miércoles, 4 de mayo de 2016

¿Están alienados mis alumnos de secundaria?



El hombre no nace, sino que se hace. Y se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal. Cuando no conocemos a alguien la pregunta típica es: "¿Y tú qué eres?" Todo el mundo entiende que se pregunta por la profesión o actividad principal. "Yo soy médico, jardinero, escritor, estudiante..."... El trabajo no solo proporciona autonomía económica, también, y sobre todo, nos dota de identidad. Quién no hace nada no es nadie, ni para los demás ni para sí mismo. Con el trabajo desarrollamos nuestras capacidades humanas, nos expresamos y proyectamos socialmente, nos sentimos valorados, nos reconocemos en la obra producida, que es, por así decir, como un "hijo" nuestro... En una palabra: nos realizamos como seres humanos. A veces, el drama de la persona sin trabajo no es solo carecer de recursos, sino peor aún: sentirse insignificante, inútil, un "don nadie"...

Ahora bien. El trabajo es la actividad mediante la que el hombre se realiza (dice Marx) solo cuando no es alienante. En caso contrario en lugar de hacernos personas, nos deshumaniza, nos embrutece, nos convierte en meros objetos o mercancias...


¿Qué es "alienación" (o "enajenación" como traducen algunos)? Es el estado, cabe decir espiritual, por el que uno no se reconoce a sí mismo en lo que hace, por el que se siente ajeno a su hacer, un hacer que no es, por tanto, un hacer realmente suyo, sino de "otro" (del cual uno es mero instrumento). Como somos lo que hacemos, un hacer que sentimos constantemente como "extraño" a nosotros, a nuestros verdaderos intereses, que "ni nos va ni nos viene", nos produce un extrañamiento íntimo: no estamos en lo que hacemos. El trabajo alienante, mecánico, en el que no ponemos el alma, nos deja vacíos, nos saca fuera de nosotros mismos, nos empobrece y cosifica, no nos deja ser, nos roba la identidad como personas, nos obliga a ser "otro", un ser extraño para sí mismo, desentrañado de sí, despersonalizado. "Alien" (de donde "alienado") significa en latín justamente eso: "extraño, ajeno, extranjero...". 


Cuando Marx habla de alienación estaba pensando en los obreros industriales del siglo XIX. Todo trabajo consiste en transformar una materia dada para crear un producto final. Pero, según Marx, en el trabajo del obrero todo le es ajeno. La materia prima que trabaja no es suya. Tampoco los instrumentos de trabajo. Ni el trabajo mismo que realiza es suyo: ni lo elige ni lo planifica él (sino el patrón), ni expresa su subjetividad o su creatividad (es puramente mecánico). Incluso si aquello que produce es algo valioso o interesante para él, se le arrebata una vez producido. Es el patrón, el propietario de los medios de producción, el que obtiene el mayor provecho de aquel producto, el que se lo apropia para venderlo por un valor mucho mayor que el que se da al trabajo del obrero (eso es la "plusvalía"). Pues el trabajo industrial no es más que la producción de mercancías para otro (no un modo de realizarse uno como persona creando una obra propia). El mismo trabajo es una mercancía más, sujeta al mercado, en lugar de un modo de expresarse y desarrollarse... Para colmo las relaciones sociales que origina el trabajo del obrero son tan mecánicas e impersonales como el propio trabajo, con lo que la alienación es también social. El obrero es una mera "pieza" entre "piezas humanas" de un enorme mecanismo en el que nadie trata a nadie como a una persona, sino como a un engranaje, mejor o peor situado, de la "máquina" productiva...


Pues bien, para que mis alumnos comprendan todo esto de la alienación no tengo que complicarme nada la vida. Simplemente les pido que miren alrededor y después... ¡Qué se miren a sí mismos!


Muy a menudo el instituto donde trabajo me parece una cárcel (en los peores momentos un zoológico), pero durante estos días que estamos pensando sobre el marxismo me parece siempre una fábrica, un inmenso taller en el que a toque de sirena los obreros-alumnos ocupan sus pupitres enfilados frente a pizarras y ordenadores, mientras el patrón-profesor se pasea supervisándolo todo. 



