jueves, 9 de abril de 2026

65. La antropología marxista: el concepto de alienación


Marx hereda el enfoque humanista de la modernidad
, en el que el mundo humano y el sujeto racional se sitúan en el centro y en el que el objetivo práctico es el progreso hacia una sociedad ilustrada (racional, igualitaria, próspera...) en que el ser humano pueda realizarse como un ser libre.

Ahora bien, como hemos visto en el capítulo anterior, la situación que observa Marx a su alrededor (la irracionalidad del sistema económico, el embrutecimiento de los obreros, la represión política, la desigualdad de clase, la miseria producida por el desarrollo del capitalismo industrial... ) dista mucho de ese objetivo. Más que realizarse, la mayoría de los seres humanos viven en un estado de completa "alienación"; estado que Marx va a analizar con detalle como paso previo a la formulación del resto de su teoría y a su labor revolucionaria. Empecemos, pues, por la teoría antropológica de Marx y su diagnóstico de lo que le ocurre al hombre en la sociedad capitalista.

La concepción marxista del ser humano puede encontrarse en sus primeros escritos. Para la antropología de Marx, claramente materialista, el hombre no es una esencia abstracta, ni pura autoconciencia contemplativa (como para la mayoría de los filósofos), sino un ser concreto, corpóreo e histórico, que se realiza a través de sus acciones y relaciones sociales en un contexto cultural determinado, en estrecha relación con la realidad socioeconómica y material. Cabría decir, en este sentido, que, para Marx, el ser humano no nace, sino que se hace, y que se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal


La noción de trabajo es
aquí fundamental. Para Marx, el trabajo no es solo la actividad por la que transformamos la materia para generar un producto, ni un simple medio para obtener recursos económicos, sino aquello que nos hace ser quienes somos
Cuando preguntamos a alguien "¿y tú qué eres?", la respuesta suele ser: "yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante...". Para Marx, el trabajo es (o debería ser) la actividad por la que desarrollamos y expresamos libremente nuestras capacidades humanas (el pensamiento, la conciencia crítica, la creatividad, la determinación moral...), logramos reconocimiento social y construimos nuestra identidad personal, proyectándonos y reconociéndonos en aquello que creamos (transformando el mundo a imagen de nuestros deseos e ideales). Dicho más brevemente: a través del trabajo nos realizamos como seres humanos. De hecho, a menudo el drama de una persona sin trabajo no solo reside en carecer de recursos, sino en sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...

Ahora bien, Marx va a constatar que el tipo de trabajo que la nueva sociedad industrial ofrece a la mayoría, especialmente al proletariado industrial (a los obreros), no solo no permite ese desarrollo de las capacidades y relaciones humanas, sino que las debilita y destruye, convirtiendo a los seres humanos en seres "alienados".  En vez de "realización" del ser humano, lo que la moderna sociedad industrial produce es su "alienación".

El concepto de "alienación" (que Marx toma, transformándolo, de filósofos anteriores) refiere el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce a sí mismo en aquello (en el trabajo) que hace. Como, según Marx, somos lo que hacemos y nuestro hacer principal es el trabajo, si experimentamos el trabajo como algo ajeno a nosotros (porque, por ejemplo, lo hacemos mecánicamente, sin "estar en lo que hacemos"), nos convertiremos en algo ajeno o extraño a nosotros mismos, convirtiéndonos en seres "enajenados" o "alienados" ("alienado" viene de la palabra latina "alien", que significa 'ajeno, extraño, otro'...). En general, un trabajo alienante es aquel en que no ponemos el alma, que "ni nos va ni nos viene" y que, por eso, nos deja vacíos; un trabajo que, en lugar de realizarnos como a personas, nos cosifica, nos embrutece y deshumaniza (el hombre alienado no se reconoce en sí mismo, no reflexiona, se "pierde" como ser humano, se convierte en cosa -- mercancía --, en bruto...). 



¿Pero por qué le parece a Marx que el trabajo de los obreros industriales era alienante? 

En primer lugar, es alienante respecto a la naturaleza y la materia misma. El trabajo es transformación de la materia; pero el obrero se encuentra con que la misma materia prima (la naturaleza) con la que trabaja es propiedad privada de otro, una simple mercancía que se compra y se vende y a la que experimenta como algo ajeno a sí mismo.


