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jueves, 25 de septiembre de 2025

10. Tumultuosa rueda de prensa de los filósofos pluralistas.


Las anteriores teorías filosóficas no podían justificar lógicamente la pluralidad y el cambio (¿Cómo surge todo de una misma cosa? ¿Cómo se divide el Ser a sí mismo?...). Los filósofos pluralistas tampoco. Empédocles, Anaxágoras, Demócrito, Leucipo... se limitan a aceptar la pluralidad y el cambio como algo innegable, y a partir de ahí lo explican todo. Empédocles con cuatro principios (Aire, Tierra, Agua, Fuego) que son unidos por dos fuerzas (Amor y Odio) dando lugar a todos los seres y sucesos en un proceso continuo de expansión (Odio) y contracción (Amor). Anaxágoras plantea infinitas semillas (homeomerías) que son movidas por un misterioso ser (el "Nous" o Inteligencia) y que, al combinarse, dan lugar a todo lo que vemos. Finalmente, Demócrito y Leucipo, afirman que existen infinitos átomos con formas distintas que, al moverse azarosamente en el vacío, chocan y se engarzan unos con otros para dar lugar a distintas cosas y mundos. Cómo os podéis imaginar, las teorías pluralistas tienen muchos problemas: ¿Cómo es que existen tantas cosas al principio; qué tienen en común; cuál es su "arkhé"; qué da forma a los distintos átomos; por qué son indivisibles; de dónde salen las fuerzas que mueven a los elementos; qué es el Nous de Anaxágoras; cómo se mueven las cosas en el vacío; puede existir el azar; podría haber infinitos mundos?... 

Para entender estas viejas teorías y sus problemas, no os perdáis la siguiente rueda de prensa (ni la presentación del final, en la que aparecen resumidas las teorías y los problemas).


De nuestro corresponsal en Atenas. Siglo V a.C. Los tres “filósofos” del momento, Empédocles, Anaxágoras y Demócrito, decidieron ayer ofrecer al público los resultados de su investigación sobre la physis en una rueda de prensa que, tras las preguntas de algunos periodistas, desembocó en una virulenta discusión y la salida airada de dos de los filósofos de la sala. Este blog ofrece en rigurosa exclusiva un extracto de lo que allí ocurrió.

Anaxágoras.- Señores, silencio por favor (Se oyen múltiples rumores en la sala; al parecer la indumentaria del filósofo Empédocles ha levantado revuelo; Demócrito, entre tanto, ríe a carcajadas mientras conversa con algunos periodistas). ¡Silencio! (el público de la sala, abarrotada, al fin se calla). Ejem. Señores. En la filosofía se abre hoy una nueva etapa, la etapa pluralista. Durante estos últimos cien años, nuestros antecesores han extendido creencias que, pese a su esfuerzo y buena intención, han llenado de errores las cabezas de nuestros contemporáneos. Desde el ínclito Tales y sus secuaces hasta el agudo Parménides, pasando por los sabios pitagóricos y por el oscuro y soberbio Heráclito, se ha mantenido la peregrina idea de que todo se reduce, en realidad, a una única cosa o principio. Ya sea el agua de Tales, el aire de Anaxímenes o el número de Pitágoras. Pero el gran Parménides demostró que de una sola cosa solo puede provenir ella misma, y que además ésta, por su soledad, no tiene motivo ni ocasión ninguna para moverse o cambiar, negando así lo que parece a todas luces evidente: que el mundo está lleno de múltiples cosas que cambian y se mueven.
Empédocles.- ¡Inadmisible, eso es inadmisible! Pero nosotros, gracias a nosotros mismos (especialmente a mí) y no a los dioses, hemos descubierto la Verdad, que más luminosa aún que el sagrado Sol ha incendiado nuestras almas del fuego de la...
Anaxágoras.- Abreviando. La naturaleza, afirmamos nosotros, consta de múltiples principios, infinitos diríamos yo y mi colega Demócrito aquí presente, o tal vez cuatro como afirma el venerable Empédocles…
Empédocles (con voz cavernosa y afectada).- ¡Cuatro son las raíces de las cosas: Zeus resplandeciente, Hera avivadora, Aidoneo y Nesti que de lágrimas destila la fuen…!
Anaxágoras (interrumpiéndolo bruscamente).- Es decir, fuego, aire, tierra y agua, ¿no maestro? (Empedocles hace un gesto de desprecio y se calla). Pues bien, de estos elementos, finitos o infinitos, hemos descubierto que están hechas todas las cosas, muchas y cambiantes ellas, pero únicos y permanentes aquellos.



