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jueves, 9 de abril de 2026

65. La antropología marxista: el concepto de alienación


Marx hereda el enfoque humanista de la modernidad
, en el que el mundo humano y el sujeto racional se sitúan en el centro y en el que el objetivo práctico es el progreso hacia una sociedad ilustrada (racional, igualitaria, próspera...) en que el ser humano pueda realizarse como un ser libre.

Ahora bien, como hemos visto en el capítulo anterior, la situación que observa Marx a su alrededor (la irracionalidad del sistema económico, el embrutecimiento de los obreros, la represión política, la desigualdad de clase, la miseria producida por el desarrollo del capitalismo industrial... ) dista mucho de ese objetivo. Más que realizarse, la mayoría de los seres humanos viven en un estado de completa "alienación"; estado que Marx va a analizar con detalle como paso previo a la formulación del resto de su teoría y a su labor revolucionaria. Empecemos, pues, por la teoría antropológica de Marx y su diagnóstico de lo que le ocurre al hombre en la sociedad capitalista.

La concepción marxista del ser humano puede encontrarse en sus primeros escritos. Para la antropología de Marx, claramente materialista, el hombre no es una esencia abstracta, ni pura autoconciencia contemplativa (como para la mayoría de los filósofos), sino un ser concreto, corpóreo e histórico, que se realiza a través de sus acciones y relaciones sociales en un contexto cultural determinado, en estrecha relación con la realidad socioeconómica y material. Cabría decir, en este sentido, que, para Marx, el ser humano no nace, sino que se hace, y que se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal


La noción de trabajo es
aquí fundamental. Para Marx, el trabajo no es solo la actividad por la que transformamos la materia para generar un producto, ni un simple medio para obtener recursos económicos, sino aquello que nos hace ser quienes somos
Cuando preguntamos a alguien "¿y tú qué eres?", la respuesta suele ser: "yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante...". Para Marx, el trabajo es (o debería ser) la actividad por la que desarrollamos y expresamos libremente nuestras capacidades humanas (el pensamiento, la conciencia crítica, la creatividad, la determinación moral...), logramos reconocimiento social y construimos nuestra identidad personal, proyectándonos y reconociéndonos en aquello que creamos (transformando el mundo a imagen de nuestros deseos e ideales). Dicho más brevemente: a través del trabajo nos realizamos como seres humanos. De hecho, a menudo el drama de una persona sin trabajo no solo reside en carecer de recursos, sino en sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...

Ahora bien, Marx va a constatar que el tipo de trabajo que la nueva sociedad industrial ofrece a la mayoría, especialmente al proletariado industrial (a los obreros), no solo no permite ese desarrollo de las capacidades y relaciones humanas, sino que las debilita y destruye, convirtiendo a los seres humanos en seres "alienados".  En vez de "realización" del ser humano, lo que la moderna sociedad industrial produce es su "alienación".

El concepto de "alienación" (que Marx toma, transformándolo, de filósofos anteriores) refiere el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce a sí mismo en aquello (en el trabajo) que hace. Como, según Marx, somos lo que hacemos y nuestro hacer principal es el trabajo, si experimentamos el trabajo como algo ajeno a nosotros (porque, por ejemplo, lo hacemos mecánicamente, sin "estar en lo que hacemos"), nos convertiremos en algo ajeno o extraño a nosotros mismos, convirtiéndonos en seres "enajenados" o "alienados" ("alienado" viene de la palabra latina "alien", que significa 'ajeno, extraño, otro'...). En general, un trabajo alienante es aquel en que no ponemos el alma, que "ni nos va ni nos viene" y que, por eso, nos deja vacíos; un trabajo que, en lugar de realizarnos como a personas, nos cosifica, nos embrutece y deshumaniza (el hombre alienado no se reconoce en sí mismo, no reflexiona, se "pierde" como ser humano, se convierte en cosa -- mercancía --, en bruto...). 



¿Pero por qué le parece a Marx que el trabajo de los obreros industriales era alienante? 

En primer lugar, es alienante respecto a la naturaleza y la materia misma. El trabajo es transformación de la materia; pero el obrero se encuentra con que la misma materia prima (la naturaleza) con la que trabaja es propiedad privada de otro, una simple mercancía que se compra y se vende y a la que experimenta como algo ajeno a sí mismo.