En segundo lugar, el trabajo del obrero es alienante respecto al mismo
 proceso de transformación de la materia, en cuanto este no está diseñado o elegido por el trabajador, ni expresa, por tanto, su subjetividad o sus intereses (sino los intereses de otro, o del mero capital); o en cuanto a que, dada su naturaleza mecánica, no desarrolla las capacidades más propiamente humanas (el ingenio, la inteligencia, la creatividad...) del trabajador. 


En tercer lugar, es alienación respecto al producto del trabajo
. El trabajo genera productos, creaciones, pero estas les son arrebatadas al trabajador y son convertidas en mercancía para beneficio exclusivo del patrono. Este beneficio (la "plusvalía") va destinado a aumentar el capital, la desigualdad y la situación de alienación del trabajador. 

En cuarto lugar, con respecto al propio trabajador, que se concibe como mera mercancía, como algo cosificado (y cosificante) comprable y vendible, como una herramienta en manos del capitalista...

En quinto lugar, es alienación con respecto a la sociedad. Para Marx, las relaciones sociales son fundamentales para la construcción de la propia identidad. Lo que uno es, depende de lugar que ocupa en la sociedad (es decir, del trabajo) y de las relaciones sociales que se dan en ese lugar (en el trabajo). Pero las relaciones sociales dadas en el ámbito laboral del obrero son tan alienantes (no elegidas, cosificadas, mecánicas, impersonales...) como el trabajo, y están dominadas por la competencia y la insolidaridad. Los obreros se convierten en piezas entre otras piezas de la máquina productiva.

Todo esto convierte al trabajador industrial en alguien alienado, deshumanizado, en un extraño para sí mismoSi la Ilustración era la utopía de un mundo a la medida del ser humano, el capitalismo, en el que las personas están alienadas y ni siquiera pueden reconocerse como tales, representa su perfecta antítesis.



¿Creéis que sigue siendo pertinente el concepto marxista de alienación? ¿Pensáis que buena parte de los trabajos disponibles hoy son tan embrutecedores y deshumanizantes como lo eran en el siglo XIX? Y no me refiero solo a aquellos tan mecánicos que podrían ser perfectamente ejecutados por una máquina, sino también a aquellos otros en que la creatividad y el ingenio se ponen al servicio de objetivos insignificantes -como especular o producir cosas superfluas-, o innobles -como expoliar o engañar a la gente-? 

Fijaos que a los jóvenes que hoy buscan empleo se les suele exigir una «entrega» total a la empresa, un «darlo todo» a cambio de dinero (o de su expectativa). ¿Creéis que alguien se puede implicar humana y personalmente en labores cuyo fin primordial sea el beneficio económico (generalmente, el de otros)? 


¿Pensad ahora en vuestra situación actual como estudiantes? ¿Es o no es alienante?
No sé a vosotros, pero a mi, a veces, el instituto me parece como una fábrica, un inmenso edificio en el que, a toque de sirena, los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. Una vez situados, los obreros-alumnos se pasan el día repitiendo gestos mecánicos: haciendo como que atienden, escribiendo lo que les dictan, contestando lo que les han dicho que tienen que contestar en los exámenes. En casi ninguna de las horas, semanas y años que llevan aquí, esos obreros-alumnos eligen lo que se hace en clase, ni hacen nada que se relacione con sus verdaderos intereses y deseos. Casi ninguno de ellos se esfuerza por sí mismo, sino para contentar a otros (padres, profesores...) o para lograr las recompensas que les han enseñado a desear. La mayoría ha aprendido ya a disimular su desinterés y afrontan curso tras curso, examen tras examen, por pura disciplina ciega. Otros malviven de esa mínima ración de autenticidad que son la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... Y para colmo, entre ellos también se promueve la competencia, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quien se sienta cada quien, "para que no hablen"), la segregación por notas, o incluso por sexo, con objeto de mejorar el rendimiento (pues esos alumnos-obreros no son una excepción con respecto a otros productos del mercado: se "fabrican" para que den beneficio, para que coloquen su currículo en el mercado de trabajo)...


