un ser querido es malo, es mejor que te abandonen a que seas tú el que abandones a alguien. Si insultar es malo... (etc.). La razón es que si te torturan, abandonan, insultan, etc., solo sufre tu cuerpo, solo te sientes mal (sufres emotivamente). Pero si eres tú el que torturas, abandonas, insultas, etc., tu acción implica a TODA TU ALMA, sobre todo a tu voluntad y tu razón, que son la parte más importante de ti.

¿Qué os parece esta teoría? ¿Le encontráis alguna pega? ¿Por qué creéis que es tan minoritaria?

martes, 22 de octubre de 2013

La "doctrina Parot" y la idea de justicia.

Discutíamos hoy en clase sobre la llamada “doctrina o ley Parot”, lo cual venía al pelo para hablar de la filosofía moral del calvo Sócrates (y de su hijo del alma, Platón). Dicha ley significa, en la práctica, que los delincuentes con más años de condena no pueden reducir su estancia en prisión por muchos méritos que hagan (trabajo, estudios, buena conducta...) o por mucho que demuestren su deseo de "reinsertarse" en la sociedad. Un tribunal europeo acaba de dictaminar que esta ley no es del todo legal. Pero más allá de esto, lo que nosotros nos preguntábamos es si dicha ley es justa o injusta (al fin y al cabo, es casi inevitable pensar que lo legal haya de ampararse en lo justo --¿o no?--).

A este respecto las opiniones de mis alumnos eran, con matices, de dos tipos. Unos pensaban que la ley Parot es justa, y que quien ha hecho algo tan "malo" como poner bombas y matar a la gente, tiene que cumplir su condena completamente, se arrepienta o no, y haga lo que haga para "redimirse". Otros pensaban que la ley Parot no es apropiada, pues no tiene en cuenta que el delincuente pueda cambiar y dejar de ser un terrorista (pues, cambie o no cambie, le condena a permanecer igualmente en la cárcel).

No es difícil entrever que tras cada una de estas opiniones hay una idea distinta de justicia. Los que defienden la ley Parot tienden a pensar que la justicia consiste (sobre todo) en devolver mal por mal (ojo por ojo...) y castigar al culpable con una pena proporcionada a la pena causada por su culpa. Los alumnos que criticaban la ley Parot (que no eran muchos) consideraban que la justicia consiste en devolver "bien" por mal, corrigiendo al "malvado" (se supone que esto es hacerle un bien) para que deje de serlo.

Los argumentos de los que defendían la teoría de la justicia como venganza ("el mal se paga o se equilibra con otro mal"), eran estos: (a) ciertas personas son incorregiblemente malas, luego solo cabe tenerlas encerradas el mayor tiempo posible; (b) la única manera de corregir a ciertas personas especialmente malas es mediante el dolor y el castigo; (c) aunque la persona mala se pueda corregir, ha de pagar por lo que ha hecho, y pagar por algo malo significa sufrir un mal equivalente al mal causado (de hecho, algunos alumnos afirmaban que era mejor la cadena perpetua que la pena de muerte, pues con lo primero el preso sufre más). A lo largo del debate, el argumento (b) fue desechado casi por todos los alumnos, pues éstos reconocían, por experiencia, que nada se puede aprender realmente si "te lo meten a la fuerza". Así que, los argumentos pro “ley Parot” quedaron reducidos a (a) y (b)...

Los argumentos de los que defendían la teoría de la justicia como educación ("el mal se paga o equilibra con un bien, suponiendo que sea un bien educar al malvado") eran: (a) todas las personas pueden cambiar; (b) la única manera de corregir a alguien es hacerle entender que lo que hace está mal y, así, motivarle para que él mismo decida corregirse (en el fondo, solo puede corregirse o educarse uno mismo, por propia voluntad), por lo que el castigo no puede corregir a nadie; (c) hacer que el malvado sufra un mal equivalente al mal provocado (la venganza) no tiene mucha lógica: el mal no se equilibra con más mal, igual que la oscuridad no se equilibra con más oscuridad, la tristeza con más tristeza, etc.