En segundo lugar, el trabajo del obrero es alienante respecto al mismo
 proceso de transformación de la materia, en cuanto este no está diseñado o elegido por el trabajador, ni expresa, por tanto, su subjetividad o sus intereses (sino los intereses de otro, o del mero capital); o en cuanto a que, dada su naturaleza mecánica, no desarrolla las capacidades más propiamente humanas (el ingenio, la inteligencia, la creatividad...) del trabajador. 


En tercer lugar, es alienación respecto al producto del trabajo
. El trabajo genera productos, creaciones, pero estas les son arrebatadas al trabajador y son convertidas en mercancía para beneficio exclusivo del patrono. Este beneficio (la "plusvalía") va destinado a aumentar el capital, la desigualdad y la situación de alienación del trabajador. 

En cuarto lugar, con respecto al propio trabajador, que se concibe como mera mercancía, como algo cosificado (y cosificante) comprable y vendible, como una herramienta en manos del capitalista...

En quinto lugar, es alienación con respecto a la sociedad. Para Marx, las relaciones sociales son fundamentales para la construcción de la propia identidad. Lo que uno es, depende de lugar que ocupa en la sociedad (es decir, del trabajo) y de las relaciones sociales que se dan en ese lugar (en el trabajo). Pero las relaciones sociales dadas en el ámbito laboral del obrero son tan alienantes (no elegidas, cosificadas, mecánicas, impersonales...) como el trabajo, y están dominadas por la competencia y la insolidaridad. Los obreros se convierten en piezas entre otras piezas de la máquina productiva.

Todo esto convierte al trabajador industrial en alguien alienado, deshumanizado, en un extraño para sí mismoSi la Ilustración era la utopía de un mundo a la medida del ser humano, el capitalismo, en el que las personas están alienadas y ni siquiera pueden reconocerse como tales, representa su perfecta antítesis.



¿Creéis que sigue siendo pertinente el concepto marxista de alienación? ¿Pensáis que buena parte de los trabajos disponibles hoy son tan embrutecedores y deshumanizantes como lo eran en el siglo XIX? Y no me refiero solo a aquellos tan mecánicos que podrían ser perfectamente ejecutados por una máquina, sino también a aquellos otros en que la creatividad y el ingenio se ponen al servicio de objetivos insignificantes -como especular o producir cosas superfluas-, o innobles -como expoliar o engañar a la gente-? 

Fijaos que a los jóvenes que hoy buscan empleo se les suele exigir una «entrega» total a la empresa, un «darlo todo» a cambio de dinero (o de su expectativa). ¿Creéis que alguien se puede implicar humana y personalmente en labores cuyo fin primordial sea el beneficio económico (generalmente, el de otros)? 


¿Pensad ahora en vuestra situación actual como estudiantes? ¿Es o no es alienante?
No sé a vosotros, pero a mi, a veces, el instituto me parece como una fábrica, un inmenso edificio en el que, a toque de sirena, los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. Una vez situados, los obreros-alumnos se pasan el día repitiendo gestos mecánicos: haciendo como que atienden, escribiendo lo que les dictan, contestando lo que les han dicho que tienen que contestar en los exámenes. En casi ninguna de las horas, semanas y años que llevan aquí, esos obreros-alumnos eligen lo que se hace en clase, ni hacen nada que se relacione con sus verdaderos intereses y deseos. Casi ninguno de ellos se esfuerza por sí mismo, sino para contentar a otros (padres, profesores...) o para lograr las recompensas que les han enseñado a desear. La mayoría ha aprendido ya a disimular su desinterés y afrontan curso tras curso, examen tras examen, por pura disciplina ciega. Otros malviven de esa mínima ración de autenticidad que son la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... Y para colmo, entre ellos también se promueve la competencia, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quien se sienta cada quien, "para que no hablen"), la segregación por notas, o incluso por sexo, con objeto de mejorar el rendimiento (pues esos alumnos-obreros no son una excepción con respecto a otros productos del mercado: se "fabrican" para que den beneficio, para que coloquen su currículo en el mercado de trabajo)...


