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miércoles, 17 de febrero de 2021

El contractualismo: la teoría política moderna.


Los hombres del medioevo (y de gran parte de la época moderna) solían creer que su mala ventura y sus discordias eran fruto de su naturaleza manchada por el pecado, y que solo un poder exterior a ellos podía salvarlos del desorden y la violencia. En aquella época el poder de los reyes, los señores y los clérigos, era grande y misterioso. Los hombres confiaban en ellos porque su poder provenía de Dios, que por su gracia y providencia los había señalado para gobernar a su rebaño. Así, Dios había cedido su divina soberanía a los señores (nobles y clérigos) que, por su superior valor y virtud, tenían la competencia para gobernar sobre los cuerpos y las almas de sus vasallos (es decir, sobre la vida, los bienes y la libertad de la mayoría). Sobre todos esos señores sobresalían a su vez reyes, emperadores y papas, cuyo poder era (al menos, en teoría) la expresión del poder omnímodo del mismo Dios. El ejemplo más majestuoso de esta doctrina política, típica del “antiguo régimen”, es el de los reyes absolutos de la Europa moderna, como aquel famoso rey francés, Luis XIV, del que dicen que dijo: “el Estado soy yo”.


Pero desde el siglo XVII, y frente a esta teoría política tradicional (y también frente al pragmatismo y "realismo" político de autores como Nicolás Maquiavelo), algunos pensadores, como Thomas Hobbes y, sobre todo, John Locke y, más tarde (en el siglo XVIII), Jean-Jacques Rousseau, comienzan a confabular una nueva doctrina política. Pensaban estos intelectuales que los hombres eran, en efecto, imperfectos por naturaleza y necesitados, por tanto, de ley y de gobierno para asegurar la paz y la justicia (hasta el bueno de Rousseau pensaba que su “buen salvaje” podía verse corrompido por la ambición y la violencia). Pero a diferencia de lo que era habitual creer, estos filósofos pensaban que el hombre podía perfeccionarse por sí mismo, con ayuda de su razón. Y así, en lugar de entregarse confiado al poder salvador de Dios y del rey, erigirse en soberano autónomo, en rey de sí mismo.

 Nace entonces la idea de soberanía individual: el poder legítimo reside, por naturaleza y razón, en la voluntad de los individuos. La ley es legítima si los individuos racionalmente la aprueban. ¿Y qué leyes son esas que suscitan la aprobación racional o "natural" de los individuos? Para los filósofos políticos modernos van a ser muy pocas, aunque muy importantes, porque van a convertirse en la fuente de legitimidad del derecho (es decir, del resto de las leyes), y son la simiente de lo que más tarde llamaremos "Derechos Humanos". Estas leyes o derechos fundamentales serán: el derecho a la vida, a la libertad, a la igualdad y, según algunos (pero no todos), el derecho a la propiedad.  

Ahora bien, la misma razón que reconoce este poder y derecho natural-racional en la mayoría de los individuos (no en todos, al menos al principio: las mujeres o las personas de otras razas o etnias van a quedar fuera de ese reconocimiento inicial), reconoce también la posibilidad del conflicto entre los derechos de unos y de otros, de ahí que arbitre la siguiente solución. Todos los miembros activos de la sociedad, reunidos como pueblo (soberanía popular) decidirán constituir unas leyes básicas y un sistema político (una constitución se llama a veces) que sirvan para resolver, con justicia, los conflictos de interés entre los derechos naturales de las personas, y que serán válidas en tanto el pueblo así lo mantenga. A continuación, todos los individuos se comprometerán a cumplir esas "reglas de juego" y obedecer al gobierno que las administre, cediéndoles parte de su poder y libertad individual, en vistas al bien común. Este compromiso es un “contrato” (figurado) de todos los individuos entre sí, voluntariamente suscrito, que los convierte en ciudadanos del Estado creado por ellos mismos y al que ellos libremente se someten. 
Pero también, más adelante, es un compromiso o contrato entre los ciudadanos y los gobernantes, que ya nunca podrán gozar de un poder absoluto, sino limitado por las leyes básicas establecidas, el respaldo del pueblo, y los derechos naturales individuales cuya salvaguarda es la justificación última de todo poder político. Hasta el punto, esto último, de que, según Locke y otros, los ciudadanos tienen derecho a rebelarse y deponer por cualquier medio al gobierno que no cumple… con el contrato.

Así pues, la teoría política moderna establece estos niveles de soberanía o poder legítimo de las leyes y el gobierno:

(1) La razón. El poder de una ley es legítimo si está basado en la razón.
(2) Los derechos naturales individuales. El poder de una ley es legítimo si es expresión o está al servicio de las leyes o derechos naturales individuales que dictamina la razón; es decir, las Leyes que obligan a respetar la vida, la libertad, la igualdad y, no sin discusión, la propiedad, de cada persona.
(3) La soberanía popular. El poder de una ley es legítimo si es expresión de la voluntad de la mayoría, siempre que ésta no atente contra los derechos naturales individuales.  
(4) Las leyes fundamentales y el sistema político (Constitución). El poder de la ley es legítimo si emana de las leyes que hemos convenido (Constitución) y que nos hemos comprometido (contrato social) a cumplir y hacer cumplir de acuerdo con la voluntad mayoritaria (soberanía popular).
(5) El gobierno representativo. El poder de una ley es legítimo si lo ejerce el gobierno que, por contrato (electoral) nos representa, y siempre que este cumpla con sus compromisos y respete las leyes fundamentales (Constitución).

Como habréis adivinado, la teoría contractualista es el origen de la teoría democrática moderna. ¿Qué os parece? ¿Le encontráis alguna pega? ¿Creéis que hay algún sistema político mejor?









lunes, 15 de febrero de 2021

¿Pueden los ciegos conocer el color azul? El debate entre empiristas y racionalistas.


Los micrófonos ocultos de la Caverna captaron hace poco esta conversación entre un Empirista (E) y un Racionalista (R). A ver que os parece.