En cuanto a los argumentos tipo (a), el debate se amplio al siguiente tema: ¿pueden las personas cambiar? ¿Hasta qué punto? ¿Hay personas especiales (especialmente malas) que no puedan cambiar por mucho que se las eduque? A partir de esto surgieron las siguientes opiniones:

Aunque todos admitimos que las personas se comportan según sus ideas, y que estas ideas pueden variar según la educación que recibas (y según lo que cada uno, libremente, decida pensar), algunos pensaban que ciertas ideas fundamentales en las que uno cree (alguien puso como ejemplo las religiosas) no se pueden, o es casi imposible modificarlas (ni siquiera uno mismo podría hacerlo, dijo un alumna). En la misma línea, otros pensaban que hay cierto tipo de personas “fanáticas” (más aún, si son "mayores") que por mucho que se razone con ellas jamás van a cambiar de ideas, así que, con ellas, no hay más solución que la cárcel. Alguien sugirió que estos fanáticos están locos, aunque enseguida alguien argumentó que, en ese caso, no merecían un castigo, sino un médico que los curase (nadie culpabiliza a un enfermo de su enfermedad, y la locura se supone que es una enfermedad).

Más al final, en un grupo (y en tiempo de recreo, por lo que no estabais todos), una alumna sugirió que si la libertad es una de las cosas más justas y buenas (y reconocidas en los Derechos Humanos), nadie podía castigar a una persona por ser libre (es decir, por elegir lo que cree más conveniente, esté o no contra las leyes), aunque en seguida alguien opinó que el uso de la libertad ha de ser limitado. Otra alumna pensó que, si el relativismo es cierto (no relativa, sino absolutamente cierto), nadie debería juzgar ni condenar moralmente a nadie, pues lo bueno y lo malo es siempre según cada persona, y el que roba o mata está siendo no solo libre, sino también bueno, al menos, según él. Alguien podría haber objetado que de lo que se trata no es de ser malo o bueno, sino de cumplir las leyes. Aunque, ¿no es verdad que las leyes pueden ser justas o injustas? Y así volvimos al principio...


Ahora, podéis responder a las siguiente cuestiones, a ver si salimos de dudas (o también podéis pasar de contestarlas y decir lo que os dé la gana): 

1. ¿Cuál es la idea de justicia más apropiada (o justa): la del “ojo por ojo” (el mal con mal se paga), o la de “educar al delincuente” (el mal con bien se paga)? ¿Por qué?
2. ¿Toda persona se puede educar totalmente, hasta el punto de cambiar del todo, o hay personas incorregibles (ni siquiera por sí mismas), al menos en cuanto a ciertas ideas o creencias fundamentales? ¿Quiero esto último decir que las personas no somos del todo libres ni racionales (sin llegar a estar locos)?
3. ¿Se puede educar (y cambiar) a alguien mediante castigos?
4. ¿Crees que las personas “malas” lo son por “voluntad de ser malas” (saben que algo está mal y aún así lo hacen) o por ignorancia (no saben distinguir correctamente entre el bien y el mal)?



lunes, 14 de octubre de 2013

Diálogo entre Sócrates y Sofistófeles

Nuestro intrépido equipo de expertos del más allá filosófico han logrado (no me preguntéis cómo) invocar a dos espíritus, el de Sócrates y el de un sofista, desconocido hasta hoy, llamado Sofistófeles. El experimento se realizó en un solitario callejón de Atenas, y la energía liberada en el proceso fue tal que todos los expertos, menos uno, perdieron la conciencia. El que quedo, especialmente fornido, y al que llaman el “omoplatos”, me contó luego lo que había visto y oído. Y esto dice que fue:

Sócrates.- Ea, pues, aquí estamos otra vez. Algún maestrillo aprendiz de brujo me ha traído acá, desde otro lugar más dulce, y me obliga de nuevo a vagabundear por estas queridas callejas. ¡Hola, pero si tengo un compañero de desgracia! ¿Quién eres tú, espectro?
Sofistófeles.- Un sofista soy, Sócrates, o eso dicen de mí.
S.- ¿Uno de mis viejos amigos, acaso? ¿Eres el venerable Protágoras? ¿El incisivo Gorgias? ¿O acaso el feroz Trasímaco? Mi vista ya no es como era, y al venir del reino de la Luz, me cuesta mirarte y reconocerte.
Sf.- No soy ninguno de los que dices, y los soy todos a la vez. Allá donde purgamos nuestras penas, acusados de ser unos sinsustancia, me han amasado como una albóndiga, para que tenga algo de miga, y me han hecho uniendo los trozos de unos y de otros, y añadido alguno de la novelle cousine
S.- Ya, ya me han dicho que en esta época sois también los amos del cotarro de lo que el vulgo llama cultura y que ahora enseñáis en todos sitios con solo asomaros a unas extrañas ventanas en las realmente no estáis, pero parece que estáis.
Sf.- Sí, todo cambia para no cambiar nunca. Ahora enseñamos a través de la televisión y otras extrañas máquinas.
S.- ¿Que nada cambia, dices? ¿Has cambiado tú y has dejado de ser sofista tras tantos siglos de purgatorio?
Sf.- Aún no lo logre, Sócrates, por eso pasé el casting para esta invocación de espíritus. Sigo pensando lo que pensaba: que no hay nada de bueno ni de malo, de cierto ni de incierto, fuera del tiempo que pasa y que todo lo cambia, tanto en mí como en los otros hombres, en este lugar y en tantos otros tan diferentes. Soy un relativista, sin lugar a dudas.
S.- Entonces, mantienes, como siempre, que nada valioso existe siempre, pero que esta misma opinión tuya merece eternamente la pena.
Sf.- Siempre es bueno atenerse a la verdad de que nada hay verdaderamente bueno que lo sea para siempre.
S.- Veo que amáis tanto la paradoja, como yo la ironía. Crees entonces que lo bueno y lo justo depende siempre de lo que cada uno estime como tal, en cada época, lugar y circunstancia.
Sf.- Así lo creo, Sócrates.
S.- Pero entonces, sabio Sofistófeles, qué diréis, ¿que es de lo mismo, es decir de lo bueno, de lo que tú y yo hablamos ahora, o de algo que, por ser diferente para ti y para mí, no merece ser definido por las mismas palabras?
Sf.- Las dos cosas diré, oh Sócrates, al mismo tiempo. Discutimos ambos de la misma cosa, lo bueno, pero sin que sea exactamente la misma para ambos.
S.- Entonces, ¿es tan bueno lo que yo tengo por bueno que lo que piensas tú al respecto? Si para mí es bueno llevar esta capa raída y vivir con lo puesto, y para ti vestir con elegancia y vivir en la opulencia, ¿diremos acaso que yo o tú llevemos mejor vida que el otro?
Sf. De ninguna manera, Sócrates, tan buena es tu forma de vivir como la mía.
S.- ¿Dirás entonces que mi opinión de lo bueno y la tuya son, ambas, igualmente buenas, sin que tengamos, ni sea posible, una idea igual de bondad?
Sf.- Eso diré. Es justo que cada uno conciba lo justo a su manera.
S.- Luego si digo que esto que dices no es justo, será justo que lo diga, y tu opinión será injusta, al menos tanto como justa dices que es, pues todas lo son, según dices.
Sf.- Justamente, Sócrates, me haces incurrir en contradicción. Pero eso solo demuestra que la justicia y la bondad no son cuestión de razones. Veinticinco siglos después de tus insensatos intentos, la gente ha convenido ya definitivamente que lo justo y bueno es fruto de convenciones y acuerdos entre todos.
S.- Debo ser entonces el mayor retrasado mental de la historia. Pero dime, Sofistófeles. ¿Crees que los hombres convienen en lo que es justo por serlo, o más bien que lo es porque así lo convienen ellos?
Sf.- Lo segundo, Sócrates. No lo convenimos por ser justo, sino que es justo porque lo convenimos.