Pensar, por último, que el ocio que presuntamente nos "libera" de un trabajo alienante, puede ser también, para los marxistas (los seguidores de Marx se llaman "marxistas"), una actividad igualmente enajenadora y alienante. Observad -- nos dicen -- como se divierte la gente en "su" tiempo libre; un tiempo que, realmente, ni es "suyo", ni es "libre". Según algunos filósofos marxistas, las formas de diversión se nos dan (se nos venden) ya estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo menos mecánico y pasivo que en el trabajo del que trata de escapar. Según estos filósofos, el mercado del ocio y la industria del entretenimiento nos proporciona modos de evasión basados en el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...), no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Serían como "drogas" que solo procuran olvido, inconsciencia y experiencias fugaces. Y aquí también las relaciones con los otros sería básicamente instrumentales, cosificadas, sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según la ley de la oferta y la demanda... 

¿Qué pensáis, estáis de acuerdo con todo esto? 

Aquí tenéis un par de artículos publicados sobre este mismo tema (uno y dos)

Y aquí, un podcast de nuestro programa sobre el marxismo en Radio Nacional de España.


Y... la presentación de clase:


martes, 7 de abril de 2026

64. Karl Marx: el contexto histórico y filosófico

Según Karl Marx (1818-1883), en el siglo XIX los ideales de la Ilustración habían quedado sepultados bajo una capa de miseria material, política e intelectual
. A los burgueses, a quienes durante la época de las revoluciones se les llenaba la boca con las palabras “prosperidad”, “igualdad”, “libertad” y “educación”, se les olvidaron las promesas en cuanto llegaron al poder. El pueblo, que les había ayudado en la lucha feroz contra los reyes y la nobleza, no había ganado nada más que cambiar de amo...


Según Marx, la nueva economía capitalista que iba a traer, según los burgueses, prosperidad para todos y abolición de la servidumbre, no había traído más que miseria y una nueva servidumbre para la mayoría. Marx constató como miles de niños, mujeres y hombres eran brutalmente explotados en las fábricas del norte de Europa, trabajando durante todo el día en condiciones inhumanas, insalubres, con salarios de subsistencia, despedidos cuando caían enfermos o eran demasiado viejos para seguir en el tajo, mientras otros, los parados, deambulaban por las calles ignorantes de que su estado era necesario para que el gran empresario pudiera alcanzar mayores beneficios... Ahora se comprende -- decía Marx -- que las revoluciones burguesas no consistieran, para la mayoría, sino en pasar de ser siervos del señor feudal a obreros miserables a merced del patrón y el capitalista burgués. 

Durante esas mismas revoluciones, los burgueses prometieron igualdad ante la ley y gobiernos participativos, pero Marx constata también aquí que las promesas de la burguesía revolucionaria (una vez llegada al poder) se habían quedado en nada: el voto se reservó a los ciudadanos con cierto nivel de renta, los sindicatos se prohibieron, las huelgas obreras fueron duramente reprimidas por la policía...


A las revoluciones burguesas les acompañó también el movimiento cultural de la Ilustración, entre cuyos objetivos se encontraba la educación del pueblo (recordad a Kant). Pero Marx denunciaba que esa ilustración se había vuelto prácticamente imposible en las condiciones materiales en las que vivía el proletariado ("proletariado" es como llama Marx a la clase obrera). 
¿Cómo educarse y desarrollar la razón tras catorce horas de trabajo en condiciones lamentables? ¿Cómo equiparar las humildes escuelas nocturnas a las que acudían los obreros tras su extenuante jornada de trabajo con las academias de élite a las que acudían los hijos ociosos de los patronos? 

 
 En cuanto a la filosofía, esta ha estado casi siempre, según Marx, al servicio de los poderosos. Así, la mayoría de los filósofos ilustrados y de los que han venido después habían contribuido, conscientemente o no, a la justificación del Estado burgués y de su orden social y económico. Un ejemplo claro era, según Marx, el de Kant y los filósofos que continuaron tras él (como Hegel), para quienes la libertad y el progreso consistían en el perfeccionamiento de la conciencia racional, en el desarrollo del espíritu. ¡Como si el mundo estuviera hecho de espíritus e ideas, y no de condiciones materiales y de una lucha feroz por los recursos! Según Marx, las ilusiones filosóficas, casi tan pérfidas como las de la religión, habían creado una cortina de humo con la que ocultar los problemas del mundo real: aquellos que tienen que ver con la lucha de clases y la explotación de unos hombres por otros. La mayoría de los filósofos no habían reparado, en suma, en que antes de liberar y cultivar la conciencia era preciso liberar la vida y el cuerpo de las cadenas materiales que nos impiden realizaros como verdaderos seres humanos; y esas cadenas eran (y son, diría Marx hoy) las terribles condiciones económicas y sociales a las que están sometidos la mayoría de los seres humanos. 

