viernes, 25 de septiembre de 2026

1. La primera clase de Historia de la Filosofía. Curso 2026/27

 

Todos los años me pregunto por qué quiero yo dar un curso de filosofía. Y también me pregunto por qué habéis de quererlo vosotros (si la filosofía fuera solo una cuestión mía o de unos pocos, como la astronomía o el rugby, no sería cosa de mucho valor, ¿no?).

Pensad un momento y decidme por qué acudís al instituto, o a cualquier otro lugar que os guste más (es decir, cualquiera). ¿Por qué preferís vivir como vivís, dejándoos llevar o decidiendo hacer esto o aquello? O, sencillamente: ¿por qué vivís, para qué?.. Me apuesto mi sueldo de todo el curso a que la respuesta es esta: todo lo que hacéis (o dejáis de hacer) es... por algo que tenéis en la cabeza, es decir: por eso que llamamos... "ideas". Seamos o no conscientes de ellas, sean nuestras o de otros, sean buenas o malas, tenemos la cabeza llena de ideas, y todo lo que hacemos, percibimos, sentimos, deseamos y pensamos (sobre el mundo, sobre nosotros mismos, sobre los demás...), todo-todo depende de esas ideas... 


Pues bien, la filosofía no es más que el deseo de hacerte consciente y dueño de tus propias
 ideas y, por tanto, de tu propia vida. Aquel que es consciente de las ideas que le mueven puede criticarlas y mejorarlas (y, así, mejorar también su vida). 

¿Y esto de hacerse uno consciente de las ideas como se hace? Fácil (¿fácil?): a través de la reflexión. ¿De la qué? La reflexión es algo así como obtener un "reflejo" de las ideas que tenemos en la cabeza; como ponerlas "frente a un espejo". Es pensar en lo que pensamos. 

La reflexión se hace de dos formas: el monólogo (me "flexiono" y me pienso hacia dentro), y el diálogo (que es el arte de de hacerme flexible para con las ideas de los demás, de ponerme en su lugar para comprender y asimilar esas ideas y así no ser un... "idiota").

Fotografía de Chema Madoz

El idiota es el que cree que sus ideas son "las ideas" (es decir, el que se cree sabio). Pero esto suele ser falso. Ni nuestras ideas son nuestras (casi siempre las hemos aprendido de otros), ni son más que verdades a medias (y eso en el mejor de los casos). Para que sean mejores (y nosotros con ellas) conviene verlas y buscarlas como piezas de un puzle que solo podemos completar con las ideas de los otros, esas a las que nos asomamos a través del diálogo. Tal vez  completando ese puzle podamos acercarnos a esa quimera que es la verdad...  


Dejar de ser un idiota (ese es uno de los objetivos de la filosofía) tiene que ver, pues, con buscarnos en el espejo y el eco de los demás. Los demás, los otros, son... las ideas que no tenemos. Por eso es tan importante el diálogo, la comunicación, el amor... Es decir, el deseo de comprender a los demás (de comprender sus ideas) y de compartir con ellos nuestros pensamientos. Comprender (escuchar, leer...) a los demás, y comunicarnos con ellos (hablar, escribir...), es como abrazarlos en esa parte suya que no se ve ni se toca, en la más íntima, allí donde están de verdad y de donde proviene toda su vida, en la parte de... sus ideas. 


¿Y a quién preferimos amar, al que más ideas tiene para comprender o al que menos? Parece obvio que al primero (¿Para qué amar a alguien que sea tan tonto o más que nosotros?) ... ¡Y eso vamos a hacer aquí! Tener amores con los filósofos y filósofas, con esos que más se han aventurado en la jungla de las ideas y más pueden darnos a comprender. Los invocaremos uno a uno, y frotaremos nuestras ideas con las suyas hasta quedarnos preñados de... ¡de nosotros mismos!   



Porque, en el fondo, las ideas de esos filósofos son... nosotros, nuestra misma raíz. Conocer la historia del pensamiento es conocer la forma con que hemos llegado a ver, sentir, desear y pensar tal como lo hacemos hoy. Y también abrirse a la posibilidad de cambiarla y, de esa manera, cambiar también el mundo... 

A veces la historia de la filosofía me parece como la historia de una única Mente que fuera dialogando consigo misma, pensándose siglo a siglo, a través de cada uno de los grandes filósofos y filósofas., hasta conocerse del todo, hasta hacerse totalmente transparente, toda luz sin sombra. Tal vez nosotros somos parte de ese proceso, y tal vez esa Mente sea la que ahora piensa y habla a través de nosotros. 
Tal vez.

Bienvenidos de nuevo a este curso de amor y filosofía (si es que no son lo mismo).





Entrevistas iniciales "qué es para ti la filosofía" en 2B, 2D y 2F





jueves, 21 de mayo de 2026

EJERCICIO CON TEXTOS FILOSÓFICOS 10

 


1. Lee, contextualiza y comenta los siguiente textos de Platón y Aristóteles, relacionándolo con las ideas y teorías de sus autores, y comparando su contenido con el de cualquier otro autor, autora (uno o más de uno) corriente o perspectiva filosófica.


