miércoles, 17 de octubre de 2012

Huelga de estudiantes.


Si ya de por si (de por ellos) acostumbró a presumir de mis alumnos, lo mejor, con mucho, del instituto donde trabajo, con más razón ahora que los veo, megáfono en mano, negándose a que empeoren, aún más, las condiciones del redil en el que compartimos las mañanas. Aquí los tenéis, queriendo romper la oscura liturgia de las clases con la luz de todas las razones. Se niegan, como toda persona de buen juicio debería negarse:

A asumir que la escuela sea una cadena de montaje, en la que los alumnos sean catalogados y separados, a los quince años, como futuros obreros (los que van a FP) o futuros universitarios (los que van a Bachillerato).

A que, con absoluto (y absolutamente ignorante) desprecio de lo que la pedagogía (y la simple experiencia docente) enseña, se enarbolen los simples criterios de la capacidad y el esfuerzo para separar a los “malos” alumnos de los “buenos”. Como si la capacidad no fuera un don (tan "merecido" como nacer rubio o moreno) y el esfuerzo no dependiera de mil y una razones (y nunca de la simple “vagancia” voluntaria, como esgrimen los ministros y los maestros ignorantes de otra pedagogía que la del palo y la zanahoria).

A que, con la ceguera del que confunde el interés con lo interesante, se conciba la educación como un medio para el “triunfo” y no como un fin y un logro en sí misma.

A que se enaltezcan como valores la competitividad, el éxito profesional y el bienestar económico, como si no existieran otros y más verdaderos propósitos para dotar de sentido la vida de las personas.

A que se antepongan las asignaturas “instrumentales” y técnicas, con la falaz idea de que lo más importante (las ideas, los valores, el buen juicio, la creatividad) son cosas tan insensatas (¿e inútiles?) que no se pueden enseñar crítica y racionalmente en el aula (aunque sí inculcar en las parroquias y en el seno de la sagrada familia).

A que se recorten becas y ayudas, con el peregrino argumento de darlas solo al que por su rendimiento las merezca, olvidando que el hijo del rico podrá obtener sus títulos sin becas, rinda o no rinda, y que el rendimiento del menos agraciado (porque es gracia o desgracia, no mérito, ser hijo de quien uno es) se verá siempre lastrado por su peor circunstancia.


Por esto y por tantas otras cosas (ellos las saben mejor que yo), mis alumnos y tantos otros salen estos días a las calles (el espacio natural de los que no tienen otra cosa que un dudoso futuro). Y lo hacen con todo el derecho de los que no disfrutan de más derecho político que el de protestar (y esto a duras penas –y porras--). ¡¡Ánimo mañana!!  

miércoles, 10 de octubre de 2012

Diálogo entre Sócrates y Sofistófeles

Nuestro intrépido equipo de expertos del más allá filosófico han logrado (no me preguntéis cómo) invocar a dos espíritus, el de Sócrates y el de un sofista, desconocido hasta hoy, llamado Sofistófeles. El experimento se realizó en un solitario callejón de la Atenas, y la energía liberada en el proceso fue tal que todos los expertos, menos uno, perdieron la conciencia. El que quedo, especialmente fornido, y al que llaman el “omoplatos”, me contó luego lo que había visto y oído. Y esto dice que fue:

