La filosofía moderna va a darle un “giro
copernicano” al problema de la realidad. Aunque durante el Renacimiento perviven
las viejas teorías clásicas (platonismo y aristotelismo) y la Ilustración,
influida por la Revolución Científica, va a dar lugar a un tipo característico
de materialismo determinista (este materialismo moderno afirma que la realidad
es el mundo material que describe la ciencia; mundo que funciona como un
mecanismo ciego en el que todo lo que ocurre está determinado por causas
previas), la teoría ontológica moderna más original y profunda es el idealismo.
¿Qué es el idealismo? Fijaos que todas
las teorías sobre la realidad que hemos estudiado hasta ahora presuponían que
existía una realidad distinta a nosotros (ya estuviera hecha de agua, de
números, de ideas, de materia y forma, etc.). La ciencia y el materialismo
filosófico suponen lo mismo: que lo que vemos cuando abrimos los ojos es una
realidad independiente de nosotros; una realidad que, si cerramos los ojos o
dejamos de pensar, sigue estando ahí. Esta suposición filosófica se llama “realismo”.
En su versión más simple o ingenua, el realismo no solo afirma que existe una
realidad independiente del sujeto que la percibe o piensa, sino también que
esta realidad es tal y como la vemos o pensamos (al menos, cuando la percibimos
o pensamos correctamente), como si nuestra mente fuera un espejo que reflejara,
mejor o peor, un mundo exterior a ella.
El idealismo es exactamente lo contrario del
realismo y, por eso mismo, pone en cuestión todas las teorías sobre la realidad
típicas de la Antigüedad y la Edad Media. El idealismo es la idea de que toda realidad
es, antes de nada, una idea en nuestra mente y, por tanto, una realidad
dependiente (no independiente, como afirma el realismo) del sujeto que la
observa o piensa. La filosofía idealista
arranca, pues, de la sospecha de que todo lo que vemos y pensamos pueda estar
producido (o, cuando menos, alterado) por nuestra propia mente. Kant comparo el
giro idealista en filosofía con el giro copernicano en astronomía. Si Copérnico
(ss. XV-XVI) cambio nuestra perspectiva geocéntrica por la heliocéntrica (transitando
de la imagen del Sol dando vueltas a la Tierra a la imagen de la Tierra dando
vueltas al Sol), la filosofía moderna cambió nuestra perspectiva realista por
otra idealista (cambiando la imagen del sujeto mental adecuándose al objeto real,
por la imagen del presunto objeto real adecuándose a la mente del sujeto).
El idealismo admite una versión moderada,
que supone la existencia de una realidad externa a la mente, pero imposible de
conocer en sí (pues la mente la modificaría al representársela), y una versión más radical, por la que la propia realidad sería una creación de la mente (incluso
de una sola mente – la del que lo piensa –; teoría que se conoce con el nombre
de “solipsismo”).
El idealismo moderado afirma que el
sujeto o mente (esa compleja máquina con la que vemos y pensamos) modifica la
realidad al captarla o comprenderla, de manera que siempre conocemos el mundo
con la forma que le damos (que le da la mente) al conocerlo. Conocer sería
entonces, no captar el mundo tal como es (¿Quién podría hacer esto?), sino captarlo del modo concreto (útil, adecuado) en que cada especie o individuo produce ideas (imágenes, pensamientos) a partir de los estímulos que le llegan del
entorno. Para este tipo de idealismo, más epistemológico que ontológico, el
conocimiento no puede ser objetivo (no podemos saber cómo son objetivamente las
cosas), sino que siempre es subjetivo (solo sabemos del mundo lo que la mente del sujeto "fabrica" a partir de él).
El idealismo más radical juega con la
hipótesis de que los estímulos a partir de los que vemos y pensamos no vengan
de ninguna realidad externa, sino de la propia mente. Para este tipo de
idealismo, la realidad que creemos ver y pensar frente a nosotros podría no ser
más que un producto de nuestra propia mente.
