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martes, 24 de febrero de 2026

57. EJERCICIO CON TEXTOS FILOSÓFICOS 5

 


TEXTO A

Para esta ilustración tan sólo se requiere libertad y, a decir verdad, la más inofensiva de cuantas pueden llamarse así: el hacer uso público de la propia razón en todos los terrenos. Actualmente oigo clamar por doquier: ¡No razones! El oficial ordena: ¡No razones, adiéstrate! El asesor fiscal: ¡no razones y limítate a pagar tus impuestos! El consejero espiritual: ¡No razones, ten fe! (Sólo un único señor en el mundo dice: razonad cuanto queráis y sobre todo lo que gustéis, mas no dejéis de obedecer.) Impera por doquier una restricción de la libertad. Pero, ¿cuál es el límite que la obstaculiza y cuál es el que, bien al contrario, la promueve? 

Kant, I.: Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración? Madrid: Alianza, 2009.


TEXTO B

Pues, cuando la naturaleza ha desarrollado bajo tan duro tegumento ese germen que cuida con extrema ternura, a saber, la propensión y la vocación hacia el pensar libre, ello repercute sobre la mentalidad del pueblo (merced a lo cual éste va haciéndose cada vez más apto para la libertad de actuar) y finalmente acaba por tener un efecto retroactivo hasta sobre los principios del gobierno, el cual incluso termina por encontrar conveniente tratar al hombre, quien ahora es algo más que una máquina, conforme a su dignidad.

 Kant, I.: Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración? Madrid: Alianza, 2009.


De cada texto:

1. Lee el texto hasta que lo comprendas, buscando el significado de las palabras que no entiendas y señalando las partes y los conceptos que te parezcan más importantes.

2. Haz una breve contextualización (presentando el texto, al autor y el contexto histórico de la obra).

3. Cuenta brevemente (no más de cuatro o cinco líneas) de qué trata el texto.

4. Analiza y comenta las ideas principales del texto a partir de lo que sabes del autor, pero RECUERDA: NO SE TRATA DE CONTAR LA TEORÍA COMPLETA DEL AUTOR, SINO DE COMENTAR EL TEXTO UTILIZANDO PARA ELLO LAS PARTES DE LA TEORÍA DEL AUTOR QUE CORRESPONDAN. (Esta parte debe ser la más amplia del comentario).

 

Aquí tenéis algunos modelos de corrección para los textos propuestos.

martes, 17 de febrero de 2026

55. La teoría política de Immanuel Kant


 Immanuel Kant (1724-1804) representa la cumbre de la filosofía moderna y es el filósofo ilustrado por excelencia. Nació y murió en Königsberg, en la Prusia oriental, la mayor parte de su vida bajo el reinado de Federico II el Grande, un rey que simpatizaba con la Ilustración. Aunque brilló sobremanera en la filosofía del conocimiento y en la filosofía moral, Kant también expuso una original teoría política, en la que, junto a la legitimación del despotismo ilustrado como fórmula de gobierno, analiza las condiciones de madurez intelectual y moral que ha poseer una sociedad para aspirar a una forma de Estado netamente representativa. Kant expone su pensamiento político en varias de sus obras, como “Idea para una historia universal en clave cosmopolita”, “Teoría y práctica”, “La paz perpetua” y, sobre todo, en el artículo “Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?”, publicado en una revista de Berlín en 1784. En cuanto al contexto histórico del pensamiento político kantiano, conviene situar a Kant en la Prusia de su tiempo y en lo que se ha dado en llamar la “ilustración alemana”. Así, el conservadurismo político de Kant (que prefiere el despotismo ilustrado de Federico II a cualquier experimento rupturista) puede explicarse en parte por la compleja situación de Prusia, una potencia en expansión pero amenazada en el exterior y aún por cohesionar en el interior, lo cual seguramente desaconsejaba cualquier propuesta política que debilitara a la monarquía. Así, pese a las simpatías que muestra por la revolución norteamericana (y más tarde por la francesa), Kant se muestra como un sólido defensor de la monarquía absoluta de Federico II, al que idealiza como el déspota ilustrado que ha de liderar una transición paulatina, sin rupturas revolucionarias, hacia el rumbo que marcan los ideales políticos ilustrados. Por otra parte, la sociedad prusiana, aún sumida en un régimen feudal y con una burguesía menos numerosa e influyente que en otros países, no parece que poseyera la madurez necesaria (la “mayoría de edad” intelectual y moral que reclama Kant) para emprender el proceso de cambios por sí sola. Todo esto no compromete, por supuesto, la contundencia de los argumentos racionales que Kant presenta en contra de la legitimidad de la revolución y en defensa del despotismo ilustrado de Federico II o, a lo sumo, de un régimen representativo autoritario-liberal.

En cuanto al tema del origen de la ley y del Estado, Kant mantiene una concepción más cercana a la de Hobbes que a la de Locke o Rousseau. Para el filósofo prusiano, los individuos en estado de naturaleza se encuentran en una situación de permanente inseguridad, en la medida en que todos intentan imponer su voluntad sobre la de los demás. Por ello, y por simple necesidad natural, se pasa del estado de naturaleza al estado civil o político, en el que existe una autoridad capaz de establecer el orden; un orden que Kant considera imprescindible para la ilustración o educación crítica de los individuos, condición necesaria, a su vez, para todo cambio o progreso político.


