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viernes, 6 de marzo de 2026

60. La deconstrucción de la tradición occidental en Nietzsche: la ciencia y el mito positivista de la verdad objetiva.


El ansía de seguridad y previsión ha hecho que los hombres modernos (una vez arruinadas la metafísica y la religión) pongan su fe en la ciencia y en su capacidad para conocer y controlar el mundo. Esta fe positivista (el positivismo es una filosofía típica del s. XIX) se basa en mitos: el mito de la racionalidad del mundo, el mito de la verdad objetiva, el mito del progreso... Y supone otra versión del "mundo verdadero", ese con el que la cultura occidental suplanta y niega el mundo real. 


Según Nietzsche, la ciencia también es, pues, una fábula para no afrontar la verdadera naturaleza de lo real. La ciencia 
niega el mundo real al suponer que este cabe en la precisión de sus fórmulas, olvidando que la vida no está compuesta de cosas estables y aisladas a la medida de los conceptos científicos (cuya raíz está, además, en las metáforas y la imprecisa imaginación de los hombres), y que las cualidades de las cosas (la alegría, lo rojo, lo circular...) no se dejan reducir a cantidad y número. El mundo no es racional, como creen ilusoriamente muchos científicos y los filósofos positivistas.


El positivismo cree también en la objetividad de las verdades de la ciencia empírica, pero olvida que la experiencia lo es siempre de un sujeto cargado de ideas, deseos, emociones e intereses subjetivos que distorsionan su percepción y su interpretación de los hechos
(no hay hechos puros, todo lo que se observa es, según Nietzsche, cuestión de perspectiva). No hay, por tanto, una verdad científica objetiva y universal, sino "verdades" más o menos útiles para cada momento de la vida (la verdad es "la mentira más útil" en cada momento). La ciencia no es, por ello, un conocimiento superior a otros (como el arte, la religión, la filosofía), sino otra forma de clasificar las cosas con el fin de edulcorar nuestra experiencia del mundo y darnos seguridad y confianza ante una realidad que, realmente, resulta humanamente incontrolable. 

A las creencia en la estructura matemática o cuantitativa del mundo y en la verdad objetiva, el positivista añade la creencia en el progreso (creencia que es una parte o versión del mito del orden lineal e histórico del tiempo; mito proveniente de la religión cristiana y su visión del mundo como una creación de Dios dirigida hacia un apocalipsis final). Pero el "progreso" que el desarrollo científico y técnico proporciona no es, para Nietzsche, sino el desarrollo cada vez mayor de los Estados para controlar a los individuos, o de las empresas (diríamos hoy) en busca de poder y beneficio.

Y aquí tenéis la presentación de clase:


viernes, 17 de octubre de 2025

20. Filosofía y ciencia en la época helenística; la figura de Hipatia de Alejandría.

 


La filosofía helenística es la que se desarrolla en el periodo que va del siglo IV, cuando mueren Alejandro Magno y Aristóteles, al siglo II a. C., cuando Roma conquista Grecia, aunque dada la influencia de esta filosofía en la cultura romana podríamos extender el periodo del pensamiento helenístico hasta el siglo I d. C. (en que empieza a extenderse el cristianismo por el mundo romano), e incluso mucho más allá, pues la cultura griega sigue brillando en Alejandría hasta, al menos, la muerte de Hipatia (415 d. C.). Este periodo, ligado a la expansión del helenismo a través de las conquistas de Alejandro Magno, comprende cambios muy notables. Desde un punto de vista social y político, desaparece el mundo de las ciudades-Estado, en la que el individuo podía sentirse y actuar como un sujeto político decisivo, y se impone una estructura política imperial. Desde un punto de vista psicológico e ideológico, las personas van a experimentarse como individuos más o menos aislados y preocupados fundamentalmente por su felicidad personal (un poco igual que en nuestra pro pia época). A nivel cultural, van a florecer las inquietudes religiosas, la filosofía de orientación moral y una ciencia experimental despreocupada de las grandes sistematizaciones teóricas. 


En cuanto al problema de la realidad, y junto a la continuidad de las doctrinas platónica y aristotélica, destaca la teoría materialista de Epicuro, muy parecida a la de Demócrito y los atomistas (todo está compuesto de átomos que, moviéndose en el vacío, chocan entre si dando lugar a los cuerpos compuestos). A la vez, en el Museo y Biblioteca de Alejandría (fundada en el siglo III a. C.) investigaban y transmitían sus conocimiento un numero destacado de sabios que, por su objeto y método de conocimiento, podemos equiparar a los modernos científicos e ingenieros. Estos no van a investigar ya la "arkhé" o el principio originario de la realidad, sino que se van a preocupar por el funcionamiento de ciertos procesos naturales concretos, la investigación sobre problemas matemáticos o el diseño de ingenios mecánicos. Su método va a ser fundamentalmente empírico-matemático (tal como la ciencia actual), esto es, fundado en la experiencia y en el cálculo. 