Demócrito.- A ver, ¿nadie en esta sala ha gozado de pequeño con esos juegos de construcción en los que, con pequeñas piezas, bien duras y diferentes, se podían imitar, engarzándolas con habilidad, el Partenón o el teatro de Dionisos? Pues a imagen de esos juegos de construcción está hecha la realidad. Cada uno de los objetos y seres que vemos no son más que combinaciones afortunadas de esas infinitas y minúsculas piezas, indivisibles ellas, que yo llamo átomos. Las múltiples cosas visibles se construyen y se destruyen, nacen y mueren, pero los átomos invisibles, sus piezas, son siempre los mismos y jamás se destruyen. ¿Habéis entendido?
Periodista 1.- Aristóbulo, de Noticias del Ática. ¿Cómo se reúnen y se desunen esos átomos o lo que sea para formar las cosas? ¿Algún dios, quizás, es el que juega con ellos?
Anaxágoras.- ¡Dios no, sino “Nous” se llama la suprema  Inteligencia que hace torbellino de esos elementos minúsculos y da lugar a los compuestos que conocemos!
Demócrito.- Ja, ja, ja… Mi estimado colega Anaxágoras persiste en viejas creencias de viejas. No hace falta “Nous” ninguno, querido. Mis átomos, al menos, se mueven ellos sólitos y sin quererlo nada ni nadie se unen y se desunen oportunamente para formar este sol que nos alumbra o tu anticuada y venerable cabeza.
Anaxágoras.- Te recuerdo, Demócrito de Abdera, que por negar todo tipo de viejas creencias, y afirmar que el sol no es más que una piedra llameante, me ando jugando esa cabeza ante las ignorantes multitudes. Un poder inteligente, mi “Nous”, es, quieras tú o no quieras, necesario para que el movimiento de esas semillas, de las que todo está hecho, tenga dirección y sentido.
Empédocles.- ¡La Discordia, como veis, pero también el Amor, mueven el mundo! Son estas viejas fuerzas en movimiento las que unen y desunen, alternativamente, y según antiquísimas leyes, las raíces del cosmos!
Demócrito.- ¡Qué diablos de leyes! ¡De qué Amor y Discordia hablas! Me desconciertas con ese lenguaje, impropio de filósofos. ¡El cosmos no es más que una colección de infinitos átomos moviéndose en el vacío y creando mundos y cosas diversas al chocar unos con otros!
Periodista 2.- Aristógato, del Maratón Noticiero. Si no he entendido mal ustedes pretenden justificar con argumentos la existencia de la pluralidad y el movimiento. ¿No es así?
Anaxágoras.- Así es, joven.
Periodista 2.- Pero comienzan su argumento diciendo que el principio de la realidad son muchos átomos, semillas o lo que sea, y que estas cositas están en movimiento, bien por sí solas, bien ayudadas por el Amor, el Odio y cosas así. ¿No es esto?
Empédocles.- Más o menos.
Periodista 2.- Entonces, o mucho me equivoco, o están ustedes demostrando la pluralidad y el movimiento con el astuto argumento de que por principio existen la pluralidad y el movimiento. ¿No es así?
Empédocles.- Hum. Noto en este joven cierta ironía…
Periodista 3.- Aristópsema, de La Verdad de Elea. El sabio Parménides decía que ni el cambio ni el movimiento eran posibles, pues lo que cambia, en tanto cambia, es y no es lo mismo, y lo que se mueve, en tanto se mueve, está y no está en el mismo sitio. No veo por ninguna parte que sus teorías pluralistas contradigan en nada estos argumentos.
Periodista 2.- ¡Cierto! Si el Amor hace el milagro de unir las piezas de mi mente para que logre comprender a Empédocles, yo entonces he cambiado, pero en ese caso soy el mismo aunque ya no lo sea. ¿Cómo se explica esto?
Empédocles (muy enfadado).- Sigo notando mucha ironía en ese joven.
Demócrito.- Ja, ja, ja… ¡Pero tiene toda la razón! Los argumentos de Parménides contra la pluralidad y el cambio son irrefutables. La única prueba de que existen muchas cosas y de que cambian es… Que lo vemos. Pero, ¿es cierto lo que vemos? Yo estoy convencido de que no. En realidad la realidad son átomos y vacío. Todo lo que vemos es ilusión. En fin…
Anaxágoras.- (Estallando) ¡Vacío! ¿Pero de qué hablas? Te ríes tú de mi “Nous” y no te ríes de tu absurda noción de vacío!
Demócrito.- Oye, yo me río de todo. Pero lo más risible de todo es que tú y ese poeta de Agrigento (señalando a Empédocles) penséis que vuestras extrañas partículas puedan ser muchas y moverse en ausencia de vacío. ¿Qué las distingue entonces? ¿Cómo pueden desplazarse si todo está lleno de ellas? ¿Me lo podéis explicar, por favor?
Empédocles.- (cada vez más enfadado) ¡¿Y puedes tú explicarnos, sin artificios poéticos por supuesto, qué diablos es ese “algo que no es nada” y a lo que tú llamas "vacío"?!
Demócrito.- ¡¡Pregúntaselo a los físicos de dentro de veinte siglos, a ver si ellos te lo saben decir!!
Periodista 2.- Ja, ja, ja. Parece que entre Empédocles y Demócrito ha estallado la Discordia…
Empédocles.- ¡Te lo avisé! (Le tira una de sus sandalias de bronce al periodista 2). ¡Mira a ver si nace el Amor entre esa y tu cabeza, insolente!
Demócrito.- (Con una amarga sonrisa) Veis, todo esto demuestra que el mundo no está regido por ninguna “Inteligencia”.

(Anaxágoras se marcha indignado. Empédocles ha salido corriendo detrás del periodista 2 y de su valiosa sandalia. Los demás periodistas salen. Tan solo quedan unos cuantos alrededor de Demócrito que se queda hablando animadamente con ellos. Parece que charlan acerca de los cuidados que requieren las viñas y de cómo hacer buen vino). 

¿Qué os ha parecido, en general, la teoría de los pluralistas? ¿Os parece más acertada que las teorías del resto de los filósofos presocráticos? ¿Por qué? ¿Qué problemas podéis encontrar en ella?


Aquí tenéis la presentación de clase:


9. Ser o no ser. He ahí la cuestión (de Parménides).


Si para los milesios el ser (arkhé) de las cosas es una materia misteriosa (viva como un animal y armoniosa como un dios), y para los pitagóricos una serie de formas o estructuras matemáticas, los eleatas dan una respuesta aún más extraña, más que matemática, puramente lógica... ¿Qué son en el fondo las cosas? ¡Pues... que son! ¡Y que no pueden no ser! Este es el son que repiten al unísono Parménides de Elea y sus discípulos (el más conocido de ellos fue Zenón, famoso por sus increíbles paradojas)... 

La solución de los milesios al problema de la realidad está todavía empapada de mitología y está cercana a la experiencia común. La que dan los pitagóricos se parece más a una respuesta científica, como la que daría hoy un físico matemático. Y la que dan los eleatas es, por vez primera, puramente racional o lógica, es decir: estrictamente filosófica

Zenón muestra las puertas a la verdad y la falsedad (Veritas et Falsitas). Fresco en la Biblioteca de El Escorial, Madrid.


Si le preguntáramos a Parménides, el más destacado entre los eleatas, que en qué consiste la realidad y qué ley la gobierna nos diría algo así:
-         La realidad consiste en que es. Lo que tienen en común todas las cosas es que son, que las hay, que las podemos pensar como siendo. 
-         Lo que gobierna la realidad son una especie de leyes “lógicas”. Y estas leyes dicen que “lo que es, es, y lo que no es, no es; y que nada puede ser y no ser” (Más claro, agua –pero no la de Tales—; a estas leyes se le llamarán luego: el principio de identidad y el principio de no contradicción).