E: ¡Los datos, los hechos, el experimento bien hecho! Gracias a todo eso el conocimiento ha avanzado a pasos de gigante desde la revolución científica del XVII hasta nuestros días.
R: Es decir, que las ideas verdaderas son las que se corresponden con los datos, vamos, con lo que vemos.
E: Básicamente sí. En la ciencia también se razona y se deduce, pero la piedra de toque para verificar una teoría científica es que sus predicciones se correspondan con los datos observables. Es decir, que el astrónomo (por dar un ejemplo) diga que tal cometa va a pasar por el cielo tal día a tal hora y… ¡pase!
R: ¿Y cómo estás tan seguro de que esta concepción empirista de la verdad es la verdadera?
E: No te entiendo.
R: Sí. Tú dices que lo verdadero es lo que coincide con lo que ves. ¿Pero cómo sabes que esto mismo es cierto? ¿Por qué crees que sólo es creíble lo que ves? ¿Ves también eso? ¿Se ha demostrado con algún experimento que los experimentos son la forma adecuada de averiguar la verdad?
E: No es necesario. Tú, como yo, aceptamos que la verdad es la correspondencia de nuestros pensamientos con la realidad. Y la realidad es este mundo que vemos. ¡Es de sentido común!
R: Bueno, eso que tú llamas de sentido común yo lo considero, más bien, una teoría sobre la realidad. Y no hay que aceptarla sin más. Pero dejemos ahora eso. ¿Qué ocurre con las verdades matemáticas o lógicas, como que dos más dos son cuatro? ¿También estas verdades dependen de la experiencia, de lo que vemos o experimentamos?
E: Este es un asunto complejo. Pero yo diría que sí. Los conceptos matemáticos son una generalización a partir de nuestra experiencia con las cosas físicas. Percibimos cosas distintas pero a la vez similares (por ejemplo, distintos árboles o pájaros), y de ahí obtenemos el concepto de cantidad o número: dos árboles, tres pájaros… Y con la geometría igual: dicen los historiadores que nació en Egipto y Babilonia, por la necesidad que tenían allí de medir con exactitud las parcelas agrícolas… Todo conocimiento es "a posteriori", posterior a la experiencia.
R: No sé qué pensar. Todas las verdades que surgen de la experiencia son probables.
E: ¿Cómo probables?
R: Sí. Dependen de lo que observamos en el mundo físico, ¿no? Pero el mundo físico es cambiante, por lo que ninguna verdad será para siempre verdadera. Sólo podremos decir que, de momento, las cosas ocurren así, pero: ¿Y mañana?...
E: Cierto. Todas las verdades son probables.
R: Incluso la verdad de que toda verdad es probable debería ser, según tú, probable, y también ésta última, y ésta, y… ¿Hasta que el conocimiento sea absolutamente improbable?...
E: Eso me parece una exageración sin fundamento empírico.
R: Tal vez. ¿Pero de veras crees que las verdades matemáticas son sólo probables? ¿Sería posible concebir o imaginar un mundo en que dos más dos fueran cinco?... Por otra parte, dices que aprendemos los números a partir de la experiencia de ver cosas distintas y a la vez similares. Dejando el tema de cómo algo puede ser distinto y a la vez similar, ¿no te parece que para ver cosas, dos o tres o las que sean, hace falta ya conocer de alguna manera los números?
E: ¿De qué manera? ¿Insinúas que los bebés vienen al mundo sabiendo ya aritmética? Eso me parece ridículo. Nacemos sin saber nada, y menos aún matemáticas. ¡Con lo difíciles que son!
R: Eso también me resulta difícil de creer. Si los bebes nacieran sin ninguna capacidad lógica, ¿podrían aprender algo? ¿Podrían entender la más mínima instrucción que se les diera? ¿Podríamos aprender algo a partir de cero?

E: Creo que tienes razón. Pero eso no obliga a asumir que sepamos matemáticas al nacer, ni que vengamos con “ideas innatas” al mundo. Simplemente, el cerebro humano cuenta con ciertos mecanismos con los que procesar la información desde que empieza a recibirla.
R: ¿Es entonces la lógica una especie de mecanismo cerebral?
E: Digamos que el cerebro funciona de cierta forma, y a eso luego le llamamos "lógica".
R: Que funciona de cierta forma quiere decir que funciona según la lógica (la llamemos como la llamemos). ¡Pero me cuesta trabajo creer que las leyes lógicas estén ahí, entre las neuronas, obligándolas a comportarse de cierta forma!
E: Eso es una caricatura, me temo. Hace falta estar muy puesto en psiconeurología para discutir de esto.
R: Vale. Pasemos a otro tema. Si la verdad depende de lo que veo, la verdad sólo será mi verdad. Pues mis visiones o experiencias sensoriales son personales e intransferibles. El conocimiento empírico sería así, además de probable, muy subjetivo. ¿No crees?
E: No, no creo. Una observación empírica no es lo que ve un sujeto cualquiera, sino lo que ve un grupo de expertos, que se aseguran de estar viendo lo mismo.
R: ¿Y cómo se aseguran de eso? ¿Puedo yo meterme en tu mente para saber que estas viendo lo mismo que yo?
E: No, claro. Basta con que describamos todos con exactitud lo que vemos.
R: O sea, que al final la verdad no es la correspondencia con lo que se ve, sino con lo que interpreta un grupo de expertos que se ve.
E: Claro.
R: ¿Pero cómo sabremos si su interpretación es correcta?
E: Porque son expertos en su ciencia. Saben mucho.
R: Pero yo creía que decías que el saber depende del ver. Y ahora me dices que el ver depende del saber. Esto del empirismo no es nada fácil.
E: Saber y ver dependen uno del otro.
R: Ya. ¿Pero son igual de importantes? ¿Se puede ver sin saber? ¿Podríamos ver algo de lo que no tuviéramos ni idea?...
E: Habría que pensarlo. Seguramente no.
R: Sí, mejor pensarlo que verlo. Yo creo que es imposible ver algo de lo que no tengamos ideas previas.
E: ¿Volvemos a las ideas innatas y los bebes sabios?
R:… Y por otra parte, creo que se pueden saber muchas cosas sin verlas, y ni tan siquiera imaginarlas, como las ideas matemáticas. Es más, estaría dispuesto a plantear que incluso un ciego de nacimiento podría saber perfectamente lo que es el color azul…
E: ¡Imposible! Por mucha física de los colores que supiera, no se puede saber del todo lo que es el azul si uno carece de vista.
R: ¿Quieres decir que hay cosas que no se pueden entender sin verlas?
E: Pues sí.
R: ¿Y que, por tanto, entender y ver son cosas distintas o, si quieres, partes distintas del conocimiento?
E: Sí.
R: Entonces ver no es entender, o, si quieres, ver es una forma de conocer que no tiene que ver con la inteligencia y las ideas.
E: Así es.
R: ¿Y no te parece que esto desdice lo que decíamos antes: que no se puede ver nada si no es a partir de ciertas ideas e interpretaciones?

