jueves, 23 de abril de 2020

Cómo armar una sociedad, según Marx: infraestructura y superestructura.

Según Marx, el pensamiento, las creencias, el arte, las leyes... la cultura toda es un producto histórico. Mejor dicho: es un producto del sistema económico y social de cada cultura y época concreta. 

A esta teoría se le llama "materialismo histórico", pues supone que todo lo que produce históricamente el hombre está en función de la base material o económica.

Al sistema económico y social le llaman los marxistas "infraestructura". Esta infraestructura determina con qué fuerzas productivas cuenta una sociedad (con qué materias primas, tierras, fábricas, trabajadores, capital, etc.) y, sobre todo, cómo se relaciona la gente con estas fuerzas productivas (quiénes las poseen, quiénes se limitan a trabajar, cómo se organiza el trabajo...), es decir, cuáles son las clases sociales (propietarios, trabajadores...).

Todos los demás elementos que componen una sociedad (la política, las costumbres, la religión, etc.) dependen, según Marx, de la infraestructura económica y social, y tienen la importante función de legitimar y justificar dicha infraestructura. A estos elementos políticos e ideológicos (costumbres, creencias, ideas, etc.) se les denomina "superestructura".


La superestructura política (el sistema de gobierno, el derecho, la policía, etc.) tiene la función de dar cobertura institucional al orden social y económico, estableciendo las leyes apropiadas para que dicho orden se mantenga. 

La superestructura ideológica comprende muchas cosas: la moral y las costumbres, los ritos y fiestas, la educación, el arte, las creencias religiosas, incluso la ciencia... y la filosofía (entendida de cierto modo). Su misión es justificar y convencer a la gente de la validez y necesidad del orden social establecido, desactivando las ideas y conductas contrarias al mismo (ocultando, para ello, las contradicciones y tensiones inherentes a dicho sistema). 


Veamos algunos ejemplos

En la sociedad feudal, la infraestructura determinaba que la propiedad de las fuerzas productivas (que era, sobre todo, la tierra y los siervos) estuviera adscrita a la nobleza y el alto clero. Las relaciones de producción eran claramente desiguales, de manera que unos pocos (los propietarios de la tierra) vivían del trabajo de otros (los campesinos), dándose así dos clases sociales bien diferenciadas.

En cuanto a la superestructura, la sociedad feudal se caracteriza por la filosofía y la religión cristiana, el arte medieval, la monarquía absoluta y muchos otros... Todos estos elementos servían para justificar y legitimar el modo de producción y el orden social feudalista. 

Así, la idea de un Dios único y todopoderoso que gobernaba el mundo servía para justificar la monarquía absoluta (en la que una única persona, el rey, gobernaba a todos). La monarquía imponía leyes que, a su vez, protegían e institucionalizaban la diferencia social entre señores y siervos y el modo de producción imperante. La ideología medieval servía, además, para desactivar las tensiones sociales y evitar rebeliones, inculcando la idea del origen divino de la estructura social y política, y la reparación de las injusticias en "otro mundo" (en el Reino de Dios). 


En la sociedad capitalista (que es lo que más interesa a Marx), la propietaria de las fuerzas productivas es la burguesía, y las relaciones de producción son  también de dominación y explotación de una clase (los proletarios) por la otra (la burguesía).

Los obreros, dueños tan solo de su fuerza de trabajo, la venden al burgués por una cantidad menor a la de los beneficios que se obtienen de ella (a la diferencia entre el salario y el beneficio que obtiene el burgués le llama Marx "plusvalía").

De otro lado, la ideología burguesa cumple la función de justificar el orden social capitalista y burgués. La filosofía de Hegel, por ejemplo, afirma que el Estado moderno es la "realización" política de la Razón, con lo que no cabe oponerse racionalmente a él (aunque en realidad ese Estado no hace, según Marx, sino representar los intereses económicos de la burguesía dominante). 

La mentalidad o ideología moderna alienta también la libertad individual y hace a cada individuo responsable de su situación económica, cuando en realidad esto es incierto, pues los obreros, en cuanto desposeídos de la propiedad de los medios productivos, carecen de casi toda posibilidad de liberarse de su situación.

Más aún, la cultura burguesa, con su arte amable y, diríamos hoy, con toda la inmensa industria del entretenimiento cultural, procura que los obreros permanezcan ajenos e inconscientes de su situación, generando la necesaria conformidad para que la "máquina" capitalista siga funcionando...