Junto a la filosofía especulativa, la religión o las teorías económicas de los liberales ingleses, como Adam Smith y sus seductoras ideas acerca de lo beneficioso (e inevitable) del capitalismo, conforman la ideología al servicio del nuevo orden económico, social y político.

¿Qué hacer frente a todo esto?

Tan solo algunos pequeños burgueses bienintencionados, como los socialistas utópicos, habían intentado, según Marx, concebir una nueva situación, si bien de manera totalmente errónea, pues no entendían los complejos mecanismos de la máquina infernal del capitalismo. Según Marx, ni siquiera los sindicatos, pese a lo heroico de su lucha, comprendían que los problemas no desaparecían reclamando mejoras en las condiciones de trabajo, pues este, en cuanto sirve al capital y no a la realización del hombre, era intrínsecamente injusto.


Para Marx la única respuesta posible a la situación histórica de su tiempo era la lucha revolucionaria. Para él, la historia se movía según las leyes de la lucha de clases. Y lo que ayer era la lucha entre los reyes y el pueblo coaligado a la burguesía naciente, había de ser ahora la lucha del pueblo contra la clase burguesa que lo oprimía y explotaba sin misericordia. Esta lucha, ayudada por las contradicciones inherentes al propio desarrollo capitalista, habría de dar lugar, según Marx, a la ruptura con el régimen parlamentario burgués, la toma del poder por parte del proletariado y la instauración del comunismo. 


 Por todo esto es necesaria -- dice Marx - una filosofía nueva, una filosofía que atienda a la verdadera realidad, a lo que constituye el pilar de las sociedades y el motor de los cambios históricos: la economía y la lucha de clases; y una filosofía que sea capaz, además, de iluminar la práctica revolucionaria para hacer de este mundo un lugar más justo (de Marx es la célebre frase: "la filosofía se ha dedicado únicamente a explicar el mundo; cuando de lo que se trata es de transformarlo"). 

Esta nueva filosofía es la que va a producir Marx junto a su inseparable amigo Friedrich Engels. Entre sus obras más conocidas están El Capital (un extenso libro en varios volúmenes en los que se somete a análisis la economía capitalista) o el Manifiesto Comunista (un breve escrito del que procede el fragmento que aparece entre los textos orientativos PAU). 

Aquí, la famosa Internacional, el himno del comunismo internacional, para analizar la letra; y aquí un breve vídeo sobre la historia del comunismo. 

Y a continuación, la presentación de clase, en la que añadimos una breve nota biográfica: 














martes, 24 de marzo de 2026

63. EJERCICIO: SER O NO SER NIETZSCHEANO





1. Realiza un resumen personal de las principales ideas metafísicas, epistemológicas (sobre la verdad y la ciencia) y morales de Nietzsche.

2. Piensa y expón razonadamente tu opinión sobre la filosofía nietzscheana. ¿Serías nietzscheano (si tuvieras valor) o no? ¿Por qué sí o por qué no?

62. EJERCICIOS CON TEXTOS FILOSOFÍCOS 6





TEXTO

"Cómo el mundo verdadero acabó convirtiéndose en una fábula
(Historia de un error)"

1. El mundo verdadero, asequible al sabio, al piadoso, al virtuoso, -él vive en ese mundo, es ese mundo.

(La forma más antigua de la Idea, relativamente inteligente, simple, convincente. Transcripción de la tesis «yo, Platón, soy la verdad»).

2. El mundo verdadero, inasequible por ahora, pero prometido al sabio, al piadoso, al virtuoso («al pecador que hace penitencia»).

(Progreso de la Idea: ésta se vuelve más sutil, más capciosa, más inaprensible, -se convierte en una mujer, se hace cristiana...).

3. El mundo verdadero, inasequible, indemostrable, imprometible, pero ya en cuanto pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo.