1. Resume los principales argumentos de E contra R.
2. Resume los principales argumentos de R contra E.
3. ¿Qué opináis vosotros: sabemos según lo que vemos, o vemos según lo que sabemos?
4. ¿Podría un ciego de nacimiento, que contara con una teoría perfecta acerca de los colores, saber igual o mejor que nosotros lo que es el color azul?

domingo, 14 de febrero de 2021

El empirismo, o de cómo reducir todo conocimiento a impresiones.


El empirismo es la teoría del conocimiento opuesta al racionalismo (aunque tanto en el empirismo como en el racionalismo hay posturas moderadas que intentan conciliar ambos extremos). En la modernidad, el empirismo está representado por autores como Locke, Berkeley y, sobre todo, David Hume.

El empirismo sostiene que conocer algo (sea lo que sea) consiste en observarlo, describirlo y recopilar los datos suficientes para hacer predicciones correctas sobre tal cosa. Por ejemplo, conocer un cuerpo celeste consistirá en observarlo con todo detalle, describir sus propiedades y acumular datos para, con ayuda de ciertos cálculos, poder predecir sus futuros movimientos. Naturalmente, esto supone creer que la realidad es, en general, una suma de fenómenos físicos todos ellos observables (o una suma de impresiones sensibles experimentables en la mente, diría el empirista más idealista). Si las matemáticas representaban el modelo de conocimiento para los racionalistas, para los empiristas este modelo es el de la ciencia experimental. 

Los empiristas más radicales afirman que todo lo que es real (o todo lo que se nos impone en la mente como tal) se puede describir en términos de propiedades sensibles simples como colores, figuras, etc. (o en términos de impresiones psíquicas de color, forma, etc.). En el origen de cualquier contenido mental hay una o más impresiones simples. Incluso las ideas matemáticas y filosóficas más alejadas del mundo sensible provienen de alguna manera de él. Así --diría un empirista--, si yo no hubiera tenido ciertas sensaciones distintas y experimentado las relaciones entre ellas, no podría haber llegado a pensar que “dos más dos son cuatro”. Si el racionalismo pretendía reducir todo conocimiento a matemáticas, el empirismo pretende reducirlo todo a la psicología del conocimiento.

El origen del conocimiento está, pues, en las impresiones sensibles que se imponen en mi mente con fuerza tal que mi voluntad no es capaz de modificarlas (por mucho que me empeño no dejo de percibir mis manos, o de percibirlas blancas en lugar de azules). Tales impresiones carecen de necesidad lógica y se transforman continuamente, pero su existencia parece indudable, dado que se me imponen quiera yo o no quiera. Estas impresiones deben ser, así, el criterio último de verdad. Además, dada su variabilidad e inconstancia, su existencia en la mente responde a una experiencia temporal (no son algo innato e invariable en la mente). Todo conocimiento lo es, así, "a posteriori" o por experiencia (antes de toda experiencia la mente es una “tabula rasa” o tablilla sin inscribir).

Dada la experiencia de estas impresiones simples, el resto del conocimiento se construye por reglas o, mejor, hábitos psicológicos (agrupación por semejanza y contigüidad, atribución de causas y efectos, generalización a partir de impresiones similares repetidas, etc.). Así, una vez se me imponen ciertas impresiones de color, forma, etc. (rojo, verde, ciertas figuras), por el hábito de agrupar lo semejante y lo contiguo en espacio y tiempo, formo con esas impresiones la percepción, por ejemplo, de una rosa. Esa percepción genera, además, una imagen en mi memoria que, al ser comparada con imágenes parecidas (de otras rosas), da lugar a una imagen esquemática o general de “rosa” (aquí estaría el origen de los conceptos, según algunos empiristas). De otro lado, por reiteración de ciertas impresiones complejas (del tipo “rosas creciendo en lugares de clima templado” y “ausencia de rosas en lugares fríos”) puedo construir conocimientos del tipo “las rosas solo crecen en lugares de clima templado”. A este tipo de “hábito de generalización” se le llama “inducción”. Como, además, mi mente tiene el hábito de interpretar la sucesión de impresiones como si unas fueran la causa de las otras, podría llegar a la conclusión de que el “clima templado” es una causa de que “crezcan las rosas”. 

Como veis, el idealismo parece arraigar más en el empirismo que en el racionalismo. En este la necesidad lógica, “eternidad” y “perfección” de ciertas ideas nos obliga a “salir” de la mente y creer en algo externo (aunque esto no sea directamente el mundo físico, sino tal vez un Dios eterno y perfecto). Pero en el empirismo las impresiones son tan variables como el pensamiento mismo, y todo lo que conocemos es combinación de impresiones según leyes o hábitos psicológicos, por lo que: ¿qué motivos tenemos para creer que existe algo distinto de la mente? El idealismo de los empiristas se vuelve completo escepticismo cuando alguno de ellos (como Hume) pone en duda la misma mente, pues (dice), ¿tenemos alguna impresión de la mente en sí como algo distinto de la serie de impresiones en que consiste nuestra experiencia? La respuesta es “no”, la idea de “mente” no tiene respaldo empírico, a lo sumo podría responde a un hábito (como la idea de “causa”, o de “cosa”, que no son impresiones, sino fruto de ciertas costumbres de nuestra mente a la hora de unir las impresiones).


¿Qué podemos objetar al empirismo?  La primera crítica se dirige a su propia justificación como teoría. La teoría racionalista de que toda verdad lo es por lógica podría intentar justificarse de modo lógico (aunque esto supusiera incurrir en un cierto “círculo vicioso”), pero el empirismo ni siquiera admite justificación circular, pues, ¿a qué impresión o experiencia, o asociación de las mismas, se corresponde el propio empirismo?... 