El idealismo es defendido por diversos
filósofos modernos, como G. Berkeley o I. Kant, pero su representante más
famoso es, seguramente, el científico, matemático y filósofo francés René Descartes
(1596-1650).
Descartes quiere romper con la tradición
escolástica a través de una filosofía que emplee un método casi matemático
basado en la duda metódica, la intuición intelectual de verdades absolutamente
evidentes (claras y distintas) y la deducción lógica a partir de ellas.
Descartes comienza, pues, poniendo en
práctica su duda metódica, consistente en rechazar toda idea de cuya verdad sea
posible dudar. Así, Descartes duda de la idea de que nuestras sensaciones (colores,
olores, sonidos, texturas… lo que va a llamar “cualidades secundarias”) se
correspondan con propiedades reales pertenecientes a un mundo objetivo e
independiente de nosotros (¿Pues cómo sé que no se trata de un espejismo, sueño
o alucinación de mi mente -- piensa Descartes --?). Duda también de que las ideas de espacio,
movimiento, cantidad o tiempo (las “cualidades primarias”, las llama él)
refieran algo real; o incluso de que las cosas o relaciones que descubrimos con
las matemáticas (como que 2+2=4) sean evidentes (¿Cómo sé – piensa de nuevo Descartes –
que un genio maligno no me está engañando, haciéndome creer que todas esas
ideas y relaciones son objetivamente reales y verdaderas?) … Ahora bien – repara el filósofo francés –, hay una idea
de cuya verdad no puedo dudar: la idea de que existe un sujeto pensante (un “yo”)
que piensa y duda. Se trata del famoso “pienso, luego existo” ("cogito ergo sum") de Descartes. Dicho de
otro modo: tal vez toda idea me parezca dudosa, pero entonces hay una que no lo
es: la idea de que yo mismo (mi mente) está dudando. Tal vez todo sea un sueño, o un
engaño, pero entonces ha de existir la mente que sueña, la mente engañada, es decir, mi propia mente: sueño luego existo, me engañan luego existo...
Una vez Descartes ha encontrado como idea indudablemente verdadera la de la existencia de su propia mente, surge el problema fundamental del idealismo: ¿Cómo puedo estar seguro de que existe algo más que mi propia mente? Descartes intenta responder a esta pregunta analizando las distintas ideas que puede contener su mente, y encontrando que hay algunas (como las ideas de perfección o infinito) que no pueden ser simples creaciones de su mente (pues yo – dice Descartes – no soy perfecto ni infinito), ni provenir del supuesto mundo exterior (caso de que exista), pues la experiencia de este presunto mundo tampoco ofrece nada perfecto o infinito. La única conclusión posible para Descartes es la de la existencia de Dios como ser perfecto e infinito. Ahora bien, si Dios existe (sigue Descartes), siendo perfecto y bondadoso como es, no permitiría ningún engaño o genio maligno, por lo que la fuerte inclinación que tengo – dice el filósofo – a pensar que las ideas de ciertas cosas (como el espacio, el movimiento, la cantidad, el tiempo…) y ciertas relaciones matemáticas (2+2=4) se refieren a algo real y verdadero, no puede ser una inclinación falsa (dado que, además, es Dios mismo quien me ha dado esa inclinación). Así pues, a partir de una premisa idealista (la existencia indudable de la mente), Descartes cree haber demostrado la existencia de Dios y del mundo (al menos en cuanto a sus cualidades primarias, que son las que interesan a la ciencia). Esto lleva a Descartes a concluir que en la realidad existen tres tipos de sustancia: la sustancia pensante (la mente), la sustancia divina (Dios) y la sustancia extensa (las cosas caracterizadas por sus cualidades primarias: el espacio, el movimiento, la cantidad, el tiempo...).
Por cierto, hay multitud de obras de arte (por
ejemplo, películas) que han tratado de representar la tesis idealista. La
ciencia contemporánea, especialmente la ciencia del cerebro y las llamadas
ciencias cognitivas, han especulado frecuentemente también con esta idea.






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