(En el fondo, el viejo sol, pero visto a través de la niebla y el escepticismo; la Idea, sublimizada, pálida, nórdica, königsburguense).

4. El mundo verdadero -¿inasequible? En todo caso, inalcanzado. Y en cuanto inalcanzado, también desconocido. Por consiguiente, tampoco consolador, redentor, obligante: ¿a qué podría obligarnos algo desconocido? ... 

(Mañana gris.Primer bostezo de la razón.Canto del gallo del positivismo).

5. El «mundo verdadero» -una Idea que ya no sirve para nada, que ya ni siquiera obliga, -una Idea que se ha vuelto inútil, superflua, por consiguiente una Idea refutada: ¡eliminémosla!

(Día claro; desayuno; retorno del bon sens y de la jovialidad; rubor avergonzado de Platón; ruido endiablado de todos los espíritus libres)

6. Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿Acaso el aparente?... ¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!

(Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA)

 Nietzsche, F.: Crepúsculo de los ídolos (versión española: Madrid: Alianza Ed. 1986, pp. 51-52). 


Realiza los siguientes tres ejercicios.

1. Lee el texto y, para cada uno de los seis fragmentos invéntate una paráfrasis en la que digas lo mismo (según lo que entiendas) pero con tus propias palabras, y con un estilo lo más poético o metafórico que puedas. 

2. Vuelve a leer el párrafo 5 e intenta averiguar qué es lo que está intentando decirnos Nietzsche. ¿Por qué se dice que hay un retorno a la "jovialidad"? ¿Por qué se alude al "rubor avergonzado" de Platón?

3. Vuelve a leer el párrafo 6 y averigua qué es lo que se dice en él. ¿Por qué se afirma que se ha llegado al "final del error más largo"?






jueves, 19 de marzo de 2026

61. La deconstrucción de la tradición occidental: la moral de esclavos y la moral del superhombre.

El miedo a la vida y al mundo real no solo ha dado lugar a una metafísica del “otro mundo” (y a la fe en la ciencia que acabará con toda incertidumbre), sino también a una moral invertida y perversa, que culpabiliza todo instinto o impulso vital, y declara como “bueno” todo lo que niega la vitalidad natural del hombre. 
Una “moral de esclavos” o del “rebaño”, según la cual todo lo real es malo (el desorden, la pasión y los deseos del cuerpo, el sexo, la diferencia jerárquica entre los hombres, la competencia, la astucia y el engaño, la lucha, el egoísmo…). Y todo lo ideal (y por tanto irreal) es bueno (el orden, el dominio de la razón, la castidad, la igualdad entre los hombres, el amor desinteresado, la sinceridad, la paz, el deber y el sacrificio de los propios intereses…).

La consecuencia de esta moral antivitalista es, de nuevo, la decadencia humana, la "castración" de los instintos e impulsos vitales. 

Frente a esta moral tradicional, Nietzsche propone una nueva moral, una "moral sin moralina", una "moral de señores" (no de esclavos). Es la moral que, en su máxima expresión, representa el "superhombre" nietzscheano

El superhombre sería, en general, aquél capaz de encarnar en sí la “voluntad de poder”. Recordad que la voluntad de poder es, para Nietzsche, la fuerza ciega, irracional y creadora con que la realidad y la vida se afirman una y otra vez (en un “eterno retorno”) a sí mismas. En este sentido, el superhombre es el "hombre real", el hombre que realmente vive, el perfecto “vitalista”. ¿Y en qué consiste vivir realmente? Podríamos atrevernos a resumirlo con estas tres notas: el valor para invertir todos los valores, el poder para expresar creativamente nuestro poder en el mundo, y el amor incondicional a la vida (el amor al amor mismo). Vamos a explicarlo un poco (partiendo de la idea de que estamos haciendo una interpretación de lo que dice Nietzsche en su peculiar estilo literario).