Otra crítica alude a la imposibilidad de explicar empíricamente las verdades lógicas y matemáticas (¿podría basarse la necesidad y eternidad de estas verdades en la contingencia y fugacidad de las impresiones?). 

Además: ¿cómo podríamos entender la más mínima experiencia sin ideas previas de carácter lógico (tal como la idea de identidad, las de relaciones todo/parte, etc,)? ¿Podría una mente empezar siendo una “tabula rasa” y aprender algo “desde cero”? ¿Cómo justifica el empirista las “reglas” psicológicas de asociación o inducción, que parecen estables y distintas, así, de las impresiones?... 

Una crítica fundamental al empirismo es que, llevado a sus últimas consecuencias, conduce al escepticismo más absoluto. Si toda verdad está fundada en las impresiones sensibles del sujeto, toda verdad será fugaz y subjetiva (es decir, nada será verdad, pues cierto grado de constancia y objetividad es requisito básico de una verdad). En cuanto a la falta de objetividad de las impresiones, de poco sirve acudir al principio de “inter-subjetividad” (todos "vemos" lo mismo), pues ¿qué sé yo de las impresiones de otras mentes? Solo sé por lo que me dicen de ellas, pero entonces el conocimiento “objetivo” sería cuestión de interpretaciones y "palabras", no de impresiones. 

Finalmente, el principio (lógico-psicológico) de inducción solo puede proporcionarme verdades probables (por muchas experiencias similares que acumule sobre rosas en climas templados, nunca podré decir con seguridad que no pueda florecer una rosa en el polo) y, por supuesto, no menos subjetivas (pues toda inducción se funda en la reiteración de mis propias impresiones)…

¿Y ahora qué? ¿Encontráis alguna objeción a estas objeciones? ¿Sois racionalistas o empiristas (o ni una cosa ni otra, sino todo lo contrario)?




sábado, 13 de febrero de 2021

El racionalismo, o de cómo conocerlo todo al modo matemático.

El racionalismo es una teoría sobre el conocimiento defendida por muchos filósofos, desde los griegos hasta hoy. En la modernidad el racionalismo está representado por autores como Descartes, Spinoza, Leibniz o Wolff, entre otros.

El racionalismo sostiene que conocer algo (sea lo que sea) consiste en poder explicar las razones por las que ese algo es lo que es. Naturalmente esto supone creer que la realidad tiene una “estructura” racional y que todo ocurre por alguna razón ("el mundo es matemático", como dicen a menudo), pues si no supusiéramos una cierta simetría entre la forma (racional) de la realidad y nuestra forma (racional) de explicarla, ¿podríamos conocer (racionalmente) algo? 

Los racionalistas más radicales piensan que, por principio, todo se puede explicar con la razón, al modo matemático, partiendo de ciertas verdades evidentes y deduciendo de ellas todas las demás. Leibniz incluye en ese todo a los hechos particulares (por ejemplo, que Cesar cruzara un día el río Rubicón o que yo me haya levantado hoy a determinada hora). Spinoza escribió una “Ética demostrada al modo geométrico” en la que cada pensamiento sobre lo bueno y lo malo había de demostrarse como un teorema matemático. Todo esto refleja el ideal, típicamente moderno, de la “mathesis universalis” (un saber matemático que lo explicase todo de forma clara e indudable).

El origen del conocimiento ha de estar, pues, en ciertas ideas intuidas como evidentes a la luz de la razón. Que sean tan evidentes quiere decir que es imposible ponerlas en duda sin incurrir en una contradicción o absurdo lógico (son lógicamente necesarias). Candidatas a este lugar de privilegio (como pilares del edificio del conocimiento deductivo) son el cógito cartesiano (el “pienso luego existo”), el principio de identidad  (toda cosa es igual a sí misma) y de no contradicción (ninguna cosa puede tener propiedades opuestas al mismo tiempo y en el mismo sentido), el principio de razón suficiente (todo ocurre por alguna razón) y el de causalidad (todo tiene una causa), además de las ideas lógicas y matemáticas más simples. Dado que la verdad de todas estas ideas parece necesaria y eterna (no cambia nunca), y las cosas de este mundo son contingentes y temporales (cambian constantemente), aquellas ideas eternas no pueden haberse obtenido de la experiencia en este mundo, sino que han de descubrirse en la propia mente, como ideas innatas.

Una vez se han descubierto esas pocas ideas evidentísimas a la razón, el resto consiste en deducir, según las leyes de la razón (las reglas lógicas), el resto de las ideas o pensamientos verdaderos sobre la realidad. Así, del mismo modo que un físico matemático deduce la idea de movimiento curvo a partir de las ideas de movimiento rectilíneo y de fuerza, un filósofo deducirá la idea de Dios a partir de las ideas de perfección y de causa. De este modo (matemático) una mente omnisciente podría deducirlo todo “a priori”, es decir: usando solo el pensamiento y sin contar con la experiencia. Podría incluso deducir que “yo estoy escribiendo esto ahora”, sin verme, simplemente conociendo mi esencia o definición, así como la de todas las variables que me afectan, y empleando adecuadamente las reglas deductivas. Naturalmente –repara Leibniz— esto no es posible para una mente limitada como la nuestra, por lo que nosotros, los humanos, necesitamos siempre un cierto conocimiento por experiencia (“a posteriori”) si queremos saber lo que ocurre concretamente en el mundo (aunque no para el conocimiento de las matemáticas o la filosofía).


El racionalismo ha recibido muchas críticas. Muchas de ellas se refieren a la creencia en el innatismo de las ideas. ¿Cómo puede tener la mente ideas antes de ninguna experiencia del mundo?... Los racionalistas responden que sin estas ideas no sería posible ni la más mínima experiencia; no se puede aprender “de cero”. De otro lado, ¿cómo puede albergar la mente limitada de un ser humano la idea de perfección o de infinitud? ¿O cómo la mente, siendo una realidad de carácter temporal, puede descubrir verdades supuestamente necesarias y eternas? Esto va a llevar a algunos racionalistas a postular la necesidad de un Ser perfecto o Dios que nos haya “instalado” esas ideas y verdades en la mente antes de toda experiencia, pues ni la experiencia del mundo físico, ni la propia mente en sí, podrían justificar por sí solas que tengamos esas ideas.