TEXTO 1 (PLATÓN)

-Ciertamente, las otras denominadas "excelencias" del alma parecen estar cerca de las del cuerpo, ya que, si no se hallan presentes previamente, pueden después ser implantadas por el hábito y el ejercicio: pero la excelencia del comprender da la impresión de corresponder más bien a algo más divino, que nunca pierde su poder, y que según hacia dónde sea dirigida es útil y provechosa, o bien inútil y perjudicial. 

Platón: República. Libro VII, Madrid: Editorial Gredos, 1986.


TEXTO 2 (ARISTÓTELES)

La comunidad perfecta de varias aldeas es la ciudad, que tiene ya, por así decirlo, el nivel más alto de autosuficiencia, que nació a causa de las necesidades de la vida, pero subsiste para el vivir bien. De aquí que toda ciudad es por naturaleza, si también lo son las comunidades primeras. La ciudad es el fin de aquéllas, y la naturaleza es fin. En efecto, lo que cada cosa es, una vez cumplido su desarrollo, decimos que es su naturaleza, así de un hombre, de un caballo o de una casa. 

Aristóteles: Política. Madrid: Gredos, 1988. LIBRO I


TEXTO 3 (ARISTÓTELES)

Todas las cosas se definen por su función y por sus facultades, de suerte que cuando éstas ya no son tales no se puede decir que las cosas son las mismas, sino del mismo nombre. Así pues, es evidente que la ciudad es por naturaleza y es anterior al individuo; porque si cada uno por separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en relación con el todo. Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios.

Aristóteles: Política. Madrid: Gredos, 1988. LIBRO I


Y aquí tenéis algunas ideas para realizar o corregir el ejercicio.

sábado, 2 de mayo de 2026

Calificaciones tercer trimestre y recuperación final Historia de la Filosofía

 Las calificaciones del tercer trimestre y la lista de alumnos/as que han de asistir a la prueba final de recuperación de Historia de la Filosofía, con toda la información al respecto y las horas de atención al alumnado, han sido enviadas a cada alumno/a por Rayuela. Mirad vuestro correo. Si hubiera algún problema de recepción, escribidme a mi dirección de Rayuela o a filosofiavictor@gmail.com

Gracias y ánimo que ya queda muy poco. 

jueves, 23 de abril de 2026

71. EJERCICIO CON TEXTOS FILOSÓFICOS 9

 


1. Lee, contextualiza y comenta el siguiente texto de Hannah Arendt, relacionándolo con las ideas y teorías de la autora, y comparando su contenido con el de cualquier otro autor, autora (uno o más de uno) corriente o perspectiva filosófica.


"Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que «resultar un villano», al decir de Ricardo III. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso. Y, en sí misma, tal diligencia no era criminal; Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo. Para expresarlo en palabras llanas, podemos decir que Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que se hacía. Y fue precisamente esta falta de imaginación lo que le permitió, en el curso de varios meses, estar frente al judío alemán encargado de efectuar el interrogatorio policial en Jerusalén, y hablarle con el corazón en la mano, explicándole una y otra vez las razones por las que tan solo pudo alcanzar el grado de teniente coronel de las SS, y que ninguna culpa tenía él de no haber sido ascendido a superiores rangos. Teóricamente, Eichmann sabía muy bien cuáles eran los problemas de fondo con que se enfrentaba, y en sus declaraciones postreras ante el tribunal habló de «la nueva escala de valores prescrita por el gobierno [nazi]». No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo".

H. Arendt, 1963, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Barcelona: Edit.Lumen, 2019.


Y aquí tenéis un modelo de corrección del ejercicio.

70. El totalitarismo y la banalidad del mal en Hannah Arendt


La obra de Hannah Arendt (1906-1975), una pensadora judía alemana, se produce en un contexto histórico especialmente convulso: el del ascenso de los totalitarismos políticos antes y después de la 2ª Guerra Mundial. Tal vez por esto, su trabajo tiene una dimensión prioritariamente política, ética y antropológica. Entre sus obras más importantes están Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958) y Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (1963), del cual procede el texto que estudiaremos.

La primera gran aportación de Arendt a la filosofía política es su análisis del totalitarismo, la forma política, según ella, de regímenes como el nazismo alemán o el estalinismo soviético. El totalitarismo representa, para H. Arendt, una forma de organizar la sociedad radicalmente nueva, basada en organizaciones estatales capaces de manipular totalmente la realidad a través de la propaganda y en masas de personas anónimas previamente atomizadas (convertidas en individuos solitarios fácilmente manipulables y uniformables). 



Para producir esta masa de individuos gregarios, el Estado totalitario comienza por destruir progresivamente la pluralidad e identidad personal (negando los derechos de colectivos o grupos humanos, reprimiendo todo impulso solidario o moral con los "otros" y, en último extremo, encerrando a las personas en campos de concentración en los que son despojados de todo lo que les hace humanos), a la vez que impone un régimen burocratizado de vigilancia para el que todo es susceptible de control y castigo (tanto la conducta pública como la vida privada) y cuya finalidad es generar terror. Por otra parte, y a diferencia de la tiranía, en la que el poder se ejerce a veces de forma arbitraria o caprichosa, el totalitarismo pretende aplicar a la sociedad «leyes universales», ya sean supuestas leyes biológicas de carácter racial (como en el nazismo) o supuestas leyes históricas (como en el estalinismo), dando al régimen una autoridad presuntamente racional o científica. 

