Fragmentos del diario personal de Kant
* NOTA IMPORTANTE. El equipo de investigación de este blog no garantiza la fiabilidad de estos documentos (ni la fiabilidad de nada, en general). En cualquier caso, recomienda no citarlos en exámenes, trabajos ni congresos científicos, hasta tanto no se compruebe su veracidad.
Hoy al fin me he despertado, después de muchos años, del
sueño racionalista. Debe ser que he estado leyendo a Hume hasta muy tarde. Era
un sueño bonito, grandioso, pero un sueño al fin. Soñé que con la pura razón
podría conocerlo todo sin moverme, no ya de mi querido Königsberg, sino tan
siquiera de mi gabinete. Soñé que, como decía Leibniz, podría deducir cualquier
cosa a partir de principios evidentes y desplegar, por así decir, todo lo que ya
tenía desde siempre en mí sin saber que lo tenía. ¡Con cuánta ingenuidad y fe
ciega he estado soñando esto durante años (que yo recuerde, desde la escuela)! Ahora sé que es falso. La mayoría de
esas verdades que la razón saca de sí misma no tienen valor alguno para el
conocimiento, no añaden nada nuevo a lo que ya sabemos. Decir que “todos los
cuerpos son extensos”, o que “dos cosas iguales a una tercera son iguales entre
sí”, es como decir que “ningún soltero está casado”. Serán verdades segurísimas,
cierto, necesarias y universales, imborrables por el tiempo y la experiencia
(¡como que no tienen nada que ver con ella!). Ahora bien, ¿qué dicen? Casi
nada. A lo sumo en ellas se analiza el significado del sujeto explicándolo en
el predicado. Es evidente: que algo sea un cuerpo significa que es
extenso; y que alguien este soltero significa que no está casado. ¡Clarísimo!
¿Pero y qué? ¿De qué nos sirven estos juicios “analíticos” a priori?... El
sueño de que con ellos iba a descubrirlo todo es falso y dogmático. No menos
que ese otro de que toda idea está ya innata en mi mente.
¡Narices! ¿Y cómo que no lo sé ya todo entonces, en lugar de despertarme una y
otra vez como un pobre ignorante ávido de conocimientos?... ¡No volveré a soñar
con este racionalismo pomposo y dogmático!...
(...) Hoy intenté dormir tras el almuerzo, sentía mi cuerpo
pesado, pero me fue imposible. Pensaba en mi sueño racionalista de tantos años.
Al fin me había librado de él, sí, pero, ¿para ir a dónde?... Ahora me doy cuenta de que los pensamientos que proporcionan verdaderos conocimientos sobre el mundo (porque añaden a mi
mente algo nuevo, provocando una “síntesis” entre ella y la realidad –por eso
me gusta llamarlos juicios “sintéticos”—), como “todos los
cuerpos son pesados”, o “la Tierra gira alrededor del Sol”, dependen en muchos
casos de la experiencia (son “a posteriori”), pero… ¡Eso querría decir que su
verdad es tan variable y particular como ella! ¿Cómo podría yo estar seguro de
que todos los cuerpos son realmente pesados? ¿Iré, uno por uno, pesándolos por todo el mundo y todo el cielo?... ¿O cómo se yo que la Tierra
siempre girará alrededor de este Sol que nos alumbra? ¿Me procuraré la inmortalidad
para comprobar que esto es algo más que un hecho pasajero?...
Además (y esto
aumentó mi insomnio y pesadez de estómago), ¿qué me dice la experiencia de la
estabilidad de las cosas, o de la intervención de causas y leyes naturales?
¡Nada de nada! Como bien sabía Hume, creer que existan las cosas (¡O yo mismo!), o
que unas son causas de otras, no son más que prejuicios, invenciones de la propia mente. ¿Se ven acaso tales
cosas y causas? ¡No! ¿Pero necesita mi mente creer en ellas para poder entender
el mundo? ¡Sí!... Si el conocimiento de la pura razón es vacío e inútil, el
conocimiento de los puros sentidos es ciego e imposible: una suma de
impresiones en movimiento, sin nada estable en que fijar la mente, sin una
verdad que no sea tan fugaz como el río de Heráclito. ¿Quién puede dormirse así?
Si el racionalismo te hace reposar como a un niño en una seguridad dogmática, el empirismo te deshace en inquietud, sin otro descanso que la triste resignación
del escéptico. En fin. Mañana será otro día. ¡Espero! Porque, desde la
perspectiva de Hume, ¡nunca se sabe!...
Hoy he vuelto a casa con los zapatos casi destrozados.
Mientras paseaba seguía dándole vueltas y más vueltas al asunto. ¿Cómo diablos
es posible el conocimiento? Veamos. Según los racionalistas, para conocer no
hace falta ninguna experiencia (los conocimientos son a priori), y, además,
todo consiste en deducir algo a partir de otra cosa, con lo que analizando el
principio de un pensamiento ya tengo también el final. Pero, ay, estos
conocimientos o juicios (que a mi me gusta llamar juicios analíticos a priori),
por muy verdaderos que sean (y lo son, y mucho) no nos dicen nada que no supiéramos
desde el principio. Pues, ¿de qué me sirve pensar que “un cuerpo es extenso”?
Es como pensar que “un cuerpo es corpóreo”. Será una verdad indudable, eterna y
válida para todos, pero me deja igual de tonto o de listo que estaba….
Pero con los empiristas no me va mejor. Según ellos, todo conocimiento depende de una experiencia previa (es siempre a posteriori), y estos conocimientos sí que me podrían hacer más sabio, como cuando me dicen por vez primera que el Sol sale por el este. Por mucho que yo analizara la noción de Sol no podría nunca deducir que éste salga por el este o el oeste. Ese conocimiento supone una síntesis o unión entre dos cosas muy distintas: la salida del Sol y el este (por eso a estos conocimientos o juicios los llamo juicios sintéticos a posteriori). Pero, pese a todo, me temo que estos conocimientos tampoco me valen. ¿Por qué? Porque su verdad no es tan firme como yo quisiera. ¿Cómo puede demostrarme la experiencia que el Sol sale por el este? ¡¡De ninguna manera!! A lo sumo, me puede mostrar que hoy ha salido por allí. ¿Pero y mañana? Tendré que esperar a que salga de nuevo para saberlo, y así una y otra vez. Además, ¿qué me dice la experiencia de la existencia del Sol? Como dijo Hume, ella tan solo me informa de ciertas impresiones de color y de calor, unas seguidas de otras, no de que exista un objeto llamado “Sol” que sea la causa de tales impresiones. ¿Causa, he dicho “causa? Sí, lo he dicho. No puedo pensar sin ese dichoso concepto de “causa”. ¿Pero cómo se yo que existe algo así como la “causa”? ¿La he visto acaso? ¿Podría tener experiencia de ella? Me temo que no. Hume tenía razón. El conocimiento es imposible. No tengo más que definiciones inútiles (como que un cuerpo es un cuerpo, o un soltero un no casado), o impresiones dispersas… ¡¡En qué tremenda decepción estoy sumido!! Y, sin embargo… Algo me bulle en la cabeza, algo esperanzador, aunque todavía no sé decir muy bien lo que es... Necesito dormir un poco. Pero antes he de releer unos escritos de Newton para las clases de mañana.
Pero con los empiristas no me va mejor. Según ellos, todo conocimiento depende de una experiencia previa (es siempre a posteriori), y estos conocimientos sí que me podrían hacer más sabio, como cuando me dicen por vez primera que el Sol sale por el este. Por mucho que yo analizara la noción de Sol no podría nunca deducir que éste salga por el este o el oeste. Ese conocimiento supone una síntesis o unión entre dos cosas muy distintas: la salida del Sol y el este (por eso a estos conocimientos o juicios los llamo juicios sintéticos a posteriori). Pero, pese a todo, me temo que estos conocimientos tampoco me valen. ¿Por qué? Porque su verdad no es tan firme como yo quisiera. ¿Cómo puede demostrarme la experiencia que el Sol sale por el este? ¡¡De ninguna manera!! A lo sumo, me puede mostrar que hoy ha salido por allí. ¿Pero y mañana? Tendré que esperar a que salga de nuevo para saberlo, y así una y otra vez. Además, ¿qué me dice la experiencia de la existencia del Sol? Como dijo Hume, ella tan solo me informa de ciertas impresiones de color y de calor, unas seguidas de otras, no de que exista un objeto llamado “Sol” que sea la causa de tales impresiones. ¿Causa, he dicho “causa? Sí, lo he dicho. No puedo pensar sin ese dichoso concepto de “causa”. ¿Pero cómo se yo que existe algo así como la “causa”? ¿La he visto acaso? ¿Podría tener experiencia de ella? Me temo que no. Hume tenía razón. El conocimiento es imposible. No tengo más que definiciones inútiles (como que un cuerpo es un cuerpo, o un soltero un no casado), o impresiones dispersas… ¡¡En qué tremenda decepción estoy sumido!! Y, sin embargo… Algo me bulle en la cabeza, algo esperanzador, aunque todavía no sé decir muy bien lo que es... Necesito dormir un poco. Pero antes he de releer unos escritos de Newton para las clases de mañana.
Königsberg. 2 de junio de 1770.
Leo a Newton y me olvido del escepticismo que me inspira Hume. Los hallazgos de la ciencia de nuestro tiempo me maravillan cada vez más. Y a su lado las ideas de los metafísicos me parecen quiméricas y oscuras. ¿Cómo es posible que en poco más de doscientos años la nuova scienza que fundara Galileo haya aportado más luz sobre los extraños mecanismos del mundo que el pensamiento de los filósofos durante dos mil?... Las leyes del universo descubiertas por Newton, o las verdades de la geometría, no son razonamientos vacíos de contenido: describen el mundo que veo y habito. ¡Pero a la vez parecen verdades tan innegables como las más puras verdades lógicas! ¿Cómo es esto posible?... Pienso en juicios como “todo cambio es producido por una causa o fuerza”, o en este otro: “la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos”. Es claro que estos juicios son sintéticos, no analíticos. Pues del concepto de cambio no se deduce fuerza alguna. Y de la noción de línea recta tampoco es deducible cómo ha de ser la distancia más corta entre dos puntos. Así que estos juicios proporcionan conocimientos novedosos, y podemos describir con ellos la experiencia cotidiana ¡Pero a la vez parecen verdades indudables, cuya verdad es previa o independiente de toda experiencia! Hubiera o no cambios o distancias en este mundo que veo, la verdad de esos juicios me parecería la misma. Es imposible que ocurra algo sin una causa que lo provoque. Y es innegable que entre dos puntos el camino más corto es la línea recta. Así que se diría que estos conocimientos de la física o la matemática reúnen las virtudes del racionalismo y del empirismo: la universalidad y la necesidad de las verdades racionales, y el contenido informativo de las verdades empíricas. Es decir, lo “a priori” y lo “sintético”. ¿Será esto posible? Tengo que pensarlo más.
Königsberg. 5 de junio de 1770.
Sigo reflexionando sobre los hallazgos de la ciencia ¡Y qué extrañeza la mía! Sus teorías, sus fuerzas causales y sus líneas rectas describen a la perfección el mundo que veo, ¡sin ser verdades completamente empíricas!, pues yo nada podría ver de esas causas y líneas geométricas (que no son objetos sensibles). De otro lado, sus verdades tienen la validez de los juicios a priori, sin ser verdades lógicas (¿acaso trata la lógica de cambios y distancias?). En suma: hablan del mundo, pero no son del mundo. Su verdad es independiente de la experiencia, pero tampoco es lógica. ¿Qué son entonces? A estos extraños conocimientos los llamaría “juicios sintéticos a priori”. Pero la pregunta que no me deja apartarme de mi mesa de trabajo es esta: ¿cómo son posibles tales juicios? ¿Cómo es posible un conocimiento tan preciso sobre el mundo y, a la par, tan independiente del mundo? Tras reflexionar durante varias horas me alcanza el sueño. Tal vez con los ojos cerrados mi mente, a solas consigo misma, encuentre la solución...
Königsberg, 3 de marzo de 1771.
¿Cómo es posible un conocimiento que sea tan universal y
necesariamente verdadero (como exige el racionalista) y que describa el mundo
que vemos (como pide el empirista)? Esos conocimientos existen; ahí está la
ciencia para probarlo. Sí. ¿Pero cómo son posibles?... Pues bien, después de muchos meses
estoy a punto de gritar ¡¡Eureka!! Llevo unos días poseído por un entusiasmo
que me hace perder la noción habitual del tiempo y del espacio. Mi mente da
vueltas como un planeta alrededor del Sol. Y ese Sol es una enorme y brillante
idea que me mantiene sujeto como un imán y deslumbrado. ¡¡Creo que he hallado
una solución para mis juicios sintéticos a priori!!
¿Qué es conocer? Hasta ahora pensábamos que nuestra mente
había de adaptarse a los objetos del mundo para conocerlo. Esto es cierto y no
lo es. Los objetos también han de adaptarse a nuestra mente para ser conocidos.
¡Mi teoría ha dado un giro copernicano a la cuestión! Ahora es también el mundo
el que ha de girar alrededor de nuestra mente, como la Tierra de Copérnico gira
alrededor del Sol. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
¿Cómo conoce nuestra mente los objetos? Solo un ingenuo
pensaría que la mente se limita a reflejar como un espejo lo que ocurre frente
a ella. La mente es una poderosa y compleja máquina de producir conocimientos.
Opera como un telescopio al mirar el cielo.
Del mismo modo que las lentes y
tubos del telescopio deforman, reconducen y reconstruyen la fuente de luz, la
mente recoge lo que llega a nuestros ojos deformándolo y construyéndolo a la
medida de sus “lentes” y “tubos”. Jamás vemos el mundo tal como es, sino según
la forma en que nuestra mente puede captarlo y pensarlo. Podemos pensar que
existan las cosas tal como son en sí mismas (y a esto le llamaré la realidad "nouménica", o el "noúmeno", para abreviar), pero
nunca podré conocerlas como tal, sino como mi mente las transforma al captarlas,
es decir, como “fenómenos” producidos por mi propia mente al entrar en contacto
con esa realidad "nouménica" ("fenómeno" y “noúmeno”, esta pareja de conceptos me va a dar mucho juego). Diría que el conocimiento es una síntesis terriblemente compleja entre
lo que pone mi mente (la forma en que veo y pienso) y lo que me viene de fuera
(la materia ignorada del noúmeno).
¡Y lo tremendo es que no puedo “salirme” de
mi forma de ver y pensar el mundo! ¡Todo lo que vea y piense será una
representación o idea que mi mente produzca según su particular forma de ver y pensar! En conclusión: lo que tengo ante mis ojos no
son las cosas, sino la idea que mi mente fabrica a partir de esas supuestas
cosas. ¡Idealismo! Este es el nombre adecuado a esta teoría que desde ahora
mantengo.
Sigo cavilando. Apenas como ni duermo. Estoy seguro de haber
dado con algo grande. Supongamos que el conocimiento es, como decía, una
síntesis entre lo que pone el mundo y lo que pone la mente. Es decir, entre la
materia bruta del estímulo y la forma que nuestra mente tiene de procesarlo.
¿Cómo será esa forma en que nuestra mente trata lo que le llega de “fuera”
(informándolo, es decir, dándole su propia forma y produciendo así la información o
conocimiento)?
Veamos. Esa forma es a priori, es decir, previa a toda
experiencia o contacto con el mundo, pues es como el conjunto de piezas de que
está hecha nuestra mente como “máquina del conocimiento”. Si en un futuro
existieran máquinas artificiales para almacenar y organizar el conocimiento
(podrían llamarse ordenadores o algo así), éstas tendrían que poseer como unas
instrucciones previas (un “programa” diseñado a priori) con las que reconocer y
catalogar los datos que le introdujéramos. Pues bien. Si la mente es algo así,
su forma de conocer y ordenar lo que el mundo le introduce a través de los
sentidos responde a un “programa” a priori. Este “programa” es, además, ¡universal!, común a todos los seres
racionales, pues todos tenemos, en esencia, una misma “máquina” cognoscitiva.
¡¡Dios!! ¡Casi no me atrevo a decir lo que tengo en la cabeza!... Si fuera tal
como digo, los conocimientos tendrían la validez universal a priori que le
presta nuestra forma a priori y universal de conocer, y darían información
sobre el mundo en cuanto dichas formas se apliquen al material de la
experiencia, a lo que nos llega de fuera… ¡¡Así sí que son posibles los juicios
sintéticos a priori!!
¿Cómo son posibles verdades universales sin aceptar un mundo
platónico o trascendente más allá de lo particular? Ahora lo veo sencillísimo.
Mis conocimientos son universales y necesarios en cuanto lo que en ellos se
dice no puede ser de otro modo (como cuando digo que “todo suceso tiene una
causa” o “la recta es la distancia más corta entre dos puntos”). Y no puede ser
de otro modo, ¡¡porque no puedo pensar de otro modo!! Las causas, o las leyes de
la geometría, son parte de nuestra forma de pensar y ver el mundo. No están en
un mundo lejano de ideas platónicas, sino en el inmediato mundo de la mente, en
la forma inevitable que tenemos los seres racionales de razonar y percibir. Me
parece tan claro que todo ocurra por alguna causa porque la mente no puede
concebir el mundo sin ciertos conceptos, entre ellos el de causalidad. Me
parece tan verdadero que la recta sea la menor distancia entre dos puntos porque la mente no puede
percibir nada si no es según ciertas leyes geométricas.
Los principios y las
leyes de la física y la matemática no están en el mundo empírico, pero tampoco
en el mundo de Platón… ¡¡Están en el mundo de nuestra mente racional!! ¡¡Forman
parte de nuestra forma universal de ver y comprender, de ese “programa”
instalado en toda mente racional, y que yo llamaría “subjetividad
trascendental”!!
Königsberg, 23 de abril de 1773.
¿Cómo son posibles las matemáticas? ¿De qué extraña realidad
eterna y abstracta hablan Lambert, Laplace y otros geniales matemáticos? Los juicios de
la matemática no pueden referirse directamente al mundo físico, pues este es
inestable, cambiante, compuesto de hechos particulares (y las leyes y teoremas
de las aritmética o la geometría son invariablemente ciertos, universales,
abstractos). ¿Entonces? Algunos, como Platón, creían que las matemáticas se referían a un mundo ideal más allá de este que pisamos. Esto resulta increíble. Ni el mundo es matemático, ni la matemática es un mundo. La única solución
que veo es esta: las matemáticas están en nuestra cabeza, en la mente. Son
parte de la forma en que la mente conoce el mundo.
No es que las invente la
mente. Sino que son la forma en que funciona la mente, el “molde” con el que
recibe los datos del mundo.
¿Cómo he llegado a esta conclusión? Veamos. La
matemática se ocupa de estudiar las leyes del espacio y del tiempo. La
geometría descubre y analiza la forma abstracta y a priori del espacio; y la
aritmética se ocupa de la sucesión (el uno, el dos…), es decir, de la forma
abstracta y a priori del tiempo. Ahora bien: ¿dónde está el espacio? ¿Cuándo
ocurre el tiempo?... Los espíritus ingenuos creen que el espacio y el tiempo son y
ocurren en el mundo. Yo creo que son nuestra forma de ver el mundo, la forma a
priori de nuestra sensibilidad.
El espacio es la forma en que nuestra mente
ordena todo lo que ve fuera de sí, delimitando y distinguiendo objetos, a
partir de sí misma (delante, atrás, arriba, abajo…).
El tiempo es la forma en
que la mente se experimenta a si misma: la propia sucesión de sus impresiones y
pensamientos. Pues bien, las matemáticas se refieren a estas formas que tiene
la mente, a la forma de nuestra sensibilidad o facultad de percibir (de
percibir el mundo y de percibir a la propia mente perceptora). La matemática
pura estudia estas formas tal como son a priori, antes de su uso como “molde”
de la experiencia sensible. Pero los juicios matemáticos también pueden
referirse al mundo físico (pueden ser sintéticos), y darnos información sobre
él, por la sencilla razón de que ese mundo físico no es el mundo en sí (el
noúmeno), sino el mundo tal como lo ve
nuestra mente (como fenómeno) aplicándole esas formas (matemáticas) de la
sensibilidad. Así, la matemática, cuando describe el mundo…¡También se
describe a sí misma! ¿No es fenomenal?
Mi trabajo avanza a toda velocidad. Tengo la impresión de
que cuando lo dé a la imprenta (todavía no sé cuándo) va a ocasionar un
considerable revuelo. Algunos amigos me animan a publicar ya algo, pero yo me
resisto, lo que ando pensando es… ¡Tan extraño y novedoso¡ Me muevo con
cautela, como en una selva virgen de pensamientos. Y esta selva infinita es…
¡nuestra propia mente! Es ella, desde su facultad sensible, la que crea los
objetos o fenómenos, dándole su propia forma espacial y temporal a esa
misteriosa materia que viene del mundo. ¡Pero esto es solo el principio! El
conocimiento no se reduce a la sensibilidad. Más allá de ella, la mente fabrica
pensamientos o ideas, relaciona de formas muy distintas los fenómenos o
intuiciones sensibles, aplicándoles ciertos conceptos que solo de la mente provienen.
Si nuestra sensibilidad “recibe” al mundo sensible “acomodándolo” en
esos “moldes” que son espacio y tiempo, nuestro entendimiento lo comprende bajo
ciertas categorías o conceptos, como el concepto de unidad, o el de causalidad,
u otros tantos (creo haber descubierto exactamente doce, tantos como formas
tiene mi mente de entender, en general, los fenómenos). Si esto que digo es
cierto, lo que he descubierto es... ¡¡La naturaleza misma de la lógica o razón!! Gracias
a mi descubrimiento será posible entender y justificar cómo es posible la ciencia
en general (y no solo la matemática).
Cuando un físico afirma “todo cambio ocurre por alguna
causa”, ¿de dónde proviene aquello que nombra? ¿Cómo sabemos que es verdad? No
de la pura experiencia, desde luego, pues “allí” no existen los “todos” ni las
“causas” (a lo sumo existen los cambios, que es lo que nos parece ver en todo
momento). Pero tampoco de un increíble mundo de ideas platónicas e innatas.
Vuelvo la reflexión hacia mi mismo y descubro allí lo que buscaba: esos “todos”
y “causas” son parte del “aparato” lógico con que la mente entiende y razona
las cosas. Son los conceptos o categorías del entendimiento. Y son,
naturalmente, a priori, independientes de todo fenómeno o cosa que pueda
pensar, ¡¡pues son la forma misma del pensamiento!! De hecho, no puedo pensar
los fenómenos sin pensarlos a cada uno como “uno”, o a todos ellos como “totalidad” o como siendo unos la
“causa” de otros...
¡Esto nos salva del escepticismo de Hume, sin dormirnos en
las quimeras de los racionalistas! Las formas a priori del entendimiento (esos
conceptos o categorías con los que pienso) dan a los juicios de la ciencia la
necesidad y universalidad que requiere un conocimiento científico, pero a la
vez describen con una precisión admirable el mundo físico (siempre que se apliquen a los fenómenos de la
sensibilidad). ¿¡¡Y cómo no habría de ser así, dado que el mundo físico adquiere, en cuanto lo
pensamos, la forma de nuestro propio entendimiento!!?
Königsberg. 15 de julio de 1775.
He dado un largo paseo por el camino que bordea los
acantilados. No hacía frío y tras ponerse el sol me he sentado a descansar junto al faro. Pocas cosas hay más fascinantes que contemplar el cielo en una
noche despejada. ¿Qué habrá más allá de ese mar inmenso y oscuro en el que navega
nuestro pequeño planeta? ¡¡Qué insondable misterio es existir!! Tan solo la pobre
antorcha oscilante de la Razón y la Ciencia alumbran un poco este misterio que
nos rodea y nos habita por dentro… ¿Pero hasta dónde podemos llegar con esa
titubeante luz? ¿Qué podemos realmente conocer? ¿Desvelaremos alguna vez esos gigantescos enigmas que son el alma, el mundo, Dios…?
El mundo se nos presenta como un caos en movimiento, como
una infinitud variopinta de impresiones y
acontecimientos… Tantos que es fácil que colapsen nuestros sentidos y
nuestro pensamiento. Tan solo la Razón puede salvarnos, dando orden al mundo,
unificando lo múltiple y diferente. A veces imagino la mente a la manera de un
industrioso taller. En su planta baja, correspondiente a la sensibilidad, la
materia bruta de la experiencia es espacio-temporalmente "envasada" en la forma de objetos o intuiciones sensibles. Una vez
elaboradas, estas intuiciones son transportadas a la planta superior, la del
entendimiento, en la que una extraña "máquina" llena de brazos que son los conceptos, las identifican y relacionan unas con otras dándoles la forma de los juicios (entre ellos, los juicios sintéticos a priori, que son los más productivos).
De este modo el conocimiento (que es ese industrioso y febril taller) nos proporciona la visión unitaria y ordenada de los fenómenos que necesita nuestro espíritu. Hay que añadir que en ese imaginario taller no hay mejor artesano que el científico. Pienso así en el concienzudo matemático, capaz de unificar toda intuición posible (todo posible objeto para nuestros sentidos) bajo unas mismas leyes, las del espacio y el tiempo (es decir, bajo las leyes universales de la geometría y la aritmética). Sus juicios (que son sintéticos y a priori) hablan de los objetos sensibles en general, es decir, de la estructura espacial y temporal unitaria, universal y a priori de todos ellos... Más allá, junto a la "máquina de los conceptos", el físico descubre las leyes que rigen el mundo unificando nuestras intuiciones bajo los conceptos o categorías a priori del entendimiento... En cualquier caso, tanto unos como otros, al mando de esa compleja maquinaria, tienen la misma función: poner orden, unificar, simplificar… ¡Esa es la suprema tarea de la Razón!
Así, es admirable comprobar como las leyes del movimiento desveladas por el genio de Newton son capaces de explicar, de "un solo golpe", infinitos procesos (la caída de una manzana, la rotación de la Tierra, el movimiento de un proyectil…). El resto de las ciencias se aplican, cada una en su campo, al mismo objetivo: unificar los fenómenos de la experiencia, ordenar el caos del mundo que se nos aparece a los sentidos… ¿Pero y la filosofía? --me pregunto-- ¿Y la metafísica, su rama más importante y característica? ¿De qué se ocupa la metafísica? ¿Es una ciencia más? ¿Está más allá de toda ciencia o es, acaso, un intento fallido de ciencia particular? ¿Son posibles los juicios sintéticos a priori en la metafísica? En unas cuantas semanas comenzaré un curso sobre, justamente, metafísica, así que me urge resolver estos asuntos.
Königsberg. 7 de septiembre de 1775.
¿Qué es la metafísica? ¿Es posible la metafísica como
ciencia? ¿Son posibles los juicios sintéticos a priori en la metafísica?... Con
estas preguntas he comenzado hoy mi clase. La metafísica es el intento de
llevar al límite esa función unificadora que caracteriza a la Razón. Si las
ciencias pretenden unificar las intuiciones bajo conceptos, leyes y principios generales, la metafísica
quiere unificar esos mismos conceptos y leyes bajo conceptos y leyes aún más unitarios y generales, relacionando unos juicios con otros sin ningún anclaje ya en la experiencia, buscando una unión o síntesis absoluta, un conocimiento unitario de “todo”.
Quiere lograr, en otras palabras, juicios sintéticos uniendo conceptos entre sí, de
manera puramente racional, sin hacer caso alguno a la experiencia, sin ese trabajo paciente que la ciencia se trae, acumulando datos como las hormigas acumulan alimento en verano...
Y no se puede negar que la metafísica sea un proyecto atractivo; de hecho, ha entretenido a muchas de las mentes más brillantes de todos los tiempos (aunque sin demasiado resultado, todo hay que decirlo). ¿Pero es posible tal proyecto?... Creo que no. Los conceptos del entendimiento están diseñados para aplicarse a los fenómenos sensibles, ¡no a sí mismos! ¡Y es esto lo que intenta el metafísico con sus razonamientos! Y lo hace en tres direcciones. En la primera, intenta aplicar el concepto de sustancia al conjunto entero de la mente (es decir, a todos sus conceptos y formas a priori), buscando el conocimiento del alma o mente como una unidad. Pero esto resulta imposible: la mente o sujeto pensante no puede ser, a la vez, mente o sujeto pensado. Una "psicología racional", que explique objetivamente la subjetividad es, por principio, imposible…
En la segunda de sus direcciones, la metafísica pretende aplicar el concepto de causa a todo, también a los propios conceptos, y lograr así un conocimiento integral del mundo como un sistema de causas y efectos (y a esto le llama "cosmología racional"). Pero este proyecto lleva a la razón a múltiples contradicciones (o antinomias, como me gusta llamarlas), ya que ese mundo como totalidad tendría que ser a la vez infinito (¿pues qué causa habría sin ser, a la vez, efecto de otra causa anterior?) y finito (pues un mundo infinito e ilimitado, ¿sería acaso un mundo?)... Desde luego que siempre cabe recurrir a Dios (como causa primera e incausada), y esta es la tercera de las direcciones de la metafísica (la de la "teología racional"). ¿Pero cómo demostrar la existencia de Dios? ¡Esto resulta imposible para la razón! San Anselmo lo intentó, junto a muchos otros, pero su famosa prueba supone un salto ilegítimo desde el concepto de “perfección” a la existencia real de ese supuesto ser perfecto. De un concepto solo se puede deducir otro concepto, no ninguna realidad más allá de los conceptos….
