domingo, 18 de diciembre de 2016

El mito de la caverna.



Imagina, dice Platón, unos hombres prisioneros desde niños en una oscura caverna. En ella viven atados de tal modo que sólo pueden mirar hacia la pared del fondo. Detrás de ellos se encuentra un pequeño muro y detrás de él, sin que los prisioneros puedan verlos, pasan unos extraños hombres hablando entre sí y portando objetos con figuras de cosas, hombres y animales; un poco más allá de ellos hay una hoguera. La luz de la hoguera ilumina a esos extraños seres y sus objetos de manera que la sombra de tales objetos se proyecta en el fondo de la cueva. ¿Qué será el mundo (pregunta Platón) para los prisioneros? Ellos creerán, sin duda, que la realidad serán esas sombras, así como los ecos de las voces de los portadores...

¿Pero qué pasaría si liberáramos a uno de esos prisioneros? Se quedaría asombrado al comprobar que lo que creía que era el mundo no era más que la sombra de cosas y seres que desconocía. Y si lograra salir de la cueva y ver, no objetos que figuran otras cosas, sino las mismas cosas iluminadas por el sol, se sorprendería aún más, pues comprendería que los objetos y sombras de la caverna no son sino copias de las cosas, aún más reales, que existen fuera. Mientras se acostumbrase a la luz solar, el prisionero tendría que mirar estas cosas reales en sus reflejos en el agua y otras superficies, pero más tarde podría mirarlas directamente, e incluso percatarse de que es el sol el que permite admirarlas a todas. 

Imaginaos que este hombre quisiera volver a la caverna a contarle a sus compañeros todo lo que ha visto. Al principio, y mientras se acostumbrara de nuevo a la oscuridad, se comportaría torpemente y sería el hazmerreir de todos. Pero cuando contara a los demás lo que ha visto fuera, sería aún peor: lo tomarían por loco e incluso algunos lo amenazarían de muerte. 

 


Esto es, en esencia, el contenido del mito. Aunque lo mejor es que lo leáis por vosotros mismos (en la carpeta de Textos PAU lo tenéis en una buena traducción). Una vez leído, claro, toca interpretarlo, que es lo interesante. ¿Qué creéis que nos quiere decir este mito? ¿Qué es lo que más os ha llamado la atención en él?

Por cierto, pulsando AQUÍ podéis escuchar el mito en nuestra versión radiofónica.

Y aquí, la presentación de clase



Y aquí nueve películas relacionadas con el mito de la caverna

miércoles, 14 de diciembre de 2016

¿Se puede no ser machista y gustarte el reggaeton?

La canción se llama “cuatro babys”, la canta un tal Maluma, y es de un machismo tan descarnado y repulsivo que ya ha provocado la habitual petición de retirada en change.org. ¿Debe uno subscribir esa petición? Pese a la repugnancia moral que provoca la canción, creo que la respuesta debe ser no.


Es una cuestión de principios; cantar una canción no vulnera ninguno que sea fundamental, prohibir que se difunda sí: el de la libertad de expresión. Se trata, también, de mantener claras ciertas distinciones: decir, ver, oír, leer... no son lo mismo que hacer. Que te guste una canción machista no te hace necesariamente machista, como que te guste ver El Padrino no te hace obligatoriamente mafioso...  De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el resto delartículo pulsar aquí.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Lo que no mide el informe PISA.

En este artículo hablo mucho de vosotros, y del modelo de educación que, poco a poco, se va imponiendo. Leedlo, si lo leéis, de la manera más filosófica -- reflexiva, crítica -- posible. 

viernes, 9 de diciembre de 2016

Platón: pensar antes de actuar.


 Aristocles, apodado Platón, es el mayor filósofo de la antigüedad, y uno de los más importantes de toda la historia de la filosofía. Discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, forma con ellos la gran triada de la filosofía griega. Es difícil exagerar su influencia. Casi toda la filosofía posterior se ha hecho con él, o contra él, pero nunca sin él. En sus diálogos expuso y discutió sobre todos los asuntos de la filosofía: la realidad, el ser humano, la verdad, la bondad y la justicia, la belleza... 

Platón nació en Atenas en el 427 a.C., en el seno de una familia aristocrática y vinculada al poder político. Parece ser que su primera intención fue la de ser poeta, pero su encuentro con Sócrates, a los 20 años, le despertó la vocación por la filosofía. 