Pensar, por último, que el ocio que presuntamente nos "libera" de un trabajo alienante, puede ser también, para los marxistas (los seguidores de Marx se llaman "marxistas"), una actividad igualmente enajenadora y alienante. Observad -- nos dicen -- como se divierte la gente en "su" tiempo libre; un tiempo que, realmente, ni es "suyo", ni es "libre". Según algunos filósofos marxistas, las formas de diversión se nos dan (se nos venden) ya estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo menos mecánico y pasivo que en el trabajo del que trata de escapar. Según estos filósofos, el mercado del ocio y la industria del entretenimiento nos proporciona modos de evasión basados en el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...), no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Serían como "drogas" que solo procuran olvido, inconsciencia y experiencias fugaces. Y aquí también las relaciones con los otros sería básicamente instrumentales, cosificadas, sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según la ley de la oferta y la demanda... 

¿Qué pensáis, estáis de acuerdo con todo esto? 

Aquí tenéis un par de artículos publicados sobre este mismo tema (uno y dos)

Y aquí, un podcast de nuestro programa sobre el marxismo en Radio Nacional de España.


Y... la presentación de clase:


miércoles, 22 de abril de 2020

Marx contra los alienígenas


¿Sigue siendo pertinente el concepto marxista de alienación? Desde luego. La mayoría de los trabajos disponibles hoy son tan embrutecedores e indignos como lo eran en el siglo XIX. Y no me refiero solo a aquellos tan mecánicos que podrían ser perfectamente ejecutados por una computadora o un androide, sino también a aquellos otros en que la creatividad y el ingenio se ponen al servicio de objetivos insignificantes – como especular o producir cosas superfluas – , o innobles – como expoliar o engañar a la gente –...

Nadie se puede implicar personalmente en ocupaciones cuyo fin primordial es el beneficio económico (el beneficio de otros, para más inri) y, sin embargo, es eso lo que exige hoy la “filosofía” de las grandes compañías: un compromiso absoluto. Es decir: una alienación total, aún mayor que la que detectó Marx hace dos siglos. A los jóvenes que hoy buscan empleo – y a cambio de contratos infames – las empresas les piden completa disponibilidad, una “entrega” que, dada la naturaleza del trabajo disponible, solo puede ser un triste simulacro de vitalidad, un “darlo todo” a cambio de la nada del dinero (o de su expectativa). Un simulacro compensado (o más bien prolongado) por ese otro sucedáneo de plenitud que proporcionan el consumo o la industria de ocio...

Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

martes, 21 de abril de 2020

¿Están alienados mis alumnos de secundaria?




Marx hereda el enfoque humanista de la modernidad, en el que el mundo humano y el sujeto racional se sitúan en el centro y en el que el objetivo práctico es el progreso hacia una sociedad ilustrada (libre de supersticiones e injusticias, igualitaria, próspera...) en que el ser humano pueda realizarse como un ser libre y racional.

Ahora bien, como hemos visto en el capítulo anterior, la situación que observa Marx a su alrededor (la miseria producida por el desarrollo del capitalismo industrial, la represión política, la desigualdad de clase... ) dista mucho de ese objetivo. Más que realizarse, la mayoría de los seres humanos viven en un estado de completa "alienación"; estado que Marx va a analizar con detalle como paso previo a la formulación del resto de su teoría y a su labor revolucionaria. Empecemos, pues, por la teoría antropológica de Marx y su diagnóstico de lo que le ocurre al hombre en la sociedad capitalista.

La concepción marxista del ser humano puede encontrarse en sus primeros escritos. Para Marx, el hombre no es una esencia abstracta, ni pura autoconciencia contemplativa (como para la mayoría de los filósofos). Para Marx el hombre es un ser concreto e histórico cuyo ser se construye, fundamentalmente, a través de la acción (la praxis) y las relaciones sociales. Cabría decir, en este sentido, que, para Marx, el ser humano no nace, sino que se hace, y que se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal. 

La noción de trabajo es aquí fundamental. Para Marx, el trabajo no es solo la actividad por la que transformamos la materia para generar un producto, ni un simple medio para obtener recursos económicos, sino aquello que nos hace ser quienes somos. Cuando preguntamos a alguien "¿y tú qué eres?", la respuesta suele ser: "yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante...". Para Marx, el trabajo es la actividad por la que desarrollamos y expresamos nuestras capacidades, logramos reconocimiento social y construimos nuestra identidad personal, proyectándonos y reconociéndonos aquello que creamos (transformando el mundo a imagen de nuestros deseos e ideales). Dicho más brevemente: a través del trabajo nos realizamos como seres humanos. De hecho, a menudo el drama de una persona sin trabajo no solo reside en carecer de recursos, sino en sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...