En relación con el problema del fundamento y legitimidad del poder político, el pensamiento kantiano coincide en términos generales con el de Hobbes, Locke y Rousseau en su defensa de una teoría contractualista del poder
. Así, el poder o soberanía estaría originariamente en los individuos y en el pueblo (no en Dios o en ningún rey), pero, según Kant, estos lo tienen cedido de forma permanente al monarca, que no solo es representante del pueblo (como podría ser el gobernante que proponen Locke o Rousseau), sino también soberano en su nombre (gobierna en su nombre, pero por su bien). Esta cesión significa que, aunque quien legisla y gobierna es el rey o autoridad soberana, este debe hacerlo para el pueblo y tal como lo haría el pueblo caso de que este estuviera capacitado para ello (esto es: en el caso de que fuera mayor de edad en sentido mental o, como dice Kant, capaz de pensar por sí mismo). Todo esto representa una justificación del célebre lema del despotismo ilustrado: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.  

Ahora bien, a cambio de esta cesión
(o "préstamo") de soberanía, el monarca debe garantizar las condiciones materiales y políticas (paz, orden, progreso económico, libertad de pensamiento y opinión, especialmente a los más doctos o sabios) para que ese mismo pueblo pueda ilustrarse y lograr la citada mayoría de edad, condición imprescindible para aspirar a una mayor soberanía política, concesión que, en todo caso, debe provenir del Estado. Así, y pese a sus simpatías por la Revolución francesa, Kant es más reformista que rupturista: la desobediencia y la rebelión popular son para él inaceptables (en esto coincide plenamente con Hobbes y se distingue de la posición de Locke y Rousseau); un falso atajo hacia el cambio político y social, pues este solo puede provenir realmente de la ilustración o educación de la ciudadanía, un proceso necesariamente lento para el que Kant considera imprescindible que los más sabios expresen libremente su opinión crítica, incluso sobre la tarea legislativa del gobierno o cualquier otra institución (incluyendo a la Iglesia), y que los ciudadanos aprendan de ellos a pensar por sí mismos, libres de malos tutores (y aquí Kant alude también, entre otros, a la Iglesia). Para conciliar teóricamente esta libertad de opinión con la obediencia a la ley y el orden, Kant va a establecer la célebre distinción entre uso público y privado de la razón; según Kant, los súbditos de un Estado han de poder usar libremente la razón en el ámbito público (por ejemplo, en la prensa), pero han de restringir este uso (supeditándolo a las leyes y órdenes del gobierno) en el ámbito privado, es decir, en el la razón durante el desempeño de una determinada responsabilidad social (como funcionarios, militares, sacerdotes, profesores…).
 

Finalmente, en cuanto a la cuestión de la organización del Estado y el gobierno, Kant (como Hobbes) apuesta inicialmente por un republicanismo autoritario; en concreto, y como hemos visto, por la fórmula del despotismo ilustrado. Una diferencia con Hobbes es que Kant asume la necesidad de una cierta división de poderes y reivindica una plena libertad ideológica y religiosa para la ciudadanía. En esto último, Kant se posiciona en la misma senda liberal de Locke (oponiéndose no solo a Hobbes o Rousseau, sino a la tradición política clásica – recordad la teoría platónica –). Para él la función del Estado no es tutorizar o educar moralmente a los ciudadanos en vistas a la virtud (como en Platón y, más livianamente, en Rousseau), sino permitir que esta educación se desarrolle libre e individualmente, orientada, a lo sumo, por los filósofos o intelectuales (que pueden influir en la opinión pública o en la política, pero no gobernar, como en la república de Platón). En este sentido, Kant aboga por la tolerancia religiosa y no está de acuerdo de ningún modo con que exista una religión de Estado, tal como propone Hobbes. En último término, Kant parece apostar por la constitución futura de un Estado plenamente liberal: un Estado de derecho en el que los individuos, una vez estén mayoritariamente ilustrados, puedan ejercer plenamente la soberanía. 


Y aquí,  la presentación de clase.

sábado, 3 de enero de 2026

41. Introducción y etapas del pensamiento moderno


La Edad Moderna comienza allá por el siglo XV, a caballo entre la Baja Edad Media y el Renacimiento, y según los historiadores termina en el siglo XVIII, cuando los revolucionarios franceses le cortan la cabeza al rey y acaba, simbólicamente, el “Antiguo Régimen”. A la Edad Moderna le sigue la Edad Contemporánea que, según los historiadores, va del siglo XVIII hasta hoy. Pero a grandes rasgos, y desde el punto de vista de la mentalidad y las ideas filosóficas, las épocas Moderna y Contemporánea no son esencialmente distintas. Así que, grosso modo, todo lo que digamos de la modernidad encaja también con nuestra propia época. Somos, aún hoy, modernos (y, como mucho, "postmodernos", que es casi lo mismo con otros ropajes). ¿Y qué significa eso?


La Edad Moderna es una época de escisiones y dualidades (frente a la Edad Media que, en general, fue un tiempo de unidad e integración –más o menos lograda— en torno a ciertos valores e ideas sostenidas como absolutas). Demos algunos ejemplos de esto. 