Al joven Platón le tocó contemplar la decadencia de su ciudad tras el esplendor de la época clásica. La larga guerra del Peloponeso sumió a la democracia ateniense en una grave crisis, y acabó con la hegemonía económica y política de Atenas sobre el resto de Grecia. 
En el 404, tras la victoria definitiva de Esparta y sus aliados, los vencedores imponen en Atenas el gobierno de los Treinta tiranos. Algunos de los dirigentes del nuevo gobierno eran familiares de Platón, e invitaron al joven a participar en política, pero este se negó, espantado por la violencia y la injusticia que caracterizaba al nuevo régimen. 

 Muy poco después, cuando cae el gobierno de los Treinta y se reinstaura la democracia, Platón vuelve a albergar esperanzas, pero la actuación política de los nuevos dirigentes vuelve a decepcionarle, especialmente tras el proceso y ejecución de su amigo y maestro Sócrates, al que Platón consideraba “el hombre más justo de Atenas”.



 Convencido de que, en gran parte, la decadencia de Atenas se debía al relativismo moral difundido por los sofistas, Platón se entregó al esfuerzo filosófico por demostrar la existencia de principios y valores absolutos desde los que reconstruir la vida política. En su diálogo más conocido, titulado República, Platón esboza las lineas maestras de un nuevo régimen político basado en la educación y en el gobierno de los más sabios. 

Movido por su discípulo y amigo Dion, Platón viajó varias veces a Siracusa con objeto de poner en práctica su teoría política, aunque todos sus intentos fueron en vano. Mientras, en Atenas, funda la Academia, como un centro de investigación para filósofos.

En cierto modo, la vida de Platón parece encarnar la del sabio que, en su obra la República, se siente moralmente compelido a “volver a la caverna” a educar y liberar a los hombres.

Como podéis leer, el mismo Platón escribió sobre todo esto en esta carta (la llamada Carta VII):

"Antes, cuando yo era joven, sentí lo mismo que les pasa a otros muchos: tenía la idea de dedicarme a la política tan pronto como fuera dueño de mis actos. Entonces se produjo una revolución; al frente de este cambio político se establecieron como jefes cincuenta y un hombres. Ocurría que algunos de ellos eran parientes míos y me invitaron a colaborar en trabajos que, según ellos, me interesaban. Lo que me ocurrió no es de extrañar, dada mi juventud: yo creí que iba a gobernar la ciudad sacándola de un régimen injusto para llevarla a un sistema justo, de modo que puse una enorme atención en ver lo que podía conseguir. En realidad, lo que vi es que en poco tiempo hicieron parecer de oro al antiguo régimen; entre otras cosas enviaron a mi querido y viejo amigo Sócrates, de quien no pondría ningún reparo en afirmar que fue el hombre más justo de su época, para que, acompañado de otras personas, detuviera a un ciudadano y lo condujera violentamente a la ejecución. Pero Sócrates no obedeció y se arriesgó a toda clase de peligros antes que colaborar en sus iniquidades. Viendo, pues, todas estas cosas, me indigné y me abstuve de las vergüenzas de aquella época.
Poco tiempo después cayó el régimen de los Treinta, y otra vez me arrastró el deseo de dedicarme a la política. Pero la casualidad quiso que algunos de los que ocupaban el poder hicieran comparecer ante el tribunal a nuestro amigo Sócrates y presentaran ante él la acusación más inicua y más inmerecida. Al observar yo todas estas cosas, cuanto más atentamente lo observaba más difícil me parecía administrar bien los asuntos públicos. Entonces me vi obligado a reconocer, en alabanza de la filosofía verdadera, que sólo a partir de ella es posible distinguir lo que es justo, tanto en la vida pública como en la privada"
.[Platón. Carta VII. Extractos]



¿Qué pensáis de todo esto? ¿Creéis que es necesario pensar sobre lo que es lo justo antes de actuar en política? ¿Crees que es así, investigando sobre lo que es justo, como se llega habitualmente a la política?...