Ahora bien, Marx va a constatar que el tipo de trabajo que la nueva sociedad industrial ofrece a la mayoría, especialmente al proletariado industrial (a los obreros), no solo no permite ese desarrollo de las capacidades y relaciones humanas, sino que las debilita y destruye, convirtiendo a los seres humanos en seres "alienados". 

El concepto de "alienación" (que Marx toma, transformándolo, de filósofos anteriores) refiere el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce a sí mismo en aquello (en el trabajo) que hace. Como, según Marx, somos lo que hacemos y nuestro hacer principal es el trabajo, si experimentamos el trabajo como algo ajeno a nosotros (porque, por ejemplo, lo hacemos mecánicamente, sin "estar en lo que hacemos"), nos convertiremos en algo ajeno (extraño, "otro") a nosotros mismos, convirtiéndonos en seres "enajenados" o "alienados" ("alienado" viene de la palabra latina "alien", que significa 'ajeno, extraño, otro'...). En general, un trabajo alienante es aquel en que no ponemos el alma, que "ni nos va ni nos viene" y que, por eso, nos deja vacíos; un trabajo que, en lugar de realizarnos como a personas, nos cosifica, nos embrutece y deshumaniza. 

¿Por qué le parece a Marx que el trabajo de los obreros industriales del siglo XIX era alienante? 

En primer lugar, es alienante respecto a la naturaleza y la materia misma. El trabajo es transformación de la materia; pero el obrero se encuentra con que la misma materia prima (la naturaleza) con la que trabaja es propiedad privada de otro, una simple mercancía que se compra y se vende y a la que experimenta como algo ajeno.

En segundo lugar, el trabajo del obrero es alienante respecto al propio trabajo (al proceso de transformación de la materia), en cuanto dicha tarea o proceso no está diseñado o elegido por el trabajador, ni expresa, por tanto, su subjetividad o sus intereses, ni desarrolla sus capacidades más propiamente humanas (el ingenio, la inteligencia, la creatividad...); todo lo contrario: el trabajo del obrero es mecánico (se puede hacer sin pensar, sin "estar en lo que se hace"), es dirigido por otro y está sujeto a intereses y fines ajenos y extraños a su propia subjetividad (básicamente a la rentabilización del capital ajeno). El trabajo (y el trabajador) mismo se conciben como mera mercancía, como algo cosificado (y cosificante) comprable y vendible, como mera herramienta en manos de otro...

En tercer lugar, es alienación respecto al producto del trabajo. El trabajo genera productos, creaciones, pero estas les son arrebatadas al trabajador y son convertidas en mercancía para beneficio exclusivo del patrono. Este beneficio (la "plusvalía") va destinado a aumentar el capital, la desigualdad y la situación de alienación del trabajador. 

En cuarto lugar, es alienación con respecto a la sociedad. Para Marx, las relaciones sociales son fundamentales para la construcción de la propia identidad. Lo que uno es, depende de lugar que ocupa en la sociedad (es decir, del trabajo) y de las relaciones sociales que se dan en ese lugar (en el trabajo). Ahora bien, las relaciones sociales dadas en el ámbito laboral del obrero son tan alienantes (no elegidas, cosificadas, mecánicas, impersonales...) como el trabajo, y están dominadas por la competencia y la insolidaridad. Los obreros se convierten en piezas entre otras piezas de la máquina productiva.

Todo esto convierte al trabajador industrial en alguien alienado, deshumanizado, en un extraño para sí mismo. Si la Ilustración era la utopía de un mundo a la medida del ser humano, el capitalismo, en el que las personas ni siquiera pueden reconocerse como tales, representa su perfecta antítesis.

¿Sigue siendo pertinente el concepto marxista de alienación? ¿Pensáis que buena parte de los trabajos disponibles hoy son tan embrutecedores y deshumanizantes como lo eran en el siglo XIX? Y no me refiero solo a aquellos tan mecánicos que podrían ser perfectamente ejecutados por una máquina, sino también a aquellos otros en que la creatividad y el ingenio se ponen al servicio de objetivos insignificantes -como especular o producir cosas superfluas-, o innobles -como expoliar o engañar a la gente-? 