 Otra objeción corriente es esta: si todo conocimiento es posible “a priori” (ya que las ideas fundamentales y las reglas lógicas son innatas), ¿cómo es que no lo sabemos ya todo al nacer?... La respuesta del racionalista suele ser que, dada la imperfección de nuestra mente, el conocimiento requiere de la experiencia para empezar a “actualizar” o desarrollar su saber innato –esto recuerda a la teoría de la reminiscencia de Platón—. 


Otra problema es que, a menudo, dos o más teorías parecen igualmente lógicas o consistentes, aunque expliquen una misma cosa de forma distinta (por ejemplo dos teorías sobre el movimiento de los astros, o sobre la naturaleza de la luz), por lo que, suponiendo que la verdad es una, hará falta recurrir a la experiencia para dilucidar cuál de ellas es la verdadera... El racionalista suele responder a esto que dos teorías no pueden ser exactamente iguales desde un punto de vista lógico y que, incluso en ese caso, el principio de unidad o simplicidad --una teoría es más verdadera si explica los mismos fenómenos de manera más simple que su contraria-- es el que debe resolver la cuestión.





lunes, 19 de octubre de 2020

El intelectualismo moral.



Una de las teorías éticas más interesante (y minoritaria) es el intelectualismo moral (asociado tradicionalmente a filósofos antiguos como Sócrates y Platón). Su tesis principal es que para ser bueno lo único que hace falta es ser sabio. Solo el que sabe qué es lo buenopuede hacer el bien; basta con saber qué es lo bueno para quererlo y hacerlo. Esta tesis implica supuestos y consecuencias muy polémicas. Veamos.

1. LA MORAL ES UNA CIENCIA, Y ES CUESTIÓN DE EXPERTOS. Según el intelectualismo moral, lo bueno es lo que determina la razón (no el instinto, ni la emoción, ni la simple voluntad). Es posible, pues, un saber racional de lo bueno y lo malo. Las "verdades morales" son universales y válidas para todos, tal como las verdades científicas. Además, dado que la ética es una ciencia, no todo el mundo está capacitado para entender y resolver problemas morales (ni siquiera aquellos problemas que afectan a uno mismo). Son los expertos los que deben decidir sobre la bondad o conveniencia de las acciones. Del mismo modo, los asuntos de la política (qué leyes, qué forma de gobierno, etc., son justas) deben ser resueltos por expertos o sabios, y no, por ejemplo, por imposición de la mayoría (como ocurre en democracia)...

2. LA DISCIPLINA Y EL ESFUERZO SON INNECESARIOS. Si la razón nos dice que algo es bueno, querremos hacerlo, y lo haremos sin esfuerzo (o sin darnos cuenta de que nos esforzamos, como cuando hacemos algo que nos interesa mucho). Si, por ejemplo, la razón nos dice que estudiar idiomas o hacer deporte son buenos para nosotros, lo deberíamos hacer sin mayor esfuerzo. Si hace falta disciplina o “fuerza de voluntad” esto es señal inequívoca de que no tenemos claro que lo que hacemos sea realmente bueno para nosotros.

3. NADIE HACE EL MAL INTENCIONADAMENTE. LOS “MALOS” NO SON MALOS, SINO IGNORANTES. Todo el mundo actúa siempre bajo la creencia de que lo que hace es lo mejor que puede hacer, dadas las circunstancias. Nadie hace el mal a sabiendas. Incluso el que roba, mata o perjudica a los demás es porque cree que eso es lo mejor que puede hacer (que lo "bueno" es lo que conviene a sus intereses, aunque eso signifique fastidiar a los otros). Nadie es, pues, culpable de nada. Todos creen comportarse lo mejor posible (hasta Hitler creía estar haciendo un bien a sí mismo, a Alemania, a la humanidad entera). Otra cosa es que se sea ignorante y se esté equivocado, y que lo que uno cree que es un bien no lo sea. Pero entonces los "malos" no son malos, sino solo ignorantes. Y lo que hay que hacer con ellos es convencerles de que están equivocados, es decir, EDUCARLES, no CASTIGARLES o vengarse de ellos. Así, lo que hace falta para que reine la justicia no son policías ni cárceles, sino profesores (que no parezcan policías) y centros educativos (que no parezcan cárceles). El ser humano es un ser racional, no un animal irracional al que se pueda "educar" con premios y castigos (en lugar de con razones).

4. SÓLO EL SABIO ES DE VERDAD FELIZ. La felicidad no es cosa de tontos o inconscientes, como se cree a veces. Sólo el que ejercita su razón buscando el conocimiento estará en condiciones de conocerse y conocer lo que realmente le conviene. Y solo este podrá adoptar las decisiones más acertadas para encaminarse a la felicidad y "triunfar" en la vida.


5. ES MEJOR SUFRIR UN MAL A COMETERLO. Si por ejemplo consideramos que torturar es malo, es mejor que te torturen a que seas tú el torturador. Si abandonar a un ser querido es malo, es mejor que te abandonen a que seas tú el que abandones a alguien. Si insultar es malo... (etc.). La razón es que si te torturan, abandonan, insultan, etc., solo sufre tu cuerpo, solo te sientes mal (sufres emotivamente). Pero si eres tú el que torturas, abandonas, insultas, etc., tu acción implica a TODA TU ALMA, sobre todo a tu voluntad y tu razón, que son la parte más importante de ti.

¿Qué os parece esta teoría? ¿Le encontráis alguna pega? ¿Por qué creéis que es tan minoritaria?

viernes, 1 de mayo de 2020

¿Quién es el superhombre nietzscheano?

Paradójicamente, y aun toda su crítica a la moral, el “superhombre” representa un modelo moral, el de una moral amoral, o una “moral sin moralina”, dice Nietzsche, pero una moral al fin y al cabo.

El superhombre es, en general, aquél que encarna en sí la “voluntad de poder”. La voluntad de poder es, para Nietzsche, la fuerza ciega, irracional y creadora con que la Realidad y la Vida se afirman una y otra vez (en un “eterno retorno”) a sí mismas. En este sentido, el superhombre es el hombre real, el hombre que realmente vive, el perfecto “vitalista”. ¿Y en qué consiste esto? Podríamos atrevernos a resumirlo con estas tres notas: el valor para invertir todos los valores, el poder para expresar creativamente su poder en el mundo, y el amor incondicional a la vida (el amor al amor mismo).  