Sócrates.- Ea, pues, aquí estamos. Este mal profesor de filosofía me ha traído acá, desde otro lugar más dulce. Seguramente era incapaz de ejercer por sí mismo su oficio y me expone ahora a que de nuevo me crucifiquen. ¡Hola, pero si tengo un compañero de desgracia! ¿Quién eres tú, espectro?
Sofistófeles.- Un sofista soy, Sócrates, o eso dicen de mí.
S.- ¿Uno de mis viejos amigos, acaso? ¿Eres el venerable Protágoras? ¿El incisivo Gorgias? ¿O acaso el feroz Trasímaco? Mi vista ya no es como era, y al venir del reino de la Luz, me cuesta mirarte y reconocerte.
Sf.- No soy ninguno de los que dices, y los soy todos a la vez. Allá donde purgamos nuestras penas, acusados de ser unos sinsustancias, me han amasado como una albóndiga, para que tenga algo de miga, y me han hecho uniendo los trozos de unos y de otros, y añadido alguno de la novelle cousine
S.- Ya, ya me han dicho que en esta época sois también los amos del cotarro de lo que el vulgo llama cultura y que ahora enseñáis en todos sitios con solo asomaros a unas extrañas ventanas en las realmente no estáis, pero parece que estáis.
Sf.- Sí, todo cambia para no cambiar nunca. Ahora enseñamos a través de la televisión y otras extrañas máquinas, llamadas ordenadores.
S.- ¿Que nada cambia, dices? ¿Has dejado de ser sofista tras tantos siglos de purgatorio?
Sf.- Aún no lo logre, Sócrates, por eso pasé el casting para esta invocación de espíritus. Sigo pensando lo que pensaba: que no hay nada de bueno ni de malo, de cierto ni de incierto, fuera del tiempo que pasa y que todo lo cambia, tanto en mí como en los otros hombres, en este lugar y en tantos otros tan diferentes. Soy un relativista, sin lugar a dudas.
S.- Entonces, mantienes, como siempre, que nada valioso existe siempre, pero que esta misma opinión tuya merece eternamente la pena.
Sf.- Siempre es bueno atenerse a la verdad de que nada hay de verdadero ni de bueno que sea para siempre.
S.- Es curioso, siempre habláis de lo bueno y lo justo…Para decir que nunca es lo mismo lo bueno y lo justo, sino según lo que cada uno habla, piensa o siente.
Sf.- Así es.
S.- Pero entonces, sabio Sofistófeles, qué diréis, ¿que es de lo mismo, es decir de lo bueno, de lo que tú y yo hablamos ahora, o de algo que, por ser diferente para ti y para mí, no merece ser definido por las mismas palabras?
Sf.- Las dos cosas diré, oh Sócrates, al mismo tiempo. Discutimos ambos de la misma cosa, lo bueno, pero sin que sea la misma cosa para ambos.
S.- Profunda parece tu opinión, y muy oscura que es. Responde ahora. ¿Es tan bueno lo que yo tengo por bueno que lo que piensas tú al respecto? Si para mí es bueno llevar esta capa raída y vivir con lo puesto, y para ti vestir con elegancia y vivir en la opulencia, ¿diremos acaso que yo o tú llevemos mejor vida que el otro?
Sf. De ninguna manera, Sócrates, tan buena es tu forma de vivir como la mía.
S.- ¿Dirás entonces que mi opinión de lo bueno y la tuya son, ambas, igualmente buenas?
Sf.- Eso diré.
S.- Luego lo bueno será entonces igual para ambos, pese a que habíamos acordado que era distinto. ¿No estás de acuerdo?
Sf.- No sé ahora si lo estoy, Sócrates.
S.- Te diré lo mismo pero de distinta manera. Si bueno y justo es igualmente bueno y justo para cada uno, según su particular modo de concebirlo, ¿no serán estas distintas opiniones igualmente justas aunque cada una entienda lo justo de manera distinta?
Sf.- Quizás sea justo que así hables, aunque no sé si lo entiendo, ni si quiero hacerlo.
S.- ¿Y no se ajusta lo que decimos a la verdad de que, en estos caso, lo justo es siempre lo mismo que sí mismo y, a la vez, siempre diferente de sí mismo?
Sf.- Lo justo no es más que una convención de los hombres.
S.- ¿Y te parece que lo convenimos por ser justo, o que es justo porque lo convenimos?
Sf.- Lo segundo, Sócrates. Justo es lo que convenimos que lo sea.
S.- ¿Y por qué lo convenimos entonces, si no es por que sea justo?
Sf.- Fácil. Porque nos conviene y nos resulta útil.
S.- ¿Y no estarás, entonces, llamando propiamente “justo” a lo que es útil y conveniente?
Sf.- Justamente a eso.
S.- ¿Y sabrías responder si te pregunto entonces qué es lo útil y conveniente para todos y cada uno?
Sf.- No, por todos los dioses. Cada uno tendrá por útiles cosas diversas. Aunque sé que vas a pedirme, aquí también, que te explique cómo es que “útil” designa lo mismo diciendo lo diferente.
S.- No, no voy a insistir en eso. Dime, mejor, que es para ti lo útil, pues esto sí que debes saberlo.
Sf.- Claro, Sócrates. Lo útil es lo que conviene a mis deseos. 
S.- ¿Y estás tú seguro de que deseas lo que te conviene?
Sf.- ¿Cómo no?
S.- ¿Quién crees que sabe mejor lo que conviene a una semilla, el experto jardinero o la semilla misma?
Sf.- El primero, está claro. La semilla se deposita al azar, sin ciencia alguna, a veces sobre la tierra más dura en la que, sin saberlo ella, jamás va a fructificar.
S.- Dime ahora tú, ¿eres como la semilla o más bien un experto jardinero de ti mismo?
Sf.- Si he de desear lo que me conviene, y no lo que me perjudica, he de ser experto acerca de mi mismo, tienes razón.
S.- ¿Y realmente lo eres?
Sf..- ¿Pero quién si no, Sócrates, puede conocerse mejor a sí mismo que uno mismo?
S.- Esta bien. ¿Pero de qué conocimiento hablas? ¿Del que desvela la verdad a todos y para siempre, o del que solo sirve a tu verdad y de momento?
Sf- Lo último, por supuesto. La verdad, tal como ocurre a la justicia o la bondad, no es sino lo que conviene a mis intereses.
S. Luego tú serás conocido por ti mismo como lo que te conviene pensar que eres. Y dime, ¿lo que conviene a algo no es lo que mejor se adapta a su naturaleza, tal como la hierba, y no la carne, al cervatillo, y la carne, y no la hierba, al león comedor de cervatillos?
Sf.- Eso he de reconocerlo.
S.- ¿Y cómo reconoces esto último como cierto? ¿Acaso también porque te conviene pensarlo así?
Sf.- Cómo si no, si he de ajustarme a lo que dije antes.
S.- Pero entonces fíjate que extraño es lo que dices.
Sf.- ¿El qué, Sócrates?
S.- Que lo útil es lo que conviene a aquello que te conviene concebir que conviene al que te resulta conveniente creer que eres.
Sf.- No estoy seguro de que me convenga seguir esta conversación, Sócrates.
S.- Te equivocas, amigo. No hay nada que te convenga más. ¿Convendrás conmigo ahora que la verdad es más útil cuando es verdad respecto a lo que son las cosas?
Sf.- Explícate.
S.- Si fueras marino, ¿te sería más útil creer que es el viento el que hincha las velas, o más bien que lo son las colas de las sirenas al contonearse tentadoramente?
Sf.- Lo primero me convendría mucho más.
S.- Y si fueras Sofistófeles, ¿te sería útil creer que es el alma la que empuja su cuerpo, o que más bien son sus piernas las que le llevan y le traen por sí mismas?
Sf.- También lo primero que dices, Sócrates. Ahora que soy un espectro sin piernas ni brazos lo veo clarísimo.
S.- ¿Te será enormemente útil, entonces, conocer, como buen marinero de ti mismo, tanto el complejo mecanismo de cordajes y costuras que compone la vela del alma, como la fuerza y disposición de esos vientos, llamados ideas, que la mueven de un puerto a otro?
Sf.- Lo es, Sócrates. Mis maestros me enseñaron precisamente a insuflar las ideas que yo quisiera en las alas del alma de los que me escuchan.
S.- Ea, pues. Arribemos ahora a alguna conclusión. Si lo mejor es lo más útil, ¿no será mejor que cualquier otra cosa ocupar nuestro tiempo en conocer nuestra alma y las ideas que la habitan?
Sf.- Sí que lo parece, según lo que llevamos dicho.
S.- ¿Y no será ese conocimiento la condición inexcusable para que cada uno pueda ser bueno y útil para sí mismo?
Sf.- ¿Cómo Sócrates?
S.- Pues tal como has visto aquí, que oponiendo mi alma con la tuya, hemos logrado ambos quitar de ellas las ideas inapropiadas y dejar solo las más verdaderas. ¿No ha sido útil este diálogo para saber lo que es realmente útil y bueno?
Sf.- Pues sí.
S- ¿Y podrá ser bueno y útil para sí mismo aquel que no sepa, como nosotros sabemos ya, lo que es útil y bueno?
Sf.- Pues no, Sócrates, salvo por casualidad, y sin saberlo ni él mismo.
S.- Y dime, Sofistófeles, ¿crees que cualquiera que nos escuchara ahora no llegaría acaso a la misma conclusión?
Sf.- La fuerza de las razones a eso obliga, Sócrates. Nadie puede liberarse del lazo del argumento, si no es haciéndose el loco, o siéndolo.
S.- Así pues, si las razones nos obligan a pensar que tal o cual cosa es la más útil o buena, como hemos hecho hace un momento, ¿no obligaran a pensar así a todo el que cuerdamente nos atienda?
Sf.- ¿Dónde vas a parar ahora?
S.- A esto. Si lo útil o bueno es lo que razón dictamina, lo será para todos, y no según cada distinta cabeza.
Sf.- De acuerdo, pese a mi mismo.
S.- ¿Diremos entonces que lo bueno para todos es lo que la razón en cada momento dictamina, con sus mejores argumentos, y que, por eso mismo, no hay nada mejor para nosotros, mortales ignorantes, que pasar el día razonando para conocer lo que conviene, tanto a nosotros mismos como a los demás?
Sf.- No sé, Sócrates. No son pocos los que afirman que nada de lo que conocemos es seguro.
S.- Pero fíjate que, a la vez, afirman eso mismo con notable seguridad. ¿No crees que hay que ser muy sabio para saber que nada se puede saber?
Sf.- ¡Por los dioses, no dejas de ser razonable, Sócrates, pese a que dices no saber nada de nada!
S.- Y es cierto, Sofistófeles. Nada sé, pero sí creo saber cómo paliar mi ignorancia, hablando y preguntando a jóvenes tan ambiciosos de saber como tú. Por cierto,  ¿de qué dioses hablabas?
Sf.- De los de la ciudad, Sócrates, esos que nadie ha visto, pero que se aseguran de que cumplamos la ley incluso cuando nadie nos ve.
S.- ¿Crees que la gente no sabe ser justa y buena sin la vigilancia de los dioses?
Sf.- Eso creo, Sócrates. Hacen lo que les conviene y punto.
S.- Pero sin saber lo que realmente les conviene.
Sf.- Pero Sócrates, hay quien elige lo malo incluso conociendo muy bien lo que es bueno y conveniente.
S.- ¿De qué loco me hablas? Ni el peor de los sofistas escogería lo peor creyendo saber adecuadamente lo que es mejor. Toda maldad es ignorancia.
Sf.- Pero los sofistas se tienen por sabios, y no ignorantes, y perjudican a muchos en los juicios, incluso no siendo aquellos nada injustos, siempre que alguno les pague muy bien por hacerlo.
S.- ¿Y crees tú que esos sofistas son tan sabios como ellos mismos dicen?
Sf.- No sé, Sócrates, Pero me temo que, a diferencia de ellos, ni tú ni yo seremos nunca nada en la vida. Tú por ser el vagabundo de pensamientos que eres, y yo por haberme dejado convencer por ti. Mi padre me mataría, si no estuviera ya muerto, si supiera que ando contigo, y si pudiera te mataría de nuevo a ti también.
S.- En esto tienes razón, Sofistófeles. Ni yo ni tú somos, ni fuimos nunca, ni seremos otra cosa más que espectros o sombras de dos ideas, tú de una y yo de otra. Un discípulo y joven amigo mío dirá que no hay más mundo que el cielo en que habitan ellas, las ideas.
Sf.- Ea, pues volvámonos ya a ese mundo tan ideal.
S.- Pero si llevamos todo el tiempo en él. ¿Es que no lo has comprendido todavía?

lunes, 8 de octubre de 2012

Master para aspirantes a sofista



Seguimos aportando documentos inéditos en historia de la filosofía. En este que presentamos aparece el anuncio de un Master para aspirantes a sofista del s.V a.C. Fue hallado entre las ruinas de una escuela pública griega recientemente expropiada por un banco internacional, y es rigurosamente auténtico (¡Auténtico, sí, ¿qué pasa? ¿Sabes tú acaso qué es auténtico y qué no lo es? ¿Lo sabe alguien?). Por cierto, si te interesa un curso como este los hay a porrillo hoy en día (y, si esperas un poco, se te dará sin tú pedirlo, en esas mismas aulas). Ahí va la transcripción realizada por nuestro equipo de expertos.


Escuela Panhelénica de Sofística.
Master en Retórica y Política.

Objetivos del curso.
¿Cómo triunfar en la vida? ¿Cómo persuadir a los demás de lo que quieras? ¿Cómo lograr el poder y conservarlo? ¿Cómo tener amigos influyentes? ¿Cómo ser un gran vendedor de ti mismo? ¿Cómo hacerte millonario?... Si te inquietan estas preguntas, y fías tu felicidad en darles una conveniente respuesta, no lo dudes, este es tu Master.

Destinatarios del curso.
Alumnos de cualquier condición y con cualquier grado de formación. Se requiere ambición, espíritu competitivo, flexibilidad moral y talentos (de plata u oro). Absténganse socráticos e ingenuos (Y Evatlo).  

Profesorado.
Protágoras de Abdera. Gorgias de Leontinos. Pródico de Ceos. Hipias de Elis. Profesorado invitado: G. Marx (s. XX). F. Nietzsche (s.XX). J. I. Wert (s.XXI) L. Wittgenstein (s. XX).


(Cod. 0110) Relativismo moral para todos (y cada uno).
¿Qué es lo bueno? ¿Qué es lo justo? Nadie sabe de esto más de lo que él mismo cree, quiere, siente, ve. Los valores son siempre subjetivos. Lo que es bueno para mí igual no lo es para ti y a viceversa. Cada alumno se tomará las medidas para averiguar lo que le conviene y, además, se evaluará a sí mismo.

(Cod. 0101) Convencionalismo aplicado.
¿Así que todo está permitido? No, hemos de convenir normas. De hecho, la materia a impartir en esta asignatura se decidirá por convenio, por un pacto entre los alumnos y el profesor (por el que todos decidirán o en el que los alumnos acatarán lo que dicte sabiamente el profesor). En todo caso, habrán de tratarse estos dos temas: (a) La ley como condición de toda sociedad civilizada, y (b) De la legítima ley de los lobos y la artificiosa ley de los corderos. Para (b) se harán prácticas con el anillo de Giges. (Conferenciante invitado: G. Marx, actor del s.XX, quien presentará la ponencia: “Tengo estos principios, si no te gustan, tengo otros”.)

(Cod. 1111) Pragmatismo práctico.
En esta asignatura se impartirá únicamente lo que es útil para aprobarla. También se informará de todo otro tipo de medios para su superación (sustracción de exámenes, confección de chuletas, ingeniería y electrónica aplicada a la copia, técnicas de simulado de inocencia, etc.).
  
(Cod. 0011) Filosofía de la educación.
La educación es la llave para el triunfo. Por eso, tal como muestra este Master, ha de estar dirigida a preparar al ciudadano para competir en el mercado, desarrollando sus mejores cualidades (ambición, espíritu práctico, conocimientos simples, claros y útiles…) y relativizando sus prejuicios morales. (Conferenciante invitado: J. I. Wert, ministro de educación del s.XXI. Ponencia aún en borrador). 
 
(Cod. 0000) Curso completo de escepticismo.
Se demostrara cualquier cosa y su contraria, a la vez que se demuestra que toda demostración es imposible, incluida ésta (¡Y todo, con una sola cabeza!). Habrá talleres de risoterapia epistemológica: cada día nos reiremos (antes y después de la clase) de la Verdad (¿Verdad? ¿qué verdad?). Las conclusiones del curso serán por sorteo y se repartirán (una distinta a cada uno) al azar.

(Sin cod.) Agnosticismo sin complicaciones.
No se hablará de lo que no se puede hablar. Conferenciante invitado: Maestro L. Wittgenstein, del s. XX, quién dirigirá los talleres “Profundización mediante el silencio” y “No meditación sobre nada”.

(Cod. 1111A) Curso fundamental de retórica y oratoria.
Los alumnos elaborarán discursos a favor, en contra, ni a favor ni en contra, y a favor y en contra de cada tema elegido al azar, de lo contrario de ese tema, de los dos temas a la vez, y de ni el uno ni el otro (todos los discursos deberán ser igualmente convincentes). Se puntuará el estilo, la disposición de las ideas, la elección de las palabras, la memorización y la presencia escénica. Se analizará el lenguaje no verbal. Talleres especiales de ambigüedad y salida tangencial. Técnicas de conmoción emotiva de masas (y jurados populares). Curso de demagogia avanzada. Cinismo. Endurecimiento de la expresión facial. Toda esta parte del Master estará exclusivamente impartida por profesionales del teatro y la política.   
 
Información y matrícula.
Precios del curso: 30 minas.
Garantía de devolución si no ganas tu primer juicio, y no eres Evetlo. 
Para más información en casa del rico Calias (Atenas, Plaza del Mercado s/n).

 Bueno, qué. ¿Te apuntarías o no? ¿Preferirías un master así a estas inútiles clases de filosofía?

lunes, 1 de octubre de 2012

Tumultuosa rueda de prensa de los filósofos pluralistas










De nuestro corresponsal en Atenas. Siglo V a.C. Los tres “filósofos” del momento, Empédocles, Anaxágoras y Demócrito, decidieron ayer ofrecer al público los resultados de su investigación sobre la physis en una rueda de prensa que, tras las preguntas de algunos periodistas, desembocó en una virulenta discusión y la salida airada de dos de los filósofos de la sala. Este blog ofrece en rigurosa exclusiva un extracto de lo que allí ocurrió.

Anaxágoras.- Señores, silencio por favor (Se oyen múltiples rumores en la sala; al parecer la indumentaria del filósofo Empédocles ha levantado revuelo; Demócrito, entre tanto, ríe a carcajadas mientras conversa con algunos periodistas). ¡Silencio! (el público de la sala, abarrotada, al fin se calla). Ejem. Señores. En la filosofía se abre hoy una nueva etapa, la etapa pluralista. Durante estos últimos cien años, nuestros antecesores han extendido creencias que, pese a su esfuerzo y buena intención, han llenado de errores las cabezas de nuestros contemporáneos. Desde el ínclito Tales y sus secuaces hasta el agudo Parménides, pasando por los sabios pitagóricos y por el oscuro y soberbio Heráclito, se ha mantenido la peregrina idea de que todo se reduce, en realidad, a una única cosa o principio. Ya sea el agua de Tales, el aire de Anaxímenes o el número de Pitágoras. Pero el gran Parménides demostró que de una sola cosa solo puede provenir ella misma, y que además ésta, por su soledad, no tiene motivo ni ocasión ninguna para moverse o cambiar, negando así lo que parece a todas luces evidente: que el mundo está lleno de múltiples cosas que cambian y se mueven.
Empédocles.- ¡Inadmisible, eso es inadmisible! Pero nosotros, gracias a nosotros mismos (especialmente a mí) y no a los dioses, hemos descubierto la Verdad, que más luminosa aún que el sagrado Sol ha incendiando nuestras almas del fuego de la...
Anaxágoras.- Abreviando. La naturaleza, afirmamos nosotros, consta de múltiples principios, infinitos diríamos yo y mi colega Demócrito aquí presente, o tal vez cuatro como afirma el venerable Empédocles…
Empédocles (con voz cavernosa y afectada).- ¡Cuatro son las raíces de las cosas: Zeus resplandeciente, Hera avivadora, Aidoneo y Nesti que de lágrimas destila la fuen…!
Anaxágoras (interrumpiéndolo bruscamente).- Es decir, fuego, aire, tierra y agua, ¿no maestro? (Empedocles hace un gesto de desprecio y se calla). Pues bien, de estos elementos, finitos o infinitos, hemos descubierto que están hechas todas las cosas, muchas y cambiantes ellas, pero únicos y permanentes aquellos.
Demócrito.- A ver, ¿nadie en esta sala ha gozado de pequeño con esos juegos de construcción en los que, con pequeñas piezas, bien duras y diferentes, se podían imitar, engarzándolas con habilidad, el Partenón o el teatro de Dionisos? Pues a imagen de esos juegos de construcción está hecha la realidad. Cada uno de los objetos y seres que vemos no son más que combinaciones afortunadas de esas infinitas y minúsculas piezas, indivisibles ellas, que yo llamo átomos. Las múltiples cosas visibles se construyen y se destruyen, nacen y mueren, pero los átomos invisibles, sus piezas, son siempre los mismos y jamás se destruyen. ¿Habéis entendido?
Periodista 1.- Aristóbulo, de Noticias del Ática. ¿Cómo se reúnen y se desunen esos átomos o lo que sea para formar las cosas? ¿Algún dios, quizás, es el que juega con ellos?
Anaxágoras.- ¡Dios no, sino “Nous” se llama la suprema  Inteligencia que hace torbellino de esos elementos minúsculos y da lugar a los compuestos que conocemos!
Demócrito.- Ja, ja, ja… Mi estimado colega Anaxágoras persiste en viejas creencias de viejas. No hace falta “Nous” ninguno, querido. Mis átomos, al menos, se mueven ellos sólitos y sin quererlo nada ni nadie se unen y se desunen oportunamente para formar este sol que nos alumbra o tu anticuada y venerable cabeza.
Anaxágoras.- Te recuerdo, Demócrito de Abdera, que por negar todo tipo de viejas creencias, y afirmar que el sol no es más que una piedra llameante, me ando jugando esa cabeza ante las ignorantes multitudes. Un poder inteligente, mi “Nous”, es, quieras tú o no quieras, necesario para que el movimiento de esas semillas, de las que todo está hecho, tenga dirección y sentido.
Empédocles.- ¡La Discordia, como veis, pero también el Amor, mueven el mundo! Son estas viejas fuerzas en movimiento las que unen y desunen, alternativamente, y según antiquísimas leyes, las raíces del cosmos!
Demócrito.- ¡Qué diablos de leyes! ¡De qué Amor y Discordia hablas! Me desconciertas con ese lenguaje, impropio de filósofos. ¡El cosmos no es más que una colección de infinitos átomos moviéndose en el vacío y creando mundos y cosas diversas al chocar unos con otros!
Periodista 2.- Aristógato, del Maratón Noticiero. Si no he entendido mal ustedes pretenden justificar con argumentos la existencia de la pluralidad y el movimiento. ¿No es así?
Anaxágoras.- Así es, joven.
Periodista 2.- Pero comienzan su argumento diciendo que el principio de la realidad son muchos átomos, semillas o lo que sea, y que estas cositas están en movimiento, bien por sí solas, bien ayudadas por el Amor, el Odio y cosas así. ¿No es esto?
Empédocles.- Más o menos.
Periodista 2.- Entonces, o mucho me equivoco, o están ustedes demostrando la pluralidad y el movimiento con el astuto argumento de que por principio existen la pluralidad y el movimiento. ¿No es así?
Empédocles.- Hum. Noto en este joven cierta ironía…
Periodista 3.- Aristópsema, de La Verdad de Elea. El sabio Parménides decía que ni el cambio ni el movimiento eran posibles, pues lo que cambia, en tanto cambia, es y no es lo mismo, y lo que se mueve, en tanto se mueve, está y no está en el mismo sitio. No veo por ninguna parte que sus teorías pluralistas contradigan en nada estos argumentos.
Periodista 2.- ¡Cierto! Si el Amor hace el milagro de unir las piezas de mi mente para que logre comprender a Empédocles, yo entonces he cambiado, pero en ese caso soy el mismo aunque ya no lo sea. ¿Cómo se explica esto?
Empédocles (muy enfadado).- Sigo notando mucha ironía en ese joven.
Demócrito.- Ja, ja, ja… ¡Pero tiene toda la razón! Los argumentos de Parménides contra la pluralidad y el cambio son irrefutables. La única prueba de que existen muchas cosas y de que cambian es… Que lo vemos. Pero, ¿es cierto lo que vemos? Yo estoy convencido de que no. En realidad la realidad son átomos y vacío. Todo lo que vemos es ilusión. En fin…
Anaxágoras.- (Estallando) ¡Vacío! ¿Pero de qué hablas? Te ríes tú de mi “Nous” y no te ríes de tu absurda noción de vacío!
Demócrito.- Oye, yo me río de todo. Pero lo más risible de todo es que tú y ese poeta de Agrigento (señalando a Empédocles) penséis que vuestras extrañas partículas puedan ser muchas y moverse en ausencia de vacío. ¿Qué las distingue entonces? ¿Cómo pueden desplazarse si todo está lleno de ellas? ¿Me lo podéis explicar, por favor?
Empédocles.- (cada vez más enfadado) ¡¿Y puedes tú explicarnos, sin artificios poéticos por supuesto, qué diablos es ese “algo que no es nada” y a lo que tú llamas "vacío"?!
Demócrito.- ¡¡Pregúntaselo a los físicos de dentro de veinte siglos, a ver si ellos te lo saben decir!!
Periodista 2.- Ja, ja, ja. Parece que entre Empédocles y Demócrito ha estallado la Discordia, ja, ja…
Empédocles.- ¡Te lo avisé! (Le tira una de sus sandalias de bronce al periodista 2). ¡Mira a ver si nace el Amor entre esa y tu cabeza, insolente!
Demócrito.- (Con una amarga sonrisa) Veis, todo esto demuestra que el mundo no está regido por ninguna “Inteligencia”.