Fijaos que a los jóvenes que hoy buscan empleo se les suele exigir una «entrega» total a la empresa, un «darlo todo» a cambio de dinero (o de su expectativa). ¿Creéis que alguien se puede implicar humana y personalmente en labores cuyo fin primordial sea el beneficio económico (generalmente, el de otros)? 

¿Pensad ahora en vuestra situación actual como estudiantes? ¿Es o no es alienante? No sé a vosotros, pero a mi, a veces, el instituto me parece como una fábrica, un inmenso edificio en el que, a toque de sirena, los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. Una vez situados, los obreros-alumnos se pasan el día repitiendo gestos mecánicos: haciendo como que atienden, escribiendo lo que les dictan, contestando lo que les han dicho que tienen que contestar en los exámenes. En casi ninguna de las horas, semanas y años que llevan aquí, esos obreros-alumnos eligen lo que se hace en clase, ni hacen nada que se relacione con sus verdaderos intereses y deseos. Casi ninguno de ellos se esfuerza por sí mismo, sino para contentar a otros (padres, profesores...) o para lograr las recompensas que les han enseñado a desear. La mayoría ha aprendido ya a disimular su desinterés y afrontan curso tras curso, examen tras examen, por pura disciplina ciega. Otros malviven de esa mínima ración de autenticidad que son la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... Y para colmo, entre ellos también se promueve la competencia, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quien se sienta cada quien, "para que no hablen"), la segregación por notas, o incluso por sexo, con objeto de mejorar el rendimiento (pues esos alumnos-obreros no son una excepción con respecto a otros productos del mercado: se "fabrican" para que den beneficio, para que coloquen su currículo en el mercado de trabajo)...

Pensar, por último, que el ocio que presuntamente nos libera del trabajo, puede ser también, para los marxistas (los seguidores de Marx se llaman "marxistas"), una actividad alienante. Observad -- nos dicen -- como se divierte la gente en "su" tiempo libre. Ni es "suyo", ni es "libre". Según algunos filósofos marxistas, las formas de diversión se nos dan (se nos venden) ya estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo menos mecánico y pasivo que en el trabajo del que trata de escapar. Según estos filósofos, el mercado del ocio y la industria del entretenimiento nos proporciona modos de evasión basados en el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...), no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Serían como "drogas" que solo procuran olvido, inconsciencia y experiencias fugaces. Y aquí también las relaciones con los otros sería básicamente instrumentales, cosificadas, sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según la ley de la oferta y la demanda... 

¿Qué pensáis, estáis de acuerdo con todo esto? 

Aquí tenéis un par de artículos publicados sobre este mismo tema (uno y dos)

Y aquí, un podcast de nuestro programa sobre el marxismo en Radio Nacional de España







miércoles, 4 de mayo de 2016

¿Están alienados mis alumnos de secundaria?



El hombre no nace, sino que se hace. Y se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal. Cuando no conocemos a alguien la pregunta típica es: "¿Y tú qué eres?" Todo el mundo entiende que se pregunta por la profesión o actividad principal. "Yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante..."... El trabajo no solo proporciona autonomía económica, también, y sobre todo, nos dota de identidad. Quién no hace nada no es nadie, ni para los demás ni para sí mismo. Con el trabajo desarrollamos nuestras capacidades humanas, nos expresamos y proyectamos socialmente, nos sentimos valorados, nos reconocemos en la obra producida, que es, por así decir, como un "hijo" nuestro... En una palabra: nos realizamos como seres humanos. A veces, el drama de la persona sin trabajo no es solo carecer de recursos, sino peor aún: sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...

Ahora bien. El trabajo es la actividad mediante la que el hombre se realiza (dice Marx) solo cuando no es alienante. En caso contrario en lugar de hacernos personas, nos deshumaniza, nos embrutece, nos convierte en meros objetos o mercancias...