Algunos de los sabios fueron Arquímedes, conocido por el “principio de Arquímedes” y el “método de exhaución” (lo que supuso, por vez primera, el uso matemático de los infinitesimales), y que teorizó y desarrollo tecnologías como las de la palanca o el uso del tornillo; el matemático Euclides, cuyos “Elementa” servían de libro de texto en matemáticas hasta no hace mucho; Eratóstenes, que calculó con gran precisión la circunferencia de la Tierra y la inclinación de su eje; Hiparco de Nicea y Aristarco de Samos, cada uno de los cuales defendía una hipótesis distinta sobre la constitución del universo – geocéntrica en Hiparco y heliocéntrica en Aristarco – ; el médico Herófilo, que afirmaba que la inteligencia estaba en el cerebro; etc. Más adelante, (en torno al siglo I d. C.) en la misma Biblioteca investigaron Herón de Alejandría (que desarrolló distintos ingenios hidráulicos y escribió el primer libro de robótica de la historia), el médico Galeno, el astrónomo Ptolomeo, e Hipatia de Alejandrina, la primera mujer filósofa reconocida popularmente como tal (no es que antes no hubiera, pero no fueron tan conocidas). 


Hipatia de Alejandría vivió y enseñó en Alejandría durante los siglos IV y V d. C., y fue coetánea de Agustín de Hipona. Hija de un célebre matemático y astrónomo, de ella no se han conservado escritos, aunque se le tiene por una filósofa neoplatónica, especialmente interesada en la parte más matemática del platonismo. Se le atribuyen obras matemáticas y astronómicas, además del diseño de algunos instrumentos científicos. Parece que ejerció también como consejera política, y tenía fama de ser una mujer de gran integridad moral. Murió lapidada por una turba cristiana acusada de conspirar contra el obispo Cirilo. Su figura, mitificada a lo largo de los siglos, representa el heroico papel de la mujer en una cultura fuertemente patriarcal en el que las mujeres apenas tenían acceso a la vida social, cultural y política, y, en cierto modo, la de una “mártir de la ciencia” víctima del fanatismo religioso en las postrimerías del pensamiento clásico.


En cuanto al problema del conocimiento, la filosofía helenística no representa un desarrollo significativo. La teoría más original quizás sea la del escepticismo, aunque tampoco del todo, pues podemos encontrar precedentes en la sofística. Según los escépticos, no podemos saber objetivamente nada, ni sobre la existencia o ser de las cosas, ni sobre la bondad o maldad de los actos. Por ello, la actitud más razonable es la de suspender el juicio: no afirmar ni juzgar nada sobre nada. Si adoptamos esta actitud de indiferencia hacia las cosas, alcanzaremos la imperturbabilidad del ánimo y la felicidad que esto proporciona. El escepticismo de la época alejandrina fue fundado, según la tradición, por Pirrón de Elis (hacia 360-270 a. C.), de quien se dice que viajó a la India, donde tal vez aprendió la doctrina del desasimiento ("akatalepsia"), y de la suspensión del juicio ("epokhé"). En el siglo I a. C. Enesidemo fundará la escuela pirrónica inspirada en Pirrón. Y en el siglo II d. C. Sexto Empírico será el gran representante del escepticismo tardío. Cabe advertir que no todos los filósofos helenísticos son escépticos. Epicuro, por ejemplo, defendía la posibilidad del conocimiento, que para él (como para otros filósofos materialistas) consistía fundamentalmente en experimentar de forma sensible el mundo.

Y aquí la presentación de clase:


martes, 30 de marzo de 2021

La forma matemática (y científica) de la mente... Fragmentos del diario de Kant (5)


 Fragmentos del diario personal de Kant 
* NOTA IMPORTANTE. El equipo de investigación de este blog no garantiza la fiabilidad de estos documentos (ni la fiabilidad de nada, en general).


Königsberg, 23 de abril de 1773.
¿Cómo son posibles las matemáticas? ¿De qué extraña realidad eterna y abstracta hablan Lambert, Laplace y otros geniales matemáticos? Los juicios de la matemática no pueden referirse directamente al mundo físico, pues este es inestable, cambiante, compuesto de hechos particulares (y las leyes y teoremas de las aritmética o la geometría son invariablemente ciertos, universales, abstractos). ¿Entonces? Algunos, como Platón, creían que las matemáticas se referían a un mundo ideal más allá de este que pisamos. Esto resulta increíble. Ni el mundo es matemático, ni la matemática es un mundo. La única solución que veo es esta: las matemáticas están en nuestra cabeza, en la mente. Son parte de la forma en que la mente conoce el mundo. 
No es que las invente la mente. Sino que son la forma en que funciona la mente, el “molde” con el que recibe los datos del mundo. 
¿Cómo he llegado a esta conclusión? Veamos. La matemática se ocupa de estudiar las leyes del espacio y del tiempo. La geometría descubre y analiza la forma abstracta y a priori del espacio; y la aritmética se ocupa de la sucesión (el uno, el dos…), es decir, de la forma abstracta y a priori del tiempo. Ahora bien: ¿dónde está el espacio? ¿Cuándo ocurre el tiempo?... Los espíritus ingenuos creen que el espacio y el tiempo son y ocurren en el mundo. Yo creo que son nuestra forma de ver el mundo, la forma a priori de nuestra sensibilidad. 
El espacio es la forma en que nuestra mente ordena todo lo que ve fuera de sí, delimitando y distinguiendo objetos, a partir de sí misma (delante, atrás, arriba, abajo…). 
El tiempo es la forma en que la mente se experimenta a si misma: la propia sucesión de sus impresiones y pensamientos. Pues bien, las matemáticas se refieren a estas formas que tiene la mente, a la forma de nuestra sensibilidad o facultad de percibir (de percibir el mundo y de percibir a la propia mente perceptora). La matemática pura estudia estas formas tal como son a priori, antes de su uso como “molde” de la experiencia sensible. Pero los juicios matemáticos también pueden referirse al mundo físico (pueden ser sintéticos), y darnos información sobre él, por la sencilla razón de que ese mundo físico no es el mundo en sí (el noúmeno), sino el mundo tal como lo ve nuestra mente (como fenómeno) aplicándole esas formas (matemáticas) de la sensibilidad. Así, la matemática, cuando describe el mundo…¡También se describe a sí misma! ¿No es fenomenal?