La realidad consiste en que es. Pero ¿cómo es? Las tres ideas más interesantes de Parménides al respecto son estas:

  1. La realidad es una sola cosa e indivisible. ¿Y cómo es eso? Razonemos (cerrando los ojos, que nos confunden). Si la realidad fuera más de una (múltiple) estaría dividida en partes, pero entonces cada parte sería y no sería: seria la parte que es pero no sería las demás partes. Además, estas partes serían diferentes una de otras, pero como todas tienen en común el ser, sólo podrían diferenciarse en algo distinto del ser, es decir, en el no ser, es decir, en nada. Pero si no se diferencian en nada, no se diferencian. Luego son la misma. Luego no hay partes. Todo es uno.

  1. La realidad es invariable e inmóvil. Es invariable porque, si cambiara sería y no sería la misma, como cuando yo digo “yo he cambiado”, con lo cual refiero que “yo” sigo siendo el mismo (porque he sido yo el que he cambiado) pero no sigo siendo el mismo (porque he cambiado). Si cambiara en parte, tendría partes, lo que ya hemos demostrado que es imposible. Además, la parte que cambia pasaría del ser (lo que era) al no ser (pues ya no es lo que era). Por todo esto, la realidad no nace ni muere, es eterna. Para nacer tendría que no ser antes de nacer y ser después. Y para morir tendría que ser antes de morir y no ser después. Imposible. Además, ¿cómo se explica que las cosas aparezcan (nazcan) y desaparezcan (mueran) así, como si fueran los objetos en el sombrero de un mago?... La realidad tampoco se mueve, porque lo que se mueve tendría que estar y no estar en el lugar en el que se mueve, lo cual no es menos imposible. 
  2. La realidad ha de ser perfecta, no puede carecer de nada (si careciera de algo, entonces no sería ese algo de que carece y, por tanto, sería y no sería). Tampoco carece, pues, de límites o forma. La forma de la realidad es esférica (la esfera figura la idea de perfección entre los griegos; mientras que la línea o la ausencia de límites -- lo infinito -- denota más bien imperfección).

  3. Así que, la realidad es que es. Y como tal es única, indivisible, invariable, eterna, inmóvil y... perfecta.


Muchos filósofos (por no hablar de la gente común) han tachado de insensata la teoría de Parménides (escrita, por cierto, en forma de poema, lo que tiene su miga, siendo un filósofo tan racional). Unos dicen que, diga lo que diga el pensamiento, ellos ven la diferencia entre las cosas y los cambios de unas en otras (Parménides les diría que los sentidos nos engañan. Para ver cómo lo hacen pulsa en la siguiente figura). 





Otros piensan que la lógica de Parménides está equivocada, que confunde los múltiples sentidos en que se dice "ser", o que no distingue las "cosas" de sus "propiedades" (Parménides les diría que admitir esas distinciones es admitir ya lo inadmisible: las partes, la pluralidad). 

Lo que de todas todas es cierto, es que Parménides nos hace pensar. ¿Se le puede pedir más a un filósofo?



¿Y, por cierto, qué piensas tú de todo esto?

¿Quieres oír la voz de Parménides discutiendo con los ciudadanos de Elea? Pulsa aquí. Y si quieres saber más sobre este filósofo pulsa aquí y aquí también.
Y para leer en directo las extrañas discusiones que tenía Zenón (discípulo de Parménides) con sus paisanos, pulsa aquí y luego acá. 

Aquí tienes, también, la presentación de clase:


Y aquí, el fabuloso Rap de Parménides de nuestro alumno Peter:


miércoles, 24 de septiembre de 2025

8. Pitágoras = [ Todo es (Número) ]

Alguien dijo que “tres son las naturalezas del Universo: los dioses, los mortales y los que son como Pitágoras”. De Pitágoras y los pitagóricos (a Pitágoras lo entrevistamos aquí) se decían en la antigüedad las cosas más increíbles y maravillosas: que tenían prohibido comer habas o mirar su rostro en un espejo junto a la lumbre, que el Maestro --que no solía dejarse ver y cuyo nombre no se podía pronunciar-- era hermoso como un ángel, que las almas de los difuntos se reencarnaban en otros cuerpos (mejores o peores según los méritos de cada cual)… Pero lo más increíble y maravilloso de todo es que creían que la realidad era Número.

El pitagorismo es una corriente filosófico-religiosa creada alrededor de la figura de Pitágoras de Samos (s. VI a. C.). Sus dos propuestas filosóficas más importantes son la teoría de la metempsicosis (reencarnación de las almas) y la teoría de que todo es número. Empecemos por esta última. 

El cosmos, creían ellos, estaba constituido tan armoniosa como matemáticamente. De hecho, las armonías, comenzando por las musicales, obedecían a precisas razones matemáticas. Y cuando el alma captaba esa matemática precisión se tornaba ella misma tan armoniosa y razonable como el mundo (solo así, por cierto, se podía encarnar en seres tan superiores como… ¡los pitagóricos!).



Pero no, no es que el mundo estuviera escrito en lenguaje matemático, como diría siglos después Galileo. Para los pitagóricos el mundo estaba hecho de matemáticas, de números, de puntos (el uno), líneas (el dos), planos (el tres) y volúmenes (el cuatro). Quién esto averiguaba era calificado con un diez (1+2+3+4), os lo juro, ¡por la sagrada Tetractys!

Cuentan que algunos pitagóricos se suicidaron tras descubrir los números irracionales (¡en su querido triángulo rectángulo!). Otros, más astutos, planearon una nueva ontología en la que lo Uno o Impar (el número Padre de todos los demás números) generaba el mundo uniéndose y dando límites a lo Dos o Par (el número Madre, infinito e irracional). Conocer cada cosa fue entonces cuestión de saber la combinación exacta de Unidad y Dualidad que la generaba y gobernaba (hoy diríamos, quizás, conocer su código binario –su código de barras—).



¡Increíble, verdad! Pues antes de sucumbir a la tentación de reíros de todo esto, pensad en lo siguiente. ¿Qué es lo más esencial para que exista una cosa? ¿La materia de la que está hecha, o la forma que tiene? Si la esencia de una cosa, por ejemplo, de una mesa o del Teatro romano de Mérida, es su forma (y así debe ser, pues la madera sin más, o un montón de piedras, no son una mesa ni un teatro), entonces el ser de las cosas es algo formal, y no material. Como la forma no es ninguna materia concreta (por eso puede implementarse en muchos materiales distintos), no puede verse, ni tocarse... pero sí pensarse. ¡Como las matemáticas!... 