Recuerdo después sus miradas perdidas al oír las lecciones, sus gestos mecánicos al escribir lo que les dictan, su resignado encorvarse sobre la hoja del examen diario, hora tras hora, semana tras semana, año tras año... Ni lo que hacen en cada una de esas horas de su vida es elegido por ellos. Ni (por lo general) las actividades de clase expresan su subjetividad o creatividad, ni tienen relación con sus intereses reales. Ni sé si se esfuerzan realmente por sí mismos o más bien por otros, para satisfacer a otros, o para lograr las recompensas con las que han sido adiestrados por otros (sus padres, los propios profesores...).

¡Qué torpes los que los califican a veces de vagos! Creo que jamás he visto un alumno vago; todo el mundo está deseando hacer siempre cosas (interesantes, claro), y los alumnos no van a ser menos. En realidad, a los alumnos solo los conozco de dos clases: los que han aprendido ya a disimular su desinterés (o han sido educados en la marcialidad del esfuerzo sin preguntas), y aquellos, más sanos, que no saben disimular y se niegan, a las claras, a malgastar su energía en aquello que no les importa un pimiento. Pero aún estos últimos están alienados. Están sin estar, malviviendo de la mínima ración de autenticidad que es la ensoñación en clase, las fugas clandestinas, las pequeñas bromas... 


Y para colmo también en las aulas se propicia la alienación social: la competencia entre alumnos, las relaciones no elegidas (disponiendo junto a quién se sientan "para que no hablen"), la segregación por notas, y hasta, en algunos centros, la separación de sexos en aras del rendimiento. Pues los alumnos no son una excepción con respecto a otros productos del mercado. Se fabrican para que den beneficios. Para que coloquen su currículum en el mercado de trabajo. 


Algunos dicen que la escuela que tenemos es una excelente "educación para la vida"... Pero esto es cierto solo si asumimos que las cosas más nobles y humanas (la creatividad, la libertad, las relaciones desinteresadas con los demás, la realización mediante el trabajo vocacional, el placer del conocimiento...) son cosas inútiles e improductivas. Si asumimos, también, que el trabajo es una maldición bíblica (de la que nos libramos cada viernes, aliviados), y que la búsqueda del conocimiento es algo insufrible de lo que hay que escapar cuanto antes... Siempre que asumamos, en fin, que eso que nos quieren vender como lo "bueno" de la vida (el pan, el circo, el consumo, las distracciones, cuanto más caras mejor...) está siempre a mano (un poquito menos en las crisis), sin otro coste que, ay, la vida misma, la de verdad... 


Pensad, además, que el ocio que supuestamente nos "libera" del trabajo, no es menos alienante que este. Observad como se divierte la gente en "su" tiempo libre. Ni es "suyo", ni es "libre". Las formas de diversión se le dan (se le venden) ya estandarizadas, empaquetadas, y casi en ninguna de ellas el individuo hace algo menos mecánico y pasivo que el trabajo del que trata de escapar. El mercado del ocio, la industria del entretenimiento proporciona modos de evasión basados en el consumo pasivo de productos (espectáculos, bebidas, viajes organizados...), no en la creatividad ni en la expresión de uno mismo. Son como "drogas" que solo procuran olvido, inconsciencia, emociones fugaces.


Y aquí también las relaciones con los otros son básicamente instrumentales, cosificadas, sujetas a un mercado de personas en el que los demás se eligen como instrumentos, más o menos atractivos, para obtener placeres y prestigio, según la ley de la oferta y la demanda... 



Aquí tenéis esta misma entrada publicada en prensa
Y aquí, nuestro programa de radio en RNE sobre el mismo asunto





lunes, 2 de mayo de 2016

Crónicas marxianas. Un mitín para empezar.