Königsberg. 2 de mayo de 1773.
Mi trabajo avanza a toda velocidad. Tengo la impresión de que cuando lo dé a la imprenta (todavía no sé cuándo) va a ocasionar un considerable revuelo. Algunos amigos me animan a publicar ya algo, pero yo me resisto, lo que ando pensando es… ¡Tan extraño y novedoso¡ Me muevo con cautela, como en una selva virgen de pensamientos. Y esta selva infinita es… ¡nuestra propia mente! Es ella, desde su facultad sensible, la que crea los objetos o fenómenos, dándole su propia forma espacial y temporal a esa misteriosa materia que viene del mundo. ¡Pero esto es solo el principio! El conocimiento no se reduce a la sensibilidad. Más allá de ella, la mente fabrica pensamientos o ideas, relaciona de formas muy distintas los fenómenos o intuiciones sensibles, aplicándoles ciertos conceptos que solo de la mente provienen. 
Si nuestra sensibilidad “recibe” al mundo sensible “acomodándolo” en esos “moldes” que son espacio y tiempo, nuestro entendimiento lo comprende bajo ciertas categorías o conceptos, como el concepto de unidad, o el de causalidad, u otros tantos (creo haber descubierto exactamente doce, tantos como formas tiene mi mente de entender, en general, los fenómenos). Si esto que digo es cierto, lo que he descubierto es... ¡¡La naturaleza misma de la lógica o razón!! Gracias a mi descubrimiento será posible entender y justificar cómo es posible la ciencia en general (y no solo la matemática).


 Königsberg. 5 de mayo de 1773.
Cuando un físico afirma “todo cambio ocurre por alguna causa”, ¿de dónde proviene aquello que nombra? ¿Cómo sabemos que es verdad? No de la pura experiencia, desde luego, pues “allí” no existen los “todos” ni las “causas” (a lo sumo existen los cambios, que es lo que nos parece ver en todo momento). Pero tampoco de un increíble mundo de ideas platónicas e innatas. Vuelvo la reflexión hacia mi mismo y descubro allí lo que buscaba: esos “todos” y “causas” son parte del “aparato” lógico con que la mente entiende y razona las cosas. Son los conceptos o categorías del entendimiento. Y son, naturalmente, a priori, independientes de todo fenómeno o cosa que pueda pensar, ¡¡pues son la forma misma del pensamiento!! De hecho, no puedo pensar los fenómenos sin pensarlos como “uno” o como “totalidad” o como siendo unos la “causa” de otros. 

¡Esto nos salva del escepticismo de Hume, sin dormirnos en las quimeras de los racionalistas! Las formas a priori del entendimiento (esos conceptos o categorías con los que pienso) dan a los juicios de la ciencia la necesidad y universalidad que requiere un conocimiento científico, pero a la vez describen con una precisión admirable el mundo físico (siempre que se apliquen a los fenómenos de la sensibilidad). ¿¡¡Y cómo no habría de ser así, dado que el mundo físico adquiere, en cuanto lo pensamos, la forma de nuestro propio entendimiento!!?


martes, 28 de abril de 2020

Tres tristes mitos. La crítica de Nietzsche a la cultura occidental.


La cultura occidental es un inmenso error, una rebuscada y persistente manera de negar la Realidad y la Vitalidad humana. Este es el más claro y escandaloso mensaje de F. Nietzsche, el filósofo del martillo...

Durante más de dos mil años, la cultura occidental se ha construido como una fortaleza en la que "protegernos" de la realidad. Un castillo edificado en el aire de las ideas y las palabras, y cimentado en mitos, en tres tristes mitos. Estos son.