 







miércoles, 22 de abril de 2020

Marx contra los alienígenas


¿Sigue siendo pertinente el concepto marxista de alienación? Desde luego. La mayoría de los trabajos disponibles hoy son tan embrutecedores e indignos como lo eran en el siglo XIX. Y no me refiero solo a aquellos tan mecánicos que podrían ser perfectamente ejecutados por una computadora o un androide, sino también a aquellos otros en que la creatividad y el ingenio se ponen al servicio de objetivos insignificantes – como especular o producir cosas superfluas – , o innobles – como expoliar o engañar a la gente –...

Nadie se puede implicar personalmente en ocupaciones cuyo fin primordial es el beneficio económico (el beneficio de otros, para más inri) y, sin embargo, es eso lo que exige hoy la “filosofía” de las grandes compañías: un compromiso absoluto. Es decir: una alienación total, aún mayor que la que detectó Marx hace dos siglos. A los jóvenes que hoy buscan empleo – y a cambio de contratos infames – las empresas les piden completa disponibilidad, una “entrega” que, dada la naturaleza del trabajo disponible, solo puede ser un triste simulacro de vitalidad, un “darlo todo” a cambio de la nada del dinero (o de su expectativa). Un simulacro compensado (o más bien prolongado) por ese otro sucedáneo de plenitud que proporcionan el consumo o la industria de ocio...

Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

martes, 21 de abril de 2020

¿Están alienados mis alumnos de secundaria?




Marx hereda el enfoque humanista de la modernidad, en el que el mundo humano y el sujeto racional se sitúan en el centro y en el que el objetivo práctico es el progreso hacia una sociedad ilustrada (libre de supersticiones e injusticias, igualitaria, próspera...) en que el ser humano pueda realizarse como un ser libre y racional.

Ahora bien, como hemos visto en el capítulo anterior, la situación que observa Marx a su alrededor (la miseria producida por el desarrollo del capitalismo industrial, la represión política, la desigualdad de clase... ) dista mucho de ese objetivo. Más que realizarse, la mayoría de los seres humanos viven en un estado de completa "alienación"; estado que Marx va a analizar con detalle como paso previo a la formulación del resto de su teoría y a su labor revolucionaria. Empecemos, pues, por la teoría antropológica de Marx y su diagnóstico de lo que le ocurre al hombre en la sociedad capitalista.

La concepción marxista del ser humano puede encontrarse en sus primeros escritos. Para Marx, el hombre no es una esencia abstracta, ni pura autoconciencia contemplativa (como para la mayoría de los filósofos). Para Marx el hombre es un ser concreto e histórico cuyo ser se construye, fundamentalmente, a través de la acción (la praxis) y las relaciones sociales. Cabría decir, en este sentido, que, para Marx, el ser humano no nace, sino que se hace, y que se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal. 

La noción de trabajo es aquí fundamental. Para Marx, el trabajo no es solo la actividad por la que transformamos la materia para generar un producto, ni un simple medio para obtener recursos económicos, sino aquello que nos hace ser quienes somos. Cuando preguntamos a alguien "¿y tú qué eres?", la respuesta suele ser: "yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante...". Para Marx, el trabajo es la actividad por la que desarrollamos y expresamos nuestras capacidades, logramos reconocimiento social y construimos nuestra identidad personal, proyectándonos y reconociéndonos aquello que creamos (transformando el mundo a imagen de nuestros deseos e ideales). Dicho más brevemente: a través del trabajo nos realizamos como seres humanos. De hecho, a menudo el drama de una persona sin trabajo no solo reside en carecer de recursos, sino en sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...

Ahora bien, Marx va a constatar que el tipo de trabajo que la nueva sociedad industrial ofrece a la mayoría, especialmente al proletariado industrial (a los obreros), no solo no permite ese desarrollo de las capacidades y relaciones humanas, sino que las debilita y destruye, convirtiendo a los seres humanos en seres "alienados". 

El concepto de "alienación" (que Marx toma, transformándolo, de filósofos anteriores) refiere el estado en que se encuentra aquel que no se reconoce a sí mismo en aquello (en el trabajo) que hace. Como, según Marx, somos lo que hacemos y nuestro hacer principal es el trabajo, si experimentamos el trabajo como algo ajeno a nosotros (porque, por ejemplo, lo hacemos mecánicamente, sin "estar en lo que hacemos"), nos convertiremos en algo ajeno (extraño, "otro") a nosotros mismos, convirtiéndonos en seres "enajenados" o "alienados" ("alienado" viene de la palabra latina "alien", que significa 'ajeno, extraño, otro'...). En general, un trabajo alienante es aquel en que no ponemos el alma, que "ni nos va ni nos viene" y que, por eso, nos deja vacíos; un trabajo que, en lugar de realizarnos como a personas, nos cosifica, nos embrutece y deshumaniza. 

¿Por qué le parece a Marx que el trabajo de los obreros industriales del siglo XIX era alienante? 

En primer lugar, es alienante respecto a la naturaleza y la materia misma. El trabajo es transformación de la materia; pero el obrero se encuentra con que la misma materia prima (la naturaleza) con la que trabaja es propiedad privada de otro, una simple mercancía que se compra y se vende y a la que experimenta como algo ajeno.

En segundo lugar, el trabajo del obrero es alienante respecto al propio trabajo (al proceso de transformación de la materia), en cuanto dicha tarea o proceso no está diseñado o elegido por el trabajador, ni expresa, por tanto, su subjetividad o sus intereses, ni desarrolla sus capacidades más propiamente humanas (el ingenio, la inteligencia, la creatividad...); todo lo contrario: el trabajo del obrero es mecánico (se puede hacer sin pensar, sin "estar en lo que se hace"), es dirigido por otro y está sujeto a intereses y fines ajenos y extraños a su propia subjetividad (básicamente a la rentabilización del capital ajeno). El trabajo (y el trabajador) mismo se conciben como mera mercancía, como algo cosificado (y cosificante) comprable y vendible, como mera herramienta en manos de otro...

En tercer lugar, es alienación respecto al producto del trabajo. El trabajo genera productos, creaciones, pero estas les son arrebatadas al trabajador y son convertidas en mercancía para beneficio exclusivo del patrono. Este beneficio (la "plusvalía") va destinado a aumentar el capital, la desigualdad y la situación de alienación del trabajador. 

En cuarto lugar, es alienación con respecto a la sociedad. Para Marx, las relaciones sociales son fundamentales para la construcción de la propia identidad. Lo que uno es, depende de lugar que ocupa en la sociedad (es decir, del trabajo) y de las relaciones sociales que se dan en ese lugar (en el trabajo). Ahora bien, las relaciones sociales dadas en el ámbito laboral del obrero son tan alienantes (no elegidas, cosificadas, mecánicas, impersonales...) como el trabajo, y están dominadas por la competencia y la insolidaridad. Los obreros se convierten en piezas entre otras piezas de la máquina productiva.

Todo esto convierte al trabajador industrial en alguien alienado, deshumanizado, en un extraño para sí mismo. Si la Ilustración era la utopía de un mundo a la medida del ser humano, el capitalismo, en el que las personas ni siquiera pueden reconocerse como tales, representa su perfecta antítesis.

¿Sigue siendo pertinente el concepto marxista de alienación? ¿Pensáis que buena parte de los trabajos disponibles hoy son tan embrutecedores y deshumanizantes como lo eran en el siglo XIX? Y no me refiero solo a aquellos tan mecánicos que podrían ser perfectamente ejecutados por una máquina, sino también a aquellos otros en que la creatividad y el ingenio se ponen al servicio de objetivos insignificantes -como especular o producir cosas superfluas-, o innobles -como expoliar o engañar a la gente-? 

Fijaos que a los jóvenes que hoy buscan empleo se les suele exigir una «entrega» total a la empresa, un «darlo todo» a cambio de dinero (o de su expectativa). ¿Creéis que alguien se puede implicar humana y personalmente en labores cuyo fin primordial sea el beneficio económico (generalmente, el de otros)? 

¿Pensad ahora en vuestra situación actual como estudiantes? ¿Es o no es alienante? No sé a vosotros, pero a mi, a veces, el instituto me parece como una fábrica, un inmenso edificio en el que, a toque de sirena, los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. Una vez situados, los obreros-alumnos se pasan el día repitiendo gestos mecánicos: haciendo como que atienden, escribiendo lo que les dictan, contestando lo que les han dicho que tienen que contestar en los exámenes. En casi ninguna de las horas, semanas y años que llevan aquí, esos obreros-alumnos eligen lo que se hace en clase, ni hacen nada que se relacione con sus verdaderos intereses y deseos. Casi ninguno de ellos se esfuerza por sí mismo, sino para contentar a otros (padres, profesores...) o para lograr las recompensas que les han enseñado a desear. La mayoría ha aprendido ya a disimular su desinterés y afrontan curso tras curso, examen tras examen, por pura disciplina ciega. Otros malviven de esa mínima ración de autenticidad que son la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... Y para colmo, entre ellos también se promueve la competencia, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quien se sienta cada quien, "para que no hablen"), la segregación por notas, o incluso por sexo, con objeto de mejorar el rendimiento (pues esos alumnos-obreros no son una excepción con respecto a otros productos del mercado: se "fabrican" para que den beneficio, para que coloquen su currículo en el mercado de trabajo)...

Pensar, por último, que el ocio que presuntamente nos libera del trabajo, puede ser también, para los marxistas (los seguidores de Marx se llaman "marxistas"), una actividad alienante. Observad -- nos dicen -- como se divierte la gente en "su" tiempo libre. Ni es "suyo", ni es "libre". Según algunos filósofos marxistas, las formas de diversión se nos dan (se nos venden) ya estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo menos mecánico y pasivo que en el trabajo del que trata de escapar. Según estos filósofos, el mercado del ocio y la industria del entretenimiento nos proporciona modos de evasión basados en el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...), no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Serían como "drogas" que solo procuran olvido, inconsciencia y experiencias fugaces. Y aquí también las relaciones con los otros sería básicamente instrumentales, cosificadas, sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según la ley de la oferta y la demanda... 

¿Qué pensáis, estáis de acuerdo con todo esto? 

Aquí tenéis un par de artículos publicados sobre este mismo tema (uno y dos)

Y aquí, un podcast de nuestro programa sobre el marxismo en Radio Nacional de España







lunes, 20 de abril de 2020

Crónicas marxianas. Un mitín para empezar.

Según fuentes totalmente apócrifas (seguro que tenéis algún diccionario en red) parece ser que Karl Marx (1818-1883) fue profesor en un instituto de Tréveris, en Alemania. Duró apenas una semana antes de que la policía y el jefe de estudios lo desalojaran del aula. Sus clases debían de ser tal que así. 

¡Camaradas alumnos, hijos del pueblo, obreros del mañana! 


En el siglo XIX los ideales de la ilustración han quedado sepultados bajo una capa de miseria material, moral e intelectual. A los burgueses, que se les llenaba la boca con las palabras “prosperidad”, “igualdad”, “libertad” y “educación”, se les han olvidado sus promesas en cuanto han llegado al poder. El pueblo que les ayudo en la lucha feroz contra los reyes y los nobles no ha ganado nada más que cambiar de amo.



 La nueva economía capitalista que iba a traer, según los burgueses, prosperidad para todos, ha traído miseria para la mayoría. Miles de niños, mujeres y hombres son brutalmente explotados en las fábricas de esos mismos burgueses, trabajando durante todo el día en condiciones insalubres, con salarios de subsistencia, despedidos cuando caen enfermos o son demasiado viejos para seguir en el tajo. Otros, los parados, deambulan por las calles ignorantes de que su estado es necesario para que el gran empresario pueda alcanzar mayores beneficios, pagando salarios de risa y riéndose de sus reivindicaciones... ¡Ahora comprendemos que la sociedad burguesa no era más que pasar de ser siervos del señor feudal a ser obreros miserables a merced del patrón y el capitalista burgués! 



¡Igualdad ante la ley, soberanía popular! ¡Eso prometían los burgueses antes de la revolución en Francia! ¿En qué ha quedado todo aquello? ¡¡Ni votar podéis!! ¡¡Ni reuniros en sindicatos para unir vuestros intereses y fuerzas!! ¡¡Ni protestar o hacer huelga sin sentir de inmediato el aliento de la policía en vuestra nuca, exponeros a la cárcel y a la ruina de vuestras familias!! 


¡¡Educación!! ¡¡Mayoría de edad!! Así hablaba el bueno de Kant. Eso prometían los ilustrados. ¿Pero cómo diablos vais a educaros y a cultivar vuestro espíritu tras catorce horas de trabajo? ¿Cómo vais a desarrollar la razón si comer o no morir de frío es el logro que os ocupa día y noche desde el nacimiento a la muerte? ¿Creéis acaso que esas pobres escuelas nocturnas a las que acudís algunos son comparables con las escuelas de élite a las que acuden los hijos de vuestros patronos?