S.- ¿Y por qué lo convenimos entonces, si no es por que sea justo?
Sf.- Fácil. Porque nos conviene y nos resulta útil.
S.- ¿Y no estarás, entonces, llamando propiamente “justo” a lo que es útil y conveniente?
Sf.- Precisamente a eso.
S.- ¿Y sabrías responder si te pregunto entonces qué es lo útil y conveniente para todos y cada uno?
Sf.- No, por todos los dioses. Cada uno tendrá por útiles cosas diversas. Aunque me temo que vas a pedirme, aquí también, que te explique cómo es que “útil” designa lo mismo diciendo lo diferente.
S.- No, no voy a insistir en eso. Dime, mejor, que es para ti lo útil, pues esto sí que debes saberlo.
Sf.- Claro, Sócrates. Lo útil es lo que conviene a mis deseos. 
S.- ¿Y estás tú seguro de que deseas lo que te conviene?
Sf.- ¿Cómo no?
S.- ¿Quién crees que sabe mejor lo que conviene a una semilla, el experto jardinero o la semilla misma?
Sf.- El primero, está claro. La semilla se deposita al azar, sin ciencia alguna, a veces sobre la tierra en la que, sin saberlo ella, jamás va a fructificar.
S.- Pues dime ahora, ¿eres tú como la semilla o más bien como un experto jardinero de ti mismo?
Sf.- Si he de desear lo que me conviene, y no lo que me perjudica, he de ser experto acerca de mi mismo, claro está.
S.- ¿Y realmente lo eres?
Sf..- ¿Pero quién si no, Sócrates, puede conocerse mejor a sí mismo que uno mismo?
S.- Esta bien. ¿Pero de qué conocimiento hablas? ¿Del que proporciona verdades reconocibles por todos, como las que cree descubrir el experto en alguna ciencia?
Sf. Ese conocimiento no es posible. La verdad, tal como ocurre a la justicia o la bondad, es siempre relativa. Cada uno tiene las suyas, que son, siempre, las que más les conviene creer.
S. Luego tú serás conocido por ti mismo como lo que más te conviene creer que eres. Pero dime, ¿lo que conviene a algo no es lo que mejor se adapta a su naturaleza, tal como la hierba, y no la carne, al cervatillo, y la carne, y no la hierba, al león comedor de cervatillos?
Sf.- Eso he de reconocerlo.
S.- ¿Y cómo reconoces esto último como cierto? ¿Acaso también porque te conviene creerlo así?
Sf.- Cómo si no, si he de ajustarme a lo que dije antes.
S.- Pero entonces fíjate que extraño es lo que dices.
Sf.- ¿El qué, Sócrates?
S.- Que lo útil para ti es lo que más conviene a aquello que te conviene creer que conviene al que te resulta conveniente creer que eres.
Sf.- No estoy seguro de que me convenga seguir esta conversación de locos, oh, Sócrates.
S.- Pues yo creo que no hay nada que te convenga más. A ver, ¿convendrás conmigo ahora que la verdad es más útil cuando es verdad respecto a lo que son las cosas, y no respecto a lo que te conviene creer que son?
Sf.- Explícate.
S.- Si fueras marino, ¿te sería más útil creer que es el viento el que hincha las velas, o más bien que lo son las colas de las sirenas al contonearse tentadoramente?
Sf.- Lo primero me convendría mucho más.
S.- Y si fueras Sofistófeles, ¿te sería útil creer que es el alma la que empuja el cuerpo, o que más bien son sus piernas las que le llevan y le traen por sí solas?
Sf.- También lo primero que dices, Sócrates. Ahora que soy un espectro sin piernas ni brazos lo veo clarísimo.
S.- ¿Te será enormemente útil, entonces, conocer, como buen marinero de ti mismo, tanto el complejo mecanismo de cordajes y costuras que compone la vela del alma, como la fuerza y disposición de esos vientos, llamados ideas, que la mueven de un puerto a otro?
Sf.- Lo es, Sócrates. Mis maestros me enseñaron precisamente a insuflar las ideas que yo quisiera en las alas del alma de los que me escuchan.
S.- Ea, pues. Arribemos ahora a alguna conclusión. Si lo mejor es lo más útil, ¿no será mejor que cualquier otra cosa ocupar nuestro tiempo en conocer nuestra alma y las ideas que la habitan?