El mito del “otro” mundo (el error metafísico-religioso)

Incapaces de afrontar el mundo real tal como es (cambiante, contradictorio, irracional, imprevisible…) los filósofos, desde Sócrates y Platón, han inventado “otro” mundo más "seguro", a la medida de sus miedos y necesidades. Un mundo incorpóreo, eterno, racional, ordenado y justo, y que, por supuesto, es el “verdadero”. Según ellos, el hombre ha de vivir para este “otro” mundo ideal sacrificando el mundo real y presente (que no sería más que “apariencia”, sombras en la caverna de Platón).


Este “otro” mundo filosófico es el de las formas platónicas, pero también el del cielo cristiano (el cristianismo es, dice Nietzsche, “platonismo para pobres”), o el de la utopía social de los ilustrados (el socialismo es como un "cristianismo laico")... 

De otro lado, este mito del “otro” mundo alimenta el mito de la historia, que sería el “paso” (el sufrido "vía crucis") desde el mundo terrenal y aparente al mundo ideal y verdadero. Y también el mito del lenguaje: la idea de que los conceptos, la gramática y la lógica son la estructura real del mundo (en lugar de meros moldes “momificados” que la realidad desborda continuamente). 


El mensaje de todos estos mitos es el mismo: la realidad, la vida verdadera no es esta, sino otra que está siempre por llegar. La consecuencia es obvia: el sacrificio del presente, que es, para Nietzsche, lo único real.


El mito de la verdad objetiva (el error del positivismo).

El ansía de seguridad y previsión ha hecho que los hombres modernos pongan su fe en la ciencia y en su capacidad para conocer y controlar el mundo. Pero esta capacidad es otro mito, el mito positivista. La ciencia niega y olvida el mundo real como la metafísica (pobre) que es. Cree que la vida cabe en la precisión de sus conceptos, olvidando que la vida no está compuesta de cosas estables y aisladas a la medida de esos conceptos (cuya raíz está, además, en las metáforas y la imprecisa imaginación de los hombres). Cree que las propiedades o cualidades del mundo son “aparentes” y reducibles a cantidad y matemáticas, olvidando que todas las cualidades –la alegría, lo rojo, lo circular… — son irreductibles a número y razón.
 Cree que los hechos dan objetividad a sus hipótesis, olvidando que toda experiencia lo es de un sujeto cargado de ideas, deseos, emociones e intereses subjetivos (perspectivismo). Cree que la verdad es universal y está por encima de todo, olvidando que la verdad, siempre al servicio de la vida, es “la mentira más útil” en cada momento (pragmatismo).
Cree que en la superioridad del conocimiento científico, olvidando que la ciencia (como el arte, la religión, la filosofía…) no es sino otra forma de clasificar las cosas, ni mejor ni peor, para dar seguridad y confianza al hombre. Y cree, finalmente, en su contribución al progreso material, olvidando que el desarrollo científico y técnico no es sino el desarrollo del poder de los Estados para controlar cada vez mejor a los individuos…  

El mito de la moralidad tradicional.

El miedo a la vida y al mundo real no solo ha dado lugar a una metafísica del “otro mundo” (y a la fe en la ciencia que acabará con toda incertidumbre), sino a una moral invertida y perversa, que culpabiliza todo instinto o impulso vital, y declara como “bueno” todo lo que niega la vitalidad natural del hombre. 
Una “moral de esclavos” o del “rebaño”, según la cual todo lo real es malo (el desorden, la pasión y los deseos del cuerpo, el sexo, la diferencia jerárquica entre los hombres, la competencia, la astucia y el engaño, la lucha, el egoísmo…). Y todo lo ideal (y por tanto irreal) es bueno (el orden, el dominio de la razón, la castidad, la igualdad entre los hombres, el amor desinteresado, la sinceridad, la paz, el deber y el sacrificio de los propios intereses…).


La consecuencia del predominio de estos tres mitos está, según Nietzsche, a la vista. Es la decadencia de la cultura occidental, cuyos hombres han perdido su energía vital, su capacidad para gozar y vivir el presente, y viven acobardados, como muertos en vida, incapaces de imponer su voluntad y hacer lo que realmente quieren, subyugados por ideales y mitos que siempre  aplazan la “vida verdadera” y plena a un futuro inexistente…


¿Estás tú entre estos “zombis” que retrata Nietzsche? ¿Será verdad lo que decía este filósofo hace más de un siglo? ¡Atrévete a pensarlo! 



lunes, 30 de mayo de 2016

Tres tristes mitos. La crítica de Nietzsche a la cultura occidental.


La cultura occidental es un inmenso error, una rebuscada y persistente manera de negar la Realidad y la Vitalidad humana. Este es el más claro y escandaloso mensaje de F. Nietzsche, el filósofo del martillo...

Durante más de dos mil años, la cultura occidental se ha construido como una fortaleza en la que "protegernos" de la realidad. Un castillo edificado en el aire de las ideas y las palabras, y cimentado en mitos, en tres tristes mitos. Estos son.

El mito del “otro” mundo (el error metafísico-religioso)

Incapaces de afrontar el mundo real tal como es (cambiante, contradictorio, irracional, imprevisible…) los filósofos, desde Sócrates y Platón, han inventado “otro” mundo más "seguro", a la medida de sus miedos y necesidades. Un mundo incorpóreo, eterno, racional, ordenado y justo, y que, por supuesto, es el “verdadero”. Según ellos, el hombre ha de vivir para este “otro” mundo ideal sacrificando el mundo real y presente (que no sería más que “apariencia”, sombras en la caverna de Platón).

Este “otro” mundo filosófico es el de las formas platónicas, pero también el del cielo cristiano (el cristianismo es, dice Nietzsche, “platonismo para pobres”), o el de la utopía social de los ilustrados (el socialismo es como un "cristianismo laico")... 

De otro lado, este mito del “otro” mundo alimenta el mito de la historia, que sería el “paso” (el sufrido "vía crucis") desde el mundo terrenal y aparente al mundo ideal y verdadero. Y también el mito del lenguaje: la idea de que los conceptos, la gramática y la lógica son la estructura real del mundo (en lugar de meros moldes “momificados” que la realidad desborda continuamente). 


El mensaje de todos estos mitos es el mismo: la realidad, la vida verdadera no es esta, sino otra que está siempre por llegar. La consecuencia es obvia: el sacrificio del presente, que es, para Nietzsche, lo único real.


El mito de la verdad objetiva (el error del positivismo).

El ansía de seguridad y previsión ha hecho que los hombres modernos pongan su fe en la ciencia y en su capacidad para conocer y controlar el mundo. Pero esta capacidad es otro mito, el mito positivista. La ciencia niega y olvida el mundo real como la metafísica (pobre) que es. Cree que la vida cabe en la precisión de sus conceptos, olvidando que la vida no está compuesta de cosas estables y aisladas a la medida de esos conceptos (cuya raíz está, además, en las metáforas y la imprecisa imaginación de los hombres). Cree que las propiedades o cualidades del mundo son “aparentes” y reducibles a cantidad y matemáticas, olvidando que todas las cualidades –la alegría, lo rojo, lo circular… — son irreductibles a número y razón.
 Cree que los hechos dan objetividad a sus hipótesis, olvidando que toda experiencia lo es de un sujeto cargado de ideas, deseos, emociones e intereses subjetivos (perspectivismo). Cree que la verdad es universal y está por encima de todo, olvidando que la verdad, siempre al servicio de la vida, es “la mentira más útil” en cada momento (pragmatismo).
Cree que en la superioridad del conocimiento científico, olvidando que la ciencia (como el arte, la religión, la filosofía…) no es sino otra forma de clasificar las cosas, ni mejor ni peor, para dar seguridad y confianza al hombre. Y cree, finalmente, en su contribución al progreso material, olvidando que el desarrollo científico y técnico no es sino el desarrollo del poder de los Estados para controlar cada vez mejor a los individuos…  

El mito de la moralidad tradicional.

El miedo a la vida y al mundo real no solo ha dado lugar a una metafísica del “otro mundo” (y a la fe en la ciencia que acabará con toda incertidumbre), sino a una moral invertida y perversa, que culpabiliza todo instinto o impulso vital, y declara como “bueno” todo lo que niega la vitalidad natural del hombre. 
Una “moral de esclavos” o del “rebaño”, según la cual todo lo real es malo (el desorden, la pasión y los deseos del cuerpo, el sexo, la diferencia jerárquica entre los hombres, la competencia, la astucia y el engaño, la lucha, el egoísmo…). Y todo lo ideal (y por tanto irreal) es bueno (el orden, el dominio de la razón, la castidad, la igualdad entre los hombres, el amor desinteresado, la sinceridad, la paz, el deber y el sacrificio de los propios intereses…).


La consecuencia del predominio de estos tres mitos está, según Nietzsche, a la vista. Es la decadencia de la cultura occidental, cuyos hombres han perdido su energía vital, su capacidad para gozar y vivir el presente, y viven acobardados, como muertos en vida, incapaces de imponer su voluntad y hacer lo que realmente quieren, subyugados por ideales y mitos que siempre  aplazan la “vida verdadera” y plena a un futuro inexistente…


¿Estás tú entre estos “zombis” que retrata Nietzsche? ¿Será verdad lo que decía este filósofo hace más de un siglo? ¡Atrévete a pensarlo! 


martes, 2 de junio de 2015

Tres tristes mitos. La crítica de Nietzsche a la cultura occidental.


La cultura occidental es un inmenso error, una rebuscada y persistente manera de negar la Realidad y la Vitalidad humana. Este es el más claro y escandaloso mensaje de F. Nietzsche, el filósofo del martillo...

Durante más de dos mil años, la cultura occidental se ha construido como una fortaleza en la que "protegernos" de la realidad. Un castillo edificado en el aire de las ideas y las palabras, y cimentado en mitos, en tres tristes mitos. Estos son.

El mito del “otro” mundo (el error metafísico-religioso)

Incapaces de afrontar el mundo real tal como es (cambiante, contradictorio, irracional, imprevisible…) los filósofos, desde Sócrates y Platón, han inventado “otro” mundo más "seguro", a la medida de sus miedos y necesidades. Un mundo incorpóreo, eterno, racional, ordenado y justo, y que, por supuesto, es el “verdadero”. Según ellos, el hombre ha de vivir para este “otro” mundo ideal sacrificando el mundo real y presente (que no sería más que “apariencia”, sombras en la caverna de Platón).

Este “otro” mundo filosófico es el de las formas platónicas, pero también el del cielo cristiano (el cristianismo es, dice Nietzsche, “platonismo para pobres”), o el de la utopía social de los ilustrados (el socialismo es como un "cristianismo laico")... 

De otro lado, este mito del “otro” mundo alimenta el mito de la historia, que sería el “paso” (el sufrido "vía crucis") desde el mundo terrenal y aparente al mundo ideal y verdadero. Y también el mito del lenguaje: la idea de que los conceptos, la gramática y la lógica son la estructura real del mundo (en lugar de meros moldes “momificados” que la realidad desborda continuamente). 


El mensaje de todos estos mitos es el mismo: la realidad, la vida verdadera no es esta, sino otra que está siempre por llegar. La consecuencia es obvia: el sacrificio del presente, que es, para Nietzsche, lo único real.


El mito de la verdad objetiva (el error del positivismo).

El ansía de seguridad y previsión ha hecho que los hombres modernos pongan su fe en la ciencia y en su capacidad para conocer y controlar el mundo. Pero esta capacidad es otro mito, el mito positivista. La ciencia niega y olvida el mundo real como la metafísica (pobre) que es. Cree que la vida cabe en la precisión de sus conceptos, olvidando que la vida no está compuesta de cosas estables y aisladas a la medida de esos conceptos (cuya raíz está, además, en las metáforas y la imprecisa imaginación de los hombres). Cree que las propiedades o cualidades del mundo son “aparentes” y reducibles a cantidad y matemáticas, olvidando que todas las cualidades –la alegría, lo rojo, lo circular… — son irreductibles a número y razón.
 Cree que los hechos dan objetividad a sus hipótesis, olvidando que toda experiencia lo es de un sujeto cargado de ideas, deseos, emociones e intereses subjetivos (perspectivismo). Cree que la verdad es universal y está por encima de todo, olvidando que la verdad, siempre al servicio de la vida, es “la mentira más útil” en cada momento (pragmatismo).
Cree que en la superioridad del conocimiento científico, olvidando que la ciencia (como el arte, la religión, la filosofía…) no es sino otra forma de clasificar las cosas, ni mejor ni peor, para dar seguridad y confianza al hombre. Y cree, finalmente, en su contribución al progreso material, olvidando que el desarrollo científico y técnico no es sino el desarrollo del poder de los Estados para controlar cada vez mejor a los individuos…  

El mito de la moralidad tradicional.

El miedo a la vida y al mundo real no solo ha dado lugar a una metafísica del “otro mundo” (y a la fe en la ciencia que acabará con toda incertidumbre), sino a una moral invertida y perversa, que culpabiliza todo instinto o impulso vital, y declara como “bueno” todo lo que niega la vitalidad natural del hombre. 
Una “moral de esclavos” o del “rebaño”, según la cual todo lo real es malo (el desorden, la pasión y los deseos del cuerpo, el sexo, la diferencia jerárquica entre los hombres, la competencia, la astucia y el engaño, la lucha, el egoísmo…). Y todo lo ideal (y por tanto irreal) es bueno (el orden, el dominio de la razón, la castidad, la igualdad entre los hombres, el amor desinteresado, la sinceridad, la paz, el deber y el sacrificio de los propios intereses…).


La consecuencia del predominio de estos tres mitos está, según Nietzsche, a la vista. Es la decadencia de la cultura occidental, cuyos hombres han perdido su energía vital, su capacidad para gozar y vivir el presente, y viven acobardados, como muertos en vida, incapaces de imponer su voluntad y hacer lo que realmente quieren, subyugados por ideales y mitos que siempre  aplazan la “vida verdadera” y plena a un futuro inexistente…


¿Estás tú entre estos “zombis” que retrata Nietzsche? ¿Será verdad lo que decía este filósofo hace más de un siglo? ¡Atrévete a pensarlo! 


domingo, 29 de marzo de 2015

La forma matemática (y científica) de la mente... Fragmentos del diario de Kant (5)


 Fragmentos del diario personal de Kant 
* NOTA IMPORTANTE. El equipo de investigación de este blog no garantiza la fiabilidad de estos documentos (ni la fiabilidad de nada, en general), ni sabe de dónde han salido, ni si son verdaderos "a priori" o "a posteriori" o a "vete-tu-a saber (¡que ya eres mayor de edad!)". 




Königsberg, 23 de abril de 1773.
¿Cómo son posibles las matemáticas? ¿De qué extraña realidad eterna y abstracta hablan Lambert, Laplace y otros geniales matemáticos? Los juicios de la matemática no pueden referirse directamente al mundo físico, pues este es inestable, cambiante, compuesto de hechos particulares (y las leyes y teoremas de las aritmética o la geometría son invariablemente ciertos, universales, abstractos). ¿Entonces? Algunos, como Platón, creían que las matemáticas se referían a un mundo ideal más allá de este que pisamos. Esto resulta increíble. Ni el mundo es matemático, ni la matemática es un mundo. La única solución que veo es esta: las matemáticas están en nuestra cabeza, en la mente. Son parte de la forma en que la mente conoce el mundo. 
No es que las invente la mente. Sino que son la forma en que funciona la mente, el “molde” con el que recibe los datos del mundo. 
¿Cómo he llegado a esta conclusión? Veamos. La matemática se ocupa de estudiar las leyes del espacio y del tiempo. La geometría descubre y analiza la forma abstracta y a priori del espacio; y la aritmética se ocupa de la sucesión (el uno, el dos…), es decir, de la forma abstracta y a priori del tiempo. Ahora bien: ¿dónde está el espacio? ¿Cuándo ocurre el tiempo?... Los espíritus ingenuos creen que el espacio y el tiempo son y ocurren en el mundo. Yo creo que son nuestra forma de ver el mundo, la forma a priori de nuestra sensibilidad. 
El espacio es la forma en que nuestra mente ordena todo lo que ve fuera de sí, delimitando y distinguiendo objetos, a partir de sí misma (delante, atrás, arriba, abajo…). 
El tiempo es la forma en que la mente se experimenta a si misma: la propia sucesión de sus impresiones y pensamientos. Pues bien, las matemáticas se refieren a estas formas que tiene la mente, a la forma de nuestra sensibilidad o facultad de percibir (de percibir el mundo y de percibir a la propia mente perceptora). La matemática pura estudia estas formas tal como son a priori, antes de su uso como “molde” de la experiencia sensible. Pero los juicios matemáticos también pueden referirse al mundo físico (pueden ser sintéticos), y darnos información sobre él, por la sencilla razón de que ese mundo físico no es el mundo en sí (el noúmeno), sino el mundo tal como lo ve nuestra mente (como fenómeno) aplicándole esas formas (matemáticas) de la sensibilidad. Así, la matemática, cuando describe el mundo…¡También se describe a sí misma! ¿No es fenomenal?


Königsberg. 2 de mayo de 1773.
Mi trabajo avanza a toda velocidad. Tengo la impresión de que cuando lo dé a la imprenta (todavía no sé cuándo) va a ocasionar un considerable revuelo. Algunos amigos me animan a publicar ya algo, pero yo me resisto, lo que ando pensando es… ¡Tan extraño y novedoso¡ Me muevo con cautela, como en una selva virgen de pensamientos. Y esta selva infinita es… ¡nuestra propia mente! Es ella, desde su facultad sensible, la que crea los objetos o fenómenos, dándole su propia forma espacial y temporal a esa misteriosa materia que viene del mundo. ¡Pero esto es solo el principio! El conocimiento no se reduce a la sensibilidad. Más allá de ella, la mente fabrica pensamientos o ideas, relaciona de formas muy distintas los fenómenos o intuiciones sensibles, aplicándoles ciertos conceptos que solo de la mente provienen. 
Si nuestra sensibilidad “recibe” al mundo sensible “acomodándolo” en esos “moldes” que son espacio y tiempo, nuestro entendimiento lo comprende bajo ciertas categorías o conceptos, como el concepto de unidad, o el de causalidad, u otros tantos (creo haber descubierto exactamente doce, tantos como formas tiene mi mente de entender, en general, los fenómenos). Si esto que digo es cierto, lo que he descubierto es... ¡¡La naturaleza misma de la lógica o razón!! Gracias a mi descubrimiento será posible entender y justificar cómo es posible la ciencia en general (y no solo la matemática).


 Königsberg. 5 de mayo de 1773.
Cuando un físico afirma “todo cambio ocurre por alguna causa”, ¿de dónde proviene aquello que nombra? ¿Cómo sabemos que es verdad? No de la pura experiencia, desde luego, pues “allí” no existen los “todos” ni las “causas” (a lo sumo existen los cambios, que es lo que nos parece ver en todo momento). Pero tampoco de un increíble mundo de ideas platónicas e innatas. Vuelvo la reflexión hacia mi mismo y descubro allí lo que buscaba: esos “todos” y “causas” son parte del “aparato” lógico con que la mente entiende y razona las cosas. Son los conceptos o categorías del entendimiento. Y son, naturalmente, a priori, independientes de todo fenómeno o cosa que pueda pensar, ¡¡pues son la forma misma del pensamiento!! De hecho, no puedo pensar los fenómenos sin pensarlos como “uno” o como “totalidad” o como siendo unos la “causa” de otros. 

¡Esto nos salva del escepticismo de Hume, sin dormirnos en las quimeras de los racionalistas! Las formas a priori del entendimiento (esos conceptos o categorías con los que pienso) dan a los juicios de la ciencia la necesidad y universalidad que requiere un conocimiento científico, pero a la vez describen con una precisión admirable el mundo físico (siempre que se apliquen a los fenómenos de la sensibilidad). ¿¡¡Y cómo no habría de ser así, dado que el mundo físico adquiere, en cuanto lo pensamos, la forma de nuestro propio entendimiento!!?


jueves, 29 de mayo de 2014

Tres tristes mitos. La crítica de Nietzsche a la cultura occidental.