Según fuentes totalmente apócrifas (tenéis el diccionario enlazado a la izquierda) parece ser que Karl Marx (1818-1883) fue profesor en un instituto de Tréveris, en Alemania. Duró apenas una semana antes de que la policía y el jefe de estudios lo desalojaran del aula. Sus clases debían de ser tal que así. 

¡Camaradas alumnos, hijos del pueblo, obreros del mañana! 


En el siglo XIX los ideales de la ilustración han quedado sepultados bajo una capa de miseria material, moral e intelectual. A los burgueses, que se les llenaba la boca con las palabras “prosperidad”, “igualdad”, “libertad” y “educación”, se les han olvidado sus promesas en cuanto han llegado al poder. El pueblo que les ayudo en la lucha feroz contra los reyes y los nobles no ha ganado nada más que cambiar de amo.



 La nueva economía capitalista que iba a traer, según los burgueses, prosperidad para todos, ha traído miseria para la mayoría. Miles de niños, mujeres y hombres son brutalmente explotados en las fábricas de esos mismos burgueses, trabajando durante todo el día en condiciones insalubres, con salarios de subsistencia, despedidos cuando caen enfermos o son demasiado viejos para seguir en el tajo. Otros, los parados, deambulan por las calles ignorantes de que su estado es necesario para que el gran empresario pueda alcanzar mayores beneficios, pagando salarios de risa y riéndose de sus reivindicaciones... ¡Ahora comprendemos que la sociedad burguesa no era más que pasar de ser siervos del señor feudal a ser obreros miserables a merced del patrón y el capitalista burgués! 



¡Igualdad ante la ley, soberanía popular! ¡Eso prometían los burgueses antes de la revolución en Francia! ¿En qué ha quedado todo aquello? ¡¡Ni votar podéis!! ¡¡Ni reuniros en sindicatos para unir vuestros intereses y fuerzas!! ¡¡Ni protestar o hacer huelga sin sentir de inmediato el aliento de la policía en vuestra nuca, exponeros a la cárcel y a la ruina de vuestras familias!! 


¡¡Educación!! ¡¡Mayoría de edad!! Así hablaba el bueno de Kant. Eso prometían los ilustrados. ¿Pero cómo diablos vais a educaros y a cultivar vuestro espíritu tras catorce horas de trabajo? ¿Cómo vais a desarrollar la razón si comer o no morir de frío es el logro que os ocupa día y noche desde el nacimiento a la muerte? ¿Creéis acaso que esas pobres escuelas nocturnas a las que acudís algunos son comparables con las escuelas de élite a las que acuden los hijos de vuestros patronos?

¡¡¡No, no podemos volver a confiar en la burguesía!! ¡¡Su traición, no por esperada ha sido menos dolorosa y miserable!! Así son las leyes de la historia. Lo que ayer era la lucha entre los reyes y el pueblo, unido entonces a la burguesía naciente, ha de ser ahora la lucha del pueblo contra la clase burguesa que lo oprime y explota sin misericordia…
 ¡Y qué decir de los filósofos e intelectuales! Hasta ahora, la filosofía ha estado, sabiéndolo o no, al servicio de los poderosos. La mayoría de los filósofos ilustrados, y los que han venido después, han defendido y siguen defendiendo al Estado burgués; es más, han sido, sin saberlo, la justificación casi perfecta del orden social imperante.

Para Kant y los filósofos que continuaron tras él (como Hegel), la libertad y el progreso consistían en el perfeccionamiento de la conciencia racional, en el desarrollo del espíritu. ¡Como si el mundo estuviera hecho de espíritus e ideas! ¡¡Estas ilusiones, casi tan pérfidas como las de la religión, han apartado nuestra mente del verdadero mundo: aquél en el que sois explotados, humillados y embrutecidos por los que acaparan la riqueza, el poder y la cultura!!


¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes de todo esto? Los filósofos no han reparado en que antes de liberar y cultivar vuestra conciencia habéis de liberar vuestra vida y vuestro cuerpo de las cadenas materiales que os impiden realizaros como verdaderos seres humanos. Y esas cadenas son las terribles condiciones económicas y sociales en las que sobrevivís a duras penas. 