Sf.- Sí que lo parece, según lo que llevamos dicho.
S.- ¿Y no será ese conocimiento la condición inexcusable para que cada uno pueda ser bueno y útil para sí mismo?
Sf.- ¿Cómo Sócrates?
S.- Pues tal como has visto aquí. ¿No ha sido útil este diálogo para saber lo que es realmente útil y bueno?
Sf.- Pues sí.
S- ¿Y podrá ser bueno y útil para sí mismo aquel que no sepa, como nosotros sabemos ya, lo que es útil y bueno?
Sf.- Pues no, Sócrates, salvo por casualidad, y sin saberlo ni él mismo.
S.- Y dime, Sofistófeles, ¿crees que cualquiera que nos escuchara ahora no llegaría acaso a la misma conclusión?
Sf.- La fuerza de las razones a eso obliga, Sócrates. Nadie puede liberarse del lazo del argumento, si no es haciéndose el loco, o siéndolo del todo.
S.- Así pues, si las razones nos obligan a pensar que tal o cual cosa es la más útil o buena, como hemos hecho hace un momento, ¿no obligaran a pensar así a todo el que cuerdamente nos atienda?
Sf.- ¿Dónde vas a parar ahora?
S.- A esto. Si lo útil o bueno es lo que razón dictamina, lo será para todos, y no según cada distinta cabeza.
Sf.- De acuerdo, pese a mi mismo.
S.- ¿Diremos entonces que lo bueno para todos es lo que la razón en cada momento dictamina, con sus mejores argumentos, y que, por eso mismo, no hay nada mejor para nosotros, mortales ignorantes, que pasar el día razonando para conocer lo que conviene, tanto a nosotros mismos como a los demás?
Sf.- No sé, Sócrates. No son pocos los que afirman que nada de lo que conocemos es seguro.
S.- Pero fíjate que, a la vez, afirman eso mismo con notable seguridad. ¿No crees que hay que ser muy sabio para saber que nada se puede saber?
Sf.- ¡Por los dioses, no dejas de ser razonable, Sócrates, pese a que dices no saber nada de nada!
S.- Y es cierto, Sofistófeles. Nada sé, pero sí creo saber cómo paliar mi ignorancia, hablando y preguntando a jóvenes tan ambiciosos de saber como tú. Por cierto,  ¿de qué dioses hablabas?
Sf.- De los de la ciudad, Sócrates, esos que nadie ha visto, pero que se aseguran de que cumplamos la ley incluso cuando nadie nos ve.
S.- ¿Crees que la gente no sabe ser justa y buena sin la vigilancia de los dioses?
Sf.- Eso creo, Sócrates. Hacen lo que les conviene y punto.
S.- Pero sin saber lo que realmente les conviene.
Sf.- Pero Sócrates, hay quien elige lo malo incluso conociendo muy bien que no es nada bueno ni conveniente para sí mismo.
S.- ¿De qué loco me hablas? Ni el peor de los sofistas escogería lo peor creyendo saber adecuadamente lo que es mejor. Toda maldad es ignorancia.
Sf.- Pero los sofistas se tienen por sabios, y no ignorantes, y perjudican a muchos en los juicios, incluso no siendo aquellos nada injustos, siempre que alguno les pague muy bien por hacerlo.
S. ¿Y no crees que esos sabios sofistas están seguros de que les conviene confundir lo justo con lo injusto?
Sf. ¡Claro, si así consiguen fama y dinero, aun perjudicando a otros!
S. No solo por eso, Sofistófeles. Recuerda que, para ellos, como para tí hace un rato, lo justo y lo injusto son justamente confundibles.
Sf. No son tan sabios, entonces, como creen.
S. Ni tan malos como creías tú.
Sf.- No sé, Sócrates, Pero me temo que, a diferencia de ellos, ni tú ni yo seremos nunca nada en la vida. Tú por ser el vagabundo de pensamientos que eres, y yo por haberme dejado convencer por ti. Mi padre me mataría, si no estuviera ya muerto, si supiera que ando contigo, y si pudiera te mataría de nuevo a ti también.
S.- Ja, ja, ja. Tienes razón, querido. Por eso, alejémonos de aquí, donde siempre seremos pobres espectros, y volvamos al mundo ideal del que nos ha sacado este que nos escribe ahora.
Sf.- Eso. ¡Eh, tú, el que escribe, Platón de pacotilla, devuélvenos al mundo real!
Autor.- Fin.





