jueves, 15 de enero de 2026

43. El racionalismo, o de como conocerlo todo al modo matemático

Como hemos visto, el pensamiento moderno considera que la realidad es, ante todo, un conjunto de ideas (visiones, pensamientos...) en nuestra mente. La realidad objetiva que haya detrás de esas ideas se entiende como un problema en gran medida irresoluble, (hasta el punto de que algunos filósofos, como Descartes, recurren nada menos que a Dios para intentar garantizar su existencia). Sin embargo, las dudas acerca de la posibilidad de un conocimiento objetivo (o acerca de la existencia misma de los objetos del mundo) no van a impedir que los filósofos modernos dediquen gran parte de su energía a intentar resolver el problema del conocimiento, o que incluso dicho problema sea el tema principal de la filosofía moderna. Dado que el "giro copernicano" que realiza la filosofía coloca la mente del sujeto en el centro, es comprensible que la reflexión sobre el proceso cognoscitivo adquiera mayor protagonismo. Antes de investigar ningún otro problema -- piensan los filósofos de esta época -- hay que investigar el modo mismo en que nuestra mente investiga y cree producir conocimientos. 


Ahora bien, dado lo que ya hemos dicho, el problema del conocimiento ya no va a poder plantearse como una simple relación entre la mente y la realidad (como suponía el realismo), sino más bien como una relación entre ideas que luego, y más problemáticamente, se relacionan con una supuesta realidad objetiva. Esto va a dar lugar a que las dos grandes teorías del conocimiento conocidas desde la antigüedad (la que daba prioridad a los razonamientos, y la que daba prioridad a la experiencia sensible) se reformulen de una manera nueva y compleja, y que, además, se bauticen con el nombre con el que todavía hoy las conocemos: "racionalismo" y "empirismo". En este capítulo vamos a analizar brevemente el racionalismo, y en el siguiente trataremos del empirismo.


El racionalismo es una teoría sobre el conocimiento defendida por muchos filósofos, desde los griegos hasta hoy. En la modernidad (que es cuando adquiere su nombre) el racionalismo está representado por autores como Descartes, Spinoza, Pascal, Wolff o Leibniz, entre otros.


El racionalismo sostiene, igual que el empirismo, que conocer significa tener una idea verdadera de aquello que pretendemos conocer. Ahora bien, difiere del empirismo en la noción de lo que sea una idea verdadera. 

Para el racionalismo, una idea verdadera (por ejemplo, la idea de que dos y dos son cuatro o la de que la Tierra gira alrededor del Sol) es aquella que se demuestra de forma racional, bien porque la idea es en sí misma evidente de un modo claro (entendemos que es absurdo o imposible negarla), o bien porque la idea se deduce lógicamente (según reglas deductivas) de otras ideas ya demostradas.

 
Ejemplos de ideas en sí mismas evidentes son el cogito cartesiano (el “pienso luego existo”), el principio de identidad  (toda cosa es igual a sí misma), el principio de razón suficiente (todo ocurre por alguna razón) o el principio de causalidad (todo tiene una causa), además de las ideas lógicas y matemáticas más simples.


Una vez se han descubierto esas pocas ideas evidentes a la sola luz de la razón, el resto del proceso cognoscitivo, según el racionalista, consistiría en deducir, según reglas lógicas, el resto de las ideas o pensamientos verdaderos sobre la realidad. Así, del mismo modo que un físico matemático deduce la idea de movimiento curvo a partir de las ideas de movimiento rectilíneo y de fuerza, un filósofo deducirá la idea de Dios a partir de las ideas de perfección y de causa. 

Los racionalistas más radicales piensan que, en principio, todo se debería poder explicar con la razón, al modo matemático, partiendo de ciertas verdades evidentes y deduciendo de ellas todas las demás. Leibniz incluye en ese todo a los hechos particulares (por ejemplo, que Cesar cruzara un día el río Rubicón o que yo me haya levantado hoy a determinada hora), mientras que Spinoza escribió una “Ética demostrada al modo geométrico” en la que las ideas sobre lo bueno y lo malo habían de demostrarse racionalmente, a la manera de un teorema matemático. 