En primer lugar, el superhombre es aquel que se rige por una moral afirmadora de la vida (una “moral de señores”), negando e invirtiendo todos los valores de la moral tradicional, para lo cual ha de tener la fuerza sobrehumana necesaria para situarse por encima de esa moral tradicional (oponiéndose a todos) y vivir de acuerdo con los "auténticos valores": la aceptación de la vida sin reservas (con su dosis de dolor e incertidumbre), la búsqueda del placer, la lucha, el egoísmo… El superhombre tiene la fortaleza para sobrellevar la entera y cruel verdad sobre la vida y el mundo…

En segundo lugar, el superhombre es aquel capaz de crear sus propios valores y su propio mundo, tal como hace un artista genuino o un dios creador, plasmando su voluntad en la realidad, haciendo de su poder ley, y de su fuerza verdad. 
El superhombre no explica ni justifica, hace y domina. Para esto ha de poseer una energía sobrehumana, la máxima libertad de espíritu, y una cualidad individual superior (el superhombre es el supremo individualista, un creador solitario, que afirma constantemente su diferencia)…

En tercer lugar, y a modo de resumen, la característica esencial del superhombre es su amor ciego e incondicional a la vida. El superhombre abandona toda fe, todo deseo de certeza y seguridad, se acostumbra a la cuerda floja de todas las posibilidades. Su sí a la vida es absoluto, sin elección ni renuncia, lo quiere todo, también el error, y el dolor. Su amor es el de la temeridad inconsciente de un niño que juega con la vida sin ningún temor, y que la ama sin distancia, sin pensar en ella...


Y ahora. ¿No os gustaría ser como superhombres? 

Aquí tenéis la presentación de clase: 


viernes, 6 de marzo de 2026

60. La deconstrucción de la tradición occidental: la ciencia y el mito positivista de la verdad objetiva.


El ansía de seguridad y previsión ha hecho que los hombres modernos (una vez arruinadas la metafísica y la religión) pongan su fe en la ciencia y en su capacidad para conocer y controlar el mundo. Esta fe positivista (el positivismo es una filosofía típica del s. XIX) se basa en mitos: el mito de la racionalidad del mundo, el mito de la verdad objetiva, el mito del progreso... Y supone otra versión del "mundo verdadero", ese con el que la cultura occidental suplanta y niega el mundo real. 


Según Nietzsche, la ciencia también es, pues, una fábula para no afrontar la verdadera naturaleza de lo real. La ciencia 
niega el mundo real al suponer que este cabe en la precisión de sus fórmulas, olvidando que la vida no está compuesta de cosas estables y aisladas a la medida de los conceptos científicos (cuya raíz está, además, en las metáforas y la imprecisa imaginación de los hombres), y que las cualidades de las cosas (la alegría, lo rojo, lo circular...) no se dejan reducir a cantidad y número. El mundo no es racional, como creen ilusoriamente muchos científicos y los filósofos positivistas.


El positivismo cree también en la objetividad de las verdades de la ciencia empírica, pero olvida que la experiencia lo es siempre de un sujeto cargado de ideas, deseos, emociones e intereses subjetivos que distorsionan su percepción y su interpretación de los hechos
(no hay hechos puros, todo lo que se observa es, según Nietzsche, cuestión de perspectiva). No hay, por tanto, una verdad científica objetiva y universal, sino "verdades" más o menos útiles para cada momento de la vida (la verdad es "la mentira más útil" en cada momento). La ciencia no es, por ello, un conocimiento superior a otros (como el arte, la religión, la filosofía), sino otra forma de clasificar las cosas con el fin de edulcorar nuestra experiencia del mundo y darnos seguridad y confianza ante una realidad que, realmente, resulta humanamente incontrolable. 

A las creencia en la estructura matemática o cuantitativa del mundo y en la verdad objetiva, el positivista añade la creencia en el progreso (creencia que es una parte o versión del mito del orden lineal e histórico del tiempo; mito proveniente de la religión cristiana y su visión del mundo como una creación de Dios dirigida hacia un apocalipsis final). Pero el "progreso" que el desarrollo científico y técnico proporciona no es, para Nietzsche, sino el desarrollo cada vez mayor de los Estados para controlar a los individuos, o de las empresas (diríamos hoy) en busca de poder y beneficio.