viernes, 11 de octubre de 2013

Master para aspirante a sofista.



Seguimos aportando documentos inéditos en historia de la filosofía. En este que presentamos aparece el anuncio de un Master para aspirantes a sofista del s.V a.C. Fue hallado entre las ruinas de una escuela pública griega recientemente adquiridas por un banco internacional, y es rigurosamente auténtico (¡Auténtico, sí, ¿qué pasa? ¿Sabéis acaso qué es auténtico y qué no lo es? ¿Lo sabe alguien?). Por cierto, si os interesa un curso como este los hay a porrillo hoy en día (y, si esperáis un poco, tal vez se os dará sin pedirlo, en estas mismas aulas). Ahí va la transcripción realizada por nuestro equipo de expertos.


Escuela Panhelénica de Sofística.
Master en Retórica y Política.

Objetivos del curso.
¿Cómo triunfar en la vida? ¿Cómo persuadir a los demás de lo que quieras? ¿Cómo lograr el poder y conservarlo? ¿Cómo tener amigos influyentes? ¿Cómo ser un gran vendedor de ti mismo? ¿Cómo hacerte  millonario?... Si te inquietan estas preguntas, y fías tu felicidad en darles una conveniente respuesta, no lo dudes, este es tu Master.

Destinatarios del curso.
Alumnos de cualquier condición y con cualquier grado de formación. Se requiere ambición, espíritu competitivo, flexibilidad moral y talentos (de plata u oro). Absténganse socráticos e ingenuos (Y Evatlo).  

Profesorado.
Protágoras de Abdera. Gorgias de Leontinos. Pródico de Ceos. Hipias de Elis. Profesorado invitado: G. Marx (s. XX). F. Nietzsche (s.XX). J. I. Wert (s.XXI) L. Wittgenstein (s. XX).


(Cod. 0110) Relativismo moral para todos (y cada uno).
¿Qué es lo bueno? ¿Qué es lo justo? Nadie sabe de esto más de lo que él mismo cree, quiere, siente, ve. Los valores son siempre subjetivos. Lo que es bueno para mí igual no lo es para ti y a viceversa. El hombre (cada uno) es la medida de lo bueno y lo malo. Cada alumno se tomará las medidas para averiguar lo que le conviene y, además, se evaluará a sí mismo.

(Cod. 0101) Convencionalismo aplicado.
¿Así que todo está permitido? No, hemos de convenir normas. De hecho, la materia a impartir en esta asignatura se decidirá por convenio, por un pacto entre los alumnos y el profesor (por el que todos decidirán o en el que los alumnos acatarán lo que dicte sabiamente el profesor). En todo caso, habrán de tratarse estos dos temas: (a) La ley como condición de toda sociedad civilizada, y (b) La ley como artificioso intento de regular el derecho de los más fuertes. Para (b) se harán prácticas con el anillo de Giges. (Conferenciante invitado: F. Nietzsche, filósofo del s. XIX, quien presentará la ponencia: “Poder y derecho. ¿Por qué "los lobos" han de someterse a la ley de "los corderos"?).

(Cod. 1111) Pragmatismo práctico.
En esta asignatura se impartirá únicamente lo que es útil para aprobarla. También se informará de todo otro tipo de medios para su superación (sustracción de exámenes, confección de chuletas, ingeniería electrónica aplicada a la copia, técnicas de simulado de inocencia, etc.).
  
(Cod. 0011) Filosofía de la educación.
La educación es la llave para el triunfo. Por eso, tal como muestra este Master, ha de estar dirigida a preparar al ciudadano para competir en el mercado, desarrollando sus mejores cualidades (ambición, espíritu práctico, conocimientos simples, claros y útiles…) y relativizando sus prejuicios morales. (Conferenciante invitado: J. I. Wert, Ministro de educación del s.XXI, quien presentará la ponencia "Educación y competitividad"). 
 
(Cod. 0000) Curso completo de escepticismo.
Se demostrara cualquier cosa y su contraria, a la vez que se demuestra que toda demostración es imposible, incluida ésta misma (¡Y todo, con una sola cabeza!). Habrá talleres de risoterapia epistemica: cada día nos reiremos (antes y después de la clase) de la Verdad (¿Verdad? ¿qué verdad?). Las conclusiones del curso serán por sorteo y se repartirán (una distinta a cada uno) al azar.

(Sin cod.) Agnosticismo sin complicaciones.
No se hablará de lo que no se puede hablar. Conferenciante invitado: Maestro L. Wittgenstein, del s. XX, quién dirigirá los talleres “Profundización mediante el silencio” y “No meditación sobre nada”.

(Cod. 1111A) Curso fundamental de retórica y oratoria.
Los alumnos elaborarán discursos a favor, en contra, ni a favor ni en contra, y a favor y en contra de cada tema elegido al azar, de lo contrario de ese tema, de los dos temas a la vez, y de ni el uno ni el otro (todos los discursos deberán ser igualmente convincentes). Se puntuará el estilo, la disposición de las ideas, la elección de las palabras, la memorización y la presencia escénica. Se analizará el lenguaje no verbal. Se celebrarán talleres sobre psicología de masas y técnicas de sugestión emocional. Toda esta parte del Master estará exclusivamente impartida por profesionales del teatro y la política.   
 
Información y matrícula.
Precios del curso: 30 minas.
Garantía de devolución si no ganas tu primer juicio, y no eres Evetlo. 
Para más información en casa del rico Calias (Atenas, Plaza del Mercado s/n).

 Bueno, qué. ¿Te apuntarías o no? ¿Preferirías un Master así a estas inútiles clases de filosofía?

jueves, 3 de octubre de 2013

Tumultuosa rueda de prensa de los filósofos pluralistas.










De nuestro corresponsal en Atenas. Siglo V a.C. Los tres “filósofos” del momento, Empédocles, Anaxágoras y Demócrito, decidieron ayer ofrecer al público los resultados de su investigación sobre la physis en una rueda de prensa que, tras las preguntas de algunos periodistas, desembocó en una virulenta discusión y la salida airada de dos de los filósofos de la sala. Este blog ofrece en rigurosa exclusiva un extracto de lo que allí ocurrió.

Anaxágoras.- Señores, silencio por favor (Se oyen múltiples rumores en la sala; al parecer la indumentaria del filósofo Empédocles ha levantado revuelo; Demócrito, entre tanto, ríe a carcajadas mientras conversa con algunos periodistas). ¡Silencio! (el público de la sala, abarrotada, al fin se calla). Ejem. Señores. En la filosofía se abre hoy una nueva etapa, la etapa pluralista. Durante estos últimos cien años, nuestros antecesores han extendido creencias que, pese a su esfuerzo y buena intención, han llenado de errores las cabezas de nuestros contemporáneos. Desde el ínclito Tales y sus secuaces hasta el agudo Parménides, pasando por los sabios pitagóricos y por el oscuro y soberbio Heráclito, se ha mantenido la peregrina idea de que todo se reduce, en realidad, a una única cosa o principio. Ya sea el agua de Tales, el aire de Anaxímenes o el número de Pitágoras. Pero el gran Parménides demostró que de una sola cosa solo puede provenir ella misma, y que además ésta, por su soledad, no tiene motivo ni ocasión ninguna para moverse o cambiar, negando así lo que parece a todas luces evidente: que el mundo está lleno de múltiples cosas que cambian y se mueven.
Empédocles.- ¡Inadmisible, eso es inadmisible! Pero nosotros, gracias a nosotros mismos (especialmente a mí) y no a los dioses, hemos descubierto la Verdad, que más luminosa aún que el sagrado Sol ha incendiado nuestras almas del fuego de la...
Anaxágoras.- Abreviando. La naturaleza, afirmamos nosotros, consta de múltiples principios, infinitos diríamos yo y mi colega Demócrito aquí presente, o tal vez cuatro como afirma el venerable Empédocles…
Empédocles (con voz cavernosa y afectada).- ¡Cuatro son las raíces de las cosas: Zeus resplandeciente, Hera avivadora, Aidoneo y Nesti que de lágrimas destila la fuen…!
Anaxágoras (interrumpiéndolo bruscamente).- Es decir, fuego, aire, tierra y agua, ¿no maestro? (Empedocles hace un gesto de desprecio y se calla). Pues bien, de estos elementos, finitos o infinitos, hemos descubierto que están hechas todas las cosas, muchas y cambiantes ellas, pero únicos y permanentes aquellos.
Demócrito.- A ver, ¿nadie en esta sala ha gozado de pequeño con esos juegos de construcción en los que, con pequeñas piezas, bien duras y diferentes, se podían imitar, engarzándolas con habilidad, el Partenón o el teatro de Dionisos? Pues a imagen de esos juegos de construcción está hecha la realidad. Cada uno de los objetos y seres que vemos no son más que combinaciones afortunadas de esas infinitas y minúsculas piezas, indivisibles ellas, que yo llamo átomos. Las múltiples cosas visibles se construyen y se destruyen, nacen y mueren, pero los átomos invisibles, sus piezas, son siempre los mismos y jamás se destruyen. ¿Habéis entendido?
Periodista 1.- Aristóbulo, de Noticias del Ática. ¿Cómo se reúnen y se desunen esos átomos o lo que sea para formar las cosas? ¿Algún dios, quizás, es el que juega con ellos?
Anaxágoras.- ¡Dios no, sino “Nous” se llama la suprema  Inteligencia que hace torbellino de esos elementos minúsculos y da lugar a los compuestos que conocemos!
Demócrito.- Ja, ja, ja… Mi estimado colega Anaxágoras persiste en viejas creencias de viejas. No hace falta “Nous” ninguno, querido. Mis átomos, al menos, se mueven ellos sólitos y sin quererlo nada ni nadie se unen y se desunen oportunamente para formar este sol que nos alumbra o tu anticuada y venerable cabeza.