La cultura occidental es un inmenso error, una rebuscada y persistente manera de negar la Realidad y la Vitalidad humana. Este es el más claro y escandaloso mensaje de F. Nietzsche, el filósofo del martillo...

Durante más de dos mil años, la cultura occidental se ha construido como una fortaleza en la que "protegernos" de la realidad. Un castillo edificado en el aire de las ideas y las palabras, y cimentado en mitos, en tres tristes mitos. Estos son.

El mito del “otro” mundo (el error metafísico-religioso)

Incapaces de afrontar el mundo real tal como es (cambiante, contradictorio, irracional, imprevisible…) los filósofos, desde Sócrates y Platón, han inventado “otro” mundo más "seguro", a la medida de sus miedos y necesidades. Un mundo incorpóreo, eterno, racional, ordenado y justo, y que, por supuesto, es el “verdadero”. Según ellos, el hombre ha de vivir para este “otro” mundo ideal sacrificando el mundo real y presente (que no sería más que “apariencia”, sombras en la caverna de Platón).

Este “otro” mundo filosófico es el de las formas platónicas, pero también el del cielo cristiano (el cristianismo es, dice Nietzsche, “platonismo para pobres”), o el de la utopía social de los ilustrados (el socialismo es como un "cristianismo laico")... 

De otro lado, este mito del “otro” mundo alimenta el mito de la historia, que sería el “paso” (el sufrido "vía crucis") desde el mundo terrenal y aparente al mundo ideal y verdadero. Y también el mito del lenguaje: la idea de que los conceptos, la gramática y la lógica son la estructura real del mundo (en lugar de meros moldes “momificados” que la realidad desborda continuamente). 


El mensaje de todos estos mitos es el mismo: la realidad, la vida verdadera no es esta, sino otra que está siempre por llegar. La consecuencia es obvia: el sacrificio del presente, que es, para Nietzsche, lo único real.


El mito de la verdad objetiva (el error del positivismo).

El ansía de seguridad y previsión ha hecho que los hombres modernos pongan su fe en la ciencia y en su capacidad para conocer y controlar el mundo. Pero esta capacidad es otro mito, el mito positivista. La ciencia niega y olvida el mundo real como la metafísica (pobre) que es. Cree que la vida cabe en la precisión de sus conceptos, olvidando que la vida no está compuesta de cosas estables y aisladas a la medida de esos conceptos (cuya raíz está, además, en las metáforas y la imprecisa imaginación de los hombres). Cree que las propiedades o cualidades del mundo son “aparentes” y reducibles a cantidad y matemáticas, olvidando que todas las cualidades –la alegría, lo rojo, lo circular… — son irreductibles a número y razón.
 Cree que los hechos dan objetividad a sus hipótesis, olvidando que toda experiencia lo es de un sujeto cargado de ideas, deseos, emociones e intereses subjetivos (perspectivismo). Cree que la verdad es universal y está por encima de todo, olvidando que la verdad, siempre al servicio de la vida, es “la mentira más útil” en cada momento (pragmatismo).
Cree que en la superioridad del conocimiento científico, olvidando que la ciencia (como el arte, la religión, la filosofía…) no es sino otra forma de clasificar las cosas, ni mejor ni peor, para dar seguridad y confianza al hombre. Y cree, finalmente, en su contribución al progreso material, olvidando que el desarrollo científico y técnico no es sino el desarrollo del poder de los Estados para controlar cada vez mejor a los individuos…  

El mito de la moralidad tradicional.

El miedo a la vida y al mundo real no solo ha dado lugar a una metafísica del “otro mundo” (y a la fe en la ciencia que acabará con toda incertidumbre), sino a una moral invertida y perversa, que culpabiliza todo instinto o impulso vital, y declara como “bueno” todo lo que niega la vitalidad natural del hombre. 
Una “moral de esclavos” o del “rebaño”, según la cual todo lo real es malo (el desorden, la pasión y los deseos del cuerpo, el sexo, la diferencia jerárquica entre los hombres, la competencia, la astucia y el engaño, la lucha, el egoísmo…). Y todo lo ideal (y por tanto irreal) es bueno (el orden, el dominio de la razón, la castidad, la igualdad entre los hombres, el amor desinteresado, la sinceridad, la paz, el deber y el sacrificio de los propios intereses…).


La consecuencia del predominio de estos tres mitos está, según Nietzsche, a la vista. Es la decadencia de la cultura occidental, cuyos hombres han perdido su energía vital, su capacidad para gozar y vivir el presente, y viven acobardados, como muertos en vida, incapaces de imponer su voluntad y hacer lo que realmente quieren, subyugados por ideales y mitos que siempre  aplazan la “vida verdadera” y plena a un futuro inexistente…


¿Estás tú entre estos “zombis” que retrata Nietzsche? ¿Será verdad lo que decía este filósofo hace más de un siglo? ¡Atrévete a pensarlo!