Tan solo algunos pequeños burgueses bienintencionados, como esos socialistas utópicos, han intentado concebir una nueva situación, si bien de manera totalmente errónea, pues no entienden ni entenderán jamás los complejos mecanismos de esta máquina infernal del capitalismo. Ni siquiera vuestros sindicatos, pese a lo heroico de su lucha, comprenden que vuestros problemas no desaparecerán reclamando un poco de menos presión en la correa con que os atan. 


 La única solución es la lucha. ¡¡¡La revolución!!! La ruptura total con la sociedad de clases y con el régimen parlamentario de la burguesía. ¡La toma del poder y la instauración de una sociedad de obreros y para obreros! ¡El comunismo es nuestro, vuestro único futuro! 



 ¡Pero no olvidad que esa lucha será ardua, costosa! El capitalismo tiene grandes amigos. La religión, la filosofía especulativa, las teorías económicas de los liberales ingleses, como ese Adam Smith y sus seductoras ideas acerca de lo beneficioso (e inevitable) del capitalismo… 


 Por eso es necesaria una filosofía nueva. Una filosofía que atienda a la verdadera realidad, a lo que constituye el pilar de las sociedades y el motor de los cambios históricos: la economía y la lucha de clases. Una filosofía capaz, además, de iluminar la práctica revolucionaria, y que no solo interprete el mundo, sino que sea capaz de transformarlo y conducirlo a una situación de efectiva justicia: ¡Al comunismo!... Una filosofía, en suma, como la que yo y mi camarada Engels estamos edificando. 


 ¡¡Alumnos de filosofía del mundo, obreros del mañana, uníos a nosotros, y pensad en los aciertos y los errores del marxismo!!   









domingo, 10 de abril de 2016

jueves, 31 de marzo de 2016

La Red.

¿Cómo afectan las nuevas tecnologías de la comunicación (móviles, internet, etc.) a las relaciones sociales? ¿Se están sustituyendo las relaciones "reales" por relaciones "virtuales"? Sobre esto va nuestro último microprograma en Radio 5, de Radio Nacional de España. Para escucharlo pulsa aquí. Y para leerlo y comentar sobre él, aquí. 



lunes, 14 de marzo de 2016

¿Es la igualdad de oportunidades algo más que un mito?

Aquí podéis leer este artículo en el que hablo de vosotros y de una de las discusiones que hemos tenido durante estos días en clase. 


La mayoría de mis alumnos estudian y se preparan con la confianza de que su esfuerzo y competencia les permitirán llegar todo lo lejos que se propongan. Porque la sociedad en la que viven – piensan ellos – es justa: premia al que se esfuerza y es capaz, y castiga al perezoso e incompetente. Más allá de que esta sea o no una concepción razonable de lo que es la justicia y la valía humana, lo cierto es que mis alumnos se equivocan. Y yo no sé como decírselo. Bueno, sí lo se.

El otro día jugábamos a inventar una sociedad. Imaginaos – les decía – que llegáis por accidente a una pequeña isla desierta, y tenéis que organizaros para vivir allí lo mejor posible. ¿Cómo lo haríais? Descartadas (por ellos, y casi instantáneamente) opciones como el anarquismo o la la más burda dictadura, los chicos deciden instaurar en seguida unas normas básicas de convivencia, es decir, unas leyes y un Estado. Como los chicos son, por educación, muy modernos, deciden pasar del método antiguo (el de confiar en la ley de un Dios y de sus representantes en la tierra) y apuestan por su capacidad racional para auto-gobernarse. Después de razonar un rato, coinciden con la mayoría de los filósofos modernos en que los hombres somos, por principio y como poco, libres e iguales, por lo que las leyes que se voten, sean las que sean, habrán de consagrar y proteger a toda costa la libertad y la igualdad humanas. Hecha esta solemne declaración, nos ponemos a trabajar en el “proceso constituyente” del sistema político de nuestra isla.