Y aquí tenéis la presentación de clase:


59. La deconstrucción de la tradición occidental: la "metafísica antimetafísica" de Nietzsche.


Según Nietzsche, la cultura occidental está construida sobre un inmenso error, un engaño: un castillo metafísico y religioso edificado en el aire de las ideas y las palabras para protegernos de la cruda y verdadera realidad. La historia de este error tiene más de dos mil años, y comienza, según Nietzsche, cuando los filósofos (especialmente Sócrates y Platón), incapaces de afrontar el mundo tal como es 
(cambiante, caótico, diverso, irracional, imprevisible, conflictivo…), comienzan a fabular con "otro mundo" más manejable y seguro: un mundo incorpóreo eterno, más uniforme, ordenado, racional, previsible y armonioso que, por supuesto, van a instituir como el “mundo verdadero” (y "bueno", y "justo" y apolíneamente "hermoso" frente al mundo malo, injusto y dionisíacamente feo que es este que pisamos)Según ellos, el hombre ha de dedicar su vida a este “otro” mundo ideal, sacrificando el presente y el mundo inmediato (que no serían más que “apariencias”, sombras en la oscura caverna de Platón)Este “otro” mundo ilusorio es el de las ideas platónicas, pero también el del cielo cristiano (el cristianismo es, dice Nietzsche, “platonismo para pobres”), el de la utopía social de algunos ilustrados (el socialismo como un "cristianismo laico") o el del mito positivista del progreso y el control de la naturaleza prometido por la ciencia.

Ahora bien, pese a su furiosa crítica a la metafísica clásica, Nietzsche también tiene, en cierto modo, la suya propia: una concepción (o intuición) de la realidad a la que no es fácil poner nombre (una especie de inmanentismo vitalista) y que puede intentar organizarse en torno a una serie de ideas: (1) la apariencia como realidad; (2) el nihilismo y la "muerte de Dios"; (3) la realidad como voluntad de poder; (4) el eterno retorno; (5) la vida como absoluta realidad. Vamos a verlas.


(1) La apariencia como realidad. 

Según Nietzsche, desde Parménides y Platón los filósofos se han empeñado en hacernos creer que lo real está más allá de la "apariencia". El argumento favorito de estos filósofos era que lo que se nos aparece a los sentidos es imposible de captar con la razón, pues está permanentemente cambiando, por lo que tendría que haber “otra” realidad más quietecita, eterna e inmutable, que pudiéramos conocer como la "realidad verdadera"...  Pero para Nietzsche esto no es un argumento, sino la expresión de una necesidad psicológica: la de creer que el mundo está hecho a la medida de nuestra razón. Necesidad que, a su vez, proviene de otra, aún mayor, de seguridad y control; la necesidad de creer que podemos conocer y prever los acontecimientos, para así sentirnos segurosAhora bien, el precio a pagar por esta seguridad es el de adorar una especie de cadáver exquisito (la falsa idea de un mundo racional) y el de acabar convirtiéndonos, nosotros mismos, en unos muertos en vida, incapaces de afrontar la vida real, subyugados por ideales y mitos que arruinan nuestro presente y aplazan la vida verdadera y plena a un futuro inexistente
Según Nietzsche, una vez desvelado el ardid psicológico que hay tras la negación del mundo aparente, no hay más remedio (ni más gozo) que afirmar que el único mundo que hay es ese, el que se nos aparece ante los sentidos (sin dobles, sin ningún “más allá"): un mundo que es lo que parece: un devenir continuo, cambiante, diverso, caótico, imprevisible; una guerra eterna de contrarios (como decía el viejo Heráclito), una fuerza viva y ciega que se reproduce a sí misma sin principio ni final, sin causa ni objetivo, sin otra necesidad o razón que la de existir por existir... (En todo esto, Nietzsche estuvo muy influido por el filósofo Arthur Schopenhauer).

(2) Nihilismo y muerte de Dios. 

