martes, 17 de febrero de 2026

55. La teoría política de Immanuel Kant


 Immanuel Kant (1724-1804) representa la cumbre de la filosofía moderna y es el filósofo ilustrado por excelencia. Nació y murió en Königsberg, en la Prusia oriental, bajo el reinado de Federico II el Grande, un rey que simpatizaba con la Ilustración. Aunque brilló sobremanera en la filosofía del conocimiento y en la filosofía moral, Kant también expuso una original teoría política, en la que, junto a la legitimación del despotismo ilustrado como fórmula de gobierno, analiza las condiciones de madurez intelectual y moral que ha poseer una sociedad para aspirar a una forma de Estado netamente representativa. Kant expone su pensamiento político en varias de sus obras, como “Idea para una historia universal en clave cosmopolita”, “Teoría y práctica”, “La paz perpetua” y, sobre todo, en el artículo “Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?”, publicado en una revista de Berlín en 1784. En cuanto al contexto histórico del pensamiento político kantiano, conviene situar a Kant en la Prusia de su tiempo y en lo que se ha dado en llamar la “ilustración alemana”. Así, el conservadurismo político de Kant (que prefiere el despotismo ilustrado de Federico II a cualquier experimento rupturista) puede explicarse en parte por la compleja situación de Prusia, una potencia en expansión pero amenazada en el exterior y aún por cohesionar en el interior, lo cual seguramente desaconsejaba cualquier propuesta política que debilitara a la monarquía. Así, pese a las simpatías que muestra por la revolución norteamericana (y más tarde por la francesa), Kant se muestra como un sólido defensor de la monarquía absoluta de Federico II, al que idealiza como el déspota ilustrado que ha de liderar una transición paulatina, sin rupturas revolucionarias, hacia el rumbo que marcan los ideales políticos ilustrados. Por otra parte, la sociedad prusiana, aún sumida en un régimen feudal y con una burguesía menos numerosa e influyente que en otros países, no parece que poseyera la madurez necesaria (la “mayoría de edad” intelectual y moral que reclama Kant) para emprender el proceso de cambios por sí sola. Todo esto no compromete, por supuesto, la contundencia de los argumentos racionales que Kant presenta en contra de la legitimidad de la revolución y en defensa del despotismo ilustrado de Federico II o, a lo sumo, de un régimen representativo autoritario muy diferente a los que defendían Locke y, sobre todo, Rousseau (de corte mucho más democrático). 

En cuanto al tema del origen de la ley y del Estado, Kant mantiene una concepción más cercana a la de Hobbes que a la de Locke o Rousseau. Para el filósofo prusiano, los individuos en estado de naturaleza se encuentran en una situación de permanente inseguridad, en la medida en que todos intentan imponer su voluntad sobre la de los demás. Por ello, y por simple necesidad natural, se pasa del estado de naturaleza al estado civil o político, en el que existe una autoridad capaz de establecer el orden; un orden que Kant considera imprescindible para la ilustración o educación crítica de los individuos, condición necesaria, a su vez, para todo cambio o progreso político.


En relación con el problema del fundamento y legitimidad del poder político, el pensamiento kantiano coincide en términos generales con el de Hobbes, Locke y Rousseau en su defensa de una teoría contractualista del poder
. Así, el poder o soberanía estaría originariamente en los individuos y en el pueblo (no en Dios o en ningún rey), pero estos lo tienen cedido de forma permanente al monarca, que no solo es representante del pueblo (como podría ser el gobernante que proponen Locke o Rousseau), sino también soberano en su nombre (gobierna en su nombre, pero por su bien). Esta cesión significa que, aunque quien legisla y gobierna es el rey o autoridad soberana, este debe hacerlo para el pueblo y tal como lo haría el pueblo caso de que este estuviera capacitado para ello (esto es: en el caso de que fuera mayor de edad en sentido mental o, como dice Kant, capaz de pensar por sí mismo). Todo esto representa una justificación del célebre lema del despotismo ilustrado: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.  

Ahora bien, a cambio de esta cesión de soberanía, el monarca debe garantizar las condiciones materiales y políticas (paz, orden, progreso económico, libertad de pensamiento y opinión, especialmente a los más doctos o sabios) para que ese mismo pueblo pueda ilustrarse y lograr la citada mayoría de edad, condición imprescindible para aspirar a una mayor soberanía política, 
concesión que, en todo caso, debe provenir del Estado. Así, y pese a sus simpatías por la Revolución francesa, Kant es más reformista que rupturista: la desobediencia y la rebelión popular son para él inaceptables (en esto coincide plenamente con Hobbes y se distingue de la posición de Locke y Rousseau); un falso atajo hacia el cambio político y social, pues este solo puede provenir realmente de la ilustración o educación de la ciudadanía, un proceso necesariamente lento para el que Kant considera imprescindible que los más sabios expresen libremente su opinión crítica, incluso sobre la tarea legislativa del gobierno o cualquier otra institución (incluyendo a la Iglesia), y que los ciudadanos aprendan de ellos a pensar por sí mismos, libres de malos tutores (y aquí Kant alude también, entre otros, a la Iglesia). Para conciliar teóricamente esta libertad de opinión con la obediencia a la ley y el orden, Kant va a establecer la célebre distinción entre uso público y privado de la razón; según Kant, los súbditos de un Estado han de poder usar libremente la razón en el ámbito público (por ejemplo, en la prensa), pero han de restringir este uso (supeditándolo a las leyes y órdenes del gobierno) en el ámbito privado, es decir, en el la razón durante el desempeño de una determinada responsabilidad social (como funcionario, militar, sacerdote, profesor…).
 

Finalmente, en cuanto a la cuestión de la organización del Estado y el gobierno, Kant (como Hobbes) apuesta por un republicanismo autoritario; en concreto, y como hemos visto, por la fórmula del despotismo ilustrado. Una diferencia con Hobbes es que Kant asume cierta división de poderes y reivindica una plena libertad ideológica y religiosa para la ciudadanía. En esto último, Kant se posiciona en la misma senda liberal de Locke (oponiéndose no solo a Hobbes o Rousseau, sino a la tradición política clásica – recordad la teoría platónica –). Para él la función del Estado no es tutorizar o educar moralmente a los ciudadanos en vistas a la virtud (como en Platón y, más livianamente, en Rousseau), sino permitir que esta educación se desarrollo libre e individualmente, orientada, a lo sumo, por los filósofos o intelectuales (que pueden influir en la opinión pública o en la política, pero no gobernar, como en la república de Platón). En este sentido, Kant aboga por la tolerancia religiosa y no está de acuerdo de ningún modo con que exista una religión de Estado, tal como propone Hobbes.


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