¡¡¡No, no podemos volver a confiar en la burguesía!! ¡¡Su traición, no por esperada ha sido menos dolorosa y miserable!! Así son las leyes de la historia. Lo que ayer era la lucha entre los reyes y el pueblo, unido entonces a la burguesía naciente, ha de ser ahora la lucha del pueblo contra la clase burguesa que lo oprime y explota sin misericordia…
 ¡Y qué decir de los filósofos e intelectuales! Hasta ahora, la filosofía ha estado, sabiéndolo o no, al servicio de los poderosos. La mayoría de los filósofos ilustrados, y los que han venido después, han defendido y siguen defendiendo al Estado burgués; es más, han sido, sin saberlo, la justificación casi perfecta del orden social imperante.

Para Kant y los filósofos que continuaron tras él (como Hegel), la libertad y el progreso consistían en el perfeccionamiento de la conciencia racional, en el desarrollo del espíritu. ¡Como si el mundo estuviera hecho de espíritus e ideas! ¡¡Estas ilusiones, casi tan pérfidas como las de la religión, han apartado nuestra mente del verdadero mundo: aquél en el que sois explotados, humillados y embrutecidos por los que acaparan la riqueza, el poder y la cultura!!


¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes de todo esto? Los filósofos no han reparado en que antes de liberar y cultivar vuestra conciencia habéis de liberar vuestra vida y vuestro cuerpo de las cadenas materiales que os impiden realizaros como verdaderos seres humanos. Y esas cadenas son las terribles condiciones económicas y sociales en las que sobrevivís a duras penas. 


Tan solo algunos pequeños burgueses bienintencionados, como esos socialistas utópicos, han intentado concebir una nueva situación, si bien de manera totalmente errónea, pues no entienden ni entenderán jamás los complejos mecanismos de esta máquina infernal del capitalismo. Ni siquiera vuestros sindicatos, pese a lo heroico de su lucha, comprenden que vuestros problemas no desaparecerán reclamando un poco de menos presión en la correa con que os atan. 


 La única solución es la lucha. ¡¡¡La revolución!!! La ruptura total con la sociedad de clases y con el régimen parlamentario de la burguesía. ¡La toma del poder y la instauración de una sociedad de obreros y para obreros! ¡El comunismo es nuestro, vuestro único futuro! 



 ¡Pero no olvidad que esa lucha será ardua, costosa! El capitalismo tiene grandes amigos. La religión, la filosofía especulativa, las teorías económicas de los liberales ingleses, como ese Adam Smith y sus seductoras ideas acerca de lo beneficioso (e inevitable) del capitalismo… 


 Por eso es necesaria una filosofía nueva. Una filosofía que atienda a la verdadera realidad, a lo que constituye el pilar de las sociedades y el motor de los cambios históricos: la economía y la lucha de clases. Una filosofía capaz, además, de iluminar la práctica revolucionaria, y que no solo interprete el mundo, sino que sea capaz de transformarlo y conducirlo a una situación de efectiva justicia: ¡Al comunismo!... Una filosofía, en suma, como la que yo y mi camarada Engels estamos edificando. 


 ¡¡Alumnos de filosofía del mundo, obreros del mañana, uníos a nosotros, y pensad en los aciertos y los errores del marxismo!!  

Mientras, podéis analizar la letra de La Internacional, el himno oficioso de los partidos socialistas y comunistas. O echarle un ojo a este breve vídeo sobre la historia del comunismo.

Aquí tenéis, por cierto, la presentación de clase: 













martes, 5 de marzo de 2019

Poder, ficción y carnaval



El carnaval parece un caso raro de ritual festivo. En el no se consagra la majestad o el rigor del orden y la ley, sino todo lo contrario: lo irrisorio de todo orden y el gozo de lo sin ley. El carnaval es lo que llaman una “fiesta de inversión”, en la que en vez de celebrar el poder real, la nobleza del héroe o la virtud del santo, se encumbra al personaje más bufonesco, truhan y lascivo, otorgándole, por unos días, el cetro de un “mundo al revés” en que los esclavos son los amos, los varones se comportan como mujeres, los burros celebran misa y los clérigos retozan como animales... En los viejos carnavales, las fiestas de esclavos, las misas de locos del Medievo, o las antiguas saturnales latinas imperaba un mismo espíritu de subversión, desenfreno, y burla sin término … ¿Pero cómo es que se permitía esto? ¿Qué sentido tenía esta fiesta?…

No es difícil imaginarlo. El carnaval es la ficción con que se compensa y regenera esa otra ficción que es la de la legitimidad de la estructura social. Así, en el carnaval se escenifican de la manera más grotesca posible las pulsiones que el poder “contiene” – la violencia, la sexualidad sin ley, la crítica revulsiva – para, llevando al extremo la ceremonia del desorden, renovar el deseo de orden y la necesaria conformidad con él. De ese modo, al final del carnaval, y una vez cumplida su función, se sacrifica al “rey de burlas” y se representa el glorioso retorno del rey verdadero – del dios renacido – eje en torno al que todo vuelve a su lugar natural.