En seguida descubren que lo de regular la libertad y la igualdad no es nada fácil, y sí muy polémico. Por ejemplo, algunos chicos se muestran muy restrictivos con la libertad de costumbres (nada de poliandria, o de ir desnudo por la calle), pero no con la libertad económica: ¡que cada uno tenga y gane lo que pueda y quiera! – dicen – . ¿Por qué – les pregunto yo – ? ¿Donde ha quedado ese principio de igualdad que decíais? Ah – dicen ellos – , es que todos somos iguales al principio, pero luego hay personas más trabajadoras y competentes que otras, y estas merecen ganar más. ¿Y los que se esfuerzan pero no pueden – replican algunos – , porque, quizás, no han nacido con tanto talento o capacidad? ¿Y los que nacen en familias ricas – grita, indignado, otro –, y lo tendrán siempre todo aunque no hagan nunca nada? ¿Qué mérito tiene heredar de un bisabuelo lejano un montón de tierras o de pasta que no te has ganado tú?... Pasado un rato, las opiniones se dividen. Básicamente, unos piensan que contra la desigualdad natural y la devoción por los propios hijos no se puede hacer nada, y otros que sí, que claro que se puede (y se debe) hacer mucho. Pero, sea como sea, a la mayoría les parece razonable promulgar leyes para ayudar a personas que nacen con alguna discapacidad, cobrar impuestos – muchos o pocos – a los que son muy ricos (sobre todo, a los que son sin merecerlo) y, muy especialmente, asegurarse de que todos tienen acceso a la misma educación, para que, así, haya igualdad de oportunidades y todo el que pueda llegue a “lo más alto” compitiendo limpiamente con los demás.

Y es aquí donde ya no puedo callarme más, y me veo en la obligación de informarles de algo. Según estudios recientes muy serios – les digo – , realizados por el gobierno y por organizaciones educativas en Gran Bretaña, la inmensa mayoría del personal de las empresas más prestigiosas de ese país procede de escuelas y universidades de élite. Y no solo ello; la mayoría de los más famosos periodistas o actores, así como de los jueces, fiscales, políticos, militares de alta graduación, etc., proceden, también, de colegios privados en los que solo estudia... ¡un 7% de la población! Aunque esto ocurre en Gran Bretaña, creo que no sería difícil encontrar resultados similares en todos los países de nuestro entorno.

La conclusión, no por consabida deja de ser terrible para mis alumnos, los mismos que, durante estos meses, sacrifican las tardes de primavera al siniestro dios de los exámenes, confiando –pobres míos – en que la gente honrada y trabajadora es la que, al final, resulta ganadora en esta especie de concurso que, según les dicen, es la vida.

Pero resulta que no. Que el viejo sueño americano no es sino una versión del más antiguo de los cuentos de hadas: aquel en el que la justicia triunfa, por una vez, y la cenicienta alcanza el trono que merece, solo para demostrar que tamaña cosa no es sino una excepción a la regla, y que gente como Bill Gates, Amancio Ortega u otros del santoral de la lista Forbes son personajes del cuento que se cuentan los hijos de los trabajadores en sus largas noches a la luz del flexo. Pero la verdad verdadera es que la inmensa mayoría de mis alumnos no saldrán jamás de su nicho social, independientemente del talento que tengan y el esfuerzo que demuestren. Por la sencilla razón de que no son parte de esas élites que, en la práctica, acaparan y transmiten a sus hijos los mejores puestos en empresas e instituciones, tal como la aristocracia medieval acaparaba y heredaba tierras y cargos en la corte. Mis alumnos estudian y van a seguir estudiando en centros públicos que, en este país, han sido, durante todos estos años, progresivamente depauperados, quizás para seguir, así, marcando la diferencia. Justo cuando todo hijo de vecino comenzaba a mandar a sus hijos a la universidad pública, esta perdía su valor a favor de universidades de élite, másteres prohibitivos, y estancias en el extranjero insostenibles para una familia trabajadora... La desigualdad se reproduce, una y otra vez, como un cáncer que solo se puede curar extirpándolo de raíz. Y la raíz no es el sistema de castas económicas, sociales, políticas e intelectuales que, naturalmente, tiende a perpetuarse; el problema es que nos hayamos acostumbrado a considerar este sistema como algo inevitable.