La cultura occidental ha cambiado el mundo y la vida real por un mundo de ideas inmutables, conceptos racionales, creencias religiosas y valores morales que no son nada más que ilusiones.
 A esta nada, dice Nietzsche, le hemos sacrificado todo: el mundo real, el presente, el disfrute del cuerpo, toda nuestra vitalidad y pasiones. Pero en la época contemporánea, dice nuestro filósofo, todas aquellas 
ilusiones metafísicas y religiosas (el Ser ideal, la Verdad objetiva, la Bondad cristiana, la Belleza racional...) han empezado a revelarse como la nada que son: la gente se ha vuelto escéptica no solo con respecto a la metafísica y la religión (desvirtuadas por la ciencia moderna), sino incluso con la propia ciencia y la posibilidad de una verdad objetiva (crece por doquier el relativismo, también el relativismo moral). En la sociedad
burguesa, concluye Nietzsche, no hay más realidad, verdad y valor absoluto que el dinero... De ahí que, según él, vivamos en 
una época nihilista (“nihil” significa en latín “nada”) en la que "Dios (que simboliza, para Nietzsche, la Realidad, la Verdad y el Bien absolutos) ha muerto"; no solo porque los hombres hayan descubierto que esas ideas, verdades y valores absolutos en los que creían eran nada, sino también porque lo han cambiado por esa otra nada que es el dinero. El dinero es una nada aún más abstracta y muerta que los "ídolos" (la Realidad, la Verdad...) asesinados por él, pues, una vez que el propio dinero ha acabado con todo, no es más que un medio para nada. El dinero ha sometido la moral al mercado, relativizándola y, así, ha acabado con la sociedad; pero la sociedad, antes de arruinarse, ha acabado con el mito de la verdad objetiva y científica, mostrándola como una convención humana dependiente de intereses y perspectivas sociales; y la ciencia a su vez, antes de hundirse, ha podido acabar con la religión y la metafísica; así que, realmente, no ha quedado nada -bueno, verdadero, relevante- que de valor a esa moneda o medida abstracta que es el dinero.
C
onsumido así en la certeza del nihilismo, el hombre contemporáneo (al que Nietzsche llama a veces "el último hombre") en un ser decadente y pasivo, sin energía vital, apoltronado entre sus mercancías y poseído por una "voluntad de nada" que le conduce a la autodisolución


(3) La realidad es voluntad de poder.

Si esa grandiosa energía en movimiento que es realmente la realidad tuviera voz y conciencia (digamos, en broma, que su voz y conciencia serían las de Nietzsche), y le preguntáramos que por qué hace todo lo que hace, su respuesta sería esta: porque quiero
Y si le preguntáramos que por qué quiere respondería: porque sí, porque quiero y puedo, y basta… 

La raíz última de la realidad es
, así, pura voluntad, puro querer, sin otra causa o fin que sí mismo: querer por querer; puro poder ciego; voluntad de poder (justo lo contrario de la "voluntad de nada" a que puede abocar el nihilismo)… 
No es extraño que algunos nazis sintieran atracción por este aspecto del pensamiento nietzscheano, aunque hay que añadir que Nietzsche no hubiera sentido lo mismo -- más bien todo lo contrario -- por ese rebaño de esclavos amantes del folklore patrio y del “querido líder” que eran los nazis. 

(4) La realidad es eterno retorno.

Ahora bien, si la realidad es pura voluntad de actuar, sin otra causa o fin que sí misma, sin principio ni final, en una eterna lucha de contrarios que se alternan, su devenir (su desarrollo) ha de ser circular, infinito, eterno... El tiempo lineal al que estamos acostumbrados, en el que se pasa de lo viejo a lo nuevo, en que se progresa desde este mundo al “otro” mejor y más verdadero, y en que siempre se interpreta el presente como medio para el fin futuro… Todo ese tiempo de la historia es falso. ¿Por qué, si no, nunca vemos llegar ese supuesto “fin”?.. 

No hay más cera, pues, que la que arde en ese eterno fuego que constantemente se apaga y se enciende al que llamamos mundo. Todo vuelve a suceder siempre igual. Eso es la realidad: una eterna danza circular. Un presente infinito que hay que aceptar con infinito amor y ante el que no cabe arrepentimiento alguno, pues en él todo está siempre volviendo a pasar... (
Esta es otra forma, más divertida, de decirlo...)



(5) Vitalismo: la vida como absoluta realidad.

Para Nietzsche, lo más real es la Vida, la vida concreta, individual y presente de cada cual. La vida como parte de ese estallido ciego, sin sentido, que es el mundo. Esta concepción vitalista e irracionalista de la realidad ha sido opacada constantemente por la metafísica clásica y la religión cristiana, que han provocado que los hombres hayan perdido su capacidad para gozar y vivir el presente, y que vivan  acobardados, subyugados por ideales y mitos que aplazan y sitúan la vida verdadera y plena en un futuro inexistente. 


Y aquí la presentación de clase: