Marx hereda el enfoque humanista de la modernidad, en el que el mundo humano y el sujeto racional se sitúan en el centro y en el que el objetivo práctico es el progreso hacia una sociedad ilustrada (libre de supersticiones e injusticias, igualitaria, próspera...) en que el ser humano pueda realizarse como un ser libre y racional.
Ahora bien, como hemos visto en el capítulo anterior, la situación que observa Marx a su alrededor (la miseria producida por el desarrollo del capitalismo industrial, la represión política, la desigualdad de clase... ) dista mucho de ese objetivo. Más que realizarse, la mayoría de los seres humanos viven en un estado de completa "alienación"; estado que Marx va a analizar con detalle como paso previo a la formulación del resto de su teoría y a su labor revolucionaria. Empecemos, pues, por la teoría antropológica de Marx y su diagnóstico de lo que le ocurre al
hombre en la sociedad capitalista.
La concepción marxista del ser humano puede encontrarse en sus primeros escritos. Para Marx, el hombre no es una esencia abstracta, ni pura autoconciencia contemplativa (como para la mayoría de los filósofos), sino un ser concreto e histórico que se construye, fundamentalmente, a través de la acción (la "praxis") y las relaciones sociales. Cabría decir, en este sentido, que, para Marx, el ser humano no nace, sino que se hace, y que se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal.
La noción de trabajo es aquí fundamental. Para Marx, el trabajo no es solo la actividad por la que transformamos la materia para generar un producto, ni un simple medio para obtener recursos económicos, sino aquello que nos hace ser quienes somos. Cuando preguntamos a alguien "¿y tú qué eres?", la respuesta suele ser: "yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante...". Para Marx, el trabajo es la actividad por la que desarrollamos y expresamos nuestras capacidades, logramos reconocimiento social y construimos nuestra identidad personal, proyectándonos y reconociéndonos en aquello que creamos (transformando el mundo a imagen de nuestros deseos e ideales). Dicho más brevemente: a través del trabajo nos realizamos como seres humanos. De hecho, a menudo el drama de una persona sin trabajo no solo reside en carecer de recursos, sino en sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...
Ahora bien, Marx va a constatar que el tipo de trabajo que la nueva sociedad industrial ofrece a la mayoría, especialmente al proletariado industrial (a los obreros), no solo no permite ese desarrollo de las capacidades y relaciones humanas, sino que las debilita y destruye, convirtiendo a los seres humanos en seres "alienados".
El concepto de "alienación" (que Marx toma, transformándolo, de filósofos anteriores) refiere el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce a sí mismo en aquello (en el trabajo) que hace. Como, según Marx, somos lo que hacemos y nuestro hacer principal es el trabajo, si experimentamos el trabajo como algo ajeno a nosotros (porque, por ejemplo, lo hacemos mecánicamente, sin "estar en lo que hacemos"), nos convertiremos en algo ajeno (extraño, "otro") a nosotros mismos, convirtiéndonos en seres "enajenados" o "alienados" ("alienado" viene de la palabra latina "alien", que significa 'ajeno, extraño, otro'...). En general, un trabajo alienante es aquel en que no ponemos el alma, que "ni nos va ni nos viene" y que, por eso, nos deja vacíos; un trabajo que, en lugar de realizarnos como a personas, nos cosifica, nos embrutece y deshumaniza.
¿Pero por qué le parece a Marx que el trabajo de los obreros industriales era alienante?
En primer lugar, es alienante respecto a la naturaleza y la materia misma. El trabajo es transformación de la materia; pero el obrero se encuentra con que la misma materia prima (la naturaleza) con la que trabaja es propiedad privada de otro, una simple mercancía que se compra y se vende y a la que experimenta como algo ajeno a sí mismo.
En segundo lugar, el trabajo del obrero es alienante respecto al propio trabajo (al proceso de transformación de la materia), en cuanto este no está diseñado o elegido por el trabajador, ni expresa, por tanto, su subjetividad o sus intereses (sino los intereses de otro, o del mero capital); o en cuanto a que, dada su naturaleza mecánica, no desarrolla sus capacidades más propiamente humanas (el ingenio, la inteligencia, la creatividad...). El trabajo (y el trabajador) mismo se conciben, en fin, como mera mercancía, como algo cosificado (y cosificante) comprable y vendible, como una herramienta en manos del capitalista...
En tercer lugar, es alienación respecto al producto del trabajo. El trabajo genera productos, creaciones, pero estas les son arrebatadas al trabajador y son convertidas en mercancía para beneficio exclusivo del patrono. Este beneficio (la "plusvalía") va destinado a aumentar el capital, la desigualdad y la situación de alienación del trabajador.
En cuarto lugar, es alienación con respecto a la sociedad. Para Marx, las relaciones sociales son fundamentales para la construcción de la propia identidad. Lo que uno es, depende de lugar que ocupa en la sociedad (es decir, del trabajo) y de las relaciones sociales que se dan en ese lugar (en el trabajo). Pero las relaciones sociales dadas en el ámbito laboral del obrero son tan alienantes (no elegidas, cosificadas, mecánicas, impersonales...) como el trabajo, y están dominadas por la competencia y la insolidaridad. Los obreros se convierten en piezas entre otras piezas de la máquina productiva.
Todo esto convierte al trabajador industrial en alguien alienado, deshumanizado, en un extraño para sí mismo. Si la Ilustración era la utopía de un mundo a la medida del ser humano, el capitalismo, en el que las personas están alienadas y ni siquiera pueden reconocerse como tales, representa su perfecta antítesis.
¿Creéis que sigue siendo pertinente el concepto marxista de alienación? ¿Pensáis que buena parte de los trabajos disponibles hoy son tan embrutecedores y deshumanizantes como lo eran en el siglo XIX? Y no me refiero solo a aquellos tan mecánicos que podrían ser perfectamente ejecutados por una máquina, sino también a aquellos otros en que la creatividad y el ingenio se ponen al servicio de objetivos insignificantes -como especular o producir cosas superfluas-, o innobles -como expoliar o engañar a la gente-?
Fijaos que a los jóvenes que hoy buscan empleo se les suele exigir una «entrega» total a la empresa, un «darlo todo» a cambio de dinero (o de su expectativa). ¿Creéis que alguien se puede implicar humana y personalmente en labores cuyo fin primordial sea el beneficio económico (generalmente, el de otros)?
¿Pensad ahora en vuestra situación actual como estudiantes? ¿Es o no es alienante? No sé a vosotros, pero a mi, a veces, el instituto me parece como una fábrica, un inmenso edificio en el que, a toque de sirena, los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. Una vez situados, los obreros-alumnos se pasan el día repitiendo gestos mecánicos: haciendo como que atienden, escribiendo lo que les dictan, contestando lo que les han dicho que tienen que contestar en los exámenes. En casi ninguna de las horas, semanas y años que llevan aquí, esos obreros-alumnos eligen lo que se hace en clase, ni hacen nada que se relacione con sus verdaderos intereses y deseos. Casi ninguno de ellos se esfuerza por sí mismo, sino para contentar a otros (padres, profesores...) o para lograr las recompensas que les han enseñado a desear. La mayoría ha aprendido ya a disimular su desinterés y afrontan curso tras curso, examen tras examen, por pura disciplina ciega. Otros malviven de esa mínima ración de autenticidad que son la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... Y para colmo, entre ellos también se promueve la competencia, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quien se sienta cada quien, "para que no hablen"), la segregación por notas, o incluso por sexo, con objeto de mejorar el rendimiento (pues esos alumnos-obreros no son una excepción con respecto a otros productos del mercado: se "fabrican" para que den beneficio, para que coloquen su currículo en el mercado de trabajo)...
Pensar, por último, que el ocio que presuntamente nos "libera" de un trabajo alienante, puede ser también, para los marxistas (los seguidores de Marx se llaman "marxistas"), una actividad igualmente enajenadora y alienante. Observad -- nos dicen -- como se divierte
la gente en "su" tiempo libre; un tiempo que, realmente, ni es "suyo", ni es
"libre". Según algunos filósofos marxistas, las formas de diversión se nos dan (se nos venden) ya
estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo
menos mecánico y pasivo que en el trabajo del que trata de escapar. Según estos filósofos, el mercado del
ocio y la industria del entretenimiento nos proporciona modos de evasión basados en
el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...),
no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Serían como "drogas"
que solo procuran olvido, inconsciencia y experiencias fugaces. Y aquí también
las relaciones con los otros sería básicamente instrumentales, cosificadas,
sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como
instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según
la ley de la oferta y la demanda...
¿Qué pensáis, estáis de acuerdo con todo esto?
Y aquí, un podcast de nuestro programa sobre el marxismo en Radio Nacional de España.

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