La cultura medieval era teocéntrica, todo giraba alrededor de Dios y la religión, y se entendía que Dios y el mundo eran realidades íntimamente unidas (Dios se mostraba en el mundo, que era su creación, y comprendiendo el mundo era posible llegar a Dios, o lo más cerca posible). Pero a finales de la Edad Media crece la idea de que entre Dios y el mundo media una diferencia abismal. De un lado, Dios representa el mayor de los misterios, al que solo se puede acceder por la fe y no por la razón (fideísmo), pues su absoluta perfección se supone infinitamente incomparable con el mundo objeto de la filosofía y la ciencia. A la vez, el mundo se diferencia y aleja lentamente de Dios, se desacraliza y mundaniza; se impone el gusto por lo mundano, esto es: la idea moderna de que hay que valorar y disfrutar de este mundo (que ya no es un valle de lágrimas o una mera escala camino del cielo). La cultura moderna abre así una primera y radical distinción entre lo sagrado y lo profano, entre lo divino y lo mundano, que da lugar a un ámbito cultural nuevo, construido a la medida del hombre y de su mundo (antropocentrismo), que empieza a vislumbrarse con claridad en el humanismo renacentista. Esta distinción sagrado/profano se abre paso en todos los niveles de la cultura moderna. Vamos a verlo.

En la economía se generalizan prácticas productivas (la usura, el afán de lucro, la competencia...) desligadas e incluso opuestas a la tradición y la moral cristiana, y que van a ser características de una clase social en auge: la burguesía. Esta nueva economía, libre de trabas religiosas y sociales (como eran, por ejemplo, los gremios medievales), es la semilla del capitalismo y su ideología va a ser el liberalismo.

En cuanto a la sociedad se rompe la unidad entre el orden divino y natural y el orden social. A diferencia de los estamentos medievales (clero, nobleza, campesinos), en los que la pertenencia a uno u otro de ellos era en muchos casos hereditaria, las nuevas clases sociales, basadas en la obtención de riqueza, admiten mucha más movilidad: cualquiera puede cambiar de clase en la medida en que gane o pierda esa riqueza.  Además, se va a ir produciendo una escisión muy fuerte entre la comunidad (antes unida como Iglesia o comunidad de fieles) y el individuo, lo que va a dar lugar a una cultura más individualista, en la que se parece descubrirse la vida privada y se cultiva la personalidad (como sucede entre los artistas del Renacimiento), frente al espíritu de “rebaño” (el "rebaño de Dios") y el anonimato propios de la Edad media.


En el ámbito político e institucional se rompe un lazo tras otro. En primer lugar, la ruptura es entre la Iglesia y el Imperio, lo que marca simbólicamente la ruptura, paulatina, entre la Iglesia y el Estado y la secularización de la estructura política (se impone la idea de que la religión es un asunto privado, y no debe regir los asuntos públicos, que deben ser administrados por un Estado secularizado). Casi a la vez, se produce la ruptura en el seno mismo de la Iglesia: la Reforma Protestante rompe al cristianismo occidental en dos: católicos y reformistas (estos últimos defienden la relación individual con Dios y una concepción profundamente fideísta de la religión). En tercer lugar, se desatan las tensiones entre los distintos reinos y se difumina el ideal de un solo imperio cristiano: cada reino quiere configurar una entidad política diferenciada; es el nacimiento de las naciones modernas, y de la ideología que las sustenta: el nacionalismo. Un poco más acá en el tiempo se dará también la ruptura entre el Rey y "su pueblo", que ya no acepta la tutela monárquica y pretende estar formada por “ciudadanos” y no por  “súbditos” (republicanismo).

Fruto de estas rupturas políticas lo son también el divorcio entre el derecho natural (de origen divino), bajo el que se unificaban todas las leyes durante la Edad Media, y el derecho positivo, es decir, las leyes políticas concretas; estas tendrán que justificarse de otra manera que apelando a Dios. La respuesta está en un consenso o contrato (una moral común mínima), fruto de la suma de opiniones particulares; esto es el contractualismo, germen doctrinal de las futuras democracias. La razón de que tenga que existir un consenso es también fruto de una ruptura típicamente moderna: la que se da entre la moral pública (cristiana) y la moral privada, que se vuelve relativa a los intereses e ideas de cada individuo (relativismo moderno). 


En cuanto al saber, la distinción entre fe y razón con la que acaba la época medieval promueve el cisma definitivo entre teología y filosofía (cara y cruz de lo mismo durante la Edad Media), y la idea de la autonomía de la razón, según la cual, la razón se bastaría por sí sola para comprender el mundo natural, aunque al precio de desvincularse del ámbito espiritual y trascendente, que quedará en manos de la teología. De forma complementaria, el éxito de la Revolución Científica va a marcar una nueva diferencia, vigente hasta hoy: la que se da entre la filosofía y la ciencia. Es decir, entre el ámbito de las ideas, los valores y la racionalidad (la filosofía) y el ámbito de los hechos y la experiencia (las ciencias). Así, y en el seno de la misma filosofía, frente al racionalismo tradicional (vinculado a la vieja escolástica y la filosofía clásica) surgen el moderno empirismo de los filósofos ingleses (para los que la verdad debe sustentarse en hechos o impresiones sensibles)... 

Una vez caracterizada la Edad Moderna, conviene distinguir en ella las siguientes fases del pensamiento moderno. 

1. El Renacimiento y la primera modernidad (ss. XV y XVI). En esta fase destacan, como principales movimientos culturales y filosóficos, lo que se ha dado en llamar la Revolución Científica (la "nueva ciencia" de Paracelso, Copérnico, Bruno, Bacon, Kepler y Galileo); el humanismo renacentista y, con él, de un platonismo y aristotelismo desligados ya de la servidumbre religiosa (Ficino, Pico della Mirandola, Melanchton...); el pensamiento religioso reformista (Nicolás de Cusa, Erasmo, Lutero y Calvino); y la cumbre intelectual que representa la escolástica española de Vitoria, Suárez y la Escuela de Salamanca. En el ámbito filosófico destacan también el escepticismo de Michel de Montaigne o Francisco Sánchez o el pensamiento político de Nicolás Maquiavelo, Tomas Moro o Thomas Hobbes.


2. La época del Barroco (s. XVII aprox.)
.
Comprende autores fundamentales en historia de la filosofía, como Rene Descartes, Blaise Pascal, Baruch de Spinoza, Godofredo Leibniz (todos ellos considerados "racionalistas"), o los empiristas John Locke (que es también un gran pensador político) y George Berkeley. Es también en el que triunfan las teorías del científico Isaac Newton. 



3. La época de la Ilustración (s. XVIII). La Ilustración es un movimiento cultural e intelectual europeo que nace a finales del siglo XVII (sobre todo en el Reino Unido, Francia y Prusia) y se desarrolla durante el s. XVIII. Se caracteriza, a grandes rasgos, por la confianza en el poder de la razón y la ciencia para el logro del progreso material (gracias a la ciencia y la técnica), el desarrollo moral (gracias a la autonomía racional: el pensar por uno mismo) y por la racionalización de la vida pública (promoviendo doctrinas políticas como el liberalismo político, el contractualismo, el despotismo ilustrado o la teoría de la soberanía popular). Los ilustrados van a tener una gran confianza en la educación como modo de construir una sociedad más racional, y van a someter a crítica a todo lo que se oponga a la razón científica y al progreso (el fanatismo religioso, las supersticiones del pueblo, la filosofía tradicional vinculada a la teología...), incluyendo en esta crítica a las estructuras económicas, sociales y políticas del Antiguo Régimen. Filósofos ilustrados van a ser David Hume (que junto a Locke, Newton o Adam Smith, van a protagonizar la Ilustración en el Reino Unido), Jean-Jacques Rousseau (que junto a Voltaire, Montesquieu, Diderot, Condorcet y otros "enciclopedistas" van a liderar la ilustración francesa) o Immanuel Kant, que, como veremos, va a ser el principal exponente de la ilustración prusiana. 


La Ilustración va a dar voz, también, a dos importantes filósofas: Olympes de Gouges (1748-1791) y 
Mary Wollstonecraft (1759-1797), a las que se ha considerado precursoras de la primera ola feminista de la historia. Olympe de Gouges escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791) como complemento de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, promulgados por los revolucionarios franceses en 1789. Por otra parte, Mary Wollstonecraft fue una filósofa inglesa que argumentó acerca de la igualdad entre hombres y mujeres, aduciendo que las mujeres solo parecen inferiores al hombre por no recibir la misma educación y reivindicando una sociedad en la que varones y mujeres tuvieran los mismos derechos. Por su defensa de la igualdad entre sexos y su crítica a la feminidad tradicional, Wollstonecraft es considerada una de las fundadoras de la filosofía feminista. 


Es también digno de reseñar la obra de algunos monarcas y políticos ilustrados, como Federico el Grande en Prusia, el marques de Pombal en Portugal, Carlos III en España, Catalina la Grande en Rusia o Thomas Jefferson en los nacientes EE. UU. 


Aquí tenéis dos vídeos muy interesantes para comprender el fenómeno de la Ilustración:






Y aquí, la presentación de clase:



jueves, 18 de febrero de 2021

La Ilustración y Kant.

Según Kant, la Ilustración y el progreso de la sociedad consistía en que los individuos dejaran de ser "menores de edad” mental y se atrevieran a pensar por su cuenta, sin permitir que otros pensaran y decidieran por ellos. Kant pensaba que la mayoría de la gente era, en su época, “menor de edad” y que, por tanto, eso de la Ilustración apenas era más un propósito que una realidad. Para Kant, el medio idóneo para lograr ese propósito era la educación. O, más exactamente, cierto tipo de educación: aquella que descubre al individuo la necesidad de pensar por sí mismo y le enseña a hacerlo. Ahora bien, de un lado esta educación apenas existía (los "tutores" o educadores eran tan inmaduros o dependientes de prejuicios como sus pupilos, por lo que no hacían sino prolongar la minoría de edad de estos). Y de otro lado la mayoría no se prestaba fácilmente a salir de su situación, ya fuera por miedo (¡quién se atreve a pensar por sí mismo corriendo el riesgo de perderse del rebaño!), ya por pereza y, en general, por no tener un genuino deseo de libertad que fuera más allá de la satisfacción de los deseos "naturales" (según Kant, estos deseos naturales eran tres: el deseo de estar sano, de tener dinero, y de aliviar como sea el miedo a la muerte).
  
¿Ha cambiado algo desde la época de Kant? ¿Es la mayoría de la gente de nuestro entorno “mayor de edad” (en el sentido de los ilustrados)? ¿En qué consiste realmente ser "mayor de edad"? ¿Es la educación de hoy instigadora de ese pensamiento propio y libre que, según Kant, representa el acceso a la verdadera “mayoría de edad”? 


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lunes, 1 de mayo de 2017

Último tema

Saludos a todos. Os recuerdo que ya tenéis preparado el último tema del curso (el Tema 10: La Ilustración y el pensamiento de Kant). Lo podéis ver en la columna de temas de la izquierda. Os recuerdo también, que de ese tema solo tenéis que preparar la parte de la Ilustración y la filosofía política de Kant (puntos 1,2,3 y 7). ¡Ánimo! 
Os recuerdo, por último, que tras los (odiosos) exámenes, seguiremos (los que queramos) hablando de filósofos como Marx y Nietzsche. ¡Porque no podemos parar de filosofar!
Hablando de exámenes, os recuerdo que tenéis que controlar de los temas 6 (filosofía medieval) a 10 incluidos. El examen será como siempre. Podréis tener el material delante. 

lunes, 24 de abril de 2017

La Ilustración y Kant.

Según Kant, la Ilustración y el progreso de la sociedad consistía en que los individuos dejaran de ser "menores de edad” mental y se atrevieran a pensar por su cuenta, sin permitir que otros pensaran y decidieran por ellos. Kant pensaba que la mayoría de la gente era, en su época, “menor de edad” y que, por tanto, eso de la Ilustración apenas era más un propósito que una realidad. Para Kant, el medio idóneo para lograr ese propósito era la educación. O, más exactamente, cierto tipo de educación: aquella que descubre al individuo la necesidad de pensar por sí mismo y le enseña a hacerlo. Ahora bien, de un lado esta educación apenas existía (los "tutores" o educadores eran tan inmaduros o dependientes de prejuicios como sus pupilos, por lo que no hacían sino prolongar la minoría de edad de estos). Y de otro lado la mayoría no se prestaba fácilmente a salir de su situación, ya fuera por miedo (¡quién se atreve a pensar por sí mismo corriendo el riesgo de perderse del rebaño!), ya por pereza y, en general, por no tener un genuino deseo de libertad que fuera más allá de la satisfacción de los deseos "naturales" (según Kant, estos deseos naturales eran tres: el deseo de estar sano, de tener dinero, y de aliviar como sea el miedo a la muerte).
  
¿Ha cambiado algo desde la época de Kant? ¿Es la mayoría de la gente de nuestro entorno “mayor de edad” (en el sentido de los ilustrados)? ¿En qué consiste realmente ser "mayor de edad"? ¿Es la educación de hoy instigadora de ese pensamiento propio y libre que, según Kant, representa el acceso a la verdadera “mayoría de edad”? 


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martes, 8 de marzo de 2016

La Ilustración y Kant.

Según Kant, la Ilustración y el progreso de la sociedad consistía en que los individuos dejaran de ser "menores de edad” mental y se atrevieran a pensar por su cuenta, sin permitir que otros pensaran y decidieran por ellos. Kant pensaba que la mayoría de la gente era, en su época, “menor de edad” y que, por tanto, eso de la Ilustración apenas era más un propósito que una realidad. Para Kant, el medio idóneo para lograr ese propósito era la educación. O, más exactamente, cierto tipo de educación: aquella que descubre al individuo la necesidad de pensar por sí mismo y le enseña a hacerlo. Ahora bien, de un lado esta educación apenas existía (los "tutores" o educadores eran tan inmaduros o dependientes de prejuicios como sus pupilos, por lo que no hacían sino prolongar la minoría de edad de estos). Y de otro lado la mayoría no se prestaba fácilmente a salir de su situación, ya fuera por miedo (¡quién se atreve a pensar por sí mismo corriendo el riesgo de perderse del rebaño!), ya por pereza y, en general, por no tener un genuino deseo de libertad que fuera más allá de la satisfacción de los deseos "naturales" (según Kant: el deseo de estar sano, de tener dinero, y de aliviar como sea el miedo a la muerte).
  
¿Ha cambiado algo desde la época de Kant? ¿Es la mayoría de la gente de nuestro entorno “mayor de edad” (en el sentido de los ilustrados)? ¿En qué consiste realmente ser "mayor de edad"? ¿Es la educación de hoy instigadora de ese pensamiento propio y libre que, según Kant, representa el acceso a la verdadera “mayoría de edad”? 


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jueves, 5 de marzo de 2015

Pensad como queráis...¡Pero obedeced!


¿Debemos cumplir la ley cuando nos parece injusta o irracional? ¿Tenemos derecho a rebelarnos o desobedecer al poder?



La respuesta de Kant a ambas cuestiones es negativa. Los argumentos que ofrece Kant pretenden ser en parte lógicos y en parte “empíricos” o propiamente políticos. Desde un punto de vista lógico Kant niega todo derecho a saltarse el derecho. Por ello, el derecho a la rebelión (que defiende, por ejemplo, Locke) le parece un contrasentido. Los actos que se salen de la ley no tienen más “legitimidad”, según él, que la fuerza. La ruptura revolucionaria del orden vigente supone “salirse” de la civilidad y retornar al “estado de naturaleza”, en el que solo imperan la violencia y los hechos consumados. ¿Y los derechos naturales del individuo? Para Kant, éstos ya no existen como tales una vez que, fundada la comunidad política, han sido transferidos al gobernante que representa la voluntad popular. Hay que aclarar que en ese acto de transferencia lo que se cede al gobernante, según Kant, no es solo la representatividad sino también la soberanía por lo que el gobernante, y no el pueblo, es realmente el soberano (la soberanía popular queda reducida a mero ideal regulativo: el gobernante ha de ejercer su poder de manera que dicho ejercicio pudiera ser aceptado –en algún momento— por la voluntad popular, posibilidad cuya estimación queda, por lo demás, al arbitrio del gobernante). Como veis, la doctrina kantiana es la expresión filosófica casi perfecta del llamado despotismo ilustrado.

El argumento “empírico” o político reza que el único modo racional y real de generar un cambio político y social consiste en cambiar el estado de opinión de la mayoría y, singularmente, del Estado, de manera que sea la convicción racional del gobierno con respecto a la necesidad del cambio lo que genere dicho cambio por los cauces legales vigentes. Una revolución o ruptura repentina de la legalidad solo conduciría, según Kant, a un conflicto violento cuyo resultado sería un estado similar al que se pretendía sustituir, dada la ausencia de un cambio real (es decir, un cambio de ideas) en la mayoría y en el gobierno representativo que se instituya. Nada se puede asentar realmente sobre la violencia (y sí, todo, sobre la convicción), esta sería, quizás, la moraleja kantiana

En base a estos argumentos esgrime Kant su célebre distinción entre “uso público” y “uso privado” de la razón. Kant defendía que al ciudadano (o, más bien, el ciudadano-súbdito, en su caso) había de permitírsele una completa libertad de opinión (un libre uso “público” de la razón) sobre cualquier asunto, sobre todo si se trataba de un ciudadano docto o competente para opinar, pero que de ninguna manera esa libertad había de extenderse a sus obligaciones sociales como súbdito del Estado ni a su actividad profesional “privada”. 
Es decir, como ciudadano del mundo podía opinar lo que quisiera sobre, por ejemplo, la política fiscal, el ejército o la Iglesia, pero como súbdito de un Estado concreto, había de pagar sus impuestos y cumplir con sus obligaciones militares o religiosas sin rechistar (máxime si fuera, además, militar o sacerdote).
  
Estas afirmaciones han levantado siempre una gran polémica. Un contemporáneo de Kant (Hammam) caricaturizó la postura kantiana diciendo que está consistía en “vestir el traje de la libertad los días de fiestas, pero usar el delantal de la obediencia en casa”. ¿Qué cabe objetar a la teoría de Kant? ¿Qué ocurre si el gobernante no hace ningún caso a la opinión pública, aunque esta sea libre de manifestarse? Desde la posición de Kant, nada, pues el gobernante, como soberano, es la única fuente de derecho legítima, con lo que la doctrina kantiana deja la puerta abierta al despotismo más absoluto (y menos ilustrado), riesgo este que a Kant le parece necesario asumir.

Kant tampoco parece que tuviera en cuenta una posibilidad amenazante de ese único mecanismo legítimo de cambio que propone. ¿Qué pasaría si el gobernante, pese a admitir la libertad de expresión, manipulara a la opinión pública de acuerdo con sus intereses, dando más apoyo y medios a aquellos que opinan como él? Por cierto, ¿a qué os suena esto último?



lunes, 23 de febrero de 2015

Yes, we Kant (?) La Ilustración y Kant.

Según Kant, la Ilustración y el progreso de la sociedad consistía en que los individuos dejaran de ser "menores de edad” mental y se atrevieran a pensar por su cuenta, sin permitir que otros pensaran y decidieran por ellos. Kant pensaba que la mayoría de la gente era, en su época, “menor de edad” y que, por tanto, eso de la Ilustración apenas era más un propósito que una realidad. Para Kant, el medio idóneo para lograr ese propósito era la educación. O, más exactamente, cierto tipo de educación: aquella que descubre al individuo la necesidad de pensar por sí mismo y le enseña a hacerlo. Ahora bien, de un lado esta educación apenas existía (los "tutores" o educadores eran tan inmaduros o dependientes de prejuicios como sus pupilos, por lo que no hacían sino prolongar la minoría de edad de estos). Y de otro lado la mayoría no se prestaba fácilmente a salir de su situación, ya fuera por miedo (¡quién se atreve a pensar por sí mismo corriendo el riesgo de perderse del rebaño!), ya por pereza y, en general, por no tener un genuino deseo de libertad que fuera más allá de la satisfacción de los deseos "naturales" (según Kant: el deseo de estar sano, de tener dinero, y de aliviar como sea el miedo a la muerte).
  
¿Ha cambiado algo desde la época de Kant? ¿Es la mayoría de la gente de nuestro entorno “mayor de edad” (en el sentido de los ilustrados)? ¿En qué consiste realmente ser "mayor de edad"? ¿Es la educación de hoy instigadora de ese pensamiento propio y libre que, según Kant, representa el acceso a la verdadera “mayoría de edad”? 


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miércoles, 5 de marzo de 2014

Pensad como queráis...¡Pero obedeced!


¿Debemos cumplir la ley cuando nos parece injusta o irracional? ¿Tenemos derecho a rebelarnos o desobedecer al poder?



La respuesta de Kant a ambas cuestiones es negativa. Los argumentos que ofrece Kant pretenden ser en parte lógicos y en parte “empíricos” o propiamente políticos. Desde un punto de vista lógico Kant niega todo derecho a saltarse el derecho. Por ello, el derecho a la rebelión (que defiende, por ejemplo, Locke) le parece un contrasentido. Los actos que se salen de la ley no tienen más “legitimidad”, según él, que la fuerza. La ruptura revolucionaria del orden vigente supone “salirse” de la civilidad y retornar al “estado de naturaleza”, en el que solo imperan la violencia y los hechos consumados. ¿Y los derechos naturales del individuo? Para Kant, éstos ya no existen como tales una vez que, fundada la comunidad política, han sido transferidos al gobernante que representa la voluntad popular. Hay que aclarar que en ese acto de transferencia lo que se cede al gobernante, según Kant, no es solo la representatividad sino también la soberanía por lo que el gobernante, y no el pueblo, es realmente el soberano (la soberanía popular queda reducida a mero ideal regulativo: el gobernante ha de ejercer su poder de manera que dicho ejercicio pudiera ser aceptado –en algún momento— por la voluntad popular, posibilidad cuya estimación queda, por lo demás, al arbitrio del gobernante). Como veis, la doctrina kantiana es la expresión filosófica casi perfecta del llamado despotismo ilustrado.