¿Qué es "alienación" (o "enajenación" como traducen algunos)? Es el estado, cabe decir espiritual, por el que uno no se reconoce a sí mismo en lo que hace, por el que se siente ajeno a su hacer, un hacer que no es, por tanto, un hacer realmente suyo, sino de "otro" (del cual uno es mero instrumento). Como somos lo que hacemos, un hacer que sentimos constantemente como "extraño" a nosotros, a nuestros verdaderos intereses, que "ni nos va ni nos viene", nos produce un extrañamiento íntimo: no estamos en lo que hacemos. El trabajo alienante, mecánico, en el que no ponemos el alma, nos deja vacíos, nos saca fuera de nosotros mismos, nos empobrece y cosifica, no nos deja ser, nos roba la identidad como personas, nos obliga a ser "otro", un ser extraño para sí mismo, desentrañado de sí, despersonalizado. "Alien" (de donde "alienado") significa en latín justamente eso: "extraño, ajeno, extranjero...". 


Cuando Marx habla de alienación estaba pensando en los obreros industriales del siglo XIX. Todo trabajo consiste en transformar una materia dada para crear un producto final. Pero, según Marx, en el trabajo del obrero todo le es ajeno. La materia prima que trabaja no es suya. Tampoco los instrumentos de trabajo. Ni el trabajo mismo que realiza es suyo: ni lo elige ni lo planifica él (sino el patrón), ni expresa su subjetividad o su creatividad (es puramente mecánico). Incluso si aquello que produce es algo valioso o interesante para él, se le arrebata una vez producido. Es el patrón, el propietario de los medios de producción, el que obtiene el mayor provecho de aquel producto, el que se lo apropia para venderlo por un valor mucho mayor que el que se da al trabajo del obrero (eso es la "plusvalía"). Pues el trabajo industrial no es más que la producción de mercancías para otro (no un modo de realizarse uno como persona creando una obra propia). El mismo trabajo es una mercancía más, sujeta al mercado, en lugar de un modo de expresarse y desarrollarse... Para colmo las relaciones sociales que origina el trabajo del obrero son tan mecánicas e impersonales como el propio trabajo, con lo que la alienación es también social. El obrero es una mera "pieza" entre "piezas humanas" de un enorme mecanismo en el que nadie trata a nadie como a una persona, sino como a un engranaje, mejor o peor situado, de la "máquina" productiva...


Pues bien, para que mis alumnos comprendan todo esto de la alienación no tengo que complicarme nada la vida. Simplemente les pido que miren alrededor y después... ¡Qué se miren a sí mismos!


Muy a menudo el instituto donde trabajo me parece una cárcel (en los peores momentos un zoológico), pero durante estos días que estamos pensando sobre el marxismo me parece siempre una fábrica, un inmenso taller en el que a toque de sirena los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. 



Recuerdo después sus miradas perdidas al oír las lecciones, sus gestos mecánicos al escribir lo que les dictan, su resignado encorvarse sobre la hoja del examen diario, hora tras hora, semana tras semana, año tras año... Ni lo que hacen en cada una de esas horas de su vida es elegido por ellos. Ni (por lo general) las actividades de clase expresan su subjetividad o creatividad, ni tienen relación con sus intereses reales. Ni sé si se esfuerzan realmente por sí mismos o más bien por otros, para satisfacer a otros, o para lograr las recompensas con las que han sido adiestrados por otros (sus padres, los propios profesores...).

¡Qué torpes los que los califican a veces de vagos! Creo que jamás he visto un alumno vago; todo el mundo está deseando hacer siempre cosas (interesantes, claro), y los alumnos no van a ser menos. En realidad, a los alumnos solo los conozco de dos clases: los que han aprendido ya a disimular su desinterés (o han sido educados en la marcialidad del esfuerzo sin preguntas), y aquellos, más sanos, que no saben disimular y se niegan, a las claras, a malgastar su energía en aquello que no les importa un pimiento. Pero aún estos últimos están alienados. Están sin estar, malviviendo de la mínima ración de autenticidad que es la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... 


Y para colmo también en las aulas se propicia la alienación social: la competencia entre alumnos, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quién se sientan "para que no hablen"), la segregación por notas, y hasta, en algunos centros, la separación de sexos en aras del rendimiento. Pues los alumnos no son una excepción con respecto a otros productos del mercado. Se fabrican para que den beneficios. Para que coloquen su currículum en el mercado de trabajo. 