Aquí, la presentación de clase:


jueves, 1 de diciembre de 2016

Diálogo entre Sócrates y Sofistófeles

Nuestro intrépido equipo de expertos del más allá filosófico han logrado (no me preguntéis cómo) invocar a dos espíritus, el de Sócrates y el de un sofista, desconocido hasta hoy, llamado Sofistófeles. El experimento se realizó en un solitario callejón de Atenas, y la energía liberada en el proceso fue tal que todos los expertos, menos uno, perdieron la conciencia. El que quedo, especialmente fornido, y al que llaman el “omoplatos”, me contó luego lo que había visto y oído. Y esto dice que fue:

Sócrates.- Ea, pues, aquí estamos otra vez. Algún maestrillo aprendiz de brujo me ha traído acá, desde otro lugar más dulce, y me obliga de nuevo a vagabundear por estas queridas callejas. ¡Hola, pero si tengo un compañero de desgracia! ¿Quién eres tú, espectro?
Sofistófeles.- Un sofista soy, Sócrates, o eso dicen de mí.
S.- ¿Uno de mis viejos amigos, acaso? ¿Eres el venerable Protágoras? ¿El incisivo Gorgias? ¿O acaso el feroz Trasímaco? Mi vista ya no es como era, y al venir del reino de la Luz, me cuesta mirarte y reconocerte.
Sf.- No soy ninguno de los que dices, y los soy todos a la vez. Allá donde purgamos nuestras penas, acusados de ser unos sinsustancia, me han amasado como una albóndiga, para que tenga algo de miga, y me han hecho uniendo los trozos de unos y de otros, y añadido alguno de la novelle cousine
S.- Ya, ya me han dicho que en esta época sois también los amos del cotarro de lo que el vulgo llama cultura y que ahora enseñáis en todos sitios con solo asomaros a unas extrañas ventanas en las realmente no estáis, pero parece que estáis.
Sf.- Sí, todo cambia para no cambiar nunca. Ahora enseñamos a través de la televisión y otras extrañas máquinas.
S.- ¿Que nada cambia, dices? ¿Has cambiado tú y has dejado de ser sofista tras tantos siglos de purgatorio?
Sf.- Aún no lo logre, Sócrates, por eso pasé el casting para esta invocación de espíritus. Sigo pensando lo que pensaba: que no hay nada de bueno ni de malo, de cierto ni de incierto, fuera del tiempo que pasa y que todo lo cambia, tanto en mí como en los otros hombres, en este lugar y en tantos otros tan diferentes. Soy un relativista, sin lugar a dudas.
S.- Entonces, mantienes, como siempre, que nada valioso existe siempre, pero que esta misma opinión tuya merece eternamente la pena.
Sf.- Siempre es bueno atenerse a la verdad de que nada hay verdaderamente bueno que lo sea para siempre.
S.- Veo que amáis tanto la paradoja, como yo la ironía. Crees entonces que lo bueno y lo justo depende siempre de lo que cada uno estime como tal, en cada época, lugar y circunstancia.
Sf.- Así lo creo, Sócrates.
S.- Pero entonces, sabio Sofistófeles, qué diréis, ¿que es de lo mismo, es decir de lo bueno, de lo que tú y yo hablamos ahora, o de algo que, por ser diferente para ti y para mí, no merece ser definido por las mismas palabras?
Sf.- Las dos cosas diré, oh Sócrates, al mismo tiempo. Discutimos ambos de la misma cosa, lo bueno, pero sin que sea exactamente la misma para ambos.
S.- Entonces, ¿es tan bueno lo que yo tengo por bueno que lo que piensas tú al respecto? Si para mí es bueno llevar esta capa raída y vivir con lo puesto, y para ti vestir con elegancia y vivir en la opulencia, ¿diremos acaso que yo o tú llevemos mejor vida que el otro?
Sf. De ninguna manera, Sócrates, tan buena es tu forma de vivir como la mía.
S.- ¿Dirás entonces que mi opinión de lo bueno y la tuya son, ambas, igualmente buenas, sin que tengamos, ni sea posible, una idea igual de bondad?
Sf.- Eso diré. Es justo que cada uno conciba lo justo a su manera.
S.- Luego si digo que esto que dices no es justo, será justo que lo diga, y tu opinión será injusta, al menos tanto como justa dices que es, pues todas lo son, según dices.
Sf.- Justamente, Sócrates, me haces incurrir en contradicción. Pero eso solo demuestra que la justicia y la bondad no son cuestión de razones. Veinticinco siglos después de tus insensatos intentos, la gente ha convenido ya definitivamente que lo justo y bueno es fruto de convenciones y acuerdos entre todos.