Según Arendt, los orígenes del totalitarismo están en el antisemitismo y el imperialismo. Con el antisemitismo se crea la idea de un “enemigo objetivo” frente al que cohesionar la sociedad en torno al Estado; con el imperialismo se promueve la idea de razas superiores e inferiores y, por tanto, el «derecho» de las superiores a deshumanizar, utilizar e incluso exterminar a las inferiores.

El totalitarismo supone, para Hannah Arendt, una forma política de dominación total a través de la eliminación de todo lo que define a las personas (su estatuto jurídico, su condición moral, su diferencia individual, su espontaneidad…) y, por tanto, de su aniquilación final. Es por ello que Arendt identifica al totalitarismo con un “mal radical”: un deseo de poder y de dominio tal que solo puede expresarse finalmente a través de la aniquilación del otro. El mal radical, que podemos identificar paradigmáticamente con el genocidio nazi, trasciende las categorías explicativas habituales y supone un hecho singular, cualitativamente diferente a todo acto de maldad anterior. 

Pero en el totalitarismo no solo anida un mal radical intencional y consciente de las consecuencias de ese deseo de dominio, sino también un "mal banal", que es aquel en que el agente o sujeto de la acción parece incapaz de reflexionar acerca del significado moral de sus actos, justificándolos de manera superficial, a menudo como parte de una tarea mecánica e impersonal en sí misma carente de sentido moral. En la obra “Eichmann en Jerusalén”, H. Arendt describe un caso ejemplar de lo que representa la “banalidad del mal”. Como periodista, Arendt asistió al juicio en Jerusalén del exoficial nazi Adolf Eichmann, uno de los organizadores del Holocausto de los judíos en los campos de concentración de la Alemania nazi, y comprobó, sorprendida, como Eichmann (un hombre aparentemente inofensivo) se defendía alegando que se había limitado a cumplir las órdenes de sus superiores con la eficiencia que se esperaba de él. Arendt acuño entonces la expresión “banalidad del mal” para referirse a aquel mal que podría cometer una persona corriente en determinadas circunstancias (como las que genera un régimen totalitario) creyendo, de manera irreflexiva y acrítica, que ese era, simplemente, su “deber” o “trabajo”. La banalidad del mal no exime, según Arendt, al sujeto de responsabilidad (la filósofa estuvo de acuerdo con la condena a muerte de Eichmann, al entender que este debió haberse opuesto a los crímenes que le ordenaron organizar), pero pone el acento en la capacidad de un régimen como el nazi para transformar en autómatas asesinos (en una especie de funcionarios del crimen, como era Eichmann) a personas comunes y corrientes. Porque (como dijo uno de los agentes que capturó a Eichmann) “lo inquietante de Eichmann es que no era un monstruo, sino un ser humano”, un ser humano que se limitaba, como tal vez hubiéramos hecho cualquiera de nosotros, a hacer lo que le decían que debía de hacer...  

Mal radical y mal banal acaban siendo cara y cruz de lo mismo. El mal más radical e incomprensible es justo aquel que, pese a su monstruosidad, se ejerce y justifica de manera banal, sin asomo de crítica, sin tan siquiera motivación ideológica, sino por simple gregarismo (todo el mundo lo hace) o disciplina ciega (es lo que hay que hacer, lo que me mandan, etc). Y el mal banal es aquel cuya raíz incomprensible es esa naturalización acrítica por la que personas comunes, no más malvadas que cualquiera de nosotros, llegan a cometer "como si nada" crímenes horribles. Arendt va a concluir en la idea de que el mal radical es, paradójicamente, el más banal y superficial. Y que lo único que puede ser realmente radical y profundo (no banal) es el bien... 

¿Qué crees tú? ¿Es el "mal banal" algo que solo ocurre en el contexto de los regímenes totalitarios? ¿Era realmente responsable Eichmann o cualquier persona que cumpla con lo que se le ordena, sea lo que sea? ¿Qué hubieras hecho (y qué crees que hubieras debido hacer) tú en su caso y en el mismo contexto? ¿Podrían darse casos como el de Eichmann en otros contextos (analiza el caso del experimento de Milgram, por ejemplo a través de este sorprendente documental)? ¿Eres capaz de formular otros ejemplos de "banalidad del mal"?

 



martes, 21 de abril de 2026

Consideraciones sobre Nietzsche y un poema de Lucas Qingming

 


Nuestro alumno Lucas Qingming Farraces Montero ha escrito este magnífico trabajo a propósito de la pregunta que nos hicimos en clase (¿Ser o no ser nietzscheano?). Os recomiendo que lo leáis. Lucas combina su reflexión con consideraciones personales y una exploración original del pensamiento del genial autor alemán. 

Acompañando al trabajo, Lucas nos regala el poema que se muestra a continuación.