Algunos dicen que la escuela que tenemos es una excelente "educación para la vida"... Pero esto es cierto solo si asumimos que las cosas más nobles y humanas (la creatividad, la libertad, las relaciones desinteresadas con los demás, la realización mediante el trabajo vocacional, el placer del conocimiento...) son cosas inútiles e improductivas. Si asumimos, también, que el trabajo es una maldición bíblica (de la que nos libramos cada viernes, aliviados), y que la búsqueda del conocimiento es algo insufrible de lo que hay que escapar cuanto antes... Siempre que asumamos, en fin, que eso que nos quieren vender como lo "bueno" de la vida (el pan, el circo, el consumo, las distracciones, cuanto más caras mejor...) está siempre a mano (un poquito menos en las crisis), sin otro coste que, ay, la vida misma, la de verdad... 


Pensad, además, que el ocio que supuestamente nos "libera" del trabajo, no es menos alienante que este. Observad como se divierte la gente en "su" tiempo libre. Ni es "suyo", ni es "libre". Las formas de diversión se le dan (se le venden) ya estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo menos mecánico y pasivo que el trabajo del que trata de escapar. El mercado del ocio, la industria del entretenimiento proporciona modos de evasión basados en el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...), no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Son como "drogas" que solo procuran olvido, inconsciencia, emociones fugaces.


Y aquí también las relaciones con los otros son básicamente instrumentales, cosificadas, sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según la ley de la oferta y la demanda... 



Aquí tenéis esta misma entrada publicada en prensa
Y aquí, nuestro programa de radio en RNE sobre el mismo asunto





martes, 28 de abril de 2015

¿Están alienados mis alumnos de secundaria?



El hombre no nace, sino que se hace. Y se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal. Cuando no conocemos a alguien la pregunta típica es: "¿Y tú qué eres?" Todo el mundo entiende que se pregunta por la profesión o actividad principal. "Yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante..."... El trabajo no solo proporciona autonomía económica, también, y sobre todo, nos dota de identidad. Quién no hace nada no es nadie, ni para los demás ni para sí mismo. Con el trabajo desarrollamos nuestras capacidades humanas, nos expresamos y proyectamos socialmente, nos sentimos valorados, nos reconocemos en la obra producida, que es, por así decir, como un "hijo" nuestro... En una palabra: nos realizamos como seres humanos. A veces, el drama de la persona sin trabajo no es solo carecer de recursos, sino peor aún: sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...

Ahora bien. El trabajo es la actividad mediante la que el hombre se realiza (dice Marx) solo cuando no es alienante. En caso contrario en lugar de hacernos personas, nos deshumaniza, nos embrutece, nos convierte en meros objetos o mercancias...


¿Qué es "alienación" (o "enajenación" como traducen algunos)? Es el estado, cabe decir espiritual, por el que uno no se reconoce a sí mismo en lo que hace, por el que se siente ajeno a su hacer, un hacer que no es, por tanto, un hacer realmente suyo, sino de "otro" (del cual uno es mero instrumento). Como somos lo que hacemos, un hacer que sentimos constantemente como "extraño" a nosotros, a nuestros verdaderos intereses, que "ni nos va ni nos viene", nos produce un extrañamiento íntimo: no estamos en lo que hacemos. El trabajo alienante, mecánico, en el que no ponemos el alma, nos deja vacíos, nos saca fuera de nosotros mismos, nos empobrece y cosifica, no nos deja ser, nos roba la identidad como personas, nos obliga a ser "otro", un ser extraño para sí mismo, desentrañado de sí, despersonalizado. "Alien" (de donde "alienado") significa en latín justamente eso: "extraño, ajeno, extranjero...". 