 

Para los pitagóricos las formas más fundamentales de todas son las formas matemáticas: las estructuras geométricas y numéricas. Así que todo, en el fondo, estaría hecho de matemáticas, de números (hoy diríamos: de ecuaciones). Incluso la materia, pues ¿hay algún trozo de materia, por pequeño que sea, que no sea, en el fondo, una forma especial de organizarse sus partes, átomos o partículas (describible mediante fórmulas y números). 

Todo, todo es matemático. Aunque nos parezca verlo como algo material y colorido. Al fin y al cabo, ya sabemos que las imágenes que vemos (como las de este blog) están formadas, en el fondo, por números, por códigos de ceros y unos... ¿No podría pasar lo mismo con todo?... Mira este vídeo de un famoso físico y matemático, y tal vez te convenzas...

  
Aristóteles y otros autores antiguos (y modernos) acusaban al pitagorismo de ser una filosofía ingenua y tosca, que confundía las abstracciones numéricas con las cosas reales, lo cuantitativo con lo cualitativo, pero... ¿No sería el pitagorismo una expresión simple de la creencia filosófica (y científica) de que todo lo real es racional, es decir, matematizable; tan racional y matematizable que, en el límite, no podría haber distinción alguna entre matemáticas y realidad?

Pitagóricos celebrando el amanecer. Óleo de Fyodor Bronnikov.

En cuanto a la otra teoría famosa de los pitagóricos, la metempsicosis o transmigración de las almas, no abundaremos mucho en ella (tampoco se conoce gran cosa). Pitágoras y sus discípulos parecían creer que la "forma" del ser humano era algo divino identificable con el alma, y que tras su "encarnación" (o caída) en el cuerpo, manifestaba una suerte de inquietud por volver a su verdadero lugar (la región divina). Esta inquietud haría que las almas se reencarnaran de un cuerpo a otro tras la muerte, en una jerarquía de existencias que iría desde la más simple a la más elevada o cercana a las formas matemáticas y divinas, que es la del sabio. Una vez el alma, encarnada en sabio, comprendiera esas formas, se reconocería a sí misma como una de ellas y, purificada ya de todo cuerpo o materia, volvería a su lugar natural. 

Por cierto, si queréis saber más de los pitagóricos aquí tenéis un magnífico diálogo entre un pitagórico y un milesio obtenido por un prestigioso equipo de parapsicólogos y viajeros del tiempo dirigidos por el Prof. Juan Antonio Negrete (si además de leerlo queréis oírlo: aquí tenéis la versión radiofónica)

Además, si pulsáis aquí podréis escuchar la entrevista que logramos realizar a Pitágoras. Y sobre el número áureo y la sucesión de Fibonacci podéis ver este ilustrativo vídeo 

Y aquí tenéis la presentación de clase 



             ¿Qué crees tú: está todo "hecho de matemáticas"? 
¿Será cierto que todo se puede "digitalizar", convertir en una                             "matriz"  numérica, en un código de barras? 
                                      ¿Por qué no?







lunes, 15 de septiembre de 2025

2. Cuatro temas de conversación para seducir a un filósofo. Áreas y periodos históricos de la filosofía



Creo que tenemos ya claro que nos interesa estar con gente interesante con las que compartir y medir nuestras ideas y aprender. ¿Y habrá alguien más loco por las ideas que un filósofo? Durante este curso vamos a traer aquí a la caverna a los más grandes. Ya veremos mediante qué técnicas parapsicológicas. La cosa es que una vez se nos aparezcan se (nos) queden (dentro). Ya os podéis imaginar que son gente inquieta que no tolera el aburrimiento. Pues bien, para seducir a un filósofo o filósofa nada mejor que sacar los siguientes cuatro temas de conversación, que son también las cuatro grandes preguntas o ramas de la filosofía. Y las cuatro cosas que más importa pensar y saber en la vida, creo yo (aunque esto también habrá que discutirlo, claro). 


  1. La pregunta ontológica (o metafísica): ¿QUÉ ES LA REALIDAD? Ojo, que esta pregunta admite variaciones: ¿Qué significa ser o existir? ¿Qué cosas son realmente reales? (de esto se ocupa la ontología general) ¿Qué es la naturaleza? (este es el tema de la cosmología o filosofía de la naturaleza) ¿Existe una realidad perfecta o divina?  (de esto se ocupa la teología filosófica)… ¿Y qué decir de esa realidad que parece estar entre la naturaleza y Dios: nosotros, los seres humanos, la sociedad, la historia, la cultura…? ¡Un momento! Esta última pregunta es tan importante que merece un apartado propio…

    2. La pregunta antropológica (o psicológica): ¿QUÉ ES EL SER HUMANO? ¿Qué lugar ocupamos en el cosmos? ¿Somos algo más que animales muy complicados? ¿Qué nos diferencia de las máquinas? ¿Qué es la mente? ¿Cómo influye la cultura en lo que somos? ¿De dónde venimos, para qué estamos aquí, y a dónde vamos cuando llega la muerte?...        
                                                                                                                 3. La pregunta epistemológica (o gnoseológica), que se refiere a la relación teórica que hay entre el ser humano y la realidad, es decir, al conocimiento. ¿EN QUÉ CONSISTE EL CONOCIMIENTO? ¿Cómo podemos estar seguros de que estamos seguros de algo? ¿Cómo sabemos que lo que pensamos, decimos, oímos, teorizamos...es verdadero? ¿Qué es de verdad la verdad?...                                        

                                                   
    4. La pregunta ética y política (e incluso estética) que atiende también a la relación entre nosotros y el mundo, pero esta vez, a la relación práctica.  ¿QUÉ  DEBERÍAMOS HACER PARA QUE LA REALIDAD FUERA MEJOR DE LO QUE ES? ¿Qué es lo que hay que hacer para ser buenos y felices? ¿Y para que la sociedad sea más justa? ¿Y para que las cosas sean más hermosas? ¿Qué es lo bueno? ¿Qué es lo justo? ¿Qué es lo bello?

El mundo, la existencia humana, la verdad, la bondad, la justicia, la belleza.... Lo que es todo, lo que somos nosotros, lo que podemos saber, lo que debemos hacer... ¿Se pueden tener ideas más grandes y poderosas que aquellas que tratan de todo eso? ¿Hay algún otro tema de conversación interesante que no esté relacionado de algún modo con estos cuatro? ¿Cuál? Decídmelo si lo encontráis.