En primer lugar, el superhombre es aquel que se rige por una moral afirmadora de la vida (una “moral de señores”), negando e invirtiendo todos los valores de la moral tradicional. Para esto ha de tener la fuerza sobrehumana necesaria para situarse por encima de esa moral tradicional (oponiéndose a todos) y vivir de acuerdo con los "auténticos valores": la aceptación de la vida sin reservas (con su dosis de dolor e incertidumbre), la búsqueda del placer, la lucha, el egoísmo… El superhombre tiene la fortaleza para sobrellevar la entera y cruel verdad sobre la vida y el mundo…

En segundo lugar, el superhombre es aquel capaz de crear sus propios valores y su propio mundo, tal como hace un artista genuino o un dios creador, plasmando su voluntad en la realidad, haciendo de su poder ley, y de su fuerza verdad. 
El superhombre no explica ni justifica, hace y domina. Para esto ha de poseer una energía sobrehumana, la máxima libertad de espíritu, y una cualidad individual superior (el superhombre es el supremo individualista, un creador solitario, que afirma constantemente su diferencia)…

En tercer lugar, y a modo de resumen, la característica esencial del superhombre es su amor ciego e incondicional a la vida. El superhombre abandona toda fe, todo deseo de certeza y seguridad, se acostumbra a la cuerda floja de todas las posibilidades. Su sí a la vida es absoluto, sin elección ni renuncia, lo quiere todo, también el error, y el dolor. Su amor es el de la temeridad inconsciente de un niño que juega con la vida sin ningún temor, y que la ama sin distancia, sin pensar en ella...


Y ahora. ¿No os gustaría ser como superhombres? 




jueves, 30 de abril de 2020

Nihilismo y "muerte de Dios".

Como ya se ha dicho, la cultura occidental niega la realidad y la cambia por lo que no existe: un mundo de esencias ideales inmutables y racionales, con respecto al cual sea posible la ciencia y la verdad objetiva. Además, en consonancia con ese “mundo” y contaminada por el cristianismo, nos infunde una moral que niega el cuerpo, las pasiones, el anhelo de lucha y poder… Es decir, que niega la vida. La cultura occidental ha negado la realidad y la vida, las ha cambiado por ilusiones, por muerte, por nada. Esto es “nihilismo” (“nihil” significa en latín “nada”).

Pero este nihilismo ha llegado a su culminación en la época moderna, pues en ella esas ilusiones (el Ser de los metafísicos, la Verdad objetiva, la Bondad de la moral cristiana) empiezan a revelarse como lo que son: nada, humo que se desvanece…

En la sociedad moderna y burguesa se va imponiendo el escepticismo con respecto a las ilusiones metafísicas y religiosas (¿quién cree ya en el mundo de Platón, en el Cielo de los cristianos, en la utopía feliz de los socialistas?). La ciencia, además, ha reducido la metafísica de los filósofos a frías fórmulas matemáticas y hechos observables. Y la religión se ha demostrado como una mera invención de los hombres.

La propia Verdad se relativiza. Toda verdad es interpretación, incluso las verdades de la ciencia. ¿Quién cree hoy que sea posible la verdad absoluta sobre el mundo, el hombre, la historia…?

De igual modo ocurre con la moral. Toda afirmación sobre lo que es bueno y malo se torna relativa, subjetiva. ¿Quién cree hoy que nadie tenga la última palabra sobre qué es bueno y qué es malo? La moral tradicional, en especial, enraizada en el cristianismo, hace aguas al igual que el cristianismo mismo. En la sociedad burguesa no hay más valor universal que el dinero…

En resumen, como dice Nietzsche: “Dios ha muerto”. Dios no solo refiere al Ser supremo de los judíos y los cristianos (¿Quién cree sinceramente hoy en él?), sino todo lo que Dios simboliza: un Mundo ideal y eterno, una Verdad absoluta, una Moral universal en la que lo bueno y lo malo están perfectamente delimitados…

Este nihilismo consumado en la época burguesa muestra lo único que había bajo esos ídolos muertos (Dios, el Ser, la Verdad, la Bondad): miedo y afán de seguridad. Y eso es el dinero, el único dios (ser, verdad, bondad) que ha quedado en pie. El burgués ya solo cree en el dinero. Pero el dinero es una nada aún más abstracta y muerta que los ídolos asesinados por él. Es un medio para nada, pues él mismo ha acabado con todo. Ha sometido la moral al mercado, relativizándola y, así, ha acabado con la sociedad; pero la sociedad, antes de arruinarse ha acabado con el mito de la verdad objetiva y científica, reconociendo que esta no era más que cosa de perspectiva e interés; y la ciencia a su vez, antes de hundirse, ha podido acabar con la religión y la metafísica; así que, realmente, no ha quedado nada -bueno, verdadero, relevante- que de valor a esa moneda o medida abstracta que es el dinero.

Consumido así en la certeza del nihilismo, el hombre moderno en un ser decadente y pasivo, apoltronado entre sus mercancías, e incapaz de apasionarse realmente por nada.


Pero frente a este nihilismo pasivo e impotente, Nietzsche cree posible un nihilismo activo y creadorEste nihilismo activo será el de aquel que, sobre las cenizas de la decadencia de occidente, sea capaz de reencarnar en sí la voluntad de poder que mueve el mundo y fundirse a sí mismo como un hombre nuevo, creador de nuevos valores que afirmen (y no nieguen) el propio poder y la creatividad de la vida. A este le llama Nietzsche el “superhombre” (o “suprahombre”). 

¿Qué creéis? ¿Tendrá Nietzsche razón?


martes, 28 de abril de 2020

Tres tristes mitos. La crítica de Nietzsche a la cultura occidental.


La cultura occidental es un inmenso error, una rebuscada y persistente manera de negar la Realidad y la Vitalidad humana. Este es el más claro y escandaloso mensaje de F. Nietzsche, el filósofo del martillo...