(Anaxágoras se marcha indignado. Empédocles ha salido corriendo detrás del periodista 2 y de su valiosa sandalia. Los demás periodistas salen. Tan solo quedan unos cuantos alrededor de Demócrito que se queda hablando animadamente con ellos. Parece que charlan acerca de los cuidados que requieren las viñas y de cómo hacer buen vino). 




jueves, 27 de septiembre de 2012

Ser o no ser, he ahí la cuestión (de Parménides)...


Si los milesios (Tales y compañía) tienen una respuesta “materialista” a la pregunta por la realidad (si bien de un materialismo muy especial, “lleno de dioses”, como dice Tales), y los pitagóricos una respuesta más “formalista” o matemática (si bien de un formalismo muy especial, inseparable de la materia), los eleatas dan una respuesta puramente lógica al mismo problema…

Si le preguntáramos a Parménides, el más destacado entre los eleatas, que en qué consiste la realidad y qué ley la gobierna nos diría algo así:
-         La realidad consiste en que es. Lo que tienen en común todas las cosas es que son, que las hay, que las podemos pensar como siendo. Y el origen y condición de todo es, también, el mismo: el ser.
-         Lo que gobierna la realidad es la ley “lógica”. Y la ley lógica dice que “lo que es, es, y lo que no es, no es; y nada puede ser y no ser” (Más claro, agua –pero no la de Tales—; a esto se le llamará luego el principio de identidad y el principio de contradicción).

La realidad consiste en que es. Pero ¿cómo es? Las dos ideas más interesantes de Parménides al respecto son estas:

  1. La realidad es una sola cosa e indivisible. ¿Y cómo es eso? Razonemos (cerrando los ojos, que nos confunden). Si la realidad fuera más de una (múltiple) estaría dividida en partes, pero entonces cada parte sería y no sería: seria la parte que es pero no sería las demás partes. Además, estas partes serían diferentes una de otras, pero como todas tienen en común el ser, sólo podrían diferenciarse en algo distinto del ser, es decir, en el no ser, es decir, en nada. Pero si no se diferencian en nada, no se diferencian. Luego son la misma. Luego no hay partes. Todo es uno.

  1. La realidad es invariable e inmóvil. Es invariable porque, si cambiara sería y no sería la misma, como cuando yo digo “yo he cambiado”, con lo cual refiero que “yo” sigo siendo el mismo (porque he sido yo el que he cambiado) pero no sigo siendo el mismo (porque he cambiado). Por esto mismo, la realidad no nace ni muere, es eterna. Para nacer tendría que no ser antes de nacer y ser después. Y para morir, tendría que ser antes de morir y no ser después. Imposible. Además, ¿cómo se explica que las cosas aparezcan (nazcan) y desaparezcan (mueran) así, como si fueran los objetos en el sombrero de un mago?... La realidad tampoco se mueve, porque lo que se mueve tendría que estar y no estar en el lugar en el que se mueve, lo cual no es menos imposible. 
Así que, la realidad es que es. Y como tal es única, indivisible, invariable, eterna, inmóvil…

Muchos filósofos (por no hablar de la gente común) han tachado de insensata la teoría de Parménides (escrita, por cierto, en forma de poema, lo que tiene su miga, siendo un filósofo tan racional). Unos dicen que, diga lo que diga el pensamiento, ellos ven la diferencia entre las cosas y los cambios de unas en otras (Parménides les diría que los sentidos nos engañan). 


Otros piensan que la lógica de Parménides está equivocada, que confunde los múltiples sentidos en que se dice “ser”, las “cosas” con sus “propiedades”, etc. (Parménides les diría que admitir esas distinciones es admitir ya lo inadmisible: las partes, la pluralidad). 

Lo que de todas todas es cierto, es que Parménides nos hace pensar. ¿Se le puede pedir más a un filósofo?

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pitágoras = [ Todo es (Número) ]

Alguien dijo que “tres son las naturalezas del Universo: los Dioses, los mortales y los que son como Pitágoras”. De Pitágoras y los pitagóricos se decían en la antigüedad las cosas más increíbles y maravillosas: que tenían prohibido comer habas o mirar su rostro en un espejo junto a la lumbre, que el Maestro --que no solía dejarse ver y cuyo nombre no se podía pronunciar-- era hermoso como un ángel, que las almas de los difuntos se reencarnaban en otros cuerpos (mejores o peores según los méritos de cada cual)… Pero lo más increíble y maravilloso de todo es que creían que la realidad era Número.

El cosmos, creían ellos, estaba constituido tan armoniosa como matemáticamente. De hecho, las armonías, comenzando por las musicales, obedecían a precisas razones matemáticas. Y cuando el alma captaba esa matemática precisión se tornaba ella misma tan armoniosa y razonable como el mundo (solo así, por cierto, se podía encarnar en seres tan superiores como… ¡los pitagóricos!).

Pero no, no es que el mundo estuviera escrito en lenguaje matemático, como diría siglos después Galileo. Es que el mundo estaba hecho de matemáticas, de números, de puntos (el uno), líneas (el dos), planos (el tres) y volúmenes (el cuatro). Quién esto averiguaba era calificado con un diez (1+2+3+4), os lo juro, ¡por la sagrada Tetractys!

Cuentan que algunos pitagóricos se suicidaron tras descubrir los números irracionales (¡en su querido triángulo rectángulo!). Otros, más astutos, planearon una nueva ontología en la que lo Uno o Impar (el número Padre de todos los demás números) generaba el mundo uniéndose y dando límites a lo Dos o Par (el número Madre, infinito e irracional). Conocer cada cosa fue entonces cuestión de saber la combinación exacta de Unidad y Dualidad que la generaba y gobernaba (hoy diríamos, quizás, conocer su código binario –su código de barras—).



¡Increíble, verdad! Pues antes de sucumbir a la tentación de reíros de todo esto, mirad con atención el siguiente video… Aristóteles y otros autores antiguos (y modernos) acusaban al pitagorismo de ser una filosofía ingenua y tosca, que confundía las abstracciones numéricas con las cosas reales, lo cuantitativo con lo cualitativo, pero... ¿No sería el pitagorismo una expresión simple de la creencia filosófica (y científica) de que todo lo real es racional, es decir, matematizable? Tan racional y matematizable que, en el límite, no podría haber distinción alguna entre matemáticas y realidad…

martes, 25 de septiembre de 2012

¡Todo es agua! Gran entrevista en exclusiva con Tales de Mileto


Tales de Mileto (Mileto, s.VII a.C) es considerado el primer filósofo de la historia occidental. Viajero incansable, ingeniero, matemático y astrónomo, es mundialmente famoso por sus opiniones acerca del origen del mundo. Lo entrevistamos en la Clínica Hipócrates, en donde se halla convaleciente tras haber caído a un pozo.