Por otra parte, todas estas ideas y preguntas han sido tratadas por filósofos y filósofas a lo largo de un buen número de siglos que, en el caso de Occidente, solemos dividir en eras o etapas: la Antigüedad, la Edad Media, la Edad Moderna y la Edad Contemporánea. 


La filosofía antigua comienza en torno al siglo VII a. C, con los filósofos jonios y, según algunos, acaba en torno al siglo V d. C. (El emperador romano Justiniano cierra la Academia platónica un poco después, en el 529 d. C). Sin embargo esto es ambiguo, pues filósofos muy importantes, a los que consideramos medievales, como San Agustín de Hipona, nacen y escriben aún en el siglo IV d. C. Nosotros preferimos pensar que la filosofía antigua (griega y latina) se solapa con los inicios de la filosofía medieval hasta el siglo V aproximadamente, teniendo en cuenta que desde el siglo I d.C. comienza a cultivarse también, mezclada con ella, la teología y la filosofía cristiana.


La filosofía medieval comienza en un periodo que va del siglo I al siglo V d. C y acaba en torno al siglo XIV, con la muerte Guillermo de Ockham y el desarrollo del Renacimiento en Italia. 

La filosofía moderna comienza en torno al siglo XIV, con el desarrollo del Renacimiento, y se da por aproximadamente acabada a principios del siglo XIX, con la muerte de Immanuel Kant. 

La filosofía contemporánea comprende desde principios del siglo XIX hasta nuestros días. 


Como veis, la filosofía antigua y medieval ocupa, cada una de ellas, unos catorce siglos, mientras que la filosofía moderna y contemporánea transcurren durante un número mucho más modesto de años; sin embargo, el caudal de filósofos y filósofas que conocemos bien es, obviamente, mayor en la época moderna y contemporánea. 



En cualquier caso, es importante retener bien el nombre y localización de estos periodos, pues será en torno a ellos y a las áreas ya citadas de la filosofía (ontología, antropología, etc.) como organizaremos las teorías y filósofos a estudiar y como se organizaran también las preguntas de los exámenes. 






Y aquí la presentación de clase: 


Además, y para ir entrenándote, puedes invocar y discutir de lo que quieras con cualquier filósofo en este chat (parte de la web de IA educativa del profesor Ramón Besonías). 

viernes, 9 de abril de 2021

¡Juicio a la razón! Una divertida crónica de la filosofía de Kant, y otras sorpresas...



Ya sabéis que la filosofía de Kant consiste en un análisis crítico de la razón en su uso teórico y práctico. Por lo primero Kant establece su teoría del conocimiento y la imposibilidad de la metafísica (la razón pura) como ciencia. Por lo segundo propone una teoría ética fundada en esa misma razón pura y en la suposición de las ideas de la metafísica. Ambas aportaciones de Kant a la filosofía (su teoría del conocimiento y su teoría ética) las presentó en dos de sus obras más importantes: la Crítica de la razón pura, de 1781, en la que presenta su teoría del conocimiento, y la Crítica de la razón pura práctica, de 1788, en la que expone su teoría ética. En ambas Kant asegura que su objetivo es hacer un "juicio" a la razón (en su uso teórico y práctico) para averiguar si son legítimas sus pretensiones (las de la razón) de explicarlo todo (la metafísica) y de poder determinar lo bueno y lo malo (la ética). 


Nuestro querido cavernicolega, Juan Antonio Negrete, nos presenta esta divertida crónica de estos dos "juicios" a la razón, en dos partes. Esta (pulsar con el ratón en la palabra) dedicada a la razón en su uso teórico (el conocimiento). Y esta otra  (pulsar) dedicada a la razón práctica (la ética). 


No os lo perdáis, tampoco el encuentro entre Kant y Platón tras el juicio.

Y, finalmente, aquí unos magníficos vídeos de otro colega genial,  Daniel Rosende, sobre la teoría del conocimiento de Kant y sobre la ética kantiana.

Ah, también os enlazo también unas imágenes del célebre partido de fútbol Alemania-Grecia en el que participó Kant y en el que podéis ver también las primeras imágenes de nuestro próximo filósofo: Karl Marx... 

martes, 6 de abril de 2021

La filosofía de la historia de Kant.

La Historia es una de las preocupaciones centrales de la filosofía kantiana. Ya al escribir su famoso artículo sobre la ilustración, Kant se preguntaba: ¿qué es este tiempo que nos ha tocado vivir? ¿cómo puede lograrse la “mayoría de edad” (la autonomía racional del hombre) en la historia? En otras obras, como en Idea para una historia universal en sentido cosmopolita (1784) o en La paz perpetua (1795), Kant profundiza en su concepción de la historia.

Kant entiende que la Historia (tal como la Naturaleza, de la que la Historia es parte) progresa según un plan preestablecido. Es decir, tiene unas determinadas fases, una dirección y una finalidad, aunque los individuos y los pueblos que participan en ella no lo sepan. Pero obrando sin saberlo, y de forma aparentemente irregular y sin sentido, los individuos y los pueblos contribuyen a ese “plan” o “hilo conductor” de la Historia. Es lo que luego llamará Hegel “la astucia de la razón”: las acciones humanas, procediendo sin un plan propio, se ajustan a un plan determinado de la naturaleza y la historia (esto, en cierto modo, es una "secularización" de la idea cristiana de Providencia).

Ese plan está dirigido a la plena realización de las disposiciones naturales del ser humano: la autonomía racional, la emancipación, la justicia... Esta plena realización no se da pues, al nivel de los individuos, sino al nivel de la especie, y está, en cierto modo, predeterminada.

El medio del que se valen la Naturaleza y la Historia para lograr esta realización plena de la razón es la lucha, la contraposición, el conflicto (esto nos recuerda a Heráclito, y también a la dialéctica posterior de Hegel y de Marx). La lucha entre los intereses de cada individuo y el interés común (entre individuo y sociedad), la competencia entre unos individuos y otros, y entre unos pueblos y otros, es lo que empuja al hombre a superarse y a desarrollar su racionalidad y su sentido moral y político (cumpliendo, así, el “plan de la Historia”).

El mayor conflicto que afronta la Historia de la especie humana es el de la instauración de una sociedad civil en que la libertad de cada individuo sea compatible con la libertad de los demás. Solo en una sociedad así podrá desarrollar el hombre todas sus potencialidades racionales.