De este modo, una mente omnisciente podría deducirlo todo “a priori”, es decir: usando solo el pensamiento y sin contar con la experiencia. Podría incluso deducir, sin verme, que “yo estoy escribiendo esto ahora” (simplemente conociendo mi esencia o definición, así como la de todas las variables que me afectan, y empleando adecuadamente las reglas deductivas). Naturalmente –reparan Leibniz y otros filósofos racionalistas — esto no es posible para una mente limitada como la nuestra, por lo que los humanos, necesitamos siempre un cierto conocimiento por experiencia (“a posteriori”) si queremos saber lo que ocurre concretamente en el mundo (aunque no para el conocimiento de las matemáticas o la filosofía).


Un dato importante para comprender el racionalismo es el redescubrimiento moderno de la matemática como una ciencia fundamental (acordaos de los pitagóricos) y como un método presuntamente infalible de alcanzar verdades objetivas. En cierto sentido, el racionalismo es un intento de identificar el conocimiento humano con una especie de mecanismo matemático útil para explicarlo todo de forma clara e indudable. Es el ideal, típicamente moderno, de la 
“mathesis universalis”, es decir, del uso de un lenguaje matemático universal que pueda servir para describirlo y descubrirlo todo.

Además, aunque el racionalismo entiende el conocimiento como una relación lógica entre ideas (a partir del reconocimiento de ciertas ideas como evidentes), a esto añade la idea o suposición de que la propia realidad objetiva (esa que estaría "tras" las ideas) posee igualmente una estructura racional. Como ya entendieron los pitagóricos, el hecho de que nuestras teorías matemáticas tengan tanta potencia explicativa solo puede deberse a que aquello que explican (el mundo subjetivo y el objetivo) tiene también una estructura o forma matemática. Dicho de modo más sencillo: si la razón lo explica todo es que todo ocurre realmente por alguna razón.


Otra tesis característica del racionalismo es el innatismo. Dado que las ideas y verdades racionales son  necesarias (no contingentes) y atemporales (no cambian con el tiempo), no pueden aprenderse a través de la experiencia sensible (es decir: no pueden derivar de visiones o impresiones sensibles) del mundo, pues el mundo es contingente y cambiante. ¿Cómo es que las tenemos, entonces, en la mente? La respuesta
(que os va a recordar a Platón) es que las tenemos en la mente desde antes de nacer, son innatas; es decir, que forman parte de la propia estructura de la mente. De algún modo, conocerlas es reconocerlas o recordarlas, como ya decía Platón. A su vez, d
ado que la mente tampoco puede haberlas creado por sí misma (pues es también algo contingente y temporal), la única conclusión posible parece que es que esas ideas pertenezcan a un ámbito trascendente más allá de toda realidad sensible (algo similar al viejo mundo de las ideas platónico o a la mente divina, como apuntaba ya Aristóteles).

El racionalismo ha recibido muchas críticas. Muchas de ellas se refieren a la creencia en el innatismo de las ideas. ¿Cómo puede tener la mente ideas antes de ninguna experiencia del mundo?... Los racionalistas responden que sin estas ideas no sería posible ni la más mínima experiencia; no se puede aprender “de cero”. Ahora bien, ¿cómo es posible que, siendo nuestra mente imperfecta e finita, puede poseer la idea de perfección o de infinitud dentro de sí? ¿O cómo la mente, siendo una realidad de carácter temporal y contingente, puede descubrir verdades eternas y necesarias? 

Otra objeción corriente es esta: si todo conocimiento es posible “a priori” (ya que las ideas fundamentales y las reglas lógicas son innatas), ¿cómo es que no lo sabemos ya todo al nacer?... La respuesta del racionalista suele ser que, dada la imperfección de nuestra mente, el conocimiento requiere de la experiencia para empezar a “actualizar” o desarrollar su saber innato –esto recuerda a la teoría de la reminiscencia de Platón—. 


Otra problema es que, a menudo, dos o más teorías parecen igualmente lógicas o consistentes, aunque expliquen una misma cosa de forma distinta (por ejemplo dos teorías sobre el movimiento de los astros, o sobre la naturaleza de la luz, pueden ser las dos lógicas y distintas), por lo que, suponiendo que la verdad es una, hará falta recurrir a la experiencia para dilucidar cuál de ellas es la verdadera... El racionalista suele responder a esto que dos teorías no pueden ser exactamente iguales desde un punto de vista lógico y que, incluso en ese caso, el principio de unidad o simplicidad --una teoría es más verdadera si explica los mismos fenómenos de manera más simple que su contraria-- es el que podría resolver la cuestión.


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