El argumento “empírico” o político reza que el único modo racional y real de generar un cambio político y social consiste en cambiar el estado de opinión de la mayoría y, singularmente, del Estado, de manera que sea la convicción racional del gobierno con respecto a la necesidad del cambio lo que genere dicho cambio por los cauces legales vigentes. Una revolución o ruptura repentina de la legalidad solo conduciría, según Kant, a un conflicto violento cuyo resultado sería un estado similar al que se pretendía sustituir, dada la ausencia de un cambio real (es decir, un cambio de ideas) en la mayoría y en el gobierno representativo que se instituya. Nada se puede asentar realmente sobre la violencia (y sí, todo, sobre la convicción), esta sería, quizás, la moraleja kantiana

En base a estos argumentos esgrime Kant su célebre distinción entre “uso público” y “uso privado” de la razón. Kant defendía que al ciudadano (o, más bien, el ciudadano-súbdito, en su caso) había de permitírsele una completa libertad de opinión (un libre uso “público” de la razón) sobre cualquier asunto, sobre todo si se trataba de un ciudadano docto o competente para opinar, pero que de ninguna manera esa libertad había de extenderse a sus obligaciones sociales como súbdito del Estado ni a su actividad profesional “privada”. 
Es decir, como ciudadano del mundo podía opinar lo que quisiera sobre, por ejemplo, la política fiscal, el ejército o la Iglesia, pero como súbdito de un Estado concreto, había de pagar sus impuestos y cumplir con sus obligaciones militares o religiosas sin rechistar (máxime si fuera, además, militar o sacerdote).
  
Estas afirmaciones han levantado siempre una gran polémica. Un contemporáneo de Kant (Hammam) caricaturizó la postura kantiana diciendo que está consistía en “vestir el traje de la libertad los días de fiestas, pero usar el delantal de la obediencia en casa”. ¿Qué cabe objetar a la teoría de Kant? ¿Qué ocurre si el gobernante no hace ningún caso a la opinión pública, aunque esta sea libre de manifestarse? Desde la posición de Kant, nada, pues el gobernante, como soberano, es la única fuente de derecho legítima, con lo que la doctrina kantiana deja la puerta abierta al despotismo más absoluto (y menos ilustrado), riesgo este que a Kant le parece necesario asumir.

Kant tampoco parece que tuviera en cuenta una posibilidad amenazante de ese único mecanismo legítimo de cambio que propone. ¿Qué pasaría si el gobernante, pese a admitir la libertad de expresión, manipulara a la opinión pública de acuerdo con sus intereses, dando más apoyo y medios a aquellos que opinan como él? Por cierto, ¿a qué os suena esto último?



sábado, 22 de febrero de 2014

Yes, we kant?

Según Kant, la Ilustración y el progreso de la sociedad consistía en que los individuos dejaran de ser "menores de edad” mental y se atrevieran a pensar por su cuenta, sin permitir que otros pensaran y decidieran por ellos. Kant pensaba que la mayoría de la gente era, en su época, “menor de edad” y que, por tanto, eso de la Ilustración apenas era más un propósito que una realidad. Para Kant, el medio idóneo para lograr ese propósito era la educación. O más exactamente cierto tipo de educación: aquella que descubre al individuo la necesidad de pensar por sí mismo y le enseña a hacerlo. Ahora bien, de un lado esta educación apenas existía (los "tutores" o educadores eran tan inmaduros o dependientes de prejuicios como sus pupilos, por lo que no hacían sino prolongar la minoría de edad de estos). Y de otro lado la mayoría no se prestaba fácilmente a salir de su situación, ya fuera por miedo (¡quién se atreve a pensar por sí mismo corriendo el riesgo de perderse del rebaño!), ya por pereza y, en general, por no tener un genuino deseo de libertad que fuera más allá de la satisfacción de los deseos "naturales" (según Kant: el deseo de estar sano, de tener dinero, y de aliviar como sea el miedo a la muerte).
  
¿Ha cambiado algo desde la época de Kant? ¿Es la mayoría de la gente de nuestro entorno “mayor de edad” (en el sentido de los ilustrados)? ¿En qué consiste realmente ser "mayor de edad"? ¿Es la educación de hoy instigadora de ese pensamiento propio y libre que, según Kant, representa el acceso a la verdadera “mayoría de edad”? 


¿QUÉ PIENSAS TÚ?





viernes, 15 de febrero de 2013

Pensad como queráis, ¡pero obedeced!


¿Debemos cumplir la ley cuando nos parece injusta o irracional? ¿Tenemos derecho a rebelarnos o desobedecer al poder?