Curiosamente, en muchas instituciones educativas de élite suelen incorporar todas las innovaciones (aprendizaje por proyectos, educación individualizada y comprensiva, poco peso de los deberes...) y materias (educación artística, debates filosóficos, humanidades...) que los estados dominados por gobiernos liberales niegan para la escuela pública (en las que todo ha de ser esfuerzo bronco y materias instrumentales y técnicas). En el fondo – piensan con cinismo – es por nuestro bien. ¿De qué le sirve a un futuro trabajador precario desarrollar su sensibilidad artística o su conciencia crítica haciendo debates de filosofía? Absolutamente de nada. Es más, le podría hacer muy infeliz. Y, sobre todo, muy inconformista. ¿Se imaginan que le da por pensar en todo esto?




martes, 8 de marzo de 2016

La Ilustración y Kant.

Según Kant, la Ilustración y el progreso de la sociedad consistía en que los individuos dejaran de ser "menores de edad” mental y se atrevieran a pensar por su cuenta, sin permitir que otros pensaran y decidieran por ellos. Kant pensaba que la mayoría de la gente era, en su época, “menor de edad” y que, por tanto, eso de la Ilustración apenas era más un propósito que una realidad. Para Kant, el medio idóneo para lograr ese propósito era la educación. O, más exactamente, cierto tipo de educación: aquella que descubre al individuo la necesidad de pensar por sí mismo y le enseña a hacerlo. Ahora bien, de un lado esta educación apenas existía (los "tutores" o educadores eran tan inmaduros o dependientes de prejuicios como sus pupilos, por lo que no hacían sino prolongar la minoría de edad de estos). Y de otro lado la mayoría no se prestaba fácilmente a salir de su situación, ya fuera por miedo (¡quién se atreve a pensar por sí mismo corriendo el riesgo de perderse del rebaño!), ya por pereza y, en general, por no tener un genuino deseo de libertad que fuera más allá de la satisfacción de los deseos "naturales" (según Kant: el deseo de estar sano, de tener dinero, y de aliviar como sea el miedo a la muerte).
  
¿Ha cambiado algo desde la época de Kant? ¿Es la mayoría de la gente de nuestro entorno “mayor de edad” (en el sentido de los ilustrados)? ¿En qué consiste realmente ser "mayor de edad"? ¿Es la educación de hoy instigadora de ese pensamiento propio y libre que, según Kant, representa el acceso a la verdadera “mayoría de edad”? 


¿QUÉ PIENSAS TÚ?





















martes, 23 de febrero de 2016

El contractualismo: la teoría política moderna.


Los hombres del medioevo (y de gran parte de la época moderna) solían creer que su mala ventura y sus discordias eran fruto de su naturaleza manchada por el pecado, y que solo un poder exterior a ellos podía salvarlos del desorden y la violencia. En aquella época el poder de los reyes, los señores y los clérigos, era grande y misterioso. Los hombres confiaban en ellos porque su poder provenía de Dios, que por su gracia y providencia los había señalado para gobernar a su rebaño. Así, Dios había cedido su divina soberanía a los señores (nobles y clérigos) que, por su superior valor y virtud, tenían la competencia para gobernar sobre los cuerpos y las almas de sus vasallos (es decir, sobre la vida, los bienes y la libertad de la mayoría). Sobre todos esos señores sobresalía a su vez el rey, cuyo poder omnímodo era la expresión del poder omnímodo del mismo Dios. El ejemplo más majestuoso de esta doctrina política, típica del “antiguo régimen”, es de los reyes absolutos de la Europa moderna, como aquel famoso rey francés, Luis XIV, del que dicen que dijo: “el Estado soy yo”.