Durante más de dos mil años, la cultura occidental se ha construido como una fortaleza en la que "protegernos" de la realidad. Un castillo edificado en el aire de las ideas y las palabras, y cimentado en mitos, en tres tristes mitos. Estos son.

El mito del “otro” mundo (el error metafísico-religioso)

Incapaces de afrontar el mundo real tal como es (cambiante, contradictorio, irracional, imprevisible…) los filósofos, desde Sócrates y Platón, han inventado “otro” mundo más "seguro", a la medida de sus miedos y necesidades. Un mundo incorpóreo, eterno, racional, ordenado y justo, y que, por supuesto, es el “verdadero”. Según ellos, el hombre ha de vivir para este “otro” mundo ideal sacrificando el mundo real y presente (que no sería más que “apariencia”, sombras en la caverna de Platón).


Este “otro” mundo filosófico es el de las formas platónicas, pero también el del cielo cristiano (el cristianismo es, dice Nietzsche, “platonismo para pobres”), o el de la utopía social de los ilustrados (el socialismo es como un "cristianismo laico")... 

De otro lado, este mito del “otro” mundo alimenta el mito de la historia, que sería el “paso” (el sufrido "vía crucis") desde el mundo terrenal y aparente al mundo ideal y verdadero. Y también el mito del lenguaje: la idea de que los conceptos, la gramática y la lógica son la estructura real del mundo (en lugar de meros moldes “momificados” que la realidad desborda continuamente). 


El mensaje de todos estos mitos es el mismo: la realidad, la vida verdadera no es esta, sino otra que está siempre por llegar. La consecuencia es obvia: el sacrificio del presente, que es, para Nietzsche, lo único real.


El mito de la verdad objetiva (el error del positivismo).

El ansía de seguridad y previsión ha hecho que los hombres modernos pongan su fe en la ciencia y en su capacidad para conocer y controlar el mundo. Pero esta capacidad es otro mito, el mito positivista. La ciencia niega y olvida el mundo real como la metafísica (pobre) que es. Cree que la vida cabe en la precisión de sus conceptos, olvidando que la vida no está compuesta de cosas estables y aisladas a la medida de esos conceptos (cuya raíz está, además, en las metáforas y la imprecisa imaginación de los hombres). Cree que las propiedades o cualidades del mundo son “aparentes” y reducibles a cantidad y matemáticas, olvidando que todas las cualidades –la alegría, lo rojo, lo circular… — son irreductibles a número y razón.
 Cree que los hechos dan objetividad a sus hipótesis, olvidando que toda experiencia lo es de un sujeto cargado de ideas, deseos, emociones e intereses subjetivos (perspectivismo). Cree que la verdad es universal y está por encima de todo, olvidando que la verdad, siempre al servicio de la vida, es “la mentira más útil” en cada momento (pragmatismo).
Cree que en la superioridad del conocimiento científico, olvidando que la ciencia (como el arte, la religión, la filosofía…) no es sino otra forma de clasificar las cosas, ni mejor ni peor, para dar seguridad y confianza al hombre. Y cree, finalmente, en su contribución al progreso material, olvidando que el desarrollo científico y técnico no es sino el desarrollo del poder de los Estados para controlar cada vez mejor a los individuos…  

El mito de la moralidad tradicional.

El miedo a la vida y al mundo real no solo ha dado lugar a una metafísica del “otro mundo” (y a la fe en la ciencia que acabará con toda incertidumbre), sino a una moral invertida y perversa, que culpabiliza todo instinto o impulso vital, y declara como “bueno” todo lo que niega la vitalidad natural del hombre. 
Una “moral de esclavos” o del “rebaño”, según la cual todo lo real es malo (el desorden, la pasión y los deseos del cuerpo, el sexo, la diferencia jerárquica entre los hombres, la competencia, la astucia y el engaño, la lucha, el egoísmo…). Y todo lo ideal (y por tanto irreal) es bueno (el orden, el dominio de la razón, la castidad, la igualdad entre los hombres, el amor desinteresado, la sinceridad, la paz, el deber y el sacrificio de los propios intereses…).


La consecuencia del predominio de estos tres mitos está, según Nietzsche, a la vista. Es la decadencia de la cultura occidental, cuyos hombres han perdido su energía vital, su capacidad para gozar y vivir el presente, y viven acobardados, como muertos en vida, incapaces de imponer su voluntad y hacer lo que realmente quieren, subyugados por ideales y mitos que siempre  aplazan la “vida verdadera” y plena a un futuro inexistente…


¿Estás tú entre estos “zombis” que retrata Nietzsche? ¿Será verdad lo que decía este filósofo hace más de un siglo? ¡Atrévete a pensarlo! 



lunes, 27 de abril de 2020

Real como la vida misma. La "metafísica antimetafísica" de Nietzsche.



Pese a su furiosa crítica a toda metafísica, Nietzsche también tiene, en cierto modo, la suya propia (lo confiese o no): una especie de "metafísica antimetafísica". Su concepción (o intuición) de la realidad  puede condensarse en torno a tres ideas: (1) la realidad es lo que parece; (2) la realidad es voluntad y poder; (3) la realidad es eterno retorno.

La realidad es lo que parece.
Según Nietzsche, desde Parménides y Platón los filósofos se han empeñado en hacernos creer que lo real está más allá de la "apariencia". El argumento favorito de estos filósofos es que lo que se nos aparece a los sentidos es imposible de "fotografiar" con la razón (se mueve demasiado), así que tiene que haber “otra” realidad, más quietecita (eterna, inmutable...), que sea la verdadera. 
Para Nietzsche esto no es un argumento, sino más bien la expresión de una necesidad psicológica: la de creer que el mundo está hecho a la medida de nuestra razón. ¿Por qué esta necesidad? Por otra, aún mayor, de seguridad y control. ¡Qué intranquilidad si el mundo no fuera racional y previsible!... Ahora bien, el precio a pagar por esta tranquilidad es el de adorar un cadáver exquisito (la falsa idea de un mundo racional) y, consecuentemente, el de convertirnos en unos zombis o muertos en vida...
Desvelado este ardid psicológico, no hay más remedio (ni más gozo) que afirmar que el único mundo es el que se nos aparece delante (sin dobles, sin ningún “más allá”, fenómeno puro). Y que eso que nos aparece es tal como parece: un continuo devenir, una guerra perpetua de contrarios (como decía el viejo Heráclito), una fuerza viva y ciega (como clamaba Schopenhauer), que se reproduce a sí misma sin principio ni final, sin causa ni objetivo, sin otra necesidad o razón que la de existir por existir...

