Si René Descartes es el filósofo con el
que da comienzo la filosofía moderna, Immanuel Kant (Prusia, s. XVIII) es el
filósofo que la culmina y cierra, representando a la vez el comienzo de la
filosofía contemporánea. El objetivo de su "filosofía crítica" es
investigar el poder y los límites de la razón, tanto en su uso teórico o
cognoscitivo, como en su uso práctico o moral. Expongamos muy brevemente las ideas a las que llega Kant tras su crítica a la razón en su uso
práctico. Estas conclusiones, expuestas en la obra Crítica de la razón
práctica (1788), constituyen las ideas fundamentales de la ética kantiana,
a la que se va a conocer como una “ética formal” o “ética del deber”.
1.
Es un
hecho que experimentamos en nosotros la libertad y la moralidad (el problema de decidir lo que debemos hacer, la
existencia de leyes morales sobre lo bueno y lo malo, el sentimiento del
deber...).
2.
Ahora
bien, ni la libertad ni la moral (los valores, lo bueno, lo perfecto…)
pueden tener lugar en la naturaleza, pues allí todo está determinado por las
leyes naturales en una compleja secuencia mecánica de causas y efectos que no
deja espacio ni a la libertad (todo
lo que ocurre está predeterminado por causas y leyes) ni a la moralidad (nada
es bueno o malo, pues en la naturaleza las cosas ocurren sin elección ni
intención ninguna de nadie).
3.
Por lo
mismo, la libertad y la moralidad no pueden pertenecer a nuestra dimensión
más natural o animal (nuestra
corporalidad, nuestros deseos o inclinaciones biológicas…), pues esta
dimensión está sometida, como toda otra parte de la naturaleza, a causas y
leyes, sino a nuestra dimensión más específicamente humana y
racional (el alma racional). La razón (y el mundo ideal de
fines y valores al que accedemos a través de ella) representan, para Kant, el
ámbito “sobrenatural” o “metafísico” en el que tienen lugar la libertad y la
moralidad (si la razón pura del metafísico era, según Kant, inservible
para la ciencia – para describir las leyes del mundo natural –, se desvela
ahora como la única que podrá prescribir las leyes del mundo moral, el mundo de
lo que “debería ser”).
4.
De lo
anterior se deduce que solo cuando actuamos de manera puramente racional
(guiándonos por razones e ideales, y no por deseos o inclinaciones ligados a
nuestra naturaleza animal) podemos actuar libre y moralmente.
5.
Que
actuemos de manera puramente racional quiere decir que la razón ha de ser quien
determine lo que es bueno, y que el fin general de nuestras acciones no ha de
ser otro que el de actuar obedeciendo siempre a la razón. Para Kant, la razón es un fin en sí mismo, y no un
medio para mejor satisfacer o justificar deseos e inclinaciones materiales o
naturales. Por ello, “lo bueno” no puede ser lo que particularmente nos
interesa (y luego justificamos con la razón), sino lo que la razón determina
como objetiva y universalmente bueno (coincida o no con nuestros intereses
particulares).
6.
Por lo dicho,
ser libre y decidir moralmente no consiste en “hacer lo que nos dé la gana” o
lo que deseemos, sino en obedecer a la razón. Realmente, cuando “hacemos lo que
nos da la gana” lo que hacemos es dejarnos llevar por nuestros impulsos e
inclinaciones naturales, es decir, por las leyes naturales, por lo que no somos
ni libres ni morales. Cuando, en cambio, obedecemos
únicamente a la razón y sus ideales, obedecemos a la parte más propiamente
humana de nosotros, con lo que podemos decir que nos obedecemos a
nosotros mismos; esto último es lo que significa ser “autónomo”, que es la
noción de libertad que defiende Kant. Ser libre es ser autónomo, y ser
autónomo es obedecer las normas que nos ponemos nosotros mismos usando nuestra
razón.
7.
Ahora
bien, obedecer a la pura razón (y no a nuestros deseos subjetivos) no es fácil. Dado que no somos ángeles incorpóreos (pura
razón) ni simples animales (puros deseos naturales), nuestra
naturaleza compuesta de ambas cosas (razón y naturaleza) se
encuentra en permanente lucha moral por imponer los ideales de la razón sobre
los deseos de nuestra naturaleza animal. Para ayudarnos en esta tarea se
nos ha dotado de voluntad, que es una fuerza o facultad específicamente
moral. La voluntad es la facultad moral para querer lo que debemos (lo
que nos es dictado por la razón) y negarnos a lo que no debemos (aquello a lo
que nos impulsan los deseos).
8.
De este
modo, según Kant, la razón pura, en su uso práctico o moral, dicta leyes que
han de funcionar como imperativos (órdenes) para la voluntad. Ahora bien,
¿cuáles son esos imperativos dictados por la razón?
9.
Hasta
ahora, dice Kant, las distintas éticas o morales (filosóficas, religiosas, populares…) se
han constituido con imperativos hipotéticos o condicionales,
en los que se dictaban normas o leyes como medios para satisfacer un deseo o
conseguir un premio material (leyes del tipo: “debes actuar de tal
modo si quieres conseguir tal o cual cosa, como placer, felicidad, éxito,
bienaventuranza…”). Estas éticas, a las que Kant denomina “éticas
materiales”, son, para nuestro filósofo, éticas falsas. Y esto por
varios motivos. El primero es que sus normas no son realmente
imperativos éticos (de la forma “debes actuar así o asá”), sino
hipótesis causales, como las de la ciencia natural, en las que se enuncia que
actuar de cierto modo es la causa de que ocurran determinados efectos (placeres,
felicidad, salvación divina…), y donde hay causas y efectos no hay
libertad ni moralidad. El segundo motivo es que cuando actuamos por
afán de conseguir premios (o de evitar castigos) no estamos
actuando como seres libres y morales, sino como animales movidos por deseos y
fines materiales o naturales (dicho de otro modo: no actuamos,
dignamente, como quienes somos). En tercer lugar, la conducta moral, en
tanto racional, ha de ser (como es todo lo puramente racional) universal, y no
particular, y cuando actuamos para lograr un premio, estamos guiándonos por
deseos subjetivos y particulares (no por razones objetivas y universales).
10.
Frente a
los imperativos hipotéticos de las éticas materiales, Kant va a reivindicar un
tipo de imperativo que él va a llamar “categórico”. El imperativo categórico es
aquel que es dictado únicamente por la razón, sin mezclarse con ningún deseo o
interés particular. En él se enuncia el modo en que debemos de comportarnos
como seres racionales, no para conseguir nada (nada distinto de ser quienes
somos en su sentido más pleno y específico), sino solo porque es así como debemos
comportarnos. Lo moral no es, pues, actuar como debes para lograr un
premio; sino actuar como debes porque es así (de racionalmente) como debe
actuar un ser humano. Por esto, a la ética kantiana se le llama a veces
una “ética del deber”, distinta a las llamadas “éticas de fines”, que serían
aquellas que se componen de imperativos hipotéticos.
11.
Ahora bien, ¿en qué han de consistir estos imperativos que
defiende Kant como los propios a la ética? Kant no establece
imperativos concretos, sino una forma general de los mismos
(como una regla de reglas); la forma que habría de tener cualquier imperativo
imperativo o regla moral que aspire a ser racional (y, por lo tanto,
universal). La forma (o fórmula) general del imperativo categórico
kantiano dice así: “Obra sólo según una regla tal que puedas querer al
mismo tiempo que se torne en ley universal, válida para todo ser racional”. Es
decir: sea cual sea la regla que tu razón te proponga, cuida de que esta sea
realmente racional, es decir, que proponga algo que puede ser universalizable
como ley moral para todos los seres humanos sin incurrir en contradicciones o
conflictos que acaben con la convivencia. Como lo que la ética
kantiana propone es una fórmula o forma general de toda posible regla o
imperativo moral, a la ética kantiana se le denomina como “ética formal”,
distinta de las “éticas materiales” cuyas reglas o imperativos refieren
acciones concretas (tipo “no matarás”, “amarás a tu prójimo”, etc.).
12.
Por otra
parte, ¿cómo podemos distinguir la verdadera acción moral de aquella otra que solo lo parece pero
que, en realidad, es una acción interesada (y, por ello, ni libre ni moral)? La
respuesta está en la intención. Lo moral está, según Kant, en la
intención o voluntad de querer actuar moralmente (es decir, por
puro deber o respeto a la ley moral dictada por la razón, sin otro interés que
el de comportarte como un ser racional) más que en la acción. La razón es que
es en el ámbito del querer, en el dominio de la voluntad, donde podemos
ser libres y morales. En cuanto pasamos de la intención a las acciones nos
sumergimos en el engranaje ciego de las causas y los efectos que nada tienen
que ver con la libertad y los ideales morales.
13.
Todo lo
anterior nos conduce a la necesidad de postular como ciertas (aunque no podamos
demostrarlo científicamente) determinadas cosas (los postulados de la razón
práctica, les llama Kant): (1) la
existencia de un mundo ideal, sobrenatural y nouménico (no fenoménico o
subjetivo), que es donde puede darse la libertad y la plena realización de los
ideales; (2) la existencia del alma inmortal, como aquel “lugar” en que
experimentamos la libertad y la moralidad (y cuya existencia ha de ser tan
ilimitada como nuestro afán de perfección); (3) la posibilidad de
una unión plena entre la razón y los deseos, entre lo ideal y lo natural, entre
lo que debe ser y lo que es; unidad absoluta a la que los filósofos llaman
“Dios”. Sin una “fe racional” en la existencia de todo esto (Dios,
el alma inmortal y un mundo trascendente al de nuestra subjetividad), no sería
posible la vida moral. Así, Kant introduce las ideas metafísicas cuyo
conocimiento ya mostró como imposible, como supuestos necesarios para guiar
moralmente nuestra vida como personas racionales.