La respuesta de Kant a ambas cuestiones es negativa. Los argumentos que ofrece Kant pretenden ser en parte lógicos y en parte “empíricos” o propiamente políticos. Desde un punto de vista lógico Kant niega todo derecho a saltarse el derecho. Por ello, el derecho a la rebelión (que defiende, por ejemplo, Locke) le parece un contrasentido. Los actos que se salen de la ley no tienen más “legitimidad”, según él, que la fuerza. La ruptura revolucionaria del orden vigente supone “salirse” de la civilidad y retornar al “estado de naturaleza”, en el que solo imperan la violencia y los hechos consumados. ¿Y los derechos naturales del individuo? Para Kant, éstos ya no existen como tales una vez que, fundada la comunidad política, han sido transferidos al gobernante que representa la voluntad popular. Hay que aclarar que en ese acto de transferencia lo que se cede al gobernante, según Kant, no es solo la representatividad sino también la soberanía por lo que el gobernante, y no el pueblo, es realmente el soberano (la soberanía popular queda reducida a mero ideal regulativo: el gobernante ha de ejercer su poder de manera que dicho ejercicio pudiera ser aceptado –en algún momento— por la voluntad popular, posibilidad cuya estimación queda, por lo demás, al arbitrio del gobernante). Como veis, la doctrina kantiana es la expresión filosófica casi perfecta del llamado despotismo ilustrado.

El argumento “empírico” o político reza que el único modo racional y real de generar un cambio político y social consiste en cambiar el estado de opinión de la mayoría y, singularmente, del Estado, de manera que sea la convicción racional del gobierno con respecto a la necesidad del cambio lo que genere dicho cambio por los cauces legales vigentes. Una revolución o ruptura repentina de la legalidad solo conduciría, según Kant, a un conflicto violento cuyo resultado sería un estado similar al que se pretendía sustituir, dada la ausencia de un cambio real (es decir, un cambio de ideas) en la mayoría y en el gobierno representativo que se instituya. Nada se puede asentar realmente sobre la violencia (y sí todo sobre la convicción), esta sería, quizás, la moraleja kantiana

En base a estos argumentos esgrime Kant su célebre distinción entre “uso público” y “uso privado” de la razón. Kant defendía que al ciudadano (o, más bien, el ciudadano-súbdito, en su caso) había de permitírsele una completa libertad de opinión (un libre uso “público” de la razón) sobre cualquier asunto, sobre todo si se tratara de un ciudadano docto o competente para opinar, pero que de ninguna manera esa libertad había de extenderse a sus obligaciones sociales como súbdito del Estado ni a su actividad profesional “privada”. 




Es decir, como ciudadano del mundo podía opinar lo que quisiera sobre, por ejemplo, la política fiscal, el ejército o la Iglesia, pero como súbdito de un Estado concreto, había de pagar sus impuestos y cumplir con sus obligaciones militares o religiosas sin rechistar (máxime si fuera, además, militar o sacerdote).
  


Estas afirmaciones han levantado siempre una gran polémica. Un contemporáneo de Kant (Hammam) caricaturizó la postura kantiana diciendo que está consistía en “vestir el traje de la libertad los días de fiestas, pero usar el delantal de la obediencia en casa”. ¿Qué cabe objetar a la teoría de Kant? ¿Qué ocurre si el gobernante no hace ningún caso a la opinión pública, aunque esta sea libre de manifestarse? Desde la posición de Kant, nada, pues el gobernante, como soberano, es la única fuente de derecho legítima, con lo que la doctrina kantiana deja la puerta abierta al despotismo más absoluto (y menos ilustrado), riesgo este que a Kant le parece necesario asumir.

Kant tampoco parece que tuviera en cuenta una posibilidad amenazante de ese único mecanismo legítimo de cambio que propone. ¿Qué pasaría si el gobernante, pese a admitir la libertad de expresión, manipulara a la opinión pública de acuerdo con sus intereses, dando más apoyo y medios a aquellos que opinan como él? Por cierto, ¿a qué os suena esto último?



jueves, 7 de febrero de 2013

Yes, we Kant?

Según Kant, la Ilustración y el progreso de la sociedad consistía en que los individuos dejaran de ser "menores de edad” mental y se atrevieran a pensar por su cuenta, sin permitir que otros pensaran y decidieran por ellos. Kant pensaba que la mayoría de la gente era, en su época, “menor de edad” y que, por tanto, eso de la Ilustración apenas era más un propósito que una realidad. Para Kant, el medio idóneo para lograr ese propósito era la educación. O más exactamente cierto tipo de educación: aquella que descubre al individuo la necesidad de pensar por sí mismo y le enseña a hacerlo. Ahora bien, de un lado esta educación apenas existía (los "tutores" o educadores eran tan inmaduros o dependientes de prejuicios como sus pupilos, por lo que no hacían sino prolongar la minoría de edad de estos). Y de otro lado la mayoría no se prestaba fácilmente a salir de su situación, ya fuera por miedo (¡quién se atreve a pensar por sí mismo corriendo el riesgo de perderse del rebaño!), ya por pereza y, en general, por no tener un genuino deseo de libertad que fuera más allá de la satisfacción de los deseos "naturales" (según Kant: el deseo de estar sano, de tener dinero, y de aliviar como sea el miedo a la muerte).
  
¿Ha cambiado algo desde la época de Kant? ¿Es la mayoría de la gente de nuestro entorno “mayor de edad” (en el sentido de los ilustrados)? ¿En qué consiste realmente ser "mayor de edad"? ¿Es la educación de hoy instigadora de ese pensamiento propio y libre que, según Kant, representa el acceso a la verdadera “mayoría de edad”? 


¿QUÉ PIENSAS TÚ?