La realidad es voluntad y poder.
Si esa grandiosa energía en movimiento que es la realidad tuviera voz y conciencia (digamos que su voz y conciencia sería Nietzsche), y le preguntáramos que por qué hace todo lo que hace, su respuesta sería esta: porque quiero
Y si le preguntáramos que por qué quiere respondería: porque sí, porque puedo, y porque lo quiero y bastaLa raíz última de la realidad es, así, pura voluntad, puro querer, sin otra causa o fin que sí mismo: querer por querer. Puro poder ciego. Voluntad de poder… 
No es extraño que algunos nazis sintieran atracción por este aspecto del pensamiento nietzschiano (aunque hay que añadir que Nietzsche no hubiera sentido lo mismo por ese rebaño de esclavos amantes del folklore patrio y del “querido líder” que eran los nazis).

La realidad es eterno retorno.
Si la realidad es pura voluntad de actuar, sin otra causa o fin que sí misma, sin principio ni final, en una eterna lucha de contrarios que se alternan, su devenir (su desarrollo) ha de ser circular, infinito, eterno... El tiempo lineal al que estamos acostumbrados, en el que se pasa de lo viejo a lo nuevo, en que se progresa desde este mundo al “otro” mejor y más verdadero, y en que se vende el presente como medio para el fin futuro… Todo ese tiempo de la historia es falso. ¿Por qué, si no, nunca vemos llegar ese “fin”?.. No hay más cera que la que arde, en ese eterno fuego que constantemente se apaga y se enciende y que es el mundo. Todo vuelve a suceder siempre igual. Eso es la realidad: una eterna danza circular. Un presente infinito que hay que aceptar con infinito amor y ante el que no cabe arrepentimiento alguno, pues en él todo está siempre volviendo a pasar...

Esta es otra forma, más divertida, de decirlo...

domingo, 26 de abril de 2020

Nietzsche, el filósofo más punk.

La filosofía de Friedrich Nietzsche es un pozo inagotable, aunque en cada litro de sabiduría que se saca de él encontramos siempre un porcentaje, mayor o menor, de los siguientes componentes químico-ideológicos:

1. Vitalismo apasionado.

2. Crítica feroz de la civilización occidental.
3. Humanismo trágico. Nihilismo y muerte de Dios.
4. Voluntad de poder.

Son los mismos componentes del pensamiento más punk:

1. ¡Vive a tope! ¡La vida es una droga dura!...
2. ¡La sociedad es una mierda! ¡¡Destruye!!
3. ¡No existe el futuro! ¡No hay un sentido "más allá": la vida misma, ciega, irracional, es el sentido! ¡Carpe diem
4. ¡Haz de verdad lo que quieras! ¡¡ Crea, impón tu voluntad, vive, baila, goza, sufre, vive sin esconderte detrás de los razonamientos!! La filosofía no es más que otra forma de tener miedo...

Claro está que Nietzsche pensó en todo esto mucho más, para algo era un filósofo. Tomemos un aperitivo de sus ideas (les daremos más consistencia en próximas entradas):

La mayoría de los filósofos están equivocados. Lo más real de la realidad no es la Idea, ni Dios, ni el Sujeto trascendental, ni la Historia… Lo más real es la Vida, la de cada cual. La vida como parte de este estallido ciego, sin sentido, que es el Mundo. La realidad es materia en movimiento, sin otro fin que existir, porque sí, por pura voluntad de existir
La vida ha de ser entonces entrega igualmente ciega y apasionada a esa danza salvaje que es la realidad. Vivir por vivir, diciendo a todo, con todas las consecuencias, dolorosas y placenteras. Vivir como Dionisos, el dios borracho de los griegos, sin freno, sin la carga de la tradición, ni la promesa de ningún futuro, pues solo existe el instante repetido, rítmico como un latido. Hay que vivir poseídos por el espíritu libre y embriagador de la música...


La civilización occidental es una inmensa estafa desde Sócrates y Platón (y, sobre todo, desde ese platonismo para pobres que es el cristianismo). La filosofía, la ciencia, la religión, la moral tradicional… Todo ha sido un intento de negar cobardemente la Vida, de ocultar la realidad tras ese “más allá” de las ilusiones metafísicas, científicas y religiosas, de castrar nuestros más auténticos deseos con el cepo de la moral del sacrificio, el miedo y la culpa… 

Pero todo ha sido en vano. Dios ha muerto. Dios son todas las ilusiones, los falsos valores con los que hemos sido engañados, negados, castrados. Todo eso se desvanece en nuestra época. La propia filosofía y la ciencia no pueden ocultar por más tiempo que el mundo no es racional, que la realidad y la vida humana carecen de finalidad y de un sentido que quepa encerrar en conceptos. Esto es nihilismo. La vida es así: trágica, una lucha inútil, solitaria, pero heroica y bella, por dotar de sentido a lo que no lo tiene...

Y sin embargo el nihilismo es también libertad, posibilidad de valores nuevos sobre las ruinas de una civilización que nació muerta. Nietzsche mismo se ofrece como profeta de lo porvenir: una raza de superhombres creadores de si mismos, fundadores de valores que expresen lo único realmente cierto y bello: el brutal deseo de sí que es la vida, la suprema voluntad de poder


Esto y mucho más es Nietzche. De postre podéis echarle un ojo a este video, si es que no preferís correr a bailar bajo la luna, armados del martillo de aporrear conceptos, y a los sones de la música de Wagner... (O correr a las calles, armados con un spray de pintura, y con la música a todo volumen tronando en las orejas...). Aquí tenéis, también, uno de nuestros programas de radio, en el que el Doctor Nietzsche analiza clínicamente la condición del hombre contemporáneo. Y aquí otro, en el que se presenta la famosa distinción nietzscheana entre lo apolineo y lo dionisíaco






Y aquí algunas películas relacionadas con Nietzsche y su filosofía.