S.- Debo ser entonces el mayor retrasado mental de la historia. Pero dime, Sofistófeles. ¿Crees que los hombres convienen en lo que es justo por serlo, o más bien que lo es porque así lo convienen ellos?
Sf.- Lo segundo, Sócrates. No lo convenimos por ser justo, sino que es justo porque lo convenimos.
S.- ¿Y por qué lo convenimos entonces, si no es por que sea justo?
Sf.- Fácil. Porque nos conviene y nos resulta útil.
S.- ¿Y no estarás, entonces, llamando propiamente “justo” a lo que es útil y conveniente?
Sf.- Precisamente a eso.
S.- ¿Y sabrías responder si te pregunto entonces qué es lo útil y conveniente para todos y cada uno?
Sf.- No, por todos los dioses. Cada uno tendrá por útiles cosas diversas. Aunque me temo que vas a pedirme, aquí también, que te explique cómo es que “útil” designa lo mismo diciendo lo diferente.
S.- No, no voy a insistir en eso. Dime, mejor, que es para ti lo útil, pues esto sí que debes saberlo.
Sf.- Claro, Sócrates. Lo útil es lo que conviene a mis deseos. 
S.- ¿Y estás tú seguro de que deseas lo que te conviene?
Sf.- ¿Cómo no?
S.- ¿Quién crees que sabe mejor lo que conviene a una semilla, el experto jardinero o la semilla misma?
Sf.- El primero, está claro. La semilla se deposita al azar, sin ciencia alguna, a veces sobre la tierra en la que, sin saberlo ella, jamás va a fructificar.
S.- Pues dime ahora, ¿eres tú como la semilla o más bien como un experto jardinero de ti mismo?
Sf.- Si he de desear lo que me conviene, y no lo que me perjudica, he de ser experto acerca de mi mismo, claro está.
S.- ¿Y realmente lo eres?
Sf..- ¿Pero quién si no, Sócrates, puede conocerse mejor a sí mismo que uno mismo?
S.- Esta bien. ¿Pero de qué conocimiento hablas? ¿Del que proporciona verdades reconocibles por todos, como las que cree descubrir el experto en alguna ciencia?
Sf. Ese conocimiento no es posible. La verdad, tal como ocurre a la justicia o la bondad, es siempre relativa. Cada uno tiene las suyas, que son, siempre, las que más les conviene creer.
S. Luego tú serás conocido por ti mismo como lo que más te conviene creer que eres. Pero dime, ¿lo que conviene a algo no es lo que mejor se adapta a su naturaleza, tal como la hierba, y no la carne, al cervatillo, y la carne, y no la hierba, al león comedor de cervatillos?
Sf.- Eso he de reconocerlo.
S.- ¿Y cómo reconoces esto último como cierto? ¿Acaso también porque te conviene creerlo así?
Sf.- Cómo si no, si he de ajustarme a lo que dije antes.
S.- Pero entonces fíjate que extraño es lo que dices.
Sf.- ¿El qué, Sócrates?
S.- Que lo útil para ti es lo que más conviene a aquello que te conviene creer que conviene al que te resulta conveniente creer que eres.
Sf.- No estoy seguro de que me convenga seguir esta conversación de locos, oh, Sócrates.
S.- Pues yo creo que no hay nada que te convenga más. A ver, ¿convendrás conmigo ahora que la verdad es más útil cuando es verdad respecto a lo que son las cosas, y no respecto a lo que te conviene creer que son?
Sf.- Explícate.
S.- Si fueras marino, ¿te sería más útil creer que es el viento el que hincha las velas, o más bien que lo son las colas de las sirenas al contonearse tentadoramente?
Sf.- Lo primero me convendría mucho más.
S.- Y si fueras Sofistófeles, ¿te sería útil creer que es el alma la que empuja el cuerpo, o que más bien son sus piernas las que le llevan y le traen por sí solas?
Sf.- También lo primero que dices, Sócrates. Ahora que soy un espectro sin piernas ni brazos lo veo clarísimo.
S.- ¿Te será enormemente útil, entonces, conocer, como buen marinero de ti mismo, tanto el complejo mecanismo de cordajes y costuras que compone la vela del alma, como la fuerza y disposición de esos vientos, llamados ideas, que la mueven de un puerto a otro?
Sf.- Lo es, Sócrates. Mis maestros me enseñaron precisamente a insuflar las ideas que yo quisiera en las alas del alma de los que me escuchan.