Cuando Marx habla de alienación estaba pensando en los obreros industriales del siglo XIX. Todo trabajo consiste en transformar una materia dada para crear un producto final. Pero, según Marx, en el trabajo del obrero todo le es ajeno. La materia prima que trabaja no es suya. Tampoco los instrumentos de trabajo. Ni el trabajo mismo que realiza es suyo: ni lo elige ni lo planifica él (sino el patrón), ni expresa su subjetividad o su creatividad (es puramente mecánico). Incluso si aquello que produce es algo valioso o interesante para él, se le arrebata una vez producido. Es el patrón, el propietario de los medios de producción, el que obtiene el mayor provecho de aquel producto, el que se lo apropia para venderlo por un valor mucho mayor que el que se da al trabajo del obrero (eso es la "plusvalía"). Pues el trabajo industrial no es más que la producción de mercancías para otro (no un modo de realizarse uno como persona creando una obra propia). El mismo trabajo es una mercancía más, sujeta al mercado, en lugar de un modo de expresarse y desarrollarse... Para colmo las relaciones sociales que origina el trabajo del obrero son tan mecánicas e impersonales como el propio trabajo, con lo que la alienación es también social. El obrero es una mera "pieza" entre "piezas humanas" de un enorme mecanismo en el que nadie trata a nadie como a una persona, sino como a un engranaje, mejor o peor situado, de la "máquina" productiva...


Pues bien, para que mis alumnos comprendan todo esto de la alienación no tengo que complicarme nada la vida. Simplemente les pido que miren alrededor y después... ¡Qué se miren a sí mismos!


Muy a menudo el instituto donde trabajo me parece una cárcel (en los peores momentos un zoológico), pero durante estos días que estamos pensando sobre el marxismo me parece siempre una fábrica, un inmenso taller en el que a toque de sirena los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. 


Recuerdo después sus miradas perdidas al oír las lecciones, sus gestos mecánicos al escribir lo que les dictan, su resignado encorvarse sobre la hoja del examen diario, hora tras hora, semana tras semana, año tras año... Ni lo que hacen en cada una de esas horas de su vida es elegido por ellos. Ni (por lo general) las actividades de clase expresan su subjetividad o creatividad, ni tienen relación con sus intereses reales. Ni sé si se esfuerzan realmente por sí mismos o más bien por otros, para satisfacer a otros, o para lograr las recompensas con las que han sido adiestrados por otros (sus padres, los propios profesores...).

¡Qué torpes los que los califican a veces de vagos! Creo que jamás he visto un alumno vago; todo el mundo está deseando hacer siempre cosas (interesantes, claro), y los alumnos no van a ser menos. En realidad, a los alumnos solo los conozco de dos clases: los que han aprendido ya a disimular su desinterés (o han sido educados en la marcialidad del esfuerzo sin preguntas), y aquellos, más sanos, que no saben disimular y se niegan, a las claras, a malgastar su energía en aquello que no les importa un pimiento. Pero aún estos últimos están alienados. Están sin estar, malviviendo de la mínima ración de autenticidad que es la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... 


Y para colmo también en las aulas se propicia la alienación social: la competencia entre alumnos, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quién se sientan "para que no hablen"), la segregación por notas, y hasta, en algunos centros, la separación de sexos en aras del rendimiento. Pues los alumnos no son una excepción con respecto a otros productos del mercado. Se fabrican para que den beneficios. Para que coloquen su currículum en el mercado de trabajo. 


Algunos dicen que la escuela que tenemos es una excelente "educación para la vida"... Pero esto es cierto solo si asumimos que las cosas más nobles y humanas (la creatividad, la libertad, las relaciones desinteresadas con los demás, la realización mediante el trabajo vocacional, el placer del conocimiento...) son cosas inútiles e improductivas. Si asumimos, también, que el trabajo es una maldición bíblica (de la que nos libramos cada viernes, aliviados), y que la búsqueda del conocimiento es algo insufrible de lo que hay que escapar cuanto antes... Siempre que asumamos, en fin, que eso que nos quieren vender como lo "bueno" de la vida (el pan, el circo, el consumo, las distracciones, cuanto más caras mejor...) está siempre a mano (un poquito menos en las crisis), sin otro coste que, ay, la vida misma, la de verdad... 


Pensad, además, que el ocio que supuestamente nos "libera" del trabajo, no es menos alienante que este. Observad como se divierte la gente en "su" tiempo libre. Ni es "suyo", ni es "libre". Las formas de diversión se le dan (se le venden) ya estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo menos mecánico y pasivo que el trabajo del que trata de escapar. El mercado del ocio, la industria del entretenimiento proporciona modos de evasión basados en el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...), no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Son como "drogas" que solo procuran olvido, inconsciencia, emociones fugaces.


Y aquí también las relaciones con los otros son básicamente instrumentales, cosificadas, sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según la ley de la oferta y la demanda...