Pocos verán, sin embargo, todo esto en los carnavales actuales, que apenas son ya más que una amable fiesta turística. Tal vez porque hoy el “verdadero carnaval” ya no se celebra colectivamente en la calle, ni en una fecha determinada, sino de una forma tan diluida como el mismo poder al que sirve. El carnaval – la ilusión de ser otro, la ruptura con los límites, la desinhibición sexual, la violencia a discreción, la risa descarnada... – se celebra ahora en esos particulares mundos de ficción que nos proporcionan los medios y las redes sociales. Medios y redes a través de los que también se nos ordena, normaliza y vigila constantemente. Siempre y en todo lugar es, hoy, carnaval. Pero también control y sumisión. El baile de máscaras jamás ha sido tan perfecto.

De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 



martes, 18 de diciembre de 2018

Kit (de supervivencia) navideño.


Felices fiestas a tod@s. Os dejo aquí un kit de supervivencia navideño. Qué el próximo año seáis, si cabe, mucho más sabios y felices.

Un buen documental para ver antes de nochebuena puede ser este. Lo interesante comienza en el minuto 9:35. Es muy provocador y ha despertado mucha polémica en torno a la veracidad de lo que en él se afirma. Lo bueno es que provoque un suculento debate antes o después de cenar...

 

Cliqueando sobre las palabras Navidad, Año Nuevo, o Cuentos, podréis leer entradas sobre lo que representan las navidades (o, aquí, y aquí, nuestros programas de radio sobre el mismo tema). Acordáos, también, de un par de libros preciosos para entender las fiestas: La Rama Dorada, de James Frazer, o Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris, en este último, los capítulos sobre Jesús de Nazaret. Ah, y para moriros de risa, la divertida y tradicional película navideña La vida de Brian. 
¡¡Felicidades!!

jueves, 13 de septiembre de 2018

¡¡Bienvenidos a la Historia de la Caverna!!

¿Seguís en la caverna de Platón? 

Si seguís comiéndoos el tarro acerca de lo que pasa en este mundo (y sobre todo lo que os pasa por la cabeza), la respuesta es SÍ. 

Si os habéis vuelto más desconfiados con lo que os cuentan acerca de cualquier cosa (y con lo que os contáis vosotros mismos), la respuesta es SÍ. 

Si os estáis pensando como montaróslo para que vuestra vida (y la de los que os rodean) sea plena y feliz, la respuesta es, de nuevo, SÍ. 

¡Y si queréis, además, salir de este cavernoso instituto hacia cavernas mejores...O mejor, hacia el aire libre y bajo el cielo abierto, la respuesta es SÍIIIII, seguís en la caverna platónica!

Este año vamos a proyectar en el fondo de la caverna la vida y milagros filosóficos de ilustres cavernícolas (Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Kant, Nietzsche...). Vamos a invocarlos en diversas sesiones de espiritismo filosófico para que nos cuenten, alrededor del fuego, cómo salir de aquí (o, al menos, cómo sacar partido de nuestra cavernaria existencia). Las discusiones de este año tendrán, pues, invitados de excepción. Con ellos, viajaremos en el tiempo (en el tiempo del pensamiento) a la antigua Grecia, a la misteriosa edad media, y a la prometedora época moderna, para volver, más sabios, al mundo de hoy. Así que, ir calentando motores y peinándoos las plumas. 

Ya podéis iros leyendo, por ejemplo, la programación y el tema introductorio (que tenéis enlazados en el pasadizo de arriba, a vuestra izquierda). O bien disfrutar de la película "El mundo de Sofía" (una película sobre la historia de la filosofía, basada en la famosa novela del mismo nombre), o del cómic de Eduardo del Rio "historia de la filosofía para principiantes"... 
¡¡Bienvenidos a este nuevo curso, bienvenidos a la historia de la caverna!!


1999 - Erik Gustavson - El Mundo de Sofia (latino) from Jorge Nanclares on Vimeo.