Anaxágoras.- Te recuerdo, Demócrito de Abdera, que por negar todo tipo de viejas creencias, y afirmar que el sol no es más que una piedra llameante, me ando jugando esa cabeza ante las ignorantes multitudes. Un poder inteligente, mi “Nous”, es, quieras tú o no quieras, necesario para que el movimiento de esas semillas, de las que todo está hecho, tenga dirección y sentido.
Empédocles.- ¡La Discordia, como veis, pero también el Amor, mueven el mundo! Son estas viejas fuerzas en movimiento las que unen y desunen, alternativamente, y según antiquísimas leyes, las raíces del cosmos!
Demócrito.- ¡Qué diablos de leyes! ¡De qué Amor y Discordia hablas! Me desconciertas con ese lenguaje, impropio de filósofos. ¡El cosmos no es más que una colección de infinitos átomos moviéndose en el vacío y creando mundos y cosas diversas al chocar unos con otros!
Periodista 2.- Aristógato, del Maratón Noticiero. Si no he entendido mal ustedes pretenden justificar con argumentos la existencia de la pluralidad y el movimiento. ¿No es así?
Anaxágoras.- Así es, joven.
Periodista 2.- Pero comienzan su argumento diciendo que el principio de la realidad son muchos átomos, semillas o lo que sea, y que estas cositas están en movimiento, bien por sí solas, bien ayudadas por el Amor, el Odio y cosas así. ¿No es esto?
Empédocles.- Más o menos.
Periodista 2.- Entonces, o mucho me equivoco, o están ustedes demostrando la pluralidad y el movimiento con el astuto argumento de que por principio existen la pluralidad y el movimiento. ¿No es así?
Empédocles.- Hum. Noto en este joven cierta ironía…
Periodista 3.- Aristópsema, de La Verdad de Elea. El sabio Parménides decía que ni el cambio ni el movimiento eran posibles, pues lo que cambia, en tanto cambia, es y no es lo mismo, y lo que se mueve, en tanto se mueve, está y no está en el mismo sitio. No veo por ninguna parte que sus teorías pluralistas contradigan en nada estos argumentos.
Periodista 2.- ¡Cierto! Si el Amor hace el milagro de unir las piezas de mi mente para que logre comprender a Empédocles, yo entonces he cambiado, pero en ese caso soy el mismo aunque ya no lo sea. ¿Cómo se explica esto?
Empédocles (muy enfadado).- Sigo notando mucha ironía en ese joven.
Demócrito.- Ja, ja, ja… ¡Pero tiene toda la razón! Los argumentos de Parménides contra la pluralidad y el cambio son irrefutables. La única prueba de que existen muchas cosas y de que cambian es… Que lo vemos. Pero, ¿es cierto lo que vemos? Yo estoy convencido de que no. En realidad la realidad son átomos y vacío. Todo lo que vemos es ilusión. En fin…
Anaxágoras.- (Estallando) ¡Vacío! ¿Pero de qué hablas? Te ríes tú de mi “Nous” y no te ríes de tu absurda noción de vacío!
Demócrito.- Oye, yo me río de todo. Pero lo más risible de todo es que tú y ese poeta de Agrigento (señalando a Empédocles) penséis que vuestras extrañas partículas puedan ser muchas y moverse en ausencia de vacío. ¿Qué las distingue entonces? ¿Cómo pueden desplazarse si todo está lleno de ellas? ¿Me lo podéis explicar, por favor?
Empédocles.- (cada vez más enfadado) ¡¿Y puedes tú explicarnos, sin artificios poéticos por supuesto, qué diablos es ese “algo que no es nada” y a lo que tú llamas "vacío"?!
Demócrito.- ¡¡Pregúntaselo a los físicos de dentro de veinte siglos, a ver si ellos te lo saben decir!!
Periodista 2.- Ja, ja, ja. Parece que entre Empédocles y Demócrito ha estallado la Discordia, ja, ja…
Empédocles.- ¡Te lo avisé! (Le tira una de sus sandalias de bronce al periodista 2). ¡Mira a ver si nace el Amor entre esa y tu cabeza, insolente!
Demócrito.- (Con una amarga sonrisa) Veis, todo esto demuestra que el mundo no está regido por ninguna “Inteligencia”.

(Anaxágoras se marcha indignado. Empédocles ha salido corriendo detrás del periodista 2 y de su valiosa sandalia. Los demás periodistas salen. Tan solo quedan unos cuantos alrededor de Demócrito que se queda hablando animadamente con ellos. Parece que charlan acerca de los cuidados que requieren las viñas y de cómo hacer buen vino).