Pero desde el siglo XVII, algunos filósofos y hombres, burgueses e ilustrados (entre ellos Thomas Hobbes, John Locke y, más tarde, Jean-Jacques Rousseau), comienzan a confabular una nueva doctrina política. Pensaban estos intelectuales que los hombres eran, en efecto, imperfectos por naturaleza y necesitados, por tanto, de ley y de gobierno para asegurar la paz y la justicia (hasta el bueno de Rousseau pensaba que su “buen salvaje” podía verse corrompido por la ambición y la violencia). Pero a diferencia de lo que era habitual creer, estos filósofos pensaban que el hombre podía perfeccionarse por sí mismo, con ayuda de su razón. Y así, en lugar de entregarse confiado al poder salvador de Dios y del rey, erigirse en soberano autónomo, en rey de sí mismo.

 Nace entonces la idea de soberanía individual: el poder legítimo reside, por naturaleza y razón, en la voluntad de los individuos. La ley es legítima si los individuos, racionalmente, la aprueban. ¿Y qué leyes son esas que suscitan la aprobación racional o "natural" de los individuos? Para los filósofos políticos modernos van a ser muy pocas, aunque muy importantes, porque van a convertirse en la fuente de legitimidad del derecho (es decir, del resto de las leyes), y son la simiente de lo que más tarde llamaremos "Derechos Humanos". Estas leyes o derechos fundamentales serán: el derecho a la vida, a la libertad, a la igualdad y, según algunos (pero no todos), el derecho a la propiedad.  

Ahora bien, la misma razón que reconoce este poder y derecho natural-racional en los individuos, reconoce también la posibilidad del conflicto entre los derechos de unos y de otros, de ahí que arbitre la siguiente solución. Todos los miembros activos de la sociedad, reunidos como pueblo, decidirán constituir unas leyes básicas y un sistema político (es decir, una constitución) que sirvan para resolver, con justicia, los conflictos de interés entre los derechos naturales de las personas, y que serán válidas en tanto el pueblo así lo mantenga. A continuación, todos los individuos se comprometerán a cumplir esas "reglas de juego" y obedecer al gobierno que las administre, cediéndoles parte de su poder y libertad individual, en vistas al bien común. Este compromiso es un “contrato” (figurado) de todos los individuos entre sí, voluntariamente suscrito, que los convierte en ciudadanos del Estado creado por ellos mismos y al que ellos libremente se someten. 
Pero también, más adelante, es un compromiso o contrato entre los ciudadanos y los gobernantes, que ya nunca podrán gozar de un poder absoluto, sino limitado por las leyes básicas establecidas y los derechos naturales individuales cuya salvaguarda es la justificación última de todo poder político. Hasta el punto, esto último, de que, según Locke y otros, los ciudadanos tienen derecho a rebelarse y deponer por cualquier medio al gobierno que no cumple… con el contrato.

Así pues, la teoría política moderna establece estos niveles de soberanía o poder legítimo de las leyes y el gobierno:

(1) La razón. El poder de una ley es legítimo si está basado en la razón.
(2) Los derechos naturales individuales. El poder de una ley es legítimo si es expresión o está al servicio de las leyes o derechos naturales individuales que dictamina la razón; es decir, las leyes que obligan a respetar la vida, la libertad, la igualdad y, no sin discusión, la propiedad, de cada persona.
(3) La soberanía popular. El poder de una ley es legítimo si es expresión de la voluntad de la mayoría, siempre que ésta no atente contra los derechos naturales individuales.  
(4) Las leyes fundamentales y el sistema político (Constitución). El poder de la ley es legítimo si emana de las leyes que hemos convenido y que nos hemos comprometido (contrato social) a cumplir y hacer cumplir de acuerdo con la voluntad mayoritaria (soberanía popular).
(5) El gobierno representativo. El poder de una ley es legítimo si lo ejerce el gobierno que, por contrato (electoral) nos representa, y siempre que este cumpla con sus compromisos y respete las leyes fundamentales (constitución).

Como habréis adivinado, la teoría contractualista es el origen de la teoría democrática moderna. ¿Qué os parece? ¿Le encontráis alguna pega? ¿Creéis que hay algún sistema político aún mejor?