Y no se puede negar que la metafísica sea un proyecto atractivo; de hecho, ha entretenido a muchas de las mentes más brillantes de todos los tiempos (aunque sin demasiado resultado, todo hay que decirlo). ¿Pero es posible tal proyecto?... Creo que no. Los conceptos del entendimiento están diseñados para aplicarse a los fenómenos sensibles, ¡no a sí mismos! ¡Y es esto lo que intenta el metafísico con sus razonamientos! Y lo hace en tres direcciones. En la primera, intenta aplicar el concepto de sustancia al conjunto entero de la mente (es decir, a todos sus conceptos y formas a priori), buscando el conocimiento del alma o mente como una unidad. Pero esto resulta imposible: la mente o sujeto pensante no puede ser, a la vez, mente o sujeto pensado. Una "psicología racional", que explique objetivamente la subjetividad es, por principio, imposible…
En la segunda de sus direcciones, la metafísica pretende aplicar el concepto de causa a todo, también a los propios conceptos, y lograr así un conocimiento integral del mundo como un sistema de causas y efectos (y a esto le llama "cosmología racional"). Pero este proyecto lleva a la razón a múltiples contradicciones (o antinomias, como me gusta llamarlas), ya que ese mundo como totalidad tendría que ser a la vez infinito (¿pues qué causa habría sin ser, a la vez, efecto de otra causa anterior?) y finito (pues un mundo infinito e ilimitado, ¿sería acaso un mundo?)... Desde luego que siempre cabe recurrir a Dios (como causa primera e incausada), y esta es la tercera de las direcciones de la metafísica (la de la "teología racional"). ¿Pero cómo demostrar la existencia de Dios? ¡Esto resulta imposible para la razón! San Anselmo lo intentó, junto a muchos otros, pero su famosa prueba supone un salto ilegítimo desde el concepto de “perfección” a la existencia real de ese supuesto ser perfecto. De un concepto solo se puede deducir otro concepto, no ninguna realidad más allá de los conceptos….
La metafísica es, pues, imposible como ciencia. La síntesis entre conceptos (el juicio sintético puramente racional) es una quimera, un exceso de la razón que solo conduce a contradicciones. Y por muy atractivo que nos resulte poseer un conocimiento absoluto, nouménico, de la mente y del mundo en sí, y de lo que unifica ambas cosas (el Absoluto mismo o Dios), hemos de ser más sensatos y humildes. La razón humana tiene un límite. Y ese límite es la experiencia. Cuando la razón se aplica a sí misma, y no a la experiencia, no da otro fruto que quimeras y razonamientos imposibles...
Königsberg. 2 de octubre de 1775.
¿He de arrojar al fuego todos mis libros de metafísica? –me
preguntaba, hoy, un alumno, no sin cierta ironía (pues se matriculó, tras mucho esfuerzo, en mis clases de… ¡metafísica!)—. Le respondí, también en broma: ¡solo si has
acabado ya de quemar todos los que no traten de física matemática!... No, no
hay que abominar de la metafísica, pues esta, sin reportarnos conocimientos
contrastables y rigurosos, alimenta, a cambio, nuestra imaginación y nuestro
deseo de conocer, elementos ambos imprescindibles para el avance de la ciencia.
La metafísica proporciona lo que me gusta llamar “ideales regulativos”. Las ideas del alma, del mundo o de Dios, no pueden constituir ningún conocimiento serio, pero expresan el anhelo de unidad que define a la razón. Son, por así decir, el horizonte, el faro que ha de guiar a la ciencia, cuyo objetivo es lograr cotas cada vez mayores de unidad en sus conocimientos. Los puros conceptos de la metafísica, sin el “relleno” de la experiencia, son en sí mismos huecos, fantasmales, carecen de valor teórico. Pero el conocimiento de la ciencia, sin la guía de esas ideas generales que interesan al metafísico, se acaba volviendo ciego y desnortado. Es un modesto papel el que he reservado a la metafísica, al menos en el ámbito del conocimiento teórico, pero, nos guste o no, no puede tener otro.

La metafísica proporciona lo que me gusta llamar “ideales regulativos”. Las ideas del alma, del mundo o de Dios, no pueden constituir ningún conocimiento serio, pero expresan el anhelo de unidad que define a la razón. Son, por así decir, el horizonte, el faro que ha de guiar a la ciencia, cuyo objetivo es lograr cotas cada vez mayores de unidad en sus conocimientos. Los puros conceptos de la metafísica, sin el “relleno” de la experiencia, son en sí mismos huecos, fantasmales, carecen de valor teórico. Pero el conocimiento de la ciencia, sin la guía de esas ideas generales que interesan al metafísico, se acaba volviendo ciego y desnortado. Es un modesto papel el que he reservado a la metafísica, al menos en el ámbito del conocimiento teórico, pero, nos guste o no, no puede tener otro.





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