S.- Ea, pues. Arribemos ahora a alguna conclusión. Si lo mejor es lo más útil, ¿no será mejor que cualquier otra cosa ocupar nuestro tiempo en conocer nuestra alma y las ideas que la habitan?
Sf.- Sí que lo parece, según lo que llevamos dicho.
S.- ¿Y no será ese conocimiento la condición inexcusable para que cada uno pueda ser bueno y útil para sí mismo?
Sf.- ¿Cómo Sócrates?
S.- Pues tal como has visto aquí. ¿No ha sido útil este diálogo para saber lo que es realmente útil y bueno?
Sf.- Pues sí.
S- ¿Y podrá ser bueno y útil para sí mismo aquel que no sepa, como nosotros sabemos ya, lo que es útil y bueno?
Sf.- Pues no, Sócrates, salvo por casualidad, y sin saberlo ni él mismo.
S.- Y dime, Sofistófeles, ¿crees que cualquiera que nos escuchara ahora no llegaría acaso a la misma conclusión?
Sf.- La fuerza de las razones a eso obliga, Sócrates. Nadie puede liberarse del lazo del argumento, si no es haciéndose el loco, o siéndolo del todo.
S.- Así pues, si las razones nos obligan a pensar que tal o cual cosa es la más útil o buena, como hemos hecho hace un momento, ¿no obligaran a pensar así a todo el que cuerdamente nos atienda?
Sf.- ¿Dónde vas a parar ahora?
S.- A esto. Si lo útil o bueno es lo que razón dictamina, lo será para todos, y no según cada distinta cabeza.
Sf.- De acuerdo, pese a mi mismo.
S.- ¿Diremos entonces que lo bueno para todos es lo que la razón en cada momento dictamina, con sus mejores argumentos, y que, por eso mismo, no hay nada mejor para nosotros, mortales ignorantes, que pasar el día razonando para conocer lo que conviene, tanto a nosotros mismos como a los demás?
Sf.- No sé, Sócrates. No son pocos los que afirman que nada de lo que conocemos es seguro.
S.- Pero fíjate que, a la vez, afirman eso mismo con notable seguridad. ¿No crees que hay que ser muy sabio para saber que nada se puede saber?
Sf.- ¡Por los dioses, no dejas de ser razonable, Sócrates, pese a que dices no saber nada de nada!
S.- Y es cierto, Sofistófeles. Nada sé, pero sí creo saber cómo paliar mi ignorancia, hablando y preguntando a jóvenes tan ambiciosos de saber como tú. Por cierto,  ¿de qué dioses hablabas?
Sf.- De los de la ciudad, Sócrates, esos que nadie ha visto, pero que se aseguran de que cumplamos la ley incluso cuando nadie nos ve.
S.- ¿Crees que la gente no sabe ser justa y buena sin la vigilancia de los dioses?
Sf.- Eso creo, Sócrates. Hacen lo que les conviene y punto.
S.- Pero sin saber lo que realmente les conviene.
Sf.- Pero Sócrates, hay quien elige lo malo incluso conociendo muy bien que no es nada bueno ni conveniente para sí mismo.
S.- ¿De qué loco me hablas? Ni el peor de los sofistas escogería lo peor creyendo saber adecuadamente lo que es mejor. Toda maldad es ignorancia.
Sf.- Pero los sofistas se tienen por sabios, y no ignorantes, y perjudican a muchos en los juicios, incluso no siendo aquellos nada injustos, siempre que alguno les pague muy bien por hacerlo.
S. ¿Y no crees que esos sabios sofistas están seguros de que les conviene confundir lo justo con lo injusto?
Sf.- ¡Claro, si así consiguen fama y dinero, aun perjudicando a otros!
S.- No solo por eso, Sofistófeles. Recuerda que, para ellos, como para tí hace un rato, lo justo y lo injusto son justamente confundibles.
Sf.- No son tan sabios, entonces, como creen.
S.- Ni tan malos como creías tú.
Sf.- No sé, Sócrates, Pero me temo que, a diferencia de ellos, ni tú ni yo seremos nunca nada en la vida. Tú por ser el vagabundo de pensamientos que eres, y yo por haberme dejado convencer por ti. Mi padre me mataría, si no estuviera ya muerto, si supiera que ando contigo, y si pudiera te mataría de nuevo a ti también.
S.- Ja, ja, ja. Tienes razón, querido. Por eso, alejémonos de aquí, donde siempre seremos pobres espectros, y volvamos al mundo ideal del que nos ha sacado este que nos escribe ahora.
Sf.- Eso. ¡Eh, tú, el que escribe, Platón de pacotilla, devuélvenos al mundo real!
Autor.- Fin.