Periodista.- Señor Tales ¿Cómo se encuentra?
Tales de Mileto.- Mejor, gracias, me acaba de bañar una enfermera tracia muy alegre y eso me ha levantado el ánimo. Resulta que anteayer iba distraído observando el cielo y me hice daño al caer a un pozo, parece que tenía muy poca agua…
P.- ¿Poca? Qué curioso. Pues se dice por ahí que usted afirma que todo es agua.
T.-  Bueno, más bien, que el principio de todo es agua. Y sí, eso digo. Pero no solo yo. Muchos otros sabios antiguos opinaban lo mismo, si bien lo contaban a través de mitos.
P.- Pero maestro, ¿por qué agua? Nuestra tabla periódica contiene muchos otros elementos: la tierra, el agua, el fuego… ¿Qué tiene de especial el agua?
T.- ¿No ha observado usted como cambia de forma, o como se vuelve sólida al enfriarse o aérea al calentarse? Es razonable pensar que todo lo que vemos sea una transformación a partir del agua.
P.- Su futuro discípulo Anaxímenes dirá que más bien es el aire el que al condensarse o volverse menos denso da lugar a todas las cosas y seres.
T.- Mmm… Interesante. No conocía esa teoría.
P.- Y otro milesio como usted, Anaximandro de Mileto, afirma que el principio es más bien algo…¿Cómo decirlo?...Algo totalmente sin forma ni límite… “Lo indefinido”, así lo define él.
T.- ¿Algo sin forma ni límite alguno? ¿Un poco raro, no?
P.- Sí, él dice que en el origen ha de existir algo que no sea ninguna cosa definida, para así poder ser el origen de todas.
T.- Ya. Aunque me temo que algo tan poco definido se parece mucho a nada. Y todo el mundo sabe que de la nada no sale nada.
P.- Hablando de nadar, maestro, ¿cómo explica usted que del agua originaria salgan “a flote” todas las cosas que vemos?
T.- Ya he dicho que el agua, siempre en movimiento, adopta ora unas formas, ora sus contrarias, una veces da lugar a las secas piedras, y otras a las húmedas nubes, y así con todo lo demás según la vieja ley del Justo Equilibrio.
P.- Pero maestro, los alumnos de filosofía del futuro se preguntaran una y mil veces cómo de lo uno surgen los miles.
T.- ¡Por Poseidón, dios de los mares! Pues de la misma forma que del purito caos surge el cosmos con sus árboles, animales, hombres, estrellas… ¿Es que no cree usted en los mitos?
P.- A veces, cuando no tengo ganas de pensar.
T.- Pues piense bien en lo que pregunta.
P.- Se lo pregunto de otro modo: si todo es en el origen agua (o aire o lo que sea), ¿cómo es que de esa única cosa brotan tantas cosas distintas, como árboles, gatos, filósofos, etc.? Del agua solo puede brotar agua, ¿no?
T.- Pues...
P.- Y si todo fuera aire, como dirá su colega Anaxímenes, que unas veces se condensa y otras no, tendría que haber otra cosa distinta del aire para apretujar o separar sus partes, ¿no es así?
T.- Vaya, no razonas nada mal, joven.
P.- Gracias. Pero dígame entonces, si el agua o el aire pueden dividirse en estas u aquellas cosas, tendría que existir algún otro elemento, distinto del agua o el aire, que los dividiera. Pues, como todo el mundo sabe, lo uno no puede dividirse (ni multiplicarse) por si mismo sin dar lugar a otra cosa que a si mismo otra vez.
T.- Mmm... Veo que también te gustan las matemáticas, como a mí.
P.- Quiero decir que si todo es, digamos, mantequilla, y no tenemos para separar sus trozos más que cuchillos hechos también de mantequilla… ¿Lograremos alguna vez dividirla en partes?
T.- Me estás convenciendo. ¿No querrás ser mi discípulo?... Todo es mantequilla… Mmm, no está mal, no está mal…
P.- Por otra parte, maestro, si el agua que usted dice está en movimiento, ¿qué la mueve? ¿Es también agua lo que mueve al agua? Y esa Ley del Equilibrio que gobierna los cambios del agua, ¿también es agua? ¿Son las leyes del cambio tan acuosas y cambiantes como el agua misma?...
T.- Bueno. Piensa que el agua de la que hablo tiene, como todo, un alma que la mueve y gobierna sus movimientos prestando armonía al mundo.
P.- O sea. Que todo es agua, pero el agua tiene un alma o fuerza (acuática, hemos de suponer) que, además, obedece un Principio de Armonía no menos húmedo… Maestro, esto me parece un poco… yo diría… ¿irracional?
T.- ¡Divino, querrás decir! El agua es dios, y como tal es materia, pero también fuerza, y ley.
P.- (En voz baja, para sí) Como mito no está mal, pero los he oído mejores.
T.- Además. ¿Qué quieres? Mis futuros colegas los físicos de dentro de dos mil quinientos años dirán lo mismo que yo, que todo es una sola cosa, la energía dirán ellos, y que la energía se transforma en otras cosas según fuerzas y leyes que son también energía.
P.- Pues me parece tan incomprensible como lo suyo.
T.- ¡Lo mismo! Todo es lo mismo…¡Agua!
P.- Está bien, maestro ¿Y si la convertimos en vino, como hará otro colega suyo del futuro (un poco más místico, eso sí), y nos tomamos una copa, allí en la taberna de Estrepsíades?
T.- ¡Hecho! ¡En cuanto salga de aquí!