Esta sociedad civil precisa de una ley y de un “señor” con autoridad suprema que la haga cumplir, pues de lo contrario los hombres tenderán a abusar de su libertad contra sus semejantes. El problema es que este “señor” tendría que ser perfectamente justo, y esto no existe entre los hombres. Esta dificultad hace que la historia humana sea un intento constante (y casi siempre fracasado) de instituir una sociedad completamente justa. Las guerras y los conflictos son una prueba de que el hombre no deja de persistir en su intento.

La instauración de una sociedad civil perfecta no solo depende de encontrar un gobernante justo, sino también de crear una asociación política entre los distintos Estados particulares que asegure un orden internacional justo. Los Estados particulares tienden a mirar sólo por su propio bien, son egoístas, y eso es un obstáculo que se debe superar. La guerra se convierte, desde esta óptica, en el modo en que la historia realiza sus ensayos imperfectos que, tras mucha desolación y sangre, conducirá a una unión de pueblos. La barbarie y la opresión son pasos intermedios necesarios para realizar la unión de todos los pueblos. Kant no es, ni mucho menos, un defensor de la guerra (otra de sus obras lleva por título La paz perpetua , y es una reflexión sobre la capacidad de la humanidad de alcanzar un estado de paz duradero), pero sí entiende la función que ésta desempeña en el desarrollo de las capacidades humanas. El hombre aprende de sus errores, y estos le empujan precisamente a una “gran unión de pueblos”.

Así, tras una fase de destrucción y guerras, la Historia dará lugar, al fin, a una sociedad y una civilización mundial, con unas leyes internacionales y un progreso científico, artístico y moral generalizado, y en el que todos los Estados colaboren. Solo en este marco social y político podrá realizarse plenamente el propósito que la naturaleza y la historia guardan para el hombre: la plena realización de su naturaleza racional y moral.

Aunque el tiempo transcurrido (de la historia humana) es aún breve, Kant cree que, en su propio presente, la Ilustración significa un gran paso en pos del logro del fin de la historia. Así, la Ilustración es, en palabras kantianas, “un gran bien que el género humano debe extender” al resto del mundo..

Kant no pretende una descripción empírica y “objetiva” de la historia. Él quiere explicar los criterios normativos que regulan el desarrollo histórico, y, además, cree que la difusión de cultura, o la misma discusión de esta idea, contribuye a este desarrollo, aportando un pequeño impulso más a este gran proceso transformador y emancipador. Para Kant, la historia elaborada por la posteridad será precisamente la historia de la liberación de la humanidad, la historia de la justicia, la autonomía, de la unión cosmopolita de Estados...



Preguntas:
  1. Resume las principales ideas sobre la Historia que tiene Kant,
  2. ¿Qué significa que la Historia de desarrolle según un plan preestablecido? ¿Es esto compatible con la idea de libertad y moralidad que mantiene Kant? ¿Cuál sería el “fin” u “meta” de la Historia?
  3. ¿Qué crees que significa la expresión la “astucia de la razón”?
  4. ¿Qué opinión tiene Kant de la lucha y la guerra entre individuos y naciones?
  5. ¿Qué condiciones tendría que tener la sociedad para asegurar o acelerar el progreso de la Historia? ¿Y cuáles son los principales escollos para este desarrollo?


domingo, 4 de abril de 2021

El retorno de las ideas metafísicas: el alma, el mundo y Dios, como "postulados" de la razón práctica... Fragmentos del diario de Kant (y 9)



Fragmentos del diario personal de Kant 
* NOTA IMPORTANTE. El equipo de investigación de este blog no garantiza la fiabilidad de estos documentos (ni la fiabilidad de nada, en general). 

Königsberg. 22 de febrero de 1789.


¿Es persona libre y moral aquella que actúa por interés? Nunca. En ningún caso. La conducta moral es un fin en sí misma. Si obedeces una regla moral esperando obtener algún beneficio o premio, tu conducta no es moral, aunque exteriormente pueda parecerlo a los que te observan.  Ni libre, pues actúas sumido en el mecanismo causal que relaciona el cumplimiento de la ley con el premio que obtienes de ello. Tal vez la ley legal, en la que el castigo es esencial, pueda reducirse a ese actuar interesado, pero no la ley moral... Naturalmente, algunos filósofos con el espíritu corroído por el pragmatismo me dirán que lo importante es que la gente cumpla con su deber, sin importar si lo hacen por puro deber o por evitar castigos o lograr premios. Pero bajo ese presupuesto es indistinguible la conducta de una persona libre y moral de la de un perro bien adiestrado. La diferencia es sutil e invisible, pero existe, y es tan importante como que, por ella y solo por ella, podemos optar a la dignidad de personas. Esa diferencia está, claro, en la intención y el sentimiento con que hacemos algo, no en la conducta observable. 

Tan noble y buena parece la persona que es generosa por puro deber, como aquella otra que lo es por afán de reconocimiento o de algún otro premio. La diferencia es que la primera obra con la intención de hacer el bien, por el valor racional que concede a la generosidad, y la segunda obra con la intención de obtener su premio. La una tiene al bien como fin en sí mismo, la otra como medio para intereses particulares. Aquella actúa por puro respeto a la ley moral, por el sentimiento del deber; esta actúa por deseos subjetivos, egoístas. Negarle importancia a todas estas diferencias es negar la moral y la razón misma. ¡Más aún: es negarnos a nosotros mismos como personas!


Königsberg. 3 de marzo de 1789.
¿Cómo ser bueno? ¿Qué debo hacer? Mi respuesta no deja de sorprender a los que me escuchan, pero no puedo hallar otra. Porque no se trata de lo que debo hacer, sino de lo que debo querer. La moral es asunto de la voluntad, no de las manos o la conducta pública. Lo que importa es el querer, la intención. Ser bueno es tener buena voluntad o intención, querer lo correcto, en lucha perpetua con los deseos e intereses particulares. Solo en ese ámbito del puro querer puede moverme a mis anchas como persona racional, solo allí soy libre, y solo allí puedo darle la forma de lo ideal a mi vida. 
En cuanto salgo al mundo, en cuanto paso de la intención a las acciones, me sumerjo en el engranaje de las causas y los efectos, de los medios y los fines particulares que nada tienen que ver con la libertad y el ideal universal del deber ser. Ahora bien. ¿Quiero esto decir que la moral se reduce a un puro querer ideal sin consecuencias? ¡Eso es absurdo! ¿Pero en qué mundo ha de cumplirse, entonces, ese querer ideal? No, desde luego, en el mundo de los fenómenos que describe la ciencia. ¿Entonces? ¿En cuál?...

Königsberg. 19 de marzo de 1789.
Algunos de mis críticos dicen que mi interés por explicar cómo es posible el conocimiento no era acabar con la metafísica, sino más bien separarla de la ciencia...¡para salvarla! A ella y a la religión. No puedo estar de acuerdo con esto. Mi interés no es salvar nada que no sea racionalmente salvable. Y es cierto que la razón, en su uso moral, no tiene más remedio que salvar aquello mismo que en el uso teórico negaba: ¡Las ideas de la metafísica! Pero esto no un deseo o interés mío, sino una necesidad de la propia razón práctica. Si la intención o el querer libre e ideal de las personas no puede cumplirse en el mundo natural de los fenómenos, ¿no habrá que creer que hay un mundo ideal, no natural, distinto al de los fenómenos? ¿No habrá que suponer una realidad objetiva, tan objetiva y universal como lo son las leyes morales de la pura razón? 


Este mundo que hay que suponer, si la moralidad ha de tener sentido, es el mundo del noúmeno, el mundo en sí, el mundo ideal del metafísico... Por otra parte, si mi razón pura y su puro querer ideal no pueden existir en la nada, ¿no será necesario suponer que existe un alma, no ya como mera forma subjetiva del conocimiento, sino como realidad en sí en la que sustentar la objetividad y racionalidad de la ley moral? Esta alma no puede ser, por supuesto, un objeto natural, dada su libertad y su carácter ideal. Ni mortal, claro, pues ¿qué sentido tendría la infinita búsqueda del ideal y la perfección si nuestro esfuerzo estuviera limitado al breve lapso de nuestra vida natural? Ninguno... Como tampoco tendría ningún sentido esta insoportable dualidad (de ser cierta) entre el mundo ideal de mi alma inmortal y el mundo natural de mis deseos, entre la persona que soy y el ser natural que habito, entre mi anhelo de justicia y razón y mi deseo de felicidad... Es imposible que estén desconectados, pues entonces yo mismo sería un ser doble, contradictorio, imposible. Un mundo, el ideal, ha de dar forma al otro hasta vencer y hacerse uno.
De esta necesidad de unidad absoluta, a la que los filósofos llaman Dios, no nos da ninguna información la ciencia, ni tampoco la metafísica; es un supuesto de la razón moral… El Mundo en sí, el Alma inmortal, Dios… Son las tres grandes ideas de la razón pura. Es imposible conocer o demostrar científicamente todo esto. Pero son supuestos (o, como prefiero llamarlos: “postulados”) necesarios de la razón en su aplicación a la vida moral. Sin ellos, el hecho moral sería racionalmente inexplicable. Si cabe hablar de una “fe racional” es esa fe lo que se precisa para afirmar tales postulados. El retorno de las ideas metafísicas en mi pensamiento no ocurre pues, del lado de la ciencia y el conocimiento (de allí se les expulsó para siempre), sino del lado de mis necesidades racionales como persona. ¡No debe haber otras para un ser en cuanto ser libre y moral! 



viernes, 2 de abril de 2021

¡El imperio de la Razón!... Fragmentos del diario de Kant (8)

Fragmentos del diario personal de Kant 
* NOTA IMPORTANTE. El equipo de investigación de este blog no garantiza la fiabilidad de estos documentos (ni la fiabilidad de nada, en general). 

Königsberg. 8 de octubre de 1785.
Por más que lo pienso solo una cosa me convence de nuestra condición de seres libres: el uso puro, libre, que podemos hacer de nuestra razón. Si para el conocimiento del "mundo tal como es" la razón no es libre (está atada a los fenómenos y condicionada por ellos), para la moral, es decir, para decidir "como debería ser el mundo" (no cómo es), la razón no está atada ni condicionada por nada, vuela libre, sin hacer caso más que a ella misma. En ese mundo ideal que la pura razón concibe es dónde únicamente podemos ser personas libres y morales (¡es decir: personas!)… Ahora bien. Ese mundo ideal está muy alejado de mí. ¡Yo no soy como debería ser! Mi conducta no es del todo racional. En mi batallan constantemente el animal y el ser racional que llevo dentro. Y no soy del todo ni una cosa ni otra.
Si fuera completamente racional, carente de cuerpo y deseos naturales, tal como un ángel, bastaría mi razón para dirigir mi vida. Y si fuera un mero animal, haría lo que desease mi cuerpo, sin dudas, como actúa una máquina. Pero no, soy algo intermedio, ni ángel ni animal... ¡Pero justo por eso soy un ser moral, es decir, un ser que ha de luchar constantemente por imponer el ideal de la razón sobre los deseos de  mi naturaleza animal, lo que “debo” sobre lo que “deseo”! ... Supongo que para ayudarnos en esa esforzada tarea se nos ha dado la voluntad, que es la fuerza o facultad moral, la facultad para querer lo que debemos y negarnos a lo que no debemos. La voluntad es el “soldado” de la razón y, como tal, recibe de ella órdenes o, como suelo decir yo, imperativos: “¡debes querer hacer esto, te guste o no!”, eso es lo que ordena siempre la razón a la voluntad. Y así son las leyes morales que produce la razón: ¡órdenes, imperativos!... 


De este modo, la razón pura quizás no proporcione juicios para el entendimiento (eso solo lo puede hacer la razón cuando se mezcla con la experiencia y se vuelve "impura"), pero sí imperativos para la voluntad…. De hecho he escrito todo esto por imperativo, por fuerza de voluntad, pues el deseo que tengo desde hace rato es el de retirarme a descansar…

Königsberg. 20 de octubre de 1785.
No creo tener un espíritu vanidoso, pero creo estar a punto de obligar a la filosofía a otro “giro copernicano”, esta vez en el terreno moral. ¿Cómo es eso? Hasta ahora la mayoría de las teorías éticas se han construido con imperativos que carecen de validez moral. ¿Por qué? Los imperativos de la ética tradicional suelen ser de esta forma “debes hacer lo que debes porque así conseguirás un premio” (Y el “premio” puede ser el placer, la felicidad, la utilidad, el cielo… según la teoría ética de que se trate). Ahora bien, lo que estos imperativos dicen, en el fondo, es que “hacer lo que se debe es la causa de que obtengamos tal o cual premio”. Es decir, son juicios causales, parecidos a los de la ciencia. ¡Pero no imperativos morales! ¡No es moral hacer lo que se debe buscando un premio o interés ajeno al propio deber!... 
¿Por qué no? Primero, porque así nos negamos a nosotros mismos como seres libres (pues actuar por premios y castigos es ser como un animal, esclavo de las causas y los efectos y de los deseos y fines ajenos a la pura razón). Segundo, porque al condicionar la conducta a un premio concreto o un deseo subjetivo, ya no actuamos de modo universal y objetivo, que es como pide la razón que actuemos.  La conducta moral, en cuanto racional, ha de ser universal y objetivamente valiosa, desinteresada de lo particular y subjetivo. Poner la razón al servicio de otros fines es ponernos a nosotros mismos, como personas racionales que somos, al servicio de un poder ajeno, es rebajarnos, no ser lo que somos. Y eso no puede ser bueno, porque no es lógico… ¡Y, sin embargo, todas las teorías éticas que conozco incurren en este error! Sus imperativos están condicionados a esos fines ajenos a la propia razón. Yo los llamo imperativos “hipotéticos”, pues no enuncian un deber sino una hipótesis (la hipótesis de que “si te comportas como debes lograrás ese premio que deseas”). ¡¡Eso no es moral!! El verdadero imperativo dice: “debes comportarte como debes (como la razón te manda) porque eso es lo que debe ocurrir (es lo racional)”. Y punto. Así de categórico. Solo haciendo lo que se debe por puro deber, lo racional por lo racional, nos comportaremos como seres libres y autónomos. 
A estos imperativos yo les llamo “categóricos”, para diferenciarlos de los “imperativos hipotéticos” de las otras teorías éticas. Así que: la razón pura, en su uso práctico o moral, produce imperativos categóricos, no hipotéticos. ¡Ese es el giro copernicano que yo propongo para la ética! ¡¡Así debe ser el deber!!

Königsberg. 14 de noviembre de 1785.
¿Cómo establecer unas reglas morales? ¿Cómo decidir lo que debo hacer? Las reglas morales que me imponga han de ser, desde luego, imperativas: han de ordenar a la voluntad lo que debe querer hacer. Pero también tienen que ser categóricas, es decir, establecidas por la razón, solo por la razón, sin dejarse influir o condicionar por nada más (como deseos, necesidades, intereses materiales y cosas por el estilo). Sólo las reglas que me impongo a mi mismo de este modo son libres y morales, pues el pensamiento puro es la única parte de mí que escapa al determinismo del mundo físico, y es también la única manera de aspirar al mundo ideal, al mundo que debería ser…
 Ahora bien, me pregunto: ¿en qué consiste una regla así, un imperativo puramente racional o “categórico”, que es como prefiero llamarlo?... No lo sé del todo, pero sí sé una cosa: un imperativo así ha de ser válido para toda persona y toda situación, tal como son las leyes racionales. Es decir: ha de expresar una verdad universal y necesaria, como las verdades a priori, pero que sea aplicable, a la vez, a toda posible situación moral concreta. ¡Pero! ¿Cómo encontrar algo así? Llevaba varias semanas madurando este problema. Es más: pensaba escribir una lista de imperativos racionales o universales. Pero luego reparé en que acaso tal cosa no fuera posible. De hecho, todo imperativo que se me ocurría (por ejemplo: "debes ayudar a tu prójimo", o "debes rechazar la violencia", etc.) era excesivamente concreto, y resultaba difícil entenderlo como norma universal (¿debes ayudar a tu prójimo en cualquier circunstancia, incluso si le ayudas a hacer el mal? ¿debes rechazar todo tipo de violencia?...). ¡Hasta que por fin esta tarde creo haber hallado la solución! La dejaré reposar durante la noche, y mañana, a la luz del Sol, volveré a examinarla.

Königsberg. 15 de noviembre de 1785.
Hoy ha amanecido lloviendo. Pero me da igual. ¡Llevo una verdad nueva y radiante como un Sol en mi interior!... ¡¡¡ La fórmula del imperativo categórico!!!... He dicho “formula”, sí. Y lo es. Pues he descubierto que la única manera en que un imperativo puede ser puramente racional y universal es así, como una fórmula. Tal como las fórmulas y leyes científicas expresan cómo ha ser, en general, un fenómeno gravitatorio o una transformación química, la fórmula del imperativo categórico expresa como ha de ser, en general, una regla moral. Mi imperativo categórico es como una regla de reglas, da la forma que ha de tener cualquier regla moral válida, solo eso… Reconozco, eso sí, que mi teoría ética puede parecer un tanto extraña, pues no aporta reglas morales concretas y materiales (tipo “no mientas”, “no robes”, etc.), sino solo una forma o fórmula “vacía”. Para distinguirla propondré llamar a mi ética así: “formal”, y a las éticas que, en cambio, dictan reglas concretas, les llamaré “materiales”. 
Pues bien, mi teoría ética es formal, pues solo dicta una fórmula, la fórmula que ha de satisfacer cualquier norma moral que pretenda serlo. Y ahí va. Esta es mi fórmula, el imperativo categórico: “Obra sólo según una regla tal, que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal, valida para todo ser racional”… ¿No es genial?... Su aplicación es simple. Veamos un par de ejemplos. El primero: ¿debo querer engañar a alguien o no? Si aplicamos la fórmula del imperativo categórico solo debo quererlo si puedo, a la vez, querer que el acto de engañar se convierta en ley moral universal, es decir, si quiero que todas las personas engañen a los demás. ¿Y podría querer esto? Evidentemente, no. Si así fuera debería empezar por querer engañarme a mi mismo, es decir, por querer lo falso. Pero esto es imposible, pues si debo querer lo falso, también debo querer que esta misma regla moral sea falsa, ¿y eso no es contradictorio? La ley de la contradicción, que es la máxima ley de la razón, es también el supremo criterio moral. Pues lo moral es lo mismo que lo racional. 
Veamos este otro ejemplo. ¿Debo querer matar a las personas? Solo si soy capaz de concebir esto como ley universal, de manera que todos deban querer lo mismo. Pero, de nuevo, esto supone que, de entrada, deba querer morir yo mismo (matarme o que me maten), pero querer morir es querer no ser y, por tanto, querer no querer (pues solo el que es puede querer), y esto es otra enorme contradicción… ¿O no?