¿Qué os ha parecido el diálogo? ¿Defenderíais el relativismo moral tras esta conversación entre Sócrates y Sofistófeles? ¿Algún asunto de los tratados en el diálogo os ha llamado especialmente la atención?

martes, 22 de noviembre de 2016

Sócrates.

A pesar de ser viejo, pobre y muy feo, Sócrates despertaba pasiones entre los jóvenes más bellos de Atenas. Uno de sus amantes, el poderoso, rico y hermosísimo Alcibíades, decía de Sócrates que era como un monstruoso Sileno por fuera, pero como un dios por dentro...

Si no como un dios, Sócrates ha pasado a la historia como una especie de "santón" filosófico, gracias, sobre todo, al retrato que nos dejó de él Platón, su discípulo más famoso.

Nacido en Atenas sobre el 470 a.C., Sócrates sufrió las penurias de la guerra contra Esparta y los vaivenes políticos que siguieron a la derrota. Fiel a sus principios hasta la muerte, fue ajusticiado por los atenienses en el 399 a.C., acusado de impiedad y de corromper a los jóvenes. 
Durante el juicio, y según narra Platón, Socrátes se mostró tan sereno y provocativo como siempre, mostrando con sus preguntas y respuestas lo infundado de las acusaciones. Pero de nada sirvió. Los atenienses deseaban descargar sus frustraciones con alguien, y esta vez el elegido había sido Sócrates, quien, para muchos, no era más que uno de esos sofistas que había estropeado a la juventud con su relativismo moral... Reacio a burlar las leyes, Sócrates acepto su condena, negándose a huir, y se despidió de sus discípulos con el más bello diálogo sobre la inmortalidad del alma que se haya escrito nunca, o, al menos, así lo describió Platón en el Fedón, una de sus obras más famosas... 



Si queréis conocer a Sócrates nada mejor que leer los diálogos de Platón, especialmente estos tres (en los que se narra el juicio y su muerte en la cárcel): Apología de Sócrates, Critón y Fedón.





Aunque para algunos de sus contemporáneos (como el cómico Aristófanes, que lo ridiculizó en su obra Las Nubes) Sócrates era un sofista más, lo que sabemos de su forma de vivir y sus ideas nos permite concebirlo como justo lo contrario...

Para empezar, Sócrates no era un sabio profesional. Su único conocimiento, decía (no sin ironía), era el de saber que no sabía nada, por lo que poco podía enseñar. 
Su única habilidad, solía repetir a todos, era la de descubrir a los demás lo poco que sabían y ayudarlos a que vencieran su ignorancia conociéndose a sí mismos. Por lo demás, se negaba a cobrar por atender a sus discípulos, pues consideraba a la filosofía como una actividad libre y desinteresada, y no como una habilidad útil para lograr el éxito o la riqueza.

Lejos del modelo moral de los sofistas, para Sócrates la excelencia humana no consistía en lograr el poder o la riqueza, sino en cuidar el alma, dotándola de sabiduría y obrando con justicia. Era famoso por su pobreza, por su control de las pasiones, y por su sinceridad descarnada.
Consideraba que las leyes había que cumplirlas incluso cuando perjudicaban nuestros intereses, y siempre que nuestra conciencia nos lo permitiera (de hecho, Sócrates se negaba a cumplirlas cuando le parecían injustas). Y tenía la peregrina idea de que "es mejor sufrir una injusticia que cometerla", pues en el primer caso solo sufre el cuerpo, pero en el segundo lo que dañamos es nuestra propia alma...

Si para los sofistas la principal habilidad del sabio era la retórica, Sócrates se preciaba de hablar directamente, sin adornos. Para él, el lenguaje no era un fin, sino un medio. Lo que importaba no era componer bonitos discursos, sino dialogar con los demás para buscar juntos la verdad. 
Su método, decía, era la "mayeútica", el arte de la comadrona, que pretendía haber heredado de su madre (eso contaba en broma), y que el aplicaba a las almas de los jóvenes para ayudarles a "parir" sus propias ideas. La técnica era muy sencilla. Consistía en hacer preguntas y mostrar al interlocutor que no sabía lo que creía saber para, a continuación, invitarlo a buscar la verdad a través del diálogo ("diálogo" significa etimológicamente "avanzar mediante razonamientos")...


Las ideas éticas y políticas de Sócrates eran casi totalmente opuestas a las de los sofistas. Si estos creían que lo justo y lo bueno eran relativos a cada hombre, Sócrates buscaba la definición objetiva y universal de esos términos, en la creencia de que sin ella era imposible convivir con los demás, o ni siquiera dirigir nuestra propia vida. Creía por eso que las leyes, más allá de meras convenciones, tenían que ser justas y buenas, y que precisamente esto es lo que las convertía en herramientas útiles para la sociedad y para uno mismo. 
Contra el escepticismo de los sofistas, Sócrates estaba convencido de que era posible conocer, con la razón, lo que uno debe y no debe hacer.
Y además, pensaba que ese conocimiento era la condición necesaria (¡y suficiente!) para ser bueno. Nadie que sepa lo que es el bien, decía, puede dejar de quererlo y de ponerlo en práctica. Y nadie que haga el mal lo hace a sabiendas de que es malo (todo mal es ignorancia) A esta original teoría (a la que se llamó luego "intelectualismo moral") le dedicaremos muy pronto una nueva entrada.








lunes, 14 de noviembre de 2016

II Master de sofística aplicada en el IES Santa Eulalia


¿Quién no quiere TRIUNFAR? ¿Y quién no sabe lo que significa eso?... ¿No queréis el poder que da la riqueza, y la riqueza que da el poder? ¿No queréis ser queridos e influir como queráis en los demás?... PODER, RIQUEZA, POPULARIDAD... ¿No es eso lo que define a un triunfador?... Esto es, al menos, lo que enseñaban los sofistas griegos. Y también lo que se nos enseña hoy... ¿O no es verdad?...
¡Pero no lo penséis tanto! Si de verdad queréis ser alguien en la vida, olvidaos de la verdad (que no existe) y convenceros de que podéis convenceros y convencer a cualquiera de cualquier cosa (que os convenga), pues la llave del ÉXITO es esa: adquirir el poder de convicción que dan las palabras. Eso enseñaban los sofistas y eso se sigue enseñando hoy... Por todo esto os propongo que asistáis al curso favorito de muchos políticos y de los mejores tertulianos de la tele... Por segunda vez en Mérida, y solo durante un día, se os ofrece la ocasión única de participar en el 

 APRETAMÁSTER DE 
RETÓRICA PRÁCTICA

En un tiempo record (dos horas) uno de los mejores sofistas del mundo os enseñara las técnicas para expresaros en público y convencer a los demás de lo que os dé la gana. 

- Técnicas de improvisación (la ocasión la pintan calva)
- Creación de personajes (sé como tu quieras según convenga)
- Interpretación (aprende a hablar de lo que quieras con convicción)
- Expresión corporal (exprésate con todo el cuerpo).
- Retórica y elocuencia (descubre el mágico poder de las palabras).
- Como hacer un éxito de cualquier fracaso (o de como caer siempre de pie, como los gatos).

Profesor: Jonathan González (de la Escuela Sofística Picodeorus de Atenas)
Precio: 5 euros.
Lugar: I.E.S. "Santa Eulalia".
Día y hora: sábado 19 de noviembre de 11 a 13.
Matrícula abierta: Inscripciones en clase de filosofía.

* Se recomienda traer ropa cómoda. Se advierte que este curso puede provocar severos ataques de risa que pueden ser mortales, así como tendencia a la verborrea disparatada